NOSOTROS

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domingo, 1 de junio de 2014

AGUA#2







 Verano de 2007


El cáncer se la comió por dentro, igual que la carcoma, la desmenuzó. Le arrancó de cuajo sus veinticinco años. El maldito cáncer la consumió.

 El pensamiento me martirizaba asociándose con su recuerdo, El recuerdo de su melena dorada y de sus labios rosados, de su mirada azul...
Estaba sentado en la arena de la playa en esa misma arena donde habíamos reído tantas veces y hecho el amor por primera vez. Aquella era nuestra playa, pero ahora faltaba ella; me faltaba Elena.

El sol, una naranja gigante en llamas se hundía en el mar, pintando el horizonte con todos los tonos posibles entre el azul y el purpura.

Me levanté y me dirigí hacia la orilla. La olas me mesaron los pies. El frescor alivió por unos instantes el dolor. Siempre que podía escaparme del laboratorio venia a contemplar el atardecer pues de algún modo la sentía cerca. Sus cenizas ahora de alguna forma eran parte de aquella cala.

Avancé un poco más adentrándome en el mar calmo, hasta que el agua me alcanzó las rodillas. Metí las manos y me mojé el rostro dejando que le agua salada me impregnara y se mezclara con la sal de mis lagrimas.

Algo pasó rozándome un tobillo sacándome de mis pensamientos. Escudriñé la espuma de la resaca pero no pude ver nada. Cambie de posición dando un paso hacia la derecha. Algún pececillo, pensé.

Otro roce, esta vez fue algo más "orgánico", como si algo vivo se enredara alrededor de mi pie y luego lo soltara suavemente. Con la piel de gallina decidí salir del agua.

La tercera vez que lo sentí, la amabilidad desapareció. Una fuerza descomunal me arrastró con una violencia bestial. No pude hacer nada por evitarlo y en un santiamén me encontré debajo de las olas, siendo arrastrado mar adentro. Apenas si tuve tiempo de tomar aire. Instintivamente cerré los ojos. Pensé que iba a morir, ojalá lo hubiera hecho.

Fuera lo que fuera lo que me arrastraba lo hacia a una velocidad terrible, alguna bestia marina me iba a devorar o quizás ya lo estuviera haciendo y era la adrenalina lo que me  impedía sentir dolor. En realidad daba igual de una forma u otra, el oxigeno de mis pulmones se acababa.

El pecho quemaba, necesitaba aire imperiosamente. No podía aguantar y mi boca se abrió en lo que con toda seguridad seria su último acto reflejo. En ese mismo instante o puede que unos milisegundos antes, algo se me pegó a la cara, algo blando y pesado al tiempo. La oscuridad en la que me encontraba se hizo aún más profunda, debí perder el conocimiento...




....CONTINUARÁ