NOSOTROS

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miércoles, 25 de junio de 2014

SUDOR







Correteó por la sien derecha resbalando por la piel hasta llegar al pabellón de la oreja. La gota de sudor se coló por el canal auditivo y por un segundo sintió una punzada de dolor que le dejó sordo.

Se hurgó enfurecido el odio, la uña del meñique arrancó un pedazo de cerumen húmedo junto con unos pelos. Miró su trofeo y lo restregó sobre la sábana mugrienta decepcionado. el sudor le envolvía el cuerpo semidesnudo con una mortaja viscosa y salada.

El camastro estaba revuelto, como el resto de la habitación. En el techo las cuatro aspas de un ventilador giraban moviendo el aire viciado en un vano intento de refrescar el ambiente.

Calor

Se levantó y avanzó hasta la ventana. Un reflejo de neón rojo le tiñó el torso y los calzoncillos amarillentos de orín seco. Asió la manilla de la ventana de hierro y la giró. Necesitaba aire fresco. La noche se desparramó dentro del dormitorio y con ella el bullicio de la ciudad. La sirena de una ambulancia que se alejaba le perforó los tímpanos y la calzada le escupió a la cara una flema ardiente de asfalto recalentado.

Llenó los pulmones de polución templada.

Allí estaba el ojo lechoso de la noche mirándole, allí estaba de nuevo aquella luna. Aquel agujero redondo, un desagüe que amenazaba con tragarse el mundo, observándole. Bajo los ojos, se pasó el antebrazo por la frente perlada de sudor.

- Debes hacerlo.

La voz era autoritaria.

Se apartó de la ventana y la cerró de un manotazo.

-¡Cállate! le gritó a la alcoba vacía.

- ¡Debes hacerlo!. ¡Sabes que lo tienes que hacer!.

Era cierto, debía hacerlo. Inútil negarse, era la única manera de que aquella voz se callara. Habían pasado 29 días y allí estaba de nuevo para reclamar su tributo. La voz llegaba con cada luna llena y no se marcharía hasta, hasta que no le diera lo que pedía.

El sudor volvía a desbordarle las cejas, metiéndosele en los ojos quemándoselos. Se los refregó intentado aliviar el dolor. Sobre la mesilla de noche destartalada la botella de whisky estaba en las ultimas. Dio un trago apurándola y luego la arrojó con furia sobre el catre . Abrió un cajón y rebuscó. Allí estaba. El frio del metal pareció reconfortarle.

- Ellos, ellos son los culpables, mátalos, mátalos a todos. Tienen que pagar ¡Tráemelos!.
- Si era cierto; tenían que pagar.

Se puso unos vaqueros y una camiseta que alguna vez fue blanca que halló tiradas en el suelo junto a unas botas de cowboy de piel de serpiente, ocultó los veinte centímetros de acero en la caña de una de ellas.

Ya había matado antes y esta noche lo volvería hacer. Era fácil, extremadamente fácil y ella le protegía. La voz cuidaba de él.

Buscaría alguna presa fácil, una pareja de enamorados en el parque, o quizás alguien que baja a tirar la basura o a pasear con su perro o a alguien que llegará de trabajar ...o por qué no, a alguien como tú, por qué no a ti...


                                                                             FIN