NOSOTROS

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miércoles, 16 de julio de 2014

CONFESIÓN #2






Apenas si tuvo tiempo de salir del confesionario intentando contener el vomito. Un caño ocre salió disparado de su boca esparciéndose por el suelo de la casa de Dios.
La cabeza le daba vueltas y terminó cayendo de bruces sobre su propia regurgitación.

Una figura enlutada se incorporó del reclinatorio del confesionario y se acercó trabajosamente hacia él.
- ¡Padre!, ¿padre se encuentra usted bien?,
Era una feligresa, María, una beata que le confesaba todos los domingos pecadillos de vieja chocha y bingo.
- ¡Socorro, Socorro! Cacareaba la anciana.

Estaba mareado con la cara y la sotana embadurnada de vomito. pero no lo suficiente para saber que aquella no era lo que le había de había desafiado a enumerar sus pecados. No, aquella pobre vieja no era la fuente de aquel hedor. Ese simple pensamiento le hizo recordar la pestilencia y otra arcada le hizo convulsionar haciendo que su cuerpo se vaciara de nuevo. hasta que unos hilillos de sangre quedaron colgando de la boca. Lo último que oyó antes de perder la conciencia fue el repiqueteo de pasos apresurados sobre el frio mármol......


La niña sudaba copiosamente y temblaba. Las pupilas casi habían acabado con los iris haciendo que más que ojos parecían pozos negros e insondables. Una espuma blanca le chorreaba por la comisura de los labios haciendo un extraño contraste con su piel ébano. Ardía de fiebre.

En la choza de barro, paja y heces secas, el joven misionero intentaba calmarla con un trapo mugriento empapado en agua aún mas mugrienta que tomaba de un balde de plástico azul. Sus conocimientos médicos de nada servirían aquí sin las medicinas apropiadas. Aquella fiebre se iba a llevar aquella pobre niña. Sólo Dios podría ayudarla. Las dos mujeres que le asistían canturreaban timoratas alguna plegaria incomprensible.

La más mayor que no debía pasar de los cuarenta. Una mujer con la cabeza afeitada de pechos arrugados y caídos, más propios de una anciana habló con voz autoritaria.

- Ikú lleva. Ikú la quiere.

En su rostro no había dolor, sólo la resignación que da la experiencia. La más joven, poco más que una adolescente hundió la mirada en el suelo de tierra de la cabaña circular, y una lágrima le rodó por su tez oscura como si fuera una gota de resina por la corteza de un árbol de caoba, sin duda debía ser la madre de la criatura.

- Isihogo sólo puede ayudar niña

La voz de la mujer se hizo grave y profunda como si hubiera dicho una palabra sucia y prohibida,
la joven ocultó su rostro y comenzó a llorar desconsoladamente.

- Sólo Isihogo puede calmar a Ikú

El sacerdote se volvió para prestar atención a la mujer.

- ¿Isihogo..?.



CONTINUARÁ...