NOSOTROS

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domingo, 27 de julio de 2014

CONFESIÓN #3

 
 
 

Isihogo, el brujo tenía su choza apartada de las del resto de la tribu. En realidad no pertenecía a ella , según pudo averiguar no pertenecía a ninguna tribu, algo que le sorprendió pues en esas sociedades tan primitivas, el clan o la tribu lo eran todo. Según la anciana que insistía en llevar a la niña enferma hasta su presencia, era la encarnación del propio Ikú en la tierra.

La niña deliraba murmurando palabras incomprensibles entre arrebatos de dolor, poco más se podía hacer;  así que el misionero tomó a la criatura en brazos y se encaminó hacia la casa del chamán. Por supuesto aquel hombre no iba a poder salvarla, pero al menos los nativos quedarían complacidos de que aquel hombre blanco no rechazaba sus tradiciones y también les quedaría el consuelo de que hicieron todo lo que estuvo en sus manos.

La aldea estaba rodeada por una precaria cerca hecha de arbustos secos que tenia más el aspecto de un redil, junto a la salida se agolpaba el resto de la comunidad. Estaban nerviosos, inquietos. La presencia de aquel hombre blanco no podía traer nada bueno. Un murmullo reprobatorio de las escasas 40 personas contando niños y ancianos zumbaba sobre ellos igual que el enjambre de moscas sempiterno.

Un hombre dio un paso interponiéndose en su camino, estaba armado con lo que parecía una lanza pero que no era más que un palo afilado y endurecido al fuego. El chorro de palabras que salió de su boca fue incomprensible, aunque no cabía duda de que no eran amistosas.

El religioso se detuvo sin saber muy bien que hacer. La anciana de cráneo rapado que le seguía junto con la joven le adelanto y se enfrentó al hombre. Aquella mujer encorvada y arrugada miró al guerrero y con voz autoritaria le ordenó que se apartara con unas pocas palabras que sonaron a arrastrar los pies por el suelo polvoriento de la aldea, se irguió pareciendo crecer de estatura mientras que al mismo tiempo el lancero de pecho ancho y musculado pareció encoger y como si fuera un niño asustado y se hizo a un lado, el resto del poblado también pareció retroceder asustado. Evidentemente era alguien muy respetada en su comunidad.

Ya con el paso despejado abandonaron el poblado con la sensación de que decenas de ojos se les clavaban en las espaldas.

No habrían recorrido 200 metros desde el poblado, cuando desde la cerca llegó a ellos un grito de rabia y frustración    

- ¡Abathakathi!

La anciana escupió al suelo con asco, y continuó andando sin inmutarse. La saliva, una masa viscosa y parduzca impactó en un pequeño escarabajo que rodó por la arena acertado por el obús. Nadie podía imaginar que ese inofensivo insecto continuaría su camino hasta llegar a la choza, donde ya en la noche cuando aquel el joven insolente de la lanza descansara, se le introduciría por un oído en medio del sueño haciéndole salir de su refugio para que vagara por la sabana hasta que alguna criatura de la noche africana saciara su hambre con él.
Aquel pobre blanco no lo sabía pero nadie podía llamarla bruja, aunque fuera el padre de aquella criatura agonizante. Ella era una sierva de Ikú y sólo hacia lo mejor para todos.


CONTINUARÁ...