NOSOTROS

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sábado, 18 de octubre de 2014

LA CASA #10




El bosque parecía impenetrable, los abetos y pinos se apretaban formando un muro. La carretera, más parecía un riachuelo que discurriera por entre los cortados de un desfiladero, sólo que aquí, las paredes eran los troncos y las agujas ennegrecidas por la noche y Carlos un excursionista que se había perdido de una cordada. Caminaba a buen paso, un poco por entrar calor y un poco por salir de esa espesura negra y solitaria. Ni un solo vehículo había acertado a cruzarse con él. En esos momentos se sentía como si fuera la única persona sobre la faz de la tierra. Esa sensación era opresiva, angustiosa, haciendo  que cualquier pequeño ruido en la hojarasca del suelo lo sobresaltara. Aquello era vergonzosamente cierto, un hombre hecho y derecho que se amedrentaba por el corretear de un ratoncillo de campo o por el rumor de unas ramas agitadas por el viento. Toda la determinación que había tenido cuando salió de la casa, al parecer se había esfumando a medida que penetraba en el bosque. Afortunadamente para él el resplandor blanco de las luces de la gasolinera se adivinaron  en la siguiente curva. Sin darse cuenta comenzó a trotar. 
- Buenas noches.
- Buenaajs. Devolvió el saludo el empleado. Era un hombre gordo con la cara sonrosada, con una 
nariz grande y bulbosa de bebedor. Vestido con un mono azul ajado, cuya cremallera abierta dejaba ver una camiseta interior que alguna vez fue blanca. Aquel hombre le miró con el ojo analíticamente desconfiado del empleado de gasolinera en el turno de noche, que ve acercarse a un hombre andando, solo y desde una dirección donde no había nada en varios kilómetros, nada,  excepto una casa.
- ¿Vende tabaco?.  La pregunta le pareció ridícula, pero no tuvo más remedio que hacerla. ¿Cómo iban a vender tabaco allí? Casi dudó de que tuvieran ni si quiera combustible.
La gasolinera era en realidad un triste surtidor y una caseta de chapa, donde un mostrador con una caja registradora y unas estanterías con un par bidones de aceite  además de unas escobillas limpia parabrisas, que tenían pinta de estar descatalogadas hacia mucho, eran todo su contenido. El fluorescente que les daba luz parpadeo.
- No amigoj, aquí no vendemojs esa porqueríaj. Las palabras llegaron arrastradas en una bocanada que hedía a alcohol. La boca del dependiente se torció en una mueca burlona que dejó entre ver unos dientes rotos y amarillos.
Otra muestra de la amabilidad local. A Carlos aquel comentario fuera de lugar le pilló descolocado.
- Perdone, no pretendía molestarle. Era indignante, no sólo le atendía un grosero sino que además él se disculpaba, aquello no podía quedar así, aquella noche no. No había discutido con Laura, dormido en el coche y dado una caminata hasta aquel tugurio para que un neandertal borracho le tratara de esa forma.
- Ah! Y no soy su amigo, gordo. Añadió.
El fluorescente volvió a parpadear. Salió de la caseta, cerró tras de si la puerta de aluminio y cristal de un portazo que hizo temblar la estructura hasta los cimientos.
Afuera le esperaban la noche y unas renovadas ganas de fumar. Alzó la vista y vio un destello rosa entre los árboles. Unos cientos de metros más adelante, la carreta describía otra curva. La luz rosa centelleó de nuevo para desaparecer unos segundos después. Estaba salvado,  aquel neón en forma de flecha no podía indicar  otro sitio que un bar de carreta y allí seguro que tendrían tabaco. Desde detrás de él llego el quejido de la puerta de la caseta al abrirse. No le daría una segunda oportunidad a ese gordo borracho y corrió hacia el neón rosa.
¡Magnifico!, exclamó cuando pudo divisar aquel nuevo tugurio al que se dirigía, era como saltar de la sartén para caer al fuego. Aquello tenía pinta de ser una whiskería de tercera. No pudo evitar sonreír pensando en el trato que darían dentro, sobretodo basándose en sus experiencias con los locales. De cualquier forma el dueño del local o tenía un fino sentido de la ironía o no conocía el significado de la palabra que daba nombre a ese antro: Glamour. La palabra hecha con neones retorcidos refulgía en rosa chicle sobre la puerta como una de esas trampas para mosquitos. Jamás entraría en un lugar como ese, pero quería comprar una cajetilla de tabaco y pedir fuego y no parecía que hubiera otro lugar mejor.
El puticlub tenía delante una pequeña explanada de tierra que hacia la veces de parking, desierta salvo por un coche, un Seat León con los cristales tintados, pintado en un tono de amarillo que aún en la oscuridad molestaba a la vista.
La cortina hecha con cuentas de vidrio tintineo. La sala estaba sumida en penumbras aliviadas  por unas luces negras y unos neones de colores . Guns N' Roses sonaban de fondo. La barra era un oasis de luz en comparación al resto. Desde luego no había mucho ambiente;  o no había ningún cliente o estaban ocultos discretamente en los rincones más apartados y oscuros, de modo que sólo pudo ver a la mujer tras la barra.
- Buenas noches. ¿Tienen tabaco?
- Hola guapo. Allí tienes la máquina. Y señaló el otro extremo de la barra haciendo un gesto con la cabeza. Era una mujer que fácilmente pasaba los 50 aunque internara disimularlo con un excesivo maquillaje  y una sospechosa melena de rizos rubios. También  lucia un escote generoso donde unos grandes pechos amenazaban con desbordarse. Mascaba chicle.
-Pero si lo que quieres es echar humo, tenemos otras cosas mejores. Apostilló con un giño de ojo cargado de mascara de pestañas.
Contestó al giño con una sonrisa y se fue hacia la máquina, que tragó las monedas con ansia y le escupió la cajetilla de Lucky Strike con desgana. Había olvidado lo que costaba el tabaco y pensó que quizás aquella expendedora tenía unos precios desorbitados  ante la falta de competencia. De cualquier forma pagó gustoso los 5€.
- Perdone, ¿tendría fuego?. Maldijo para si, le había dejado la broma a placer. Seguro que la madame, le contestaba con un chiste picante cuando menos.
- Aquí tienes guapo, quédatelo. Dijo tendiéndole un Clipper con la palabra glamour serigrafiada.
- Gracias, acertó a decir un poco sorprendido por haber errado en su predicción.
- No eres de por aquí,  ¿verdad?.
Vaya, el primer habitante de aquel lugar perdido de la mano de dios que parecía demostrar un poco de empatía hacia él y tenía que ser una prostituta. Las ganas de encender un pitillo le empujaban hacia la puerta con una mano invisible y tozuda. La mujer lo advirtió, de alguna manera supo que las ganas de fumar le acuciaban a no entablar conversación.
- Enciéndete un pitillo si quieres. No te preocupes, nadie te llamará la atención y la Guardia Civil, no suele dejarse caer por aquí y si lo hiciera, jaja ese no sería nuestro mayor problema.
- Gracias, pero no quiero causarles ningún problema. Carlos estaba otra vez sorprendido por aquella mujer una vez más.
- Guapo, ¿dónde vas tan deprisa?. No te vamos a morder, no si tu no quieres jajaja. La risa sonó falsa como si fuera un chiste viejo que hubiera perdido la gracia.
El hombre se rindió, abrió el paquete de cigarrillos y sacó un Lucky, lo prendió. Aspiró su humo azulado y calido que inundó sus pulmones proporcionándole unos mili-segundos de placer. Por un momento la cabeza le dio vueltas y todo se desenfocó, la profunda calada fruto del ansia le mareó. Para contrarrestarlo infló sus pulmones con aire libre de humo y consiguió sobreponerse. Era incomprensible como podía gustarle esa porqueriaj a la gente. ¿Porqueriaj? El desagradable acento del operario de la gasolinera se había colado en su mente y ahora lo reproducía igual que un loro que aprende una nueva palabra.
- Lo necesitaba, sobretodo después de la visita a vuestro vecino.
- ¿Qué vecino cariño?. Quiso saber la camarera.
Carlos dio otra chupada al cigarrillo y aclaró.
- El gordo de la gasolinera. Es un borde y además creo que iba bebido.
- Perdona cariño, pero no sé a que vecino te refieres, la única gasolinera del pueblo queda a unos cinco o seis kilómetros de aquí, justo al otro lado del pueblo. En la siguiente curva hay una gasolinera… pero lleva abandonada años. 

Continuará..... 

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