NOSOTROS

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miércoles, 11 de febrero de 2015

LA CASA #16










La boca/puerta seguía cerrada, había metido la llave y la había girado pero el cerrojo aún se empeñaba en no dejarlo pasar. Golpeó con el puño, sintió dolor en la mano y en la cabeza que retumbó. La madera maciza recibió el impacto en silencio y sin inmutarse. No había timbre.

- ¡Laura, ábreme! ¡¿Va todo bien?!
En los oídos su propia voz le sonó ridícula y débil a pesar del silencio nocturno. Laura no lo oiría.

Otra aguja de dolor se clavó en el acerico/muñeco de vudú en que se había convertido. La oscuridad de la noche repentinamente tornó en azul, un azul lacerante que le quemaba. Se protegió los ojos con las palmas de las manos intentando protegerlos de ese resplandor eléctrico. En nada o en muy poco le alivió, pues aquella luz no provenía del exterior si no del interior de su propia testa. Fue como una ola, cuya resaca le dejó manchas negras en el campo visual y un pulso doloroso, soportable, en la base del cráneo que igual que una boya meteorológica advierte que el temporal no había acabado, que más adentro, en el corazón azul del océano la tormenta se rearmaba.

Tenía que entrar en la casa, tenía que encontrar alguna manera de hacerlo, la pura frustración le hizo embestir con el hombro al portón. Notó como algo crujió dentro de él. Así no lo conseguiría.

Rodeó la casa escudriñando, buscando alguna forma de trepar hasta una ventana de la segunda planta. Tonterías, era imposible para él, no era ningún atleta, ni incluso aunque le arrojaran una cuerda podría conseguirlo, sólo miraba hacia arriba y andaba, rondando  alrededor de la casona, que se bahía convertido en el brocal de un pozo en el que él estaba atrapado sin remedio.

Pero tenía que entrar, allí dentro estaba su familia y tenía que sacarla. Algo pasaba, lo presentía. Era algo más que una corazonada,  algo más que el recuerdo de dolor de una cicatriz cuando cambia el tiempo. Era ese algo que lo hacía raro y diferente, ese algo que tanto se habían esforzado, primero su madre y después él en ocultar. Era su don que ahora se expresaba con la claridad de la desesperación, que luchaba por ser reconocido, como el catatónico que araña la tapa del ataúd para convencer al mundo de que estaba allí y de que estaba vivo y que ahora le gritaba desde dentro de sus entrañas: ¡Corre, sálvalos!

El garaje, ¡las herramientas!...La idea era un cuchillo caliente abriéndose camino entre su masa encefálica de mantequilla. Seguro que allí encontraba algo que le permitiría abrir la boca a aquella casa. Pensó en un mazo o algo que pudiera utilizar como ariete pero lo más parecido que halló fue un hacha. Bien, golpearía la puerta con el contrafilo hasta arrancar el cerrojo y si no, al menos Laura oiría los golpes.

El peso del hacha le reconfortó y por unos instantes todos los dolores desaparecieron. Comenzó a andar de nuevo en dirección al portón. La suelas de goma de sus zapatos de deporte manchados de vomito aplastaron la grava del suelo con seguridad. Levantó la cabeza y miró directamente a la boca/puerta sonriendo, había llegado el dentista.

Continuará...


 LA CASA#1