NOSOTROS

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domingo, 29 de marzo de 2015

LA CASA, CAPÍTULO FINAL









Paula estaba gritando, él jadeaba por el esfuerzo, sentía como la sangre, bombeada por su corazón acelerado, le recorría cuerpo y como sus músculos hormigueaban por el esfuerzo. De alguna forma extraña se sentía poderoso. El grito de su hija, paradójicamente no sólo era una fuente de terror, si no también una dolorosa confirmación, estaban en peligro, algo los había estado acechando desde mucho antes de que pusieran un pie allí, ese grito de terror infantil le daba la razón; él estaba en lo cierto, aquella casa era algo insalubre y maligno y lo percibió a cientos de kilómetros porque su don no era ninguna maldición, nada de lo que tuviera que rengar. Había conseguido abrirle la boca a esa maldita casa, ahora rescataría a su familia del interior y huirían de allí, Iba a ganarle la partida a aquel caserón, y jamás volvería a mirarse al espejo con miedo de ver a un loco. Su madre tenía razón había cosas, pero al contrario que ella no se dejaría amedrentar más.
Cuatro zancadas y se plató a los pies de la escalera. Tomó impulso y de un brinco se encaramó al quinto escalón. Se aferró al pasamano de madera, para frenar su siguiente impulso intentando no perder el equilibrio, había algo agazapado, una forma interrumpía el paso en el rellano, un bulto. Alzó en hacha y lo empujó con el pie, ese rincón estaba especialmente oscuro y apenas si podía distinguir el contorno de aquello que se parecía vagamente a un fardo, un saco y que le bloqueaba el paso. Lo sintió blando, de una molicie orgánica, igual que cuando cogió aquel pobre gato mutilado para enterrarlo; sí, ese minino había sido el epicentro de aquella pesadilla, solamente habían transcurrido un par de días desde que lo encontró, tantas cosas habían pasado en tampoco tiempo, demasiadas, y ninguna buena.
El bulto era mucho más grande que un gato, se agachó. Oh! La exclamación salió de su boca como si tuviera existencia propia, aquello era el cuerpo de su mujer que yacía desmadejado, sin sentido en el suelo del descansillo de la escalera, ¡Dios mío que había pasado allí!, se agachó un instante y comprobó que tenia pulso, se volvió a erguir y pasó sobre él, había que priorizar, Paula seguía gritando, aterrada.
 Subió el segundo tramo de escalones aún más veloz y penetró en la habitación principal desde donde salía el llanto de la niña. La luz estaba apagada pero de un manotazo la volvió a encender. La tensión arterial había reventado algunos capilares y unos globos oculares inyectados en sangre escanearon ávidos el dormitorio en buscándola.
- Paula, ¿dónde estás?, soy papá. No pasa nada.
El cuerpecito de la niña salió reptando de debajo de la cama. Carlos se abalanzó sobre ella y la abrazó fuerte entre sus brazos. Paula gimoteaba y preguntaba por mamá.
- No te preocupes cariño mamá está… bien, está...dormida, eso, está dormida.
Mientras improvisaba una explicación la estudiaba en busca de algún daño. Afortunadamente no halló ninguno. Había llegado justo a tiempo de aquella casa les hubiera hecho más daño. Pero un momento, él había bajado la guardia, había soltado el hacha, no había sido cuidadoso, no podía permitirse ningún error, no podía darle ninguna ventaja a la casa. Debían salir de allí. Se echó a Paula al hombro y recogió el hacha del suelo.
- Papá me haces daño, ¡bájame, bájame, quiero ir con mamá…quiero ir con mamá!
- Sí cariño ahora te bajo, aguanta un poco.
Volvió a bajar las escaleras lo más rápido que pudo, implorando porque Paula no descubriera el cuerpo de su madre en la oscuridad, ojalá el salir de la habitación iluminada sus pequeñas pupilas tardaran en adaptarse a las escaleras sumidas en tinieblas.
- Papá hueles muy mal, dijo Paula intercalando una nueva queja al catalogo de “bájames”.  Había comenzado a lloriquear.
- Ya llegamos, ya llegamos.
Carlos intentaba calmarla mientras escudriñaba las sombras para acertar con los escalones, cosa que cargado con la niña en un hombro y llevando el hacha en la otra mano no resultaba fácil. Pasaron sobre el cuerpo el cuerpo inerte de Laura que seguía en la misma posición en la que había dejado, Paula no la vio.
Carlos no respiró hasta que no tuvieron otra vez e cielo bajo sus cabezas. Sólo era una pequeña victoria, aún no habían escapado.  Corrió hacia el donde estaba el coche y sentó a Paula en su silla y le abrochó el cinturón.
- Papá vuelve en un momento.
 Le hizo una caricia en la mejilla con el dorso mano y luego le besó en la frente. Cerró el  monovolumen salió corriendo dejándola a solas. El llanto subió de lloriqueo a llanto terrorífico, quedarse allí, en medio de la oscuridad era peor que viajar como un fardo cargado al hombro de su mal oliente padre, mucho peor. Carlos deshizo el camino batiendo el record mundial los cien metros hacha con el llanto de su hija hincado en el celebro, pero no había más remedio tenía que volver a por Laura.
El cerrojo arrancado estaba en el medio del hall/garganta de la casa, había salido despedido por los hachazos y ahora estaba tirado en el suelo, oculto,  esperando su oportunidad para vengarse, como un caimán de infinita paciencia, como una mina anti persona que aguarda durante años a que un pie descuidado lo pise. Esta vez no tuvieron que pasar años, sólo unos minutos para que el pie de aquel hombre, el mismo que lo había arrancado a golpes lo hiciera. Carlos pudo oír el chasquido, algo parecido al sonido que hacen dos piedras al chocar. Algo se había roto dentro de él, notó como se vaciaba una ampolla cargada de calor. Comenzó a doler, subiendo su intensidad hasta se transformarse en un filo al rojo que le acuchillaba en el tobillo, el mismo tobillo que había metido en un socavón en el bosque, el mismo que había dejado de doler el mismo que ahora volvía a torturarle. Hubiera firmado el esguince, pero no era pago suficiente, la casa necesitaba más, quería destruirlos y por eso le había puesto una zancadilla y por eso había caído de bruces sobre la dura madera y sobre el duro filo de acero del hacha. Tenía gracia, la casa le había devuelto el golpe con su misma arma.  Todo eso pasó por su cabeza cuando intentó levantarse del suelo y notó algo pegajosamente cálido sobre su pecho. Luego el ojo plateado de la noche le hizo un guiño y todo quedó a oscuras, completamente a oscuras……


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Las luces azules y amarillas coloreaban la noche estival como las de una verbena. La mujer parecía estar envuelta con un chal hecho de papel de aluminio, tenía la mirada fija en un punto impreciso del suelo. La niña estaba a pocos metros de ella, unos  hombres de uniforme también le habían puesto otro chal plateado sobre los hombros. Recordaban a unos astronautas que acabaran de salir de su capsula, después de haber viajado por el espacio exterior.  El cuerpo de su esposo seguía tirado en el suelo del hall en medio de un charco de sangre esperando al juez.
Carlos estaba muerto…era como mirar un cuadro de Dalí donde los relojes se derriten y la realidad se pliega dejando ver la tramoya del universo, donde los seres humanos no son otra cosa que marionetas y donde el Caos juega con ellas.
 No recordaba bien como había sucedido todo desde que se despertó en el rellano de la escalera. Era dolorosamente absurdo podía evocar, la imagen de su esposo sobre un charco de sangre negra, pero su pensamiento siempre le obligaba una y otra vez a detenerse en un detalle sin sentido y absurdo ..Un mechero, un Clipper que se le había salido del bolsillo de Carlos, un mechero decorado con dos letras dos “S” .Esa estúpida imagen se empeñaba en quedarse en su mente,  como una mosca cerca de una herida que no puedes espantar. Carlos había vuelto a fumar. ¿Cuántas cosas no sabía de el hombre con el que se había acostado durante media vida..?   

                                                                              FIN