NOSOTROS

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jueves, 4 de junio de 2015

La Luz Encendida






Siempre que llegaba a casa tarde, que era casi siempre, la veía. Aquella luz siempre estaba encendida.
Una puerta estaba abierta y la luz salía como un dedo amarillo que rasgaba la oscuridad, dejando ver primero a través del escaparate y luego de la persiana metálica el resto del local desierto. El local pertenecía a la constructora que hizo la urbanización y llevaba así, vacío, desde que se mudaron hacia ya al menos ocho años. La empresa debía de usarlo como almacén, pero jamás había visto entrar o salir a nadie. Por eso llamó su atención que aquella luz estuviera encendida.  La  primera reacción fue de alegría. La actividad en el local sólo podía indicar un aumento de negocio de la constructora y eso era una esperanza de que fuera verdad que  la economía se empezaba a reactivar y no sólo un simple cacareo electoralista en los medios. ¿Quién sabía? A lo mejor su suerte empezaba a cambiar y comenzaba a revalorizarse su apartamento  y en un futuro no muy lejano podrían aspirar a cambiarla por una más grande. La crisis les tenía atrapados en aquel pisito tan mono que compraron cuando eran novios, pero que se había quedado insufriblemente pequeño, sobre todo desde que nació Laura. Sí, aquella sensación alegre le acompañó mientras subía a su casa, por lo menos las primeras veces. Los días pasaron, la luz seguía encendida.
Una mañana de sábado decidió bajar a ver si la luz seguía encendida. Era una estupidez,  lo sabía pero siempre que pasaba por delante del local era tarde y ya entrada la noche, demasiado tarde para el horario laboral de cualquiera relacionado con la construcción y la sospecha de que simplemente la luz siguiera encendida porque se hubieran olvidado de apagarla le estaba empezando a obsesionar, ese pensamiento se había convertido una feroz larva que le estaba royendo por dentro.
El sol ya estaba lo suficientemente alto para que sus rayos incidieran sobre el escaparate convirtiéndolo en un espejo, haciendo imposible ver el interior del local, así que apoyó las manos sobre el cristal formando una visera y se arrimó todo lo que pudo. El local estaba completamente a oscuras, la luz estaba apagada. Una sonrisa boba se le colgó de los labios, semejante a la de un adolescente al que le dan su primer beso, sólo que a él lo único que habían dado a cambio dejar una mancha de grasa sobre el cristal fue otra de polvo en la punta de la nariz.
No volvió a pensar en aquello hasta unos días después.
Fuese por un motivo o por otro no volvió a pasar por delante de aquel local, sin embargo la casualidad hizo que aquella noche la única plaza de aparcamiento que quedaba libre fuera una justo enfrente de él y la luz estaba encendida.
Aparcó, mientras lo hacía, se descubrió fisgoneando por el retrovisor, le sudaban las manos, estaba nervioso. ¡Dios mío! aquello era una locura, parecía un novio que llegaba tarde a una cita. Bajó del coche prometiéndose que no se volvería a mirar aquel local vacío, polvoriento y oscuro, excepto por esa luz que salía de aquella habitación; era como el mantra autocomplaciente del eterno exfumador, si lo había dejado una vez, podría hacerlo otra. No volvería a mirar a aquel local vacío, polvoriento y oscuro, excepto por esa luz que salía de aquella habitación; excepto por aquel maldito chorro de luz amarilla, que salía de aquella maldita habitación, que salía de aquel maldito local, vacio y polvoriento, con el escaparate sucio y aquella maldita persiana metálica levantada a media altura. Casi lo había rebasado cuando…aquella maldita metálica levantada a media altura…lo paró en seco.
La calle estaba desierta y curiosamente en silencio, hacía frío y pasaban casi dos horas de las diez de la noche. Los gorditos trotones (no tengo el colesterol alto ni ná)  y los runners (mi mujer no me deja comprarme una bicicleta de 1000€) habían desaparecido, incluso las parejitas de novios (no queremos hijos pero nos compramos un perro porque tenemos mucho amor que dar y muchas cacas que dejar sin recoger) también se habían esfumado. Estaba solo y aquella persiana metálica levantada a media altura era una invitación, y sólo podía ser para él, no había nadie más. Pero eso no tenía ningún sentido, se repitió una vez más...Simplemente la persona que está dentro la ha dejado así para volver a salir. Sí, eso era, así de simple.
-Claro y por eso las otras veces se ha encerrado a cal y canto.
-¿Y por qué no? Sabes que no es así, lo sabes, te está esperando, pero si te tenía hasta el aparcamiento reservado.
-Echaré sólo una mirada, nada más no pasaré del umbral. Se volvió a mentir.
- ¡¿Holaaa?!
En sus tímpanos el “Hola” sonó a vocecilla de niño asustado, como esos de las películas de animación, cuando el protagonista se queda solo, perdido en medio de un oscuro y  tenebroso bosque, casi tan oscuro y tenebroso como aquel local, si no fuera por la luz amarilla que estaba encendida.  Nadie contestó.
 Bueno, su curiosidad había sido saciada, lo había intentado; o no había nadie o no querían visitas, lo mejor sería seguir su camino e ir a casa, además era tarde y ¡qué diablos!, se estaba comportando como una vieja alcahueta.
Algo interrumpió el haz de luz amarilla que parpadeó por un instante. Allí había algo, quería decir alguien, Pero el ya se marchaba, de nada serviría volver a decir “Hola”, un “Hola” no contestado era suficiente para entender que no sería necesario un segundo.
- Gallina
- No es eso.
- Cló-cló… cló-cló
-¡¿Holaaaa?! Buenas noches, es que la persiana estaba alzada y me preguntaba…
Aquello era patético. Pero patético o no, se había agachado y ya estaba dentro de la enorme boca del rape, como un pececillo curioso e imprudente atraído por la luz.  Y si estoy interrumpiendo algún negocio sucio y si en este mismo momento están pagándole un soborno a alguna autoridad por una licencia de obras, más que nada para ahorrar tramites y burocracias (como le explicarían antes de darle una paliza y meterle el cañón de una pistola en la boca para recordarle lo que puede llegar a picar la curiosidad) Sí, se estaba metiendo en algo que no le incumbía ...¡Ay Dios! ya era tarde algo...alguien se había vuelto a poner delante del foco de la luz interrumpiéndola por unos segundo y por este espacio de tiempo se hubiera quedado completamente a oscuras si no fuera por la leve claridad sepia de las farolas de la calle. La luz volvió a manar libre.
- Bueno, pues ya me marcho, sólo era para recordarle que tenía la persiana levantada...Por si se le había olvidado y eso...Como es tan tarde y este barrio es tan solitari.., digo tranquilo.
El estruendo de una montaña de hierro al derrumbarse le hizo saltar y dar un gritito cursi y afeminado…la persiana había bajado de golpe…al final iba no iba a resultar tan exagerada la metáfora del pececillo y el rape. ….

Una semana después todas las farolas del barrio tenían pegada una hoja de papel solicitando ayuda en la búsqueda de un vecino desaparecido. La pista se perdía junto a su coche, estacionado justamente enfrente del local, ése que llevaba tanto tiempo vacío y donde no había ninguna luz encendida.
                             

                                                                              FIN