NOSOTROS

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domingo, 17 de abril de 2016

Sí Puedes #4






Por entre las lamas de la persiana se colaron los primeros rayos del nuevo día. Notó su caricia en la cara, una especie de cosquilleo agradable y cálido. Se giró arrebujándose en el edredón y se abrazó a Le, que no protestó. Estaba despierta, aunque no del todo, justamente en esos instantes en que aún no disciernes el sueño de la realidad, ese momento en el que no puedes imaginar un lugar mejor donde estar, que no sea en tu cama.



Debía de ser muy temprano La casa estaba en silencio, sólo el trino de algún pajarillo perturbaba aquella quietud. Aguzó el oído, Mami aún no debía de haberse levantado. No se le oía trajinar en la cocina, ni se sentía la vibración de sus pies descalzos sobre el suelo de madera, ni el sonido del agua de golpear en la porcelana de la ducha. Le encantaba aquellos momentos, era una sensación en la que se mezclaban seguridad y libertad, era unos de los pocos momentos en los que no se sentía observada, era como ser invisible, sí, incluso a mamá.



Aprovecharía para rezar, dar las gracias a Jesús por ese nuevo día. Juntó sus manos y comenzó a murmurar una oración. No le llevó más de medio minuto. Le gustaría que Jesús le contestara. Rezar estaba bien, pero ella tenía preguntas, preguntas que le gustaría hacerle porque como decía mamá “Él todo lo sabía” y seguro que no se enfadaría con ella por hacerlas, aunque fueran preguntas sobre pecados o mejor, de por qué eran pecado algunas preguntas. Eran del tipo de cuestiones que no podía preguntarle a mamá , porque mamá seguro que sí se enfadaría. Mamá siempre le decía que cuando tuviera dudas mirara en su interior porque allí habitaba Él y Él le diría lo que es correcto y lo que no. Y ella de veras que había mirado en su interior pero no había hallado ninguna respuesta, Jesús no le contestaba, o a lo mejor no la sabía (vaya, otro súper-pecado) a lo peor Jesús sí se había enfadado y por eso no le contestaba.



¡Pis!



Las ganas de hacer pis llegaron de súbito y en forma de cosquillas, unas coquillas de esas que no se pueden soportar y que casi duelen. Tenía que darse prisa o se lo haría encima y si eso ocurría mamá le podría pañales y no, no estaba dispuesta a volver a llevar esos pañales que la hacían sentir un bebé, una niñita inútil, tampoco llamaría a mamí. Ella podía valerse por si misma, ya tenía diez años (casi, no podría andar (saltar) pero no era tonta)



Maniobró hasta que pudo sentarse en la silla que estaba junto a la cama. La casa estaba adaptada, las puertas eran más grandes que las de otras casas y la silla de ruedas podía pasar por ellas perfectamente. El baño también lo estaba, era amplio y tenía esas barras junto al inodoro, además sus brazos eran fuertes.

No hizo ningún ruido, ni siquiera descargó las cisterna, prefería un rato más de “invisibilidad”, no quería despertar a mamá, que siguiera durmiendo plácidamente, aunque luego le costara una regañina por no haber “tirado de la cadena”(jajaja ¿a qué cadena se referiría?...no había ninguna cadena).



Rodó por el pasillo de vuelta a su cuarto, volver a su cama, seguir holgazaneando en ella e incluso volverse a dormir, era el plan. La puerta del estudio de mamá estaba abierta. La persiana estaba a medio alzar y el sol entraba tamizado por el visillo. Un rayo travieso escapó colándose por entre la maraña de hilos. El haz de luz viajó hasta el mueble de la máquina de coser. La máquina era de color verde, un verde frío y metálico, casi como si fuera la piel escamosa de un reptil, pero uno enfermo y pálido. Nunca le gustó aquella máquina, era un artilugio antiguo y extraño, con agujas y palancas. Le parecía que tenía un aspecto cruel. El rayo huido no la tocó, cayó al lado, sobre el mueble que la soportaba, donde se alojaba el pedal y las correas con las que se la hacía funcionar, justo sobre unas llaves que reposaban a su lado. Rebotó sobre el níquel y de allí fue a parar la retina de Laura.



Ese brillo se introdujo en sus ojos activando algo, como si en algún lugar de su globo ocular hubiera habido una célula fotoeléctrica que lo hubiese estado esperando. Rápidamente el impulso nervioso fue procesado. En ese llavero estaba sujeta la llave que abre el candado de la verja de hierro oxidado del cuadrado de hierba, ése que le cerraba el paso al descampado y después al pinar, ese lugar detrás de la casa, donde no había nada para que una niñita de 9 (casi diez) años fuera a ver.



Cogió el llavero con sumo cuidado, las apretó en su mano con miedo a que tintinearan, sintió el frío de su metal. Había cinco llaves, pero a ella solo le importaba una, la más pequeña. Las depositó en su regazo y se dispuso a dirigirse hacia la puerta trasera, al final del pasillo, junto a la cocina. Las gomas de las ruedas rechinaron en el parquet recién encerado. El sonido le erizó el vello, y si mamá la había oído y si al salir del estudio se la encontraba plantada en medio del pasillo. La gelatina negra había comenzado a manar en lo más profundo de su mente, era una poza de brea hirviente. Notó como su boca se secaba, como los pulsos acelerados de su corazón zumbaban en los tímpanos.



Lo primero que asomó al pasillo fueron sus pies apoyados en los estribos de la silla, iba descalza. Espero antes de volver girar los volantes de la silla. Las palmas de las manos le habían empezado a sudar formando una película babosa entre ellas y el metal cromado, que le llevó a la mente la imagen de la piel de un pollo pasado de fecha, contó: uno, dos ,tres... nada. Mamá no la había descubierto (aún). La puerta de su habitación, Le le miraba desde su cama, el oso de trapo tuerto parecía guiñarle un ojo, aquello le dio un poco más de valor. La siguiente puerta, la de la derecha, era la del dormitorio de mamá. Estaba entornada, no pudo evitar mirar. Estaba muy oscuro, pero pudo distinguir el bulto que formaba el cuerpo de su madre bajo el edredón. Estaba de costado mirando hacia la ventana y se la oía roncar.



Las manos le seguían sudando y los latidos seguían martillando en sus oídos pero la seguridad de que mamá dormía, contenía a la ameba, a aquel miedo, lo justo para no paralizarla.Ya casi había llegado a la puerta trasera. El pomo de metal dorado de la puerta trasera estaba helado, la humedad de su mano además lo hizo resbaladizo. Intentó abrirlo con la máxima delicadeza, intentando que su mano no resbalara. Claro, estaba cerrado. El pulso aceleró el tempo.

Había que embocar la llave en la cerradura, sujetaba firmemente el resto para evitar que entrechocaran, se ayudaba con ambas manos, como si fuera a disparar una pistola muy pesada. El ojo de la cerradura se le antojaba minúsculo e incluso parecía moverse, era como enhebrar un hilo en una aguja. El metal seguía frío y húmedo como la barriga de un pez, la empujó y los pernos se ajustaron con un click a cada diente. La giró delicadeza intentando que los pestillos hicieran el menor ruido posible… la puerta quedó liberada con un golpe de metal contra metal, aquel estruendo no sólo iba a despertar a mamá, iba a despertar a medio barrio. El pánico hizo presa en ella, y si efectivamente mamá se había despertado, y si la estaba observando, y si estaba a su espalda, con el ceño fruncido y las mandíbulas apretadas. Las manos le comenzaron a temblar, lo supo porque oyó como las llaves tintineaban.



Tenía que controlarse, volvió a dejar las llaves en su regazo y se secó las manos temblonas en la felpa del pijama. -Mamá seguía durmiendo en su habitación, detrás de ella no había nada, salvo el pasillo vacío- se dijo . Abrió la puerta.



El sol parecía que hubiera estado parado detrás de la puerta, esperándola. Su claridad la avasalló, cegándola por un instante, se protegió con los brazos como un vampiro sorprendido por el amanecer. Mientras sus pupilas se contraían sintió el aire fresco de la mañana que la hizo estremecerse por un escalofrío. Bajó los brazos con cuidado. El jardín de mamá estaba allí. La hierba lucía en un verde casi eléctrico, de hecho todos los colores lucían más brillantes bajo el sol de la mañana. El rojo del muro de ladrillos, el albero del terraplén, el verde de los pinos de más allá, el azul del cielo y hasta el negro mohoso de la cancela, pero sobre todos ellos el candado. El candado brillaba como si fuera de plata bruñida, no podía apartar la mirada de él, su brillo era hipnótico, atrayente, como esas luces moradas que hay en los bares lo son para los insectos e igual de peligroso. Sabía que estaba haciendo algo malo, estaba desobedeciendo a mamá y eso no estaba bien desde cualquier ángulo que se mirara.




¡Laura!



Sólo pudo respingar cuando oyó su nombre. Mamá la había descubierto.




¡Hola, Laura! Al fin te has decidido a venir con nosotras. Ven a saltar



No, no era mamá. Las dos niñas estaban junto al muro. Tan rubias como las recordaba, con sus melenas recogidas en colas de caballo.




Hola. Fue lo único que acertó a decir (pensar)


Ven, salta con nosotras



Miró las llaves que tenía sobre su regazo.




¿Por qué me decís que salte?. Yo no puedo ¿por qué sois tan crueles conmigo?


Claro que puedes. Siempre has podido, sólo que aún no te has dado cuenta. Levántate de esa silla, ya no la necesitas.



Qué decían aquellas niñas, eso era... imposible, pero también era imposible que supieran su nombre. Se agarró con toda la fuerza que fue capaz, tanto que los brazos le temblaban y se alzó. Sus brazos soportaban todo el peso del cuerpo, las piernas le colgaban como si fueran las de una muñeca de trapo, las llaves rodaron y cayeron al suelo con estruendo metálico.




Vamos, Laura. La animaron a coro las dos.



Tenía miedo, se iba a caer, pero algo dentro de ella, un susurro que le decía: Hazlo, confía. Y no era la voz de las niñas, no y tampoco era la suya dándose ánimos. No, era una voz tranquila, firme y no era una orden, era como sentir un beso de buenas noches en la frente, era una promesa de que todo iba a salir bien, de que no se iba a caer, de que aquella voz de alguna forma cuidaba de ella. Debía ser la voz de Jesús..Una lágrima se deslizó desde su ojo derecho recorriéndole la cara hasta detenerse en los labios, probó su sabor salado. No tenía que tener miedo, confiaría. Cerró los ojos y pensó en saltar.



Continuará...