NOSOTROS

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jueves, 2 de junio de 2016

LA CASA (cuento completo)





La casa no era una con ningún pasado truculento, ni siquiera tenía un aspecto tenebroso, pero a Carlos le ponía los pelos de punta. Laura se había empeñado en alquilarla para pasar las vacaciones de verano, desde que la vio en aquella página de internet.



Era una casa señorial de finales del XIX, con un amplio porche, además de una pequeña parcela de césped con un caminito de grava y rodeada por un seto de arizónicas. En realidad la casa era perfecta, como salida de una postal. Primero intentó convencer a su mujer sugiriendo otras, incluso de mayor precio, pero ante las negativas de su esposa su único recurso fue admitir que no le daba buenas “vibraciones”, eso fue aún peor, porque Laura poco más que se burló de él tachándole de aguafiestas. Finalmente claudicó, intentando autoconvencerse de que en realidad no tenía ninguna razón lógica para oponerse y que sólo eran tonterías suyas. Como aquella vez que se negó a comprarse ese jersey amarillo que tanto le gustaba a Laura. Siempre había sido un poco maniático y supersticioso. De todas formas, intentó recabar toda la información que pudo sobre la finca, en un vano intento de racionalizar sus sensaciones.

El caserón fue construido como residencia de verano por un empresario que hizo fortuna con la venta de carbón durante la Guerra de Independencia Cubana. Posteriormente, luego de morir, los hijos del empresario repartieron las propiedades y la finca fue a parar a manos de su tercer hijo. Un crápula que dilapidó su fortuna en los casinos. La casa pasó a ser propiedad de una entidad bancaria. Durante la Guerra Civil, las fuerzas republicanas la utilizaron como residencia para un militar de alto rango y fue abandonada a toda prisa ante el avance del bando nacional, tras la batalla del Ebro. Más tarde, tras la guerra, la propiedad pasó a manos del gobernador provincial. En los años 70 la Diputación Provincial la legó al Ayuntamiento de la localidad para que la rehabilitara como hotel rural pero el proyecto no llegó a cuajar y un inversor la compró cerrándola hasta que por alguna razón se había decidido alquilarla. Carlos escrudiñó en busca de algún suceso que justificara ese mal aura que percibía, pero aparte de los muchos cambios de manos, no había en la historia de aquella casa nada fuera de lo “normal”.

Su intuición no siempre funcionaba, en el pasado había anulado billetes de avión y cancelado cenas por un mal presentimiento, pero ésta podría ser la gota que colmara el vaso de la paciencia de Laura. Su matrimonio no pasaba por una de sus mejores etapas y podría ser el golpe de gracia. Así que dio el tema por zanjado, y se dispuso a tomar unas reparadoras vacaciones junto su mujer y su hija de cuatro años, que volviera a reafirmar la familia, eso era lo más importante y no un pálpito absurdo sobre una casa de vacaciones en la que sólo estarían un mes. O al menos eso creían ellos.


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El sol brillaba en toda su plenitud. Era una mañana de primeros de Agosto, de ésas que parecen sacadas del folleto de una agencia de viajes. Carlos detuvo el coche frente a la verja de la entrada y bajó para abrirla, antes se tomó un instante para contemplarla, intentando acallar esa vocecilla que no paraba de recordarle que no era una buena idea. A través de las rejas observó el amplio porche, sobre el que se situaban dos ventanas en la fachada principal. No pudo evitar pensar en una cara con una gran boca. Una gran boca a la cual él iba a quitar el bozal de hierro.

- Carlos, cariño pasa algo, ¿a qué esperas para abrir?

En la pregunta de su mujer había implícita una advertencia (Ya estás otra vez con tus corazonadas…)

- Nada, nada ya abro- Contestó saliendo de su ensoñación.

Metió la llave en el candado. Desde el coche llegó la vocecilla de Paula, su hija para acuciarle aún más.

- Papi, papi me quiero bajar, me hago pis.

La cancela protestó con un chirrido metálico, pidiendo a gritos un poco de grasa en sus bisagras resecas. Volvió al coche. En los ojos de Laura había una sombra de reproche pero no hizo ningún comentario. Por el contrario, Paula seguía con su soniquete del pis.

- Paula, aguanta un poco, ahora mismo meto el coche.

- Pero es que me hago mucho pis.

- Eso cariño, aguanta, es sólo un pelín. Apostilló su mujer.

Parecía una tontería, pero eran esos pequeños apoyos los que a Carlos le recordaban que seguían siendo una familia y que no todo estaba perdido. Las casas con forma de cara y los porches con bozal se esfumaron de su cabeza.

En cuanto Laura liberó a Paula de la sillita en el asiento trasero, salió como un rayo del monovolumen. Las insoportables ganas de hacer pis habían desaparecido. La niña correteaba por el césped alegre como un cascabel, dispuesta a explorar todo aquel lugar tan guay. La mirada de Carlos se cruzó con la de Laura, que ya estaba bajando las maletas, “vez que contenta está”, ponía en sus hermosos ojos verdes.

- Laura, deja eso, ya lo hago yo. Ve a abrir, toma aquí tienes las llaves.

- Gracias. Dijo y se alejó por el caminito de grava que conducía al porche.

El gracias se quedó flotando en el aire como una pluma que se balancea, tomándose su tiempo antes de caer al suelo. ¿Gracias?, ¿qué clase de respuesta era ésa?. Él era su marido, no un botones o un desconocido. Se giró mirándola, como esperando una explicación a esa respuesta tan educadamente fría, no la hubo. Laura ya estaba llegando al portón de la entrada de la casona. Carlos bufó y volvió a ocuparse del equipaje.

- ¡¡Mamaaaaaaaaaá!!

El grito de la niña les penetró por los odios como si se los hubieran atravesado con un alambre de espinos. Por un momento se habían olvidado completamente de Paula.

Carlos arrojó la maleta al suelo, precisamente era la maletita de Dora la Exploradora de su hija, salió corriendo. Laura también salió disparada.

La niña estaba de pie junto un árbol. Estaba de espaldas mientras seguía gritando llamando a su mamá. Carlos fue el primero en llegar, la tomó por los hombros y la volvió hacia él. Tenía el rostro lívido y los ojos muy abiertos rebosantes de lágrimas, que le caían por las mejillas que habían perdido su rosa habitual reemplazado por un gris malsano. Un instante después llegó Laura.

- ¡¡¿Qué pasa cariño?. ¿Qué le pasa a la niña?!! Era una ametralladora. La madre arrebató a la niña de los brazos del padre que no pudo hacer otra cosa que dejarla ir. Entonces Carlos miró a donde estaba mirando la niña cuando llegó. Había un gato muerto.


Era normal que una niña de cuatro años se impresionara por la visión de un gato muerto, pero aquello también le impresionó a él, encogiéndole el estómago, se esforzó en reprimir una arcada que le sobrevino ante tan grotesca escena. El pobre animal estaba clavado en el árbol panza arriba y con las extremidades extendidas, de tal forma que dejaba ver el vientre, que había sido abierto haciendo que sus tripas se desparramasen. Cientos de gusanos moraban en él, alimentándose de aquella criatura a la que también habían despellejado, dejando sólo la piel de la cabeza y que era lo que hacía posible reconocer que aquello había sido un gato. Se interpuso entre aquello y su familia ocultándolo.

- ¿Qué hay ahí?, ¿qué ha visto? quiso saber Laura, que acunaba en sus brazos a Paula algo más calmada, aunque seguía gimoteando.

- Nada, sólo un gato, sólo… un gato muerto.

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El episodio del gato muerto quedó cubierto con un manto de silencio. Cada uno tenía sus propios motivos, el caso fue que Carlos volvió a por el equipaje mientras Laura y Paula entraron en la casa en silencio. Era acogedora. Suelos de madera y olor paredes recién pintadas les dieron la bienvenida. Después del hall se abría a mano izquierda un amplio salón con una gran chimenea presidiéndolo, en su hogar habían colocado uno de esas estufas de gas que simulaban unas llamas cuando estuviera funcionando. La funcionalidad se imponía sobre la leña y las cenizas, así y todo iba ser una pena no verla encendida. Todo tenía aspecto de antiguo, incluido los dos grandes Chester's de piel negra. Pero aunque no por ello estaban ajados, muy al contrario, parecían relucientes como recién comprados. La casa estaba decorada con gusto. Laura sólo puso un pero al salón y fue el tapiz que colgaba sobre una de las paredes, que mostraba una escena de caza en la campiña inglesa. Unos jinetes de chaquetillas rojas y pantalones de montar blancos, perseguían a una jauría de perros que a su vez perseguían a alguna presa que no aparecía en la escena.

Al otro lado del recibidor se encontraba la cocina, también grande, con una mesa y seis sillas en el centro, completamente equipada, con todo tipo de comodidades, como un lavavajillas y un microondas que los decoradores habían sabido integrar perfectamente en los muebles de madera vista. La planta baja se completaba con una pequeña biblioteca, con dos cómodos butacones tapizados en yute y unos anaqueles atestados de libros. Paula sorbió los mocos que aún le quedaban en la nariz y corrió hacia una de las estanterías, pasó sus deditos por los lomos de los libros encuadernados en cuero rojo, aunque aún no sabía leer, le encantaban los cuentos e ir a las librerías y aquello parecía una tienda de libros llena de cuentos, de hecho en uno de los estantes más bajos, había una sección repleta de libros infantiles. Desde luego habían pensado en todo.

A la planta de arriba se accedía por una escalera con pasamanos de cerezo y barrotes dorados. Había cinco dormitorios y todos excepto uno, con dos camas. El principal tenía una hermosa cama de matrimonio, con cabecero y piecero de latón, que brillaba como recién lustrado. Para la niña escogió la más pequeña, contigua a la de la cama grande.

Carlos apareció cargado con las maletas.

- Bueno os dejo con las maletas. Yo voy a solucionar algo. Dijo dejando la más grande sobre la cama.

Laura captó el matiz, ese algo era el gato.

- Bien, nosotras tenemos mucho trabajo. ¿ Verdad cariño?. Contestó Laura mientras le revolvía la melena rubia a la niña.

- Sí mami, yo te ayudo- y comenzó a abrir su maletita de Dora, donde venían parte de su ropa y unos juguetes.

El hombre desapareció escaleras abajo. Tenía que hacer desaparecer aquel macabro hallazgo. Más tarde o quizás mañana se acercaría al pueblo, para hablar del tema con la persona que les había facilitado las llaves de la casa. Sin duda, aquello había sido obra de algún vándalo y quería cerciorarse de aquel lugar era seguro. Lo primero que haría sería revisar el seto, por si había algún lugar por donde hubiera podido entrar. Una casa deshabitada y relativamente aislada, era un lugar donde ese tipo de gentuza podría hacer sus barbaridades con total impunidad.

Por un mes aquella sería su casa, su propiedad. Una sonrisa se le dibujó en el rostro, jajá siempre había querido decir eso de: “salga de mi propiedad” mientras se balanceaba en una silla a dos patas con los pies en la barandilla de un porche y una escopeta en el regazo. Lo pensó mejor, la sonrisa se le borró de la cara. A lo mejor su intuición no le había fallado y en realidad haber ido a esa casa no había sido tan buena idea.

Había dejado el coche junto a la puerta del cobertizo, que también hacía las veces de garaje. Seguro que allí encontraría útiles de jardinería, una pala y unos guantes para enterrar al gato. No pensaba tocar eso con las manos desnudas. La imagen del aquel animal desollado volvió a irrumpir en su mente y sus tripas volvieron a removerse, la alejó como pudo.

Todo el perímetro de la casa estaba rodeado por el seto tupido de arizónicas, frondosas, no encontró ninguna calva; detrás de él había un bajo muro de piedra con unas rejas de barrotes, por los que ningún hombre podría colarse. No era imposible entrar, pero desde luego tampoco era fácil. Aquello le tranquilizó algo. Supuso que sólo el hecho que la casa volviera estar habitada sería suficiente disuasión, aquellos barrotes ahora harían mejor su trabajo.

En el garaje había espacio suficiente para dos coches grandes. También encontró lo que buscaba, un juego completo de jardinería, palas y rastrillos de diferentes tamaños, tijeras de podar, pero también había una motosierra y un soplador de hojas. Todas las herramientas estaban en perfecto estado, como recién sacadas del embalaje. Había un banco de bricolaje con un set de herramientas, desde llaves a destornilladores, martillos y un taladro percutor de buen tamaño, todo impoluto. Tomó una pala y se dispuso a realizar su trabajo de enterrador.

Antes de comenzar, le sacó una foto con el móvil, la enseñaría a la chica de las llaves o a la policía si fuera necesario. Aquello no iba a quedar así, pero tampoco podía dejar aquel espectáculo para que Paula lo volviera a ver. Usó la pala para cavar una pequeña fosa de poco más de un metro por un palmo de profundidad. La tierra estaba blanda y no le costó demasiado esfuerzo. Así y todo, sus manos de hombre ciudad se resintieron. Luego desclavó al animal con unas tenazas, arrancando los clavos de cinco centímetros que los sujetaban al tronco del pino. El hedor era insoportable, luego estaban las moscas y los gusanos blancos y gordos, brillantes que se luchaban por no caerse de su festín. Lo depositó con cuidado en el agujero y lo cubrió con la tierra que acababa de remover. Lo hizo con sumo cuidado, un cuidado respetuoso, sentía pena por aquel animal. ¿Qué clase de bárbaro le haría eso a un pobre gato? .

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La siguiente mañana amaneció tan despejada y clara como la anterior. Parecía que el tiempo se iba a aliar con ellos y aunque por aquellas latitudes solía llover bastante, en el cielo no había ni una nube que presagiara algún cambio.

Se despertaron temprano, aún no habían adaptado sus biorritmos al no tener que hacerlo con despertador, Paula fue la primera en levantarse, presta y acompañada de su almohada, que se había traído de casa, abandonó su nueva cama y se fue a la de sus padres en la habitación de al lado donde todavía holgazaneaban fingiendo que dormían. La batalla de cosquillas que siguió quedó en tablas. Una vez llegaron a un pacto de no agresión, los tres bajaron a la cocina para preparar el desayuno. Mientras reían jugando en la cama Carlos y Laura cruzaron varias veces las miradas. No podían saberlo, pero el mismo pensamiento planeó sobre sus cabezas. Que bien se les daba fingir que eran felices, que no pasaba nada entre ellos. Las brasas que quedaban en lo que fuera la hoguera de su amor parecía reavivarse en esos instantes.



La nevera y la alacena estaban vacías, Laura previsora había llevado unas galletas, un brick de leche y cacao en polvo del que le gustaba a Paula. También había traído un paquete de café molido como buena cafeinómana. Pero las reservas alimenticias habían tocado a su fin entre la cena y el desayuno, así que tendrían que ir al pueblo para hacer acopio de víveres.

- Laura, hazme una lista e iré al pueblo a comprar. Tú si quieres, quédate aquí con Paula.

A su mujer no le pareció mala idea, en realidad lo celebró en silencio. Ir a un supermercado no entraba en su idea de vacaciones. Preferiría explorar los alrededores de la finca con la niña o simplemente sentarse en el porche a leer mientras que Paula jugueteaba.

- Bien, como tú quieras. Contestó

- Además me gustaría acercarme para hablar con la casera, quiero comentar lo de ayer con ella. No quiero que haya ningún sobresalto más.

- ¿Y no puedes dejarlo correr?, no creo que tenga tanta importancia. ¿Siempre tienes que hacerte notar?.

Paula ahogaba las galletas con forma de dinosaurio en el tazón de leche chocolateada sin prestar atención a la conversación de sus padres, así y todo Carlos tomó por el brazo a su mujer para alejarla y le habló en voz baja.

-Tú no lo vistes, sólo pretendo que pasemos unas vacaciones tranquilas y seguras, de hecho ahora no sé si será buena idea que os quedéis aquí las dos solas.

- Ya salió el macho dominante de la manada. Mejor vete a comprar y a hacer lo que te dé la gana, te mandaré la lista con un wasap. Sabré cuidar de mí y de nuestra hija en tu ausencia, no te preocupes.

En su cara había una mueca irónica que anunciaba el comentario que dio por zanjada la conversación.

-¡Ah! Y no olvides cazar algún jabalí.

- Mamá, a mí no me gusta el jabalí. Apostilló Paula desde el otro lado de la cocina.

Las ruedas del monovolumen rascaron el suelo de grava al salir de la casa. Carlos se sentía como un perro apaleado. Él sólo pretendía proteger a su familia y una vez más recibía las burlas de su mujer. Por el retrovisor observó las ventanas/ojos de la casa y el porche/boca y como la verja/bozal se cerraba automáticamente. Un oscuro pensamiento se le cruzó por la mente erizándole el vello de la nuca, a lo mejor esas rejas no estaban puestas allí para no dejar entrar, a lo mejor el propósito de esas lanzas de hierro era él de no dejar salir. Apartó el pensamiento igual que si fuera una mosca que merodea sobre una herida recién hecha y se concentró en la conducción.


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El tarro de cristal resbaló de sus dedos, antes de caer osciló sobre la balda metálica intentando aferrarse a ella, igual que un suicida arrepentido en el último momento. Cayó al suelo derramando todo su contenido y rompiendo también la quietud del pequeño supermercado de pueblo.

- ¡Mierda!

Carlos se quedó allí como un pasmarote, observando los cristales y los espárragos esparcidos por el suelo como si fueran restos de dedos blanquecinos y deformes que hubieran estado metidos en un frasco de formol de una morgue, mirándose las zapatillas de deporte empapadas con el caldo de la conserva de espárragos al natural de marca barata. Antes de que pudiera reaccionar apareció una empleada.

- Eso tendrá que pagarlo.

- Lo siento...

Empezó a disculparse, pero la empleada desapareció antes de que pudiera terminar la frase en busca de una fregona farfullando algo sobre forasteros descuidados.

Tomó otro bote de espárragos como el que había roto, lo metió en el carro y se dispuso a terminar la compra lo antes posible, con la esperanza de no romper nada más. Había comprobado el don de gentes que gastaban allí, no tenía ganas de perder el tiempo discutiendo con una cajera de supermercado de pueblo malhumorada. Él tampoco estaba de humor, además había cosas más importantes que debía hacer antes de regresar a la casa.

Cargó la compra en el coche, lo cerró y se encaminó a buscar a la persona que les había facilitado las llaves. No vivía lejos. En realidad el concepto lejos estaba carente de sentido en aquel pueblo. Era una pequeña localidad ubicada en un apartado valle del Sistema Ibérico, poco más que una cagada de mosca en el mapa. Anduvo por sus calles empinadas, estrechas y empedradas; flanqueadas de casas a dos alturas, con vigas de madera y fachadas enfoscadas en tonos ocres.

El sol calentaba ya, pero aún no estaba lo suficientemente alto como para borrar todas las sombras, donde los tres o cuatro grados menos de temperatura recordaban que las montañas no quedaban lejos. El pueblo estaba en silencio, desierto, no se cruzó con nadie, aunque pensándolo bien era lo mejor, sobretodo si los paisanos eran tan acogedores como la cajera, -maldita paleta-. Sólo el moviendo de los visillos de alguna ventana indiscreta advertía de que al otro lado de las paredes habitaban personas. La imagen de un tronco podrido se coló entre sus pensamientos. Un tronco de aspecto fuerte y robusto, que sin embargo ocultaba a miles, millones de termitas silenciosas y ciegas, que lo roían, desmenuzándolo inexorablemente hasta dejarlo hueco, listo para que lo quebrara la próxima tormenta.

En ésas estaba cuando llegó. Era una casa como las demás, ni más alta ni más grande. Pulsó el timbre que anunció su llegada con una chicharra aguda y molesta. Estuvo tentado llamar usando el aldabón que lucía en el portón de madera oscura, pero suponía que estaba allí más como una decoración, reminiscencia del pasado más que por una función práctica. Se pudo escuchar como un cerrojo se descorrió, acto seguido apareció la misma mujer que les había dado las llaves de la casa.

-Hola, buenos días. Saludó Carlos.

- Hola, ¿en qué puedo ayudarle?

Era una mujer joven, no más de treinta años morena y guapa. De ese tipo de guapo que no te haría gírate para mirarla por la calle, pero era guapa.

-Perdone que me presente así de sorpresa, no sé si me recuerda, somos los que hemos alquilado la casa de las afueras, quería comentar con usted un detalle.

- Ah sí, no le había reconocido. Pero pase, cuénteme, ¿hay algún problema? Dijo la mujer haciéndose a un lado invitándole a pasar dentro.

- Gracias, sólo será un momento.

La mujer lo condujo después del recibidor a un saloncito donde le ofreció asiento en un sofá de polipiel marrón algo pasado de moda, pero que estaba en perfecto estado como el resto de los muebles.

Carlos quería abordar el tema de forma directa, sin irse por las ramas.

- Perdone pero no recuerdo su nombre. Comenzó

- María, me llamo Maria y usted era.. Carlos, ¿Verdad?.

- Sí Maria, soy Carlos.

- Bueno, pues usted dirá.

- Bien, pues el tema es que cuando llegamos a la casa todo estaba correcto. Pero cual fue nuestra sorpresa cuando nuestra hija descubrió esto en el jardín. Y la verdad, me preocupa bastante que pueda haber por la zona algún desequilibrado capaz de hacer algo así. Comprenderá que no es plato de gusto.

A la misma vez que hablaba sacó el móvil del bolsillo del pantalón y buscó la fotografía. Era la última que había hecho, así que sólo tuvo que pulsar el icono de galería y sin mirar se la mostró a la mujer y se dispuso a esperar su reacción. La verdad no sabía muy bien que iba a conseguir. Pero en aquellos pueblos tan pequeños todos se conocían y si había algún torturador de animales, podía de alguna forma mandarle un mensaje, “ Eh! Tú deja de hacer eso aquí, al menos mientras yo y mi familia estamos en la casa”.

- Perdone pero no sé que me quiere decir con esta fotografía. Sí hay un gato muerto junto a un árbol, pero es una casa de campo y los gatos mueren.

La respuesta de la mujer lo cogió completamente descolocado, fue como si le hubieran echado un jarro de agua fría por la espalda

- ¡¿Cómo, que qué quiero decir?! Eso ha sido obra de un sádico, de un enfermo mental.. No salía de su asombro. ¿Cómo podía tener esa cara tan dura?

Al rostro de la mujer se le sonrojaron los carrillos y se le abrieron los ojos llenándole la cara. Iba a decir algo pero prudentemente se calló y le giró el móvil para que él mismo pudiera ver la fotografía.

Efectivamente allí estaba el gato y efectivamente también estaba muerto. Pero sólo parecía muerto y no dormido porque yacía como desinflado, como si fuera un muñeco de peluche al que le hubieran sacado el relleno. El animal estaba echado al pie del pino de costado, no había rastro de ensañamiento, ni de tripas, ni de gusanos, ni de crucifixiones. No podía ser, él lo había visto, Paula lo había visto…él mismo había tomado la foto y lo había enterrado con sus propias manos. Ahora el rostro que se puso rojo fue el suyo. No sabía qué decir o qué hacer. Era una situación tan surrealista.

- Perdón, no sé qué ha podido pasar. Lamento mucho haberla molestado.

¡Qué tontería! Se arrepentía de sus palabras la misma vez que iban saliendo de su boca. Era mejor no decir nada más.

Se levantó como un resorte intentando no perder aún más la poca dignidad que le quedaba. La joven le acompañó hasta la puerta en silencio, en sus ojos había una expresión que no supo interpretar, una mezcla entre desconfianza y temor. Con seguridad pensaría que no estaba bien de la chaveta. No podía culparla.


Los árboles parecían borrones verdes y el asfalto una alfombra gris que zigzagueaba cada vez más estrecha. El velocímetro digital marcaba 105 Km/h y no paraba de subir. Carlos conducía lo más rápido que se atrevía por la carretera comarcal. Estaba confundido, nervioso. Las manos le sudaban y el volante resbaló, casi perdió el control del coche, que invadió el carril contrario peligrosamente. Intentó secarlas pasándolas por los hombros, usando su camiseta a modo de toalla pero el sudor volvía a aparecer a los pocos segundos, así que lo apretó hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Mientras, en su cabeza la imagen del gato muerto se repetía una y otra vez. Él había desclavado a ese animal del tronco del pino, él le había hecho la foto y él lo había enterrado. Todo esto era para volverse loco, debía desenterrarlo, era la única posibilidad que tenía para demostrarse a si mismo que no lo había soñado.

Dio un fuerte tirón del freno de mano y el monovolumen se detuvo violentamente, clavando las ruedas en la grava junto al porche de la casa. Un momento, tenía que actuar con frialdad, necesitaba unos segundos para serenarse, tomó aire y lo respiró manteniéndolo en los pulmones todo lo que pudo, luego lo exhaló en una bocanada larga. No podía llegar de esa forma, sería mejor ocultar aquel episodio, luego con más calma iría a revisar la tumba de aquel bichejo.

Por suerte ni Laura ni la niña le vieron. Debían estar dentro. Tocó el claxon, se bajó del coche y se dispuso a sacar la compra del maletero.

-¡Papi, Papi! Ya has vuelto.

Paula le abrazó como si hiciera un mes que no lo viera. Carlos la cogió en brazos y le besó la cara. La niña seguía parloteando.

- ¿Ya has hecho la compra?, ¿me has traído algo?, ¿has comprado galletas de chocolate?, ¿y el jabalí?

Laura asomó la cabeza por la puerta y volvió a desaparecer sonriendo por el comentario de su hija. Si pensaba que iría a ayudarle iba listo.

Carlos captó el mensaje.

- Sí cariño, te he comprado galletas de chocolate, unas muy ricas. Espera un momento, toma aquí las tienes. Dijo tendiendole un estuche con tres paquetes de galletas rellenas, de ésas que vienen en cilindros de cartón, con un principito dibujado. Las sacó de una de las bolsas de plástico del maletero, que habían esparcido parte de su contenido debido al traqueteo del viaje.

La niña saltó de sus brazos y salió corriendo hacia la casa enarbolando su trofeo.

- ¡Mami! , mira mami, mira lo que me ha comprado papá.

Carlos siguió con la vista a la niña hasta que desapareció por la puerta de la casa y se volvió para ocuparse del resto de la compra. Al hacerlo vio el pino a cuyos pies estaba enterrado el gato. Las manos le volvieron a sudar. Trago saliva y volvió a respirar hondo. Todo a su debido tiempo, ahora tocaba meter la compra en casa.

La pala estaba en el mismo sitio en que la dejó. La pintura verde que la recubría presentaba unos arañazos. Las suelas de goma de las zapatillas deportivas aplastaron unos granos de arena sobre el suelo de cemento del garaje a modo de venganza. Casi no había cruzado una palabra con Laura y por supuesto, ni una sobre el incidente. No quería hablar de ello, no antes de desenterrar al gato.

Hincó la herramienta en la tierra. Esta vez el trabajo fue mucho más rápido. La tierra estaba suelta y no le costó mucho esfuerzo. La fosa no era profunda, de hecho cuando retiró dos cargas de tierra se agachó y continuó con las manos enguantadas, parecía un niño desenvolviendo un regalo, un regalo que esperaba, pero que temía que no fuera lo que él había pedido. Efectivamente allí seguía el gato. Lo primero que vio fue una masa peluda y blanda. Lo sacó del agujero con manos temblorosas y lo miró. Sólo era un felino muerto, nada más.

Una furia malsana le emponzoñó el alma. ¿Se estaba volviendo loco?. Arrojó el cadáver de nuevo a su agujero con violencia y volvió a cubrirlo de tierra echada a puñados. Tenía el rostro rojo de ira, apretaba los dientes. Alguien se estaba burlando de él, no había otra explicación. Pero un momento, iba a descubrir el truco. Una mueca torcida se le colgó de la cara haciéndole levantar la ceja izquierda; él había desclavado al bicho del árbol, debería de quedar alguna marca, alguna señal de que aquello, era una trampa. Por un instante el nombre de su mujer pasó como una centella por el pensamiento, ¿Laura..?.

Dejó lo que estaba haciendo y se arrodilló junto al pino para observar su corteza. Nada, maldita sea, nada, pero claro, era muy fácil disimular unos orificios tan pequeños en una superficie tan irregular, podría llevarle horas encontrarlos. Si eso era una broma hacía mucho tiempo que había dejado de tener gracia.

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- No me vas a preguntar, ¿cómo me ha ido esta mañana en el pueblo?



Carlos hizo la pregunta mientras se recolocaba buscando una posición más cómoda en la butaca de plástico blanco en la que estaba sentado. Una posición que no encontraba a pesar del mullido cojín que recubría la tumbona. La duda llevaba encallada todo el día, molestándote, como un resto de carne que se le hubiera quedado entre los dientes, inflamándole las encías, además ahora se le había añadido la cena; un filete de merluza con ensalada, que habían decidido que la noche era joven y se revolvían bailando poseídos por el rock ácido del estómago.



Laura estaba en otra, un par de metros más a su derecha, sumida en la lectura de un libro que había seleccionado de entre los de la biblioteca. Era una novela gruesa, una edición de calidad con tapas duras, El Resplandor se titulaba. Una manta de viaje de cuadros rojos sobre el regazo la resguardaba del fresco nocturno.



- Laura cariño, ¿no me has oído?.



- Un segundo. Dijo sin levantar los ojos de las letras. Los treinta que tardó en buscar un punto donde dejar la lectura se hicieron espesos, lentos, como si Dios hubiera pulsado el avance fotograma a fotograma en la moviola de sus vidas.



- ¿Qué decías?



- ¿Qué si no me vas a preguntar cómo me ha ido esta mañana?. Repitió



- Lo había olvidado. Pero supongo que bien, ¿no?. Te habrán dicho que no te preocupes. No creo que vayan a hacer o puedan hacer nada más. En realidad sólo era un minino muerto.



Si hubiera sido un concurso de esos de: “¿Conoce usted a su Pareja?” Hubieran ganado el premio gordo. Laura dijo prácticamente palabra por palabra lo que había previsto que iba a decir. En su cabeza se oyó un click. No sabría explicarlo mejor, fue como un crujido, el chasquido de una articulación. Un pestillo se había soltado.



-Laura, tengo que contarte algo: Esta mañana cuando he ido a enseñar la foto. El gato había desaparecido. Carlos hizo una pausa para escrutar el rostro de su mujer en busca de algún signo de sorpresa, no lo halló. Otro click sonó en el fondo de su cabeza. No me refiero a que la foto se hubiera borrado; no, me refiero a que el gato, no era el gato que encontró Paula y que yo fotografié. No; era un gato muerto normal y corriente y no uno mutilado y crucificado. Sí Laura, un gato grotescamente torturado. El producto de alguna mente enferma que se deleita con el sufrimiento. Es por eso que me he preocupado, porque no me gusta la idea de que mi familia estuviera cerca de monstruo como ese. Pero la maldita foto no estaba. Luego llegué a casa y desenterré el cadáver y tampoco había rastro del gato mutilado. En la fosa sólo está el cadáver de un gato muerto de viejo.

Cuando acabó su pecho subía y bajaba, como si acabara de correr los 100 mts. lisos. Durante el relato se había levantado acercándose hasta donde estaba su mujer, arrodillándose se a su lado observándola y dando énfasis a sus palabras al mismo tiempo. Esperó.

- Carlos, ¿qué quieres que te diga? Sinceramente creo que sólo era un gato muerto y que tú…. sólo has visto lo que querías ver. Apostilló Laura. Las últimas palabras las pronunció con sumo cuidado, casi las susurró, quizás con la esperanza de que su marido no las oyera o quizás simplemente fueron un pensamiento que se escapó. Fuera lo que fuese era la verdad, su verdad. Se pasó las manos por el cabello que tenía recogido en una cola de caballo.



- Bueno se hace tarde y tengo sueño, será mejor irse a descansar. Continuó diciendo, a la vez que hablaba desvió la mirada intentando no cruzarla con la de su marido, que no la apartaba de ella mientras seguía arrodillado a su vera. Apartó la manta y cogió la novela de su regazo e hizo el ademán de levantarse para irse a la cama. Para reforzar el mensaje sentenció a modo de colofón.



- Todos estamos cansados, mañana será otro día y verás las cosas con más claridad.



Sabía que se movía por arenas movedizas, por eso lo más prudente era zanjar el tema y desaparecer.



¡Click! El último pestillo había cedido. Sintió como una ola de ira cálida le ascendía desde el vientre y como calcinaba todo a su paso.



Carlos apoyó la mano derecha en el muslo izquierdo de su mujer. Los dedos estaban curvados, formando una garra que la obligó a permanecer sentada.



- ¿Qué estás insinuando?, ¿QUÉ ESTOY LOCO?, ¡¿QUÉ NO SÉ LO QUE VI?!



El tono de voz se alzó hasta convertirse en un grito.



- Carlos, por favor vas a despertar a la niña, suéltame, me haces daño.



- Eso la niña. Tú crees que la niña gritaría como lo hizo, por un gato que parecía dormido, o acaso ESO TAMBIÉN ME LO HE INVENTADO.



- Carlos, no he dicho que te lo hayas inventado, sólo que estás cansado. Ha sido un año duro para todos, además.. Laura prefirió no acabar la frase pero era demasiado tarde. El hombre no necesitó oír más.



- ADEMÁS ¿QUÉ?....ADEMÁS ¿SOY UN HISTÉRICO? Declamó, como dirigiéndose a un público ficticio



- Carlos. ¡Para ya!, por favor, la niña.



La presa que la mano hacia sobre el muslo aflojó por un instante la presión. Laura aprovechó para zafarse de ella, poniéndose de pie y haciendo que Carlos perdiera el equilibrio y cayera quedando sentado sobre el piso de madera del porche en una postura un tanto ridícula.



- Es mejor que no subas al dormitorio. Dijo.



- TÚ SABES LO QUE HA PASADO ¿VERDAD?, TÚ PUSISTES ALLÍ ESE GATO, TÚ BORRASTES LA FOTO Y TÚ CAMBIASTES EL GATO….TÚ QUIERES QUE ME VUELVA LOCO, TODOS ESTOS AÑOS LO HAS INTENTADO; TUUÚ!! Mordía las palabras a la vez que las pronunciaba.



- No sabes lo que dices, estas mal, muy mal de la cabeza. Me y me estás asustando. No sé cómo has podido llegar a pensar esa tontería. Será mejor que descanses. Diciendo esto entró en la casa y cerró la puerta tras de sí. Ahora el click que Carlos pudo oír fue el de la cerradura de la puerta principal y del cerrojo de seguridad que hacía inútil la llave. Aquella noche dormiría en el coche


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El felino se acercó, dos pasos ágiles, un salto y se plantó sobre él. El animal ronroneaba restregándose sobre la tela vaquera de sus pantalones, se estiró alzando la cola y le ofreció su sexo. Estaba en celo y podía captar sus feromonas masculinas. Carlos le acarició el lomo e intentó bajarla con delicadeza, aquella situación le resultaba un tanto violenta. La gata maulló una protesta y se aferró con las uñas a los vaqueros, que atravesaron la tela y marcaron la carne que había bajo de ella pero si llegar a hincarse.

- ¡Maldita minina salida! masculló para si.

Ahora usó las dos manos para echarla de su regazo. Esta vez el maullido no fue una protesta, fue una advertencia. La gata se zafó de su presa y se volvió a colocar insinuándose nuevamente. Se acabaron las contemplaciones. La agarró con fuerza y la levantó en vilo. Los garfios afilados se hincaron en los muslos en un acto de resistencia fútil. Primero cedió la carne, luego lo hizo el algodón desgarrándose y dejando unas calvas deshilachadas que le recordaron a unos claveles, unos claveles blancos que no tardaron en teñirse con el rojo de la sangre. Los arañazos fueron indoloros al principio, sólo sintió frió, un segundo después empezaron a escocer y a quemar como si le hubieran clavado unas garras de hierro candente. La gata se retorcía. Carlos la sujetaba firmemente entre sus manos, sintiendo sus músculos en tensión y el pelo erizado. Quería hacerle daño. Dolía, dolía mucho, aquel animal le había hecho daño a él y lo iba a pagar. Estaba furioso, apretó con todas sus fuerzas. La felina luchaba por librarse de su captor, bufando y arañando la nada, angustiada por la presión que casi le impedía respirar. ¡Crack! El sonido fue el mismo que se puede escuchar cuando se pisan unas ramas secas. El maullido que le siguió fue largo y grave. Algo se había roto dentro de ella.

Carlos la arrojó al suelo como si fuera algo sucio que le pringa las manos. El animal cayó sobre sus cuatro patas, no pudo dar un paso antes de desplomarse con otro maullido de dolor, comenzó a vomitar una espuma carmesí.

Unos pasos apresurados y cortos se oyeron detrás de él. Carlos se giró y vio a Paula que corría hacia él.

- Papi, papi ¿has visto a mi gatita?.

- ¿Tu gatita?.¿Desde cuándo tienes tú una gatita?.

La niña le rebasó como un rayo menudo y dorado, casi del mismo color del pelaje de la gata que agonizaba regurgitando sangre un metro y medio más allá. Paula comenzó a gritar.

-¡ NOOOO!

Su propio grito lo despertó.

La vibración del grito quedó suspendida en el éter; un eco inaudible que reverberaba una y otra vez en el interior del habitáculo del coche. Carlos se quedó muy quieto, intentando ubicarse tanto en el espacio como en el tiempo. El corazón parecía que se iba a salir por la boca. El sudor había formado una película aceitosa y fría entre su ropa y su piel. Una sensación de ingravidez le invadía, como si yaciera flotando sobre barro. Necesitó unos segundos para comprender que todo había sido un sueño y recordar que estaba durmiendo en el coche, porque Laura le había dejado en la calle cuando él la acusó de estar….volviéndose, ¿loco?.

Ahora fue la pregunta la que rebotó por su mente como una canica que rueda en un cajón vacío. No, no podía ser. Aquella situación se le estaba yendo de las manos. De acuerdo que Laura podría haber cogido su móvil, y dar el cambiazo desenterrado el gato. Pero en ningún caso pudo haberse adelantado para colocar aquel animal torturado. Además, sinceramente no le creía capaz de hacer algo así, a menos, que tuviera un cómplice que hubiera preparado la escena de bienvenida.

Pero ¿quién? y ¿por qué?. Por qué montar todo este circo, por qué ese empecinamiento en venir a esta casa. La única idea que le ocurría era que quisiera abandonarlo o hacer que el mismo se alejara, ¿pero de esta forma?, había miles, millones de formas más sencillas de hacerlo. Todo esto era tan surrealista. Necesitaba poner su cabeza en orden, había demasiados flecos sueltos, demasiadas preguntas sin respuesta, demasiados callejones sin salida, pero de entre todos los callejones había uno más oscuro y tenebroso, uno que intentaba ignorar, mas él sabía que estaba allí, esperándolo, en un recodo del pensamiento, frío y lúgubre. Era el callejón de su propia locura. Una locura que le hacía ver cosas que en realidad no existían, una locura que explicaría fácil y definitivamente todo aquello. Ese solo pensamiento le aterraba; a lo mejor simple y llanamente se estaba volviendo loco, a lo mejor, como le dijo Laura estaba mal, muy mal de la cabeza. Se llevó las manos a la cara y lloró.


Sorbió los mocos y se enjugó las lágrimas pasándose el antebrazo por la cara. Una luna amarillo pálida seguía colgada con su corte de estrellas en el cielo estival. Carlos observó el espectáculo de la noche; por un momento encontró un remanso de paz. Aquella visión, que debía ser cotidiana, se había vuelto extraña para el urbanita. Contemplar el cielo negro infinito, sin ninguna contaminación lumínica que impidiera observarlo en toda su magnitud, era algo maravilloso. Verlo salpicado de incontables puntitos brillantes, que no eran sino soles distantes enviando su luz, aun estando muertos algunos, le pellizcó en el pecho haciéndole suspirar, tranquilizándolo.

Una ráfaga de aire arrancó un murmullo de las arizónicas y de las copas de los árboles, incluido el pino donde encontró al gato. Un escalofrío le sacó de su oasis mental. El sudor se le había secado y aunque no hacía frío, sí había refrescado lo suficiente como para pensar en una chaqueta que no tenía. Había salido del coche con la idea de dar un paseo para aclarar la cabeza y una brisa nocturna no se lo iba impedir, así que se encaminó hacia la verja.

La grava crujía bajo sus pies con cada paso. Los grillos detuvieron su serenata sobresaltados por el estruendo. Entonces el silencio fue absoluto. Carlos se detuvo junto a la cancela. La brisa había desaparecido, los insectos, todo; sólo podía oír el sonido de su propia respiración, que contuvo para escuchar aquel silencio. Aquella sensación también era extraña, casi olvidada para él. Silencio, silencio absoluto. Esperó a que la brisa volviera hacer murmurar las hojas, a que los grillos retomaran sus cantos de amor, pero ni lo uno ni lo otro. Los segundos pasaban hasta que se transformaron en un minuto… medio más. Soltó el aire que había comenzado a quemar en sus pulmones. Nada, aparte de su respiración que turbara aquella quietud. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón para coger las llaves y abrir la cancela. El roce de la tela con su piel y el tintineo del metal parecían amplificados. La llave penetró en la cerradura y pudo oír cómo los pernos se ajustaban sobre los dientes metálicos. Carlos iba a girarla pero se detuvo.

Una incómoda sensación le sobrevino. Él Estaba rompiendo ese silencio, esa calma perfecta. Se sintió torpe, casi sucio. Era la sensación de estar profanando algo sagrado. El vello de la nuca se le erizó. Ahora notó el peso de una mirada acusadora en su cogote, una especie de hormigueo. Le habían descubierto haciendo algo prohibido. Tenía la imperiosa necesidad de girarse, era como ese impulso que te obliga a cambiar de postura en la cama. La mano le tembló y la llave transmitió la vibración que hizo que la cancela emitiera un leve quejido metálico, prácticamente inaudible en cualquier otra situación, pero en esos momentos le sugirió que la verja se iba a derrumbar. Respiró hondo e intentó serenarse. ¿Qué clase de paranoia se estaba apoderando de él?. Hizo acopio de valor y se giró. Las zapatillas deportivas removieron la grava que rugió como una bestia prehistórica.

Allí estaba la casa, plantada con su rotundidad inmóvil, como una montaña de grises, de sombras y penumbras, mirándole con sus ojos/ventana y con su boca/porche. La sensación de ser observado no había desaparecido, es más parecía aumentar, si eso fuera posible. Le mantuvo la mirada, desafiante.

-¡No estoy loco!, ¡sé lo que vi!. Gritó al fin.

La casa no respondió.

Se sintió estúpido, pero un estúpido aliviado. Aquel grito había sido una liberación, como si hubiera soltado una gran piedra con la que cargaba. Llenó los pulmones con el fragante aire nocturno y salió.

La propiedad no estaba conectada directamente con la carretera, sino que había que recorrer un pequeño camino de tierra antes de enlazar con ella, que después de unos pocos kilómetros le llevarían al pueblo; si la tomaba hacia la derecha. Si lo hacía a hacia la izquierda, la comarcal zigzagueaba entre el bosque durante unos 15 kilómetros antes de encontrar el ramal de la nacional. En realidad no había lugar a donde ir y menos de noche, pero la Luna proporcionaba suficiente luz y qué diablos, necesitaba algún ejercicio físico, al menos andar, su cuerpo se lo reclamaba imperiosamente, necesitaba quemar la glucosa, que la adrenalina generada por el estrés había solicitado. Al llegar a la comarcal miró a la izquierda para comprobar que no venía ningún vehículo y cruzó para dirigirse al pueblo. Pasaban 3 minutos de la media noche, era verano, la gasolinera aún estaría abierta. Iría hasta allí, con la excusa de comprar tabaco. No fumaba desde unos meses antes de que naciera Paula, pero este le pareció un buen momento para volver a reanudar el hábito. La nicotina le tranquilizaría. El recuerdo el humo cálido y azulado le reconfortó. El tabaco siempre le ayudó a pensar en el pasado, pero Laura se empeñó en que lo dejara, que afectaría al embarazo, que no le hacía ningún bien que… prefirió dejarlo antes que soportar ese acoso y derribo diario. Laura, su novia, su mujer, su mundo sobre el que el orbitaba como un satélite atrapado en su gravedad.



Laura, Laura…siempre Laura. Apenas si podía recordar un tiempo en que no estuviera. Y ahora después de tantos años estaban apunto de caer por el precipicio, sino habían caído ya. 40 años él y 37 ella. Comercial en una pequeña empresa maderera nacional él, directora adjunta de la delegación española de una multinacional del campo de la odontología ella. Él 1.8mts. 90 kilos de peso, moreno, con una alopecia incipiente. Ella rubia, ojos verdes 1.70 y 65 kilos, preciosa, delicada, casi perfecta. ¿Dónde habían quedado el joven atlético y la chica tímida?. Se habían hecho mayores, los años no les habían tratado de igual forma. A medida que Laura crecía, menguaba él. Siempre había tenido esa sensación egoísta e infantil……BUUUUUU .El ulular de un ave nocturna le sacó de sus pensamientos igual que el puntapié de un verdugo. La gasolinera no debía de quedar lejos. Apretó el paso.

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El bosque parecía impenetrable, los abetos y pinos se apretaban formando un muro. La carretera, más parecía un riachuelo que discurriera por entre los cortados de un desfiladero, sólo que aquí, las paredes eran los troncos y Carlos un excursionista que se había perdido de una cordada. Caminaba a buen paso, un poco por entrar calor y un poco por salir de esa espesura negra y solitaria. Ni un solo vehículo había acertado a cruzarse con él. En esos momentos se sentía como si fuera la única persona sobre la faz de la tierra. Esa sensación era opresiva, angustiosa, haciendo que cualquier pequeño ruido en la hojarasca del suelo lo sobresaltara. Aquello era vergonzosamente cierto, un hombre hecho y derecho que se amedrentaba por el corretear de un ratoncillo de campo o por el rumor de unas ramas agitadas por el viento. Toda la determinación que había tenido cuando salió de la casa, al parecer se había esfumando a medida que penetraba en el bosque. Afortunadamente para él, el resplandor blanco de las luces de la gasolinera se adivinaron en la siguiente curva. Sin darse cuenta había comenzado a trotar.

- Buenas noches.

- Buenaajs. Devolvió el saludo el empleado. Era un hombre gordo con la cara sonrosada, con una nariz grande y bulbosa de bebedor. Vestido con un mono azul ajado, cuya cremallera abierta dejaba ver una camiseta interior que alguna vez fue blanca. Aquel hombre le miró con el ojo analíticamente desconfiado del empleado de gasolinera en el turno de noche, que ve acercarse a un hombre andando, solo y desde una dirección donde no había nada en varios kilómetros, nada, excepto una casa.

- ¿Vende tabaco?. La pregunta le pareció ridícula, pero no tuvo más remedio que hacerla. ¿Cómo iban a vender tabaco allí? Casi dudó de que tuvieran ni siquiera combustible.

La gasolinera, era en realidad un triste surtidor y una caseta de chapa, donde un mostrador con una caja registradora y unas estanterías, con un par bidones de aceite, además de unas escobillas limpiaparabrisas, que tenían pinta de estar descatalogadas hacía mucho, eran todo su contenido. El fluorescente que les daba luz parpadeo.

- No amigoj, aquí no vendemojs esa porqueríaj. Las palabras llegaron arrastradas en una bocanada que hedía a alcohol. La boca del dependiente se torció en una mueca burlona, que dejó entrever unos dientes rotos y amarillos. Otra muestra de la amabilidad local. A Carlos aquel comentario fuera de lugar le pilló descolocado.

- Perdone, no pretendía molestar. Era indignante, no sólo le atendía un grosero, sino que además él se disculpaba, aquello no podía quedar así, aquella noche no. No había discutido con Laura, dormido en el coche y dado una caminata hasta aquel tugurio para que un neandertal borracho le tratara de esa forma.

- Ah! Y no soy su amigo, gordo. Añadió.

El fluorescente volvió a parpadear. Salió de la caseta, cerró tras de si la puerta de aluminio y cristal de un portazo que hizo temblar la estructura hasta los cimientos.

Afuera le esperaban la noche y unas renovadas ganas de fumar. Alzó la vista y vio un destello rosa entre los árboles. Unos cientos de metros más adelante, la carreta describía otra curva. La luz rosa centelleó de nuevo para desaparecer unos segundos después. Estaba salvado, aquel neón en forma de flecha no podía indicar otro sitio que un bar de carretera y allí seguro que tendrían tabaco. Desde detrás de él llegó el quejido de la puerta de la caseta al abrirse. No le daría una segunda oportunidad a ese gordo borracho y corrió hacia el neón rosa.

¡Magnífico!, exclamó cuando pudo divisar aquel nuevo tugurio al que se dirigía, era como saltar de la sartén para caer al fuego. Aquello tenía pinta de ser una whiskería de tercera. No pudo evitar sonreír pensando en el trato que darían dentro, sobretodo basándose en sus experiencias con los locales. De cualquier forma el dueño del local o tenía un fino sentido de la ironía o no conocía el significado de la palabra que daba nombre a ese antro: Glamour. La palabra hecha con neones retorcidos refulgía en rosa chicle sobre la puerta, como una de esas trampas para mosquitos. Jamás entraría en un lugar como ese, pero quería comprar una cajetilla de tabaco y pedir fuego y no parecía que hubiera otro lugar mejor.

El puticlub tenía delante una pequeña explanada de tierra, que hacia la veces de parking, desierta salvo por un coche, un Seat León con los cristales tintados, pintado en un tono de amarillo que aún en la oscuridad molestaba a la vista.

La cortina hecha con cuentas de vidrio tintineo. La sala estaba sumida en penumbras aliviadas por unas luces negras y unos neones de colores . Guns N' Roses sonaban de fondo. La barra era un oasis de luz en comparación al resto. Desde luego no había mucho ambiente; o no había ningún cliente o estaban ocultos discretamente en los rincones más apartados y oscuros, de modo que sólo pudo ver a la mujer tras la barra.

- Buenas noches. ¿Tienen tabaco?

- Hola guapo. Allí tienes la máquina. Y señaló el otro extremo de la barra haciendo un gesto con la cabeza. Era una mujer que fácilmente pasaba los 50 aunque intentara disimularlo con un maquillaje excesivo y una sospechosa melena de rizos rubios. También lucía un escote generoso, donde unos grandes pechos amenazaban con desbordarse. Mascaba chicle.

-Pero si lo que quieres es echar humo, tenemos otras cosas mejores. Apostilló con un guiño de ojo cargado de máscara de pestañas.

Contestó al guiño con una sonrisa y se fue hacia la máquina, que tragó las monedas con ansia y le escupió la cajetilla de Lucky Strike con desgana. Había olvidado lo que costaba el tabaco, pensó que quizás aquella expendedora tenía unos precios desorbitados ante la falta de competencia. De cualquier forma pagó gustoso los 5€.

- Perdone, ¿tendría fuego?. Maldijo para si, le había dejado la broma a placer. Seguro que la madame, le contestaba con un chiste picante cuando menos.

- Aquí tienes guapo, quédatelo. Dijo tendiendole un Clipper con la palabra glamour serigrafiada.

- Gracias, acertó a decir un poco sorprendido por haber errado en su predicción.

- No eres de por aquí, ¿verdad?.

Vaya, el primer habitante de aquel lugar perdido de la mano de dios que parecía demostrar un poco de empatía hacia él y tenía que ser una prostituta. Las ganas de encender un pitillo le empujaban hacia la puerta con una mano invisible y tozuda. La mujer lo advirtió, de alguna manera supo que las ganas de fumar le acuciaba mas que las ganas de entablar conversación.

- Enciéndete un pitillo si quieres. No te preocupes, nadie te llamará la atención y la Guardia Civil, no suele dejarse caer por aquí y si lo hiciera, jaja ese no sería nuestro mayor problema.

- Gracias, pero no quiero causarles ninguno . Carlos estaba, otra vez, sorprendido por aquella mujer .

- Guapo, ¿dónde vas tan deprisa?. No te vamos a morder, no si tu no quieres jajaja. La risa sonó falsa como si fuera un chiste viejo que hubiera perdido la gracia.

El hombre se rindió, abrió el paquete de cigarrillos y sacó un Lucky, lo prendió. Aspiró su humo azulado y cálido, que inundó sus pulmones proporcionándole unos mili-segundos de placer. Por un momento la cabeza le dio vueltas y todo se desenfocó, la profunda calada fruto del ansia, le mareó. Para contrarrestarlo infló sus pulmones con aire libre de humo, consiguió sobreponerse. Era incomprensible cómo podía gustarle esa porqueriaj a la gente. ¿Porqueriaj? El desagradable acento del operario de la gasolinera se había colado en su mente y ahora lo reproducía igual que un loro que aprende una palabra nueva.

- Lo necesitaba, sobretodo después de la visita a vuestro vecino.

- ¿Qué vecino cariño?. Quiso saber la camarera.

Carlos dio otra chupada al cigarrillo y aclaró.

- El gordo de la gasolinera. Es un borde y además creo que iba bebido.

- Perdona cariño, pero no sé a qué vecino te refieres, la única gasolinera del pueblo queda a unos cinco o seis kilómetros de aquí, justo al otro lado, en el otro extremo. En la siguiente curva hay una gasolinera… pero lleva abandonada años.

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El humo de la última calada decidió quedarse en sus pulmones, de la misma forma que el metano neblinoso lo hace sobre una ciénaga emponzoñada. Carlos tosió. La cabeza esta vez sí le dio vueltas de verdad, pero desgraciadamente el tabaco no tuvo nada que ver, fueron aquellas palabras. Las luces se transformaron en luciérnagas que bailoteaban una conga sincopada junto con la música en un bucle malsano. La penumbra del local tomó masa, igual que si estuviera buceando en un mar de betún, donde el arriba o el abajo carecían de sentido. Todo comenzó a girar y girar para perderse por un desagüe aún más oscuro. ¡Dios mío! Aquello era la confirmación de sus peores pesadillas, aquella era la temida respuesta que había intentando por todos los medios no oír. Aquel había sido el callejón oscuro por el que no quería cruzar.



- ¿Cariño te encuentras bien?. Quiso saber la meretriz

- Sí, es la falta de costumbre, hacía mucho que no fumaba. Gracias por todo, será mejor que salga a la calle. Dijo Carlos encaminándose hacia la salida del local lo más rápido y dignamente que pudo.



Un géiser de jugos gástricos ascendió a la velocidad de la luz desde su estómago. El hombre arrojó el cigarro lo más lejos que pudo y se llevó las manos a la boca en un acto reflejo, pero de nada sirvió, pues otro reflejo involuntario abrió su boca hasta su límite físico, dejando el paso libre al caño ácido que parieron sus entrañas. La arcada le dobló . Sintió como su cara ardía y como sus globos oculares crecieron dos tallas más que sus cuencas, como sus manos se impregnaron con esa papilla viscosa de cena semidigerida. Otra le siguió aún con más violencia que la primera. Ahora paladeó el sabor amargo de la bilis y como los líquidos en su huida desesperada se colaban por sus coanas, abrasándole también la laringe con su fuego alcalino. Era un surtidor humano, una especie de bomba de achique de carne que estaba purgando su aparato digestivo de cualquier fluido.

Sólo después de tres arcadas más pudo volver a erguirse. La tensión sanguínea había caído en picado, se sintió desfallecer. Buscó algo donde sujetarse. Se derrumbó sobre el capó del SEAT León amarillo. Boqueaba como un pececillo fuera del agua. Estaba loco, el pensamiento resbaló por sus neuronas como el hilo de baba negra y pestilente lo hizo por la comisura de los labios, luego siguió su camino sobre la chapa amarilla. Era la única respuesta lógica. ¿Lógica?. No pudo reír. Necesitaba ayuda, Laura tenía razón, esta mal, muy mal.



Después de unos minutos logró incorporarse, estaba aturdido pero no lo suficiente para no poder volver a la casa. Escupió un par de veces intentando deshacerse de ese sabor a limones podridos que tenía en la boca, fue inútil, también lo fue limpiarse el vómito de las manos, aunque se las restregó vigorosamente por los pantalones vaqueros, lo más que consiguió fue retirar algún resto grueso, la sensación viscosa le acompañaría todo el camino de vuelta junto con el hedor.

Abandonó el parking del bar de carretera para desandar el camino hasta la casa. Sabía que en la siguiente curva estaba la gasolinera “abandonada”. La luz roja de zafarrancho de combate se encendió en el puente de mando de su cerebro. ¿Cómo la vería?. ¿Vería los restos de una estación de servicio donde el bosque ha empezado a recobrar lo que alguna vez fue suyo? O ¿vería nuevamente a aquel gordo y aquella caseta de aluminio?. El escalofrío llegó antes que la respuesta, que jamás lo haría. El miedo a enfrentarse con eso le engarrotó los músculos y le detuvo. Miró al bosque que le flaqueaba el paso. Sus ojos lo escudriñaron y apenas si alcanzaron a ver más allá de la primera hilera de árboles. ¿Pero que pretendía ver? Detrás de ellos sólo había más árboles, o eso se suponía que es lo que había en un bosque. Podría adentrarse en él, dar un rodeo y así no tener que pasar por la gasolinera. Era una buena idea; sólo un par o tres de kilómetros y la rebasaría. Eso era, caminar por la espesura del bosque en plena noche, donde podía partirse la crisma metiendo el pie entre unas raíces o simplemente desorientarse y perderse sin llevar siquiera una prenda de abrigo, era una idea absurda, propia de un loco. Ahora sí rió con una carcajada nerviosa y sonora, perfecto, él estaba loco. En una rama alta de algún árbol no muy lejano un pájaro también pareció carcajearse.



La zapatilla manchada de vómito se hundió unos centímetros al pisar en la alfombra de agujas secas. No podía hacerlo, las raíces, las rocas, incluso las carcajadas de pájaros y la fría oscuridad del bosque era mil, millones de veces mejor que tener que enfrentarse a la gasolinera. Con la luz del día quizás, pero no ahora, no esa noche.
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La sensación térmica en la espesura del bosque era varios grados más fría. La noche se pegaba a todo como una película negra, que apenas si dejaba ver donde pisaba. La luz de la luna estaba tamizada por una inmensidad de agujas de coníferas.

Avanzaba torpemente por entre los cedros, pinos y abetos como en un eslalon ralentizado. Mientras fintaba troncos negros, el fresco olor a pino luchaba con el del limón podrido en las fosas nasales requemadas. Sin embargo la verdadera lucha se llevaba a cabo no muy lejos, en otra parte de su cabeza.



El miedo se había subido a horcajadas sobre sus hombros y le susurraba cosas. Cosas horribles que se negaba a creer. ¡No y no! Él no podía haber perdido el juicio. No podía ser tan simple como eso, era imposible. Algo no cuadraba allí, algo no había cuadrado desde el principio, desde que vio aquella maldita casa en la pantalla del ordenador, en su propia casa.

El tenía una especial sensibilidad para aquellas cosas. Sí, no podía negarlo y lo supo desde el principio, aquello no era buena idea y por alguna razón no deberían haber venido. Pero como siempre pasaba no pudo demostrarlo, simplemente fue otra pega más, una más de sus rarezas. Aquellas rarezas, como las llamaba Laura, le habían acompañado desde bien joven y desde esa tierna edad, aprendió a llevarlas en silencio por miedo a convertirte en un bicho raro oficial. Pero el silencio no hace que desaparezcan, te siguen durante toda la vida, como algo tuyo, algo que llevas oculto, igual que esa extraña marca en la piel de la que no te sientes orgulloso, porque sabes te hace ser “diferente”.



Esas sensaciones eran pequeñas coincidencias, premoniciones que aparentemente no alteraban el curso de la vida y que rara vez le suponían ventaja alguna. Como saber que el teléfono iba a sonar unos segundos antes que lo hiciera, o presentir acontecimientos, muertes, accidentes de personas a las que no conocía, hasta que por alguna razón, la noticia llegaba hasta él y entonces ese presentimiento cobraba sentido; o simplemente “pensaba” en nombres de personas con las que hacía años que no hablaba o lugares a los que nunca había ido, para que por caprichos del destino acabara viendo o visitandolos en pocas fechas. Otras eran simplemente, eso sensaciones, que te hacían no tomar un autobús para esperar al siguiente o elegir un asiento en vez de otro estando todos vacíos. Lo cierto y verdad, es que llegaban como flashes, como fogonazos que se colaban en su mente; lo hacían de forma inesperada, la mayoría de las veces sin estar dentro de un contexto, que pudieran disfrazarlos de deducción, simplemente se metían en su cabeza como una idea repentina y luego desaparecían. La única explicación que se le ocurría, era suponer como que los pensamientos fueran algo parecido a unos hilos telefónicos que nos interconectan con otras personas o cosas, y que cuando pensamos en alguien o en algo, de algún modo, que no llegaba a comprender, unos de esos hilos de pensamiento erraran en su objetivo, siendo como llamadas de teléfono que se cruzaran momentáneamente con él. Pudiendo de esa forma “ver” su mensaje.

Pocas personas sabían de su existencia. Quizás fuera una estupidez, pero de alguna manera pensaba que esa capacidad, esa sensibilidad siempre le había protegido a él y a los suyos. Era lo mismo que cuando llevas herramientas en el coche que no sabes muy bien cómo utilizar, que te niegas a dejar de llevar, pensando que algún día te podrían sacar de un aprieto y esta vez no lo había seguido; había dado la espalda a su intuición y aquella casa o lo que fuera estaba jugando con él, con ellos.



Algo se estaba cociendo, algo negro, algo que jugaba con su mente. Algo peligroso. Él era el único capaz de percibirlo, él era el único capaz de detenerlo. Por eso él era el primer enemigo a batir.

- ¿Estás seguro?, estás seguro de qué es eso…No será, que esa esquizofrenia latente que siempre has tenido y que nunca se diagnosticó, ahora se está expresando. Sí ahora…ahora que temes perder a Laura , y que tu mente enferma está creando un escenario donde eres un héroe salvador ..estás seguro? De qué lo que te pasa, es que tan sólo estás loco, loco como una cabra jajajaja..

La voz sonó alta y clara dentro de su cabeza. No era su voz, era la voz de un anciano cruel que arrastraba las palabras, casi escupiéndolas al pronunciarlas. Era la voz del miedo. El corazón de Carlos se detuvo por un momento, su sangre dejó de circular. El diafragma se contrajo y como si sus pulmones fueran la caldera de un volcán a punto de explotar, un magma hirviente ascendió. Entonces gritó. Gritó como jamás lo había hecho, los músculos del cuello se tensaron, su boca se abrió y sus ojos se desorbitaron, pero en vez de vomitar el miedo y el contenido de su estómago como hacía unos minutos, expulsó un magma ardiente y sónico preñado de ira…

- ¡¡¡Cállate!!! No tengo miedo. NOOOOO ESTOY LOCOOOO!.


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Estaba dormida, no tan profundamente como para no notar el agradable frescor de la sábana de algodón sobre su piel. Una sensación parecida a las cosquillas le hizo estremecerse. Solía dormir del costado derecho, en el mismo borde del colchón, pero ahora, después de girarse lo hacía bocarriba. Extendió los brazos y las piernas formando una equis, desperezando los miembros entumecidos. Enseguida los volvió a encoger, adoptando de nuevo una posición fetal, pero esta vez vuelta hacia el lado izquierdo. A la parte del cerebro que no dormía, llegaron unos estímulos electroquímicos provenientes de las puntas de los dedos de su mano izquierda, rápidamente fueron procesados. Habían rozado algo. Era algo cálido, de consistencia blanda…, todos los estímulos fueron relacionados y cada centro neuronal aportó sus conclusiones; era algo orgánico. En otro lugar del cerebro esa conclusión fue nuevamente procesada; era el cuerpo de su marido que descansaba junto a ella. El cerebro podía desechar esa información, no era útil, tenía otros millones de estímulos que analizar. Con un retraso de un picosegundo, desde otro centro de asociación neuronal, llegó un mensaje. No podía ser Carlos ..habían discutido y le había dejado fuera, no podía estar en la casa. Entonces, ¿quién/qué era lo que estaba en su cama?. Había que despertarse, el sistema podía correr peligro. En el subconsciente de Laura las luces pasaron a rojo y una sirena comenzó a sonar, habían entrado en DEFCON 2.



La certeza de que había algo a su vera la despertó, pero mantuvo los ojos cerrados, mientras agudizaba el resto de sus sentidos intentando recabar información desde una posición segura, como si por alguna extraña razón si ella no podía ver aquello, aquello tampoco podría verla a ella. Percibió un ligero tufillo a amoniaco. El ritmo cardíaco se aceleraba y con él, la demanda de oxígeno, sus músculos también se tensaron. Tenía que abrir los ojos, pero un miedo infantil la paralizaba; qué era eso que estaba allí agazapado?. Su imaginación ya le había sugerido un par de huéspedes con camisetas de tirantes sudadas y entrepiernas abultadas. ¡Dios mío!¿Y si Carlos tenía razón y si un demente andaba por allí y si se había colado en su habitación aprovechando su ausencia, y si estaba allí, en su propia cama, observándola? Reunió todo el valor que pudo encontrar y despegó unos milímetros los párpados del ojo izquierdo, lo justo para poder entrever a través de sus pestañas. Sólo puedo ver una forma oscura, que la luz de la luna pálida le silueteaba a contraluz. Pero aquello no le aclaró nada, ni siquiera podía calcular su tamaño, estaba demasiado cerca. Tendría que abrir más los ojos. Podía sentir como sus latidos retumbaban en sus odios cuando cayó en una terrible cuenta, ¡PAULA!.



Su niña, había olvidado a su niña. Su hija estaba en la habitación de al lado, y si ...no, no podía pensar en aquello. El miedo se transformó instantáneamente en pánico. La adrenalina comenzó a manar de su páncreas, había que armarse. Las manos se transformaron en garras, y las uñas se hincaron en el sábanas amenazando con hacerlo en el colchón, fuera lo que fuera que hubiera en su cama se iba a enfrentar a ello. De un solo movimiento, casi felino saltó fuera de la cama por el lado derecho y agarró la lámpara de la mesita de noche esgrimiéndola como un garrote, al tiempo de su garganta nació una especie de gruñido/chillido feroz y primitivo.

El corazón parecía que se le iba a salir por la boca, las uñas de la mano que sujetaban el pie de la lámpara se había clavado la palma y los ojos se habían abierto de par en par llenándole la cara, donde la boca también lo había hecho, enseñando los dientes en una mueca desafiante. Ahora pudo ver a aquello que estaba sobre su lecho, y por unos instantes creyó ver el cuerpo de un hombre grande y peludo en ropa interior pero evidentemente la adrenalina y su imaginación la habían confundido, pues lo que allí yacía no era ningún maníaco, si no el cuerpecito de su hija hecho un ovillo que dormía plácidamente. Cuando Laura fue plenamente consciente de ello dejó caer la lámpara y se arrojó sobre la cama para abrazar a la niña, las lágrimas y la risa brotaron al unísono. La pequeña murmuró algo y también se abrazó aún dormida a su madre. Laura la achuchó en su pecho y le besó el rostro acunándola entre sus brazos, intentando que no se desvelara.

Ella no podría volverse a dormir. No sólo se lo impediría la adrenalina, que todavía fluía por su torrente sanguíneo, si no también dos detalles. El primero fue descubrir que el tufillo a amoniaco que había olido provenía del pijama empapado en orines de la niña, cosa que no hacía desde que tenía dos añitos y el segundo fueron las palabras que acababa de escuchar de sus labios infantiles: “Abuelita, abuelita Paula, ayúdame”.

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Caminar por la oscuridad del bosque dilataba el tiempo como si fuera un trozo de mantequilla dejado al sol. Sólo llevaba 15 minutos caminando pero parecía que llevara haciéndolo horas. Había apretado el paso, quería llegar a la casa y…bueno. Quería llegar, esa era la primera meta volante. Una vez allí esperaría a que amaneciera para hablar con Laura. Sí, eso sería lo más conveniente.

No le quedaba otra alternativa, sólo podía pedir ayuda a su mujer. Ella siempre le había sobrellevado, aun sin entender completamente sus “cosas”, había sido la persona en la que se había podido apoyar, con la que se había sincerado, con la que había compartido sus miedos…Y ahora sus miedos se habían hecho realidad y se la iban a quitar. Le iban a quitar lo que más quería, su familia, por eso tenía que enfrentarse a aquello; había que luchar. Tendría que contarle lo de la gasolinera, tendría que prepararse para escuchar su respuesta.

-No Carlos, no hay ninguna gasolinera,…estas como unas maracas, o sí Carlos, hay una gasolinera con un gordo desagradable, pero no hay ningún bar de carretera, estás como unas maracas.

En cualquiera de los casos el fin parecía el mismo. Pero él sabía que había algo raro en aquella casa, que era una trampa, que algo quería convencerle de que estaba loco. No le quedaba más remedio que demostrar a Laura, que no lo estaba; tenía que hacerlo o al menos convencerla de que debían salir de aquel lugar.

Parecía más fácil de decir que de hacer. Y si se negaba abandonar la casa y si simplemente decía que no… El silencio se hizo en su mente como haciéndose eco de el del bosque. No, aquello no podía suceder..Laura le apoyaría, una cosa era que hubieran discutido, que él hubiera perdido el control por un momento, pero ahora la cosa era muy distinta …se suponía que le quería, tenía que escucharle , tenía que comprender que algo raro sucedía, que no era bueno estar allí y si no lo hacía por él, al menos que pensara en Paula.

¡Estúpido! .Se dijo, actúas como un niño asustado que corre al amparo de las faldas de su madre.

¿Su madre? …ojalá estuviera aquí…Ojalá pudiera, pero no estaba, hacía demasiado tiempo que no estaba….también se llamaba Paula; mejor dicho, Paula, su hija, se llamaba así por su abuela. No obstante, no había sido su verdadera madre, lo adoptó, no lo supo hasta muchos años después, jamás sabría él de su madre biológica, pero le daba igual, Paula, era la madre que había conocido, la mejor madre del mundo y fue la suya.

Fue la única persona en el mundo que comprendió lo que él era capaz de sentir, y le enseñó a ocultarlo y a que no se desarrollara, a que “eso” no le causará problemas. ¿Cuánto la necesitaba ahora...Cuánto?.

Pero algo le susurró al oído, algo la engañó. Fue en una mañana de primavera, muy temprano con las primeras luces del día. Algo la confundió y la hizo cruzar la calle, justo en aquel preciso momento que el autobús echaba a andar. Ese mismo autobús donde él había montado hacía tan sólo unos minutos, para iniciar su viaje de fin de 8º curso de la EGB. Luego dirían que fue un accidente, que el chofer puso la marcha atrás por error, que todo fue un conjunto de fatalidades, el colmo de la mala suerte, pero en lo más profundo de su mente de preadolescente Carlos siempre supo que no lo fue. Aún recordaba el frenazo, aún como saltó sobre el asiento gris, aún podía sentir el vaivén y como las ruedas, con todo enorme peso del autobús sobre ellas, machacaban el cuerpo de su madre. No la volvió a ver. Se le quedó clavada su imagen; despidiéndose, su mano agitándose en el aire y como todavía podía leer el adiós en sus labios, ver su melena rubia recogida en un discreto moño, y sus preciosos ojos verdes …casi igual de preciosos que los de su mujer, y que los de su hija.

Otra vez notó del miedo subiéndole por la espalda como una enorme araña que va tanteándole con sus patas peludas, buscando, seleccionando el mejor lugar donde hincar sus colmillos cargados de terror. Aquel recuerdo había sido una pedrada en el terrario de la alimaña. El recuerdo de su madre la había liberado, ahora su veneno infectaría su cuerpo, no con un miedo nuevo, si no con un miedo antiguo y diferente, con un pánico helador que espesa la sangre y a la vez hierve los tuétanos, con un terror viejo y rancio, olvidado, que creías sepultado bajo capas y horas de consulta de psicólogo, un miedo primitivo a que te susurren en el oído: Cruza la calle.

Los pasos apresurados de Carlos se transformaron en zancadas. Estaba corriendo, debía salir del bosque, las ramas más bajas le azotaban al pasar, igual que si fuera un reo camino del patíbulo al que una masa expectante le tira basura y escupitajos, pero no importaba, ni la dentellada de dolor que sintió en el tobillo al pisar un socavón en el suelo, ni siquiera que a los pocos minutos jadeara como un animal herido, perseguido por una jauría de perros, eso tampoco importaba. Lo único importante era que debía llegar a la casa y debía hacerlo rápido. No había tiempo que perder, el hombre del saco se había vuelto a despertar y nada bueno podía pasar.

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El cigarrillo humeaba colgando de sus labios, no recordaba haberlo encendido, pero estaba allí. Una perla de sudor resbaló desde una ceja y acertó a colarse en un ojo. Estaba cargada de sal y le escoció. Ya no corría, su forma física no le permitió hacerlo más que unos cientos de metros, eso y su tobillo que le había vuelto a morder. De cualquier manera, estaba sudando y fumando otra vez. Cuando fue consciente de ello, arrojó el cigarrillo y lo aplastó sobre las agujas de pino luego escupió intentando librarse del regusto a humo y de limones podridos que aún tenía en la boca. Según sus cálculos, no debía de estar lejos de la casa pero aquel laberinto de troncos no quería darle ninguna pista y continuó lo que había comenzado como un inocente paseo nocturno.

Su mente se había convertido en una olla a presión malsana, donde se entremezclaban pensamientos y recuerdos cocinándose una sopa terrorífica que se veía obligado una y otra vez a tragar. La sombra de dolor hacía ya rato que revoloteaba sobre él, como un buitre buscando carroña. Intentó ignorarla pero no era posible zafarse de ella, había llegado para quedarse. Su primer picotazo le pilló desprevenido, fue como una descarga eléctrica que le cegó, sólo pudo ver una mancha de color azul, helada y dolorosa. La segunda andanada se superpuso sobre la primera amplificándola. La maldita cabeza le iba a explotar. Apretó los dientes hasta rechinarlos, dio un paso, tenía que llegar a la casa, la esperanza de analgésicos sólo sería un acicate más. No había otro sitio a donde ir.

El avance era dolorosamente lento. La jaqueca se había convertido en una horca de piedra que llevaba cargada sobre su nuca y que amenazaba con aplastarlo a cada paso. Tomaba aire por la boca con leves inspiraciones y lo expulsaba por la nariz después con pánico de que cualquier gesto provocara una oleada extra de dolor.

Caminaba bajo las bóvedas verdinegras de aquel templo de columnas de madera, cual penitente que soporta un castigo para expiar sus pecados, cuando por entre la maraña de agujas de coníferas y ramas retorcidas apareció la luna. La densidad de árboles empezaba a menguar y eso sólo podía significar que la carretera estaba próxima. Carlos apretó el paso inconscientemente, había vencido al bosque. En la sien derecha sintió un calambrazo que correteó hasta algún punto de detrás de sus ojos. Recordándole que tenía nuevos enemigos, que poco o nada tenían que ver con esos arbolitos. Así y todo no bajó la cadencia de sus zancadas. Casi había llegado, estaba cerca, muy cerca.

Justo después de abandonar el bosque cruzó la carretera, tan desierta como la recordaba y allí, al fondo de la pista de tierra la pudo divisar. La casa seguía estando en el mismo sitio; con su verja/bozal y sus ojos/ventana, de uno de ellos salía luz. Le estaba haciendo un guiño travieso, como si se burlara de él, gritándole, “corre, ven ven, no sabes lo qué te has perdido”. El pensamiento reverberó por todo su cerebro. El dolor de cabeza se hizo tan insoportable que le dobló por la mitad, hasta que terminó hincando las rodillas en el suelo sujetándose el cráneo con las dos manos, sentía como las meninges le vibraran, algo viscoso y cálido le brotó de la nariz. El polvo gris del suelo se tiñó con los círculos negros de su sangre.

Haciendo un esfuerzo titánico se volvió a levantar, la presión que le estrujaba el cerebro había bajado un ápice la intensidad, lo justo para poder hacerlo. Alzó el antebrazo y se lo restregó por la cara limpiándose la sangre que había dejado de manar tan repentinamente como comenzó. Ya no le cabía ninguna duda, había algo en aquella casa, algo peligroso, tenía que sacar a su familia de allí a toda costa. Él no estaba equivocado, él tenía ese “algo” que podía notarlo y él era el único que podía protegerla de eso. Este nuevo razonamiento fue como una patada en la faz. Su familia todavía estaba dentro y algo malo iba a pasar o ¿habría pasado ya? No lucharía más contra el dolor, simplemente lo asumiría. Echó a correr pero sólo consiguió andar rápido. Era menos que nada, la casa estaba tan cerca, no podía ceder, no se lo podían permitir.

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La boca/puerta seguía cerrada, había metido la llave y la había girado pero el cerrojo aún se empeñaba en no dejarlo pasar. Golpeó con el puño, sintió dolor en la mano y en la cabeza que retumbó. La madera maciza recibió el impacto en silencio y sin inmutarse. No había timbre.

- ¡Laura, ábreme! ¡¿Va todo bien?!

En los oídos su propia voz le sonó ridícula y débil a pesar del silencio nocturno. Laura no lo oiría.

Otra aguja de dolor se clavó en el acerico/muñeco de vudú en que se había convertido. La oscuridad de la noche repentinamente tornó en azul, un azul lacerante que le quemaba. Se protegió los ojos con las palmas de las manos intentando protegerlos de ese resplandor eléctrico. En nada o en muy poco le alivió, pues aquella luz no provenía del exterior sino del interior de su propia testa. Fue como una ola, cuya resaca le dejó manchas negras en el campo visual y un pulso doloroso, soportable, en la base del cráneo, que igual que una boya meteorológica advierte que el temporal no había acabado, que más adentro, en el corazón azul del océano la tormenta se rearmaba.

Tenía que entrar en la casa, debía encontrar alguna manera de hacerlo, la pura frustración le hizo embestir con el hombro al portón. Notó como algo crujió dentro de él. Así no lo conseguiría.

Rodeó la casa escudriñando, buscando alguna forma de trepar hasta una ventana de la segunda planta. Tonterías, era imposible para él, no era ningún atleta, ni incluso aunque le arrojaran una cuerda podría conseguirlo, sólo miraba hacia arriba y andaba, rondando alrededor de la casona, que se había convertido en el brocal de un pozo en el que él estaba atrapado sin remedio.

Pero tenía que entrar, allí dentro estaba su familia y tenía que sacarla. Algo pasaba, lo presentía. Era algo más que una corazonada, algo más que el recuerdo de dolor de una cicatriz cuando cambia el tiempo. Era ese algo que lo hacía raro y diferente, ese algo que tanto se habían esforzado, primero su madre y después él en ocultar. Era su don, que ahora se expresaba con la claridad de la desesperación, que luchaba por ser reconocido, como el catatónico que araña la tapa del ataúd para convencer al mundo de que estaba allí y de que estaba vivo y ahora le gritaba desde dentro de sus entrañas: ¡Corre, sálvalos!

El garaje, ¡las herramientas!...La idea era un cuchillo caliente abriéndose camino entre su masa encefálica de mantequilla. Seguro que allí encontraba algo que le permitiría abrir la boca a aquella casa. Pensó en un mazo o algo que pudiera utilizar como ariete pero lo más parecido que halló fue un hacha. Bien, golpearía la puerta con el contrafilo hasta arrancar el cerrojo y si no, al menos Laura oiría los golpes.

El peso del hacha le reconfortó y por unos instantes todos los dolores desaparecieron. Comenzó a andar de nuevo en dirección al portón. La suelas de goma de sus zapatos de deporte manchados de vómito aplastaron la grava del suelo con seguridad. Levantó la cabeza y miró directamente a la boca/puerta sonriendo, había llegado el dentista.

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Un tremendo estruendo la sacó violentamente de su duermevela. Había sonado como un trueno, no, mejor, era un cañonazo. Otro estruendo siguió. Pero no, aquellos eran golpes secos, como si un gigante estuviera golpeando la casa con sus puños… ¡Dios mío! alguien estaba intentando echar la puerta abajo. Rápidamente es su cabeza una mazmorra se abrió. Era la puerta de un olvidadero. Un olvidadero es ese agujero en el fondo de tu mente, donde encierras a todos los monstruos, primero de tu infancia y luego de esas películas para adolescentes de asesinos con motosierra y cabaña junto a lago, un lugar donde quedan desterrados cuando crees que ya eres lo suficientemente mayor para no temerlos, un lugar donde la mente los guarda para intentar olvidarlos, pero siguen estando allí, esperando que otro golpe en la puerta haga saltar el cerrojo que los retenía. Ahora aquel olvidadero se había abierto y todos esos monstruos salían gritando, alzando sus garfios, sus garras afiladas, aullando y mostrando sus colmillos a la Luna. Habían estado enjauladas mucho tiempo y de nuevo habían recobrado la libertad. Otro golpe más, su pierna derecha empezó a temblar sin control.

Primero pensó en coger a la niña de la cama e intentar esconderse, la idea fue desechada al siguiente instante. De nada serviría esconderse, sólo sería retrasar lo inevitable. Intentó mantener la calma y pensar. Carlos estaba fuera, durmiendo en el coche, los golpes, si no lo habían despertado ya, lo harían los gritos, que estaba sujetando a duras penas en su garganta y que reservaba estúpidamente como si fueran un arma secreta. En el rabillo del ojo apareció el móvil que reposaba sobre la peinadora, podría llamarlo, si él de su marido no estuviera también unos centímetros más a la derecha. No, el teléfono no la iba a ayudar, aquella maldita casa estaba demasiado lejos de todo, la Guardia Civil tardaría demasiado en llegar, eso si se supiera el número al que había que llamar. “Maldita casa” las palabras, aun siendo un pensamiento carente de sonido se quedaron reverberando por su mente donde de sí se podían oír alto y claro.

Tomó a la niña que dormía en brazos, pesaba, y aunque con dificultad consiguió deslizarla debajo de la cama. Afortunadamente la cría no se había despertado. Ese dato le dio nuevas fuerzas para retener otro poco más sus gritos. Otro golpe, instintivamente hundió la cabeza entre los hombros. Descalza como estaba, se encaminó hacia la escalera que conducía al piso inferior. Bajo ningún concepto, fuera lo que fuera aquello que estaba tirando abajo su puerta debía de subir esas escaleras. Tenía que ganar tiempo, quizás llegar a la cocina para armarse con un cuchillo o un machete y si tuviera oportunidad salir al exterior en busca de su marido. Pero no le sobraba tiempo. La puerta no resistiría mucho más.

La madera de los dos primeros escalones crujieron bajo sus precavidos pasos. Aquello era absurdo, el sigilo de sus pasos sólo la retrasaría. Saltó en la semioscuridad. Los 10 escalones pasaron hasta que aterrizó en el descansillo donde giraba la escalera. Su articulaciones absorbieron perfectamente el impacto, sus visitas al gimnasio la mantenían en forma. Estaba de frente a la puerta, sólo otros doce escalones y unos metros de recibidor la separaban de la puerta. Entonces el cerrojo de hierro saltó cayendo al suelo al tiempo que la puerta se abría con el último golpe. El tiempo pareció espesarse, los segunderos se arrastraron sobre las esferas de los relojes cruelmente, alargando los instantes para que al pánico le diera tiempo a llegar y acomodarse tranquilamente en la mente de Laura.

Un chorro de luz plateada atravesó el dintel, en el centro de aquella avalancha argenta la figura negra carbón, de un hombre con un hacha que resollaba. Ya no pudo retener el grito que brotó de su boca como una arcada de terror. Los planes, la estrategia, cualquier pensamiento había desaparecido de su cerebro, sustituido por un lienzo plateado con un hachazo negro en el centro, un desgarrón, una herida por donde supuraba oscuridad. La mujer estaba en estado de shock, como un conejo deslumbrado por los faros de un camión, dispuesto a ser machacado sobre el asfalto.



Huir



Gritar



No



Paula



Hacha



PAULA, HACHA



HUIR



Conceptos, era sólo eso, conceptos….



¡¡Mamaaaaaaaa!! . El grito de Paula fue el cubo de agua helada que la despabiló. Aquella silueta oscura avanzaba sobre ella. Había que reaccionar. Subiría a la habitación, no podía dejar a su hija sola, ahora que se había descubierto. Se atrincherarían con lo que pudieran y saltarían desde la ventana sobre el porche… todo menos quedarse allí quieta esperando un hachazo.

El pie desnudo erró, entre la penumbra y el pánico no había calculado bien la distancia al tercer escalón al que pretendía encaramarse. La caída fue inevitable y sorpresiva. El golpe en el mentón brutal, la oscuridad que llegó después absoluta e incontestable.


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Paula estaba gritando, él jadeaba por el esfuerzo, sentía como la sangre, bombeada por su corazón acelerado, le recorría cuerpo y cómo sus músculos hormigueaban por el esfuerzo. De alguna forma extraña se sentía poderoso. El grito de su hija, paradójicamente no sólo era una fuente de terror, sino también una dolorosa confirmación, estaban en peligro, algo los había estado acechando desde mucho antes de que pusieran un pie allí, ese grito de terror infantil le daba la razón; él estaba en lo cierto, aquella casa era algo insalubre y maligno y lo percibió a cientos de kilómetros porque su don no era ninguna maldición, nada de lo que tuviera que negar. Había conseguido abrirle la boca a esa maldita casa, ahora rescataría a su familia del interior y huirían de allí, Iba a ganarle la partida a aquel caserón, y jamás volvería a mirarse al espejo con miedo de ver a un loco. Su madre tenía razón, había cosas, pero al contrario que ella no se dejaría amedrentar más.

Cuatro zancadas y se plantó a los pies de la escalera. Tomó impulso y de un brinco se encaramó al quinto escalón. Se aferró al pasamano de madera, para frenar su siguiente impulso intentando no perder el equilibrio, había algo agazapado, una forma interrumpió el paso en el rellano, un bulto. Alzó el hacha y lo empujó con el pie, ese rincón estaba especialmente oscuro y apenas si podía distinguir el contorno de aquello que se parecía vagamente a un fardo, un saco y que le bloqueaba el paso. Lo sintió blando, de una molicie orgánica, igual que cuando cogió aquel pobre gato mutilado para enterrarlo; sí, ese minino había sido el epicentro de aquella pesadilla, solamente habían transcurrido un par de días desde que lo encontró, tantas cosas habían pasado en tan poco tiempo, demasiadas, y ninguna buena.

El bulto era mucho más grande que un gato, se agachó. Oh! La exclamación salió de su boca como si tuviera existencia propia, aquello era el cuerpo de su mujer que yacía desmadejado, sin sentido en el suelo del descansillo de la escalera, ¡Dios mío qué había pasado allí!, se agachó un instante y comprobó que tenía pulso, se volvió a erguir y pasó sobre él, había que priorizar, Paula seguía gritando, aterrada.

Subió el segundo tramo de escalones aún más veloz y penetró en la habitación principal desde donde salía el llanto de la niña. La luz estaba apagada pero de un manotazo la volvió a encender. La tensión arterial había reventado algunos capilares y unos globos oculares inyectados en sangre escanearon ávidos el dormitorio buscándola.

- Paula, ¿dónde estás?, soy papá. No pasa nada.

El cuerpecito de la niña salió reptando de debajo de la cama. Carlos se abalanzó sobre ella y la abrazó fuerte entre sus brazos. Paula gimoteaba y preguntaba por mamá.

- No te preocupes cariño mamá está… bien, está...dormida, eso, está dormida.

Mientras improvisaba una explicación la estudiaba en busca de algún daño. Afortunadamente no halló ninguno. Había llegado justo a tiempo de aquella casa les hubiera hecho más daño. Pero un momento, él había bajado la guardia, había soltado el hacha, no había sido cuidadoso, no podía permitirse ningún error, no podía darle ninguna ventaja a la casa. Debían salir de allí. Se echó a Paula al hombro y cogió el hacha del suelo.

- Papá me haces daño, ¡bájame, bájame, quiero ir con mamá…quiero ir con mamá!

- Sí cariño ahora te bajo, aguanta un poco.

Volvió a bajar las escaleras lo más rápido que pudo, implorando porque Paula no descubriera el cuerpo de su madre en la oscuridad, ojalá el salir de la habitación iluminada sus pequeñas pupilas tardaran en adaptarse a las escaleras sumidas en tinieblas.

- Papá hueles muy mal, dijo Paula intercalando una nueva queja al catálogo de “bájames”. Había comenzado a lloriquear.

- Ya llegamos, ya llegamos.

Carlos intentaba calmarla mientras escudriñaba las sombras para acertar con los escalones, cosa que cargado con la niña en un hombro y llevando el hacha en la otra mano no resultaba fácil. Pasaron sobre el cuerpo el cuerpo inerte de Laura que seguía en la misma posición en la que había dejado, Paula no la vio.

Carlos no respiró hasta que no tuvieron otra vez el cielo bajo sus cabezas. Sólo era una pequeña victoria, aún no habían escapado. Corrió hacia el dónde estaba el coche y sentó a Paula en su silla y le abrochó el cinturón.

- Papá vuelve en un momento.

Le hizo una caricia en la mejilla con el dorso mano y luego le besó en la frente. Cerró el monovolumen salió corriendo dejándola a solas. El llanto subió de lloriqueo a llanto terrorífico, quedarse allí, en medio de la oscuridad era peor que viajar como un fardo cargado al hombro de su maloliente padre, mucho peor. Carlos deshizo el camino batiendo el récord mundial los cien metros hacha, con el llanto de su hija hincado en el cerebro, pero no había más remedio tenía que volver a por Laura.

El cerrojo arrancado estaba en el medio del hall/garganta de la casa, había salido despedido por los hachazos y ahora estaba tirado en el suelo, oculto, esperando su oportunidad para vengarse, como un caimán de infinita paciencia, como una mina antipersona que aguarda durante años a que un pie descuidado lo pise. Esta vez no tuvieron que pasar años, sólo unos minutos para que el pie de aquel hombre, el mismo que lo había arrancado a golpes lo hiciera. Carlos pudo oír el chasquido, algo parecido al sonido que hacen dos piedras al chocar. Algo se había roto dentro de él, notó como se vaciaba una ampolla cargada de calor. Comenzó a doler, subiendo su intensidad hasta se transformarse en un filo al rojo que le acuchillaba en el tobillo, el mismo tobillo que había metido en un socavón en el bosque, el mismo que había dejado de doler el mismo que ahora volvía a torturarle. Hubiera firmado el esguince, pero no era pago suficiente, la casa necesitaba más, quería destruirlos y por eso le había puesto una zancadilla y por eso había caído de bruces sobre la dura madera y sobre el duro filo de acero del hacha. Tenía gracia, la casa le había devuelto el golpe con su misma arma. Todo eso pasó por su cabeza cuando intentó levantarse del suelo y notó algo pegajosamente cálido sobre su pecho. Luego el ojo plateado de la noche le hizo un guiño y todo quedó a oscuras, completamente a oscuras……



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Las luces azules y amarillas coloreaban la noche estival como las de una verbena. La mujer parecía estar envuelta con un chal hecho de papel de aluminio, tenía la mirada fija en un punto impreciso del suelo. La niña estaba a pocos metros de ella, unos hombres de uniforme también le habían puesto otro chal plateado sobre los hombros. Recordaban a unos astronautas que acabaran de salir de su cápsula, después de haber viajado por el espacio exterior. El cuerpo de su esposo seguía tirado en el suelo del hall en medio de un charco de sangre, esperando al juez.

Carlos estaba muerto…era como mirar un cuadro de Dalí donde los relojes se derriten y la realidad se pliega dejando ver la tramoya del universo, donde los seres humanos no son otra cosa que marionetas y donde el Caos juega con ellas.

No recordaba bien como había sucedido todo desde que se despertó en el rellano de la escalera. Era dolorosamente absurdo, podía evocar la imagen de su esposo sobre un charco de sangre negra, pero su pensamiento siempre le obligaba una y otra vez a detenerse en un detalle sin sentido y absurdo ..Un mechero, un Clipper que se le había salido del bolsillo de Carlos, un mechero decorado con dos letras dos “S”. Esa estúpida imagen se empeñaba en quedarse en su mente, como una mosca cerca de una herida que no puedes espantar. Carlos había vuelto a fumar. ¿Cuántas cosas no sabía de el hombre con el que se había acostado durante media vida..?


FIN