NOSOTROS

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domingo, 26 de junio de 2016

Una pesadilla real







El tórrido verano daba una tregua, la noche era fresca. Los plátanos de sombra, cargados de hojas grises devolvían reflejos plateados, cuando la luz de una luna llena y redonda se miraba en ellas. Una brisa liviana meció los castaños, y los millones de hojas del Paseo del Prado parecieron murmurar algo, como si tararearan una canción de cuna, como si le cantaran una nana, a la diosa de mármol.

Cibeles, seguía en su carro tirado por leones, con la serenidad que da la piedra, callada, dejándose acunar, escuchando la balada que los árboles y la brisa interpretaban para ella.

Desde algún lugar del Olimpo, Eolo decidió soplar un poco más y la leve brisa subió en intensidad, los árboles agitaron sus ramas y las hojas temblaron y el rumor dejó de serlo y la balada también. El mármol blanco crujió con un sonido seco y duro, como si el artista hubiera dado un último golpe de mazo en el cincel y el cincel sobre el mármol, un último golpe que terminaba la obra, ese último golpe que transformaba la piedra en carne, ése que hacía cobrar vida al frío e inerte mármol.

Las esquirlas blancas saltaron, dejando tras de si una nubecilla de polvo. Entonces una lágrima roja, una gota de sangre resbaló desde el ojo ciego y bajó por la cara de la Magna Mater. La gota caía dejando tras de sí una estela bermellón, bajó y bajó hasta tocar el agua de la fuente. En los surtidores mudos y secos a esas horas, en que la ciudad dormía, brotaron súbitamente caños furiosos de sangre y la sangre salió igual que de arterias apuñaladas, que tiñeron la piedra. Los leones se desperezaron y agitaron las melenas empapadas en sangre,
liberándose del sudario pétreo que los contenía, como salidas de un huevo, las fieras se deshacían de la cáscara.La diosa liberada refulgía como un rubí incandescente, y el llanto de sangre seguía manado de sus adentros. Alzó las riendas y las hizo restallar, las ruedas de la carroza giraron machacando el suelo de la capital.

Su propio grito le despertó. Estaba en medio de un ovillo de mantas y sábanas, sudaba copiosamente aunque como en el sueño, aquella noche de primavera de 1923 tampoco era calurosa.Él sólo era un hombre, sí era Alfonso XIII, Rey de España, pero no dejaba de ser un hombre y como cualquier hombre también tenía pesadillas. España sangraba, y lo iba a hacer como nunca.


 FIN