martes, 16 de agosto de 2016

EL VIEJO Y EL MAL







En cualquier puerto, de cualquier pueblo pesquero del mundo, hay algún viejo marinero, que por un par vasos de vino os podrá contar las historias más increíbles, sobre tormentas, que engulleron barcos, junto con toda su tripulación, sin dejar siquiera un madero que la marea arrojara a la costa unos días después. Incluso por unas monedas más, esos mismos borrachines cuenta cuentos, pueden llegar a contaros extrañas historias de bestias marinas y de barcos fantasmas que aparecen en días de bruma y mar calma, haciendo sonar su sirena desde el otro mundo.
Pero esta historia no me la contó ningún viejo marinero, esta historia que os voy a contar no me la contó antes nadie. Sí, sé que no tengo buena pinta, que voy vestido con harapos y que no me ducho hace mucho, pero tengo buenos motivos. Me gusta el vino y os agradecería también unas monedas, pero si no queréis dármelas, no pasa nada, os la contaré de todas formas. Lo llevo haciendo desde que me ocurrió hace ya muchos años y no he dejaré de hacerlo, porque es tan cierta como que estamos aquí.
 Todo sucedió una noche de hace exactamente 65 años, tres meses y dos días. Esa fue la última vez que vi a mi hermano pequeño, al pequeño Andresito. Él sólo tenía unos pocos meses, yo ocho años.




Llegamos a la costa el año anterior. Antes vivíamos en un pueblo de la campiña. Mis padres trabajan como jornaleros, recogían fruta, incluso alguna vez fueron a Francia a vendimiar. Un día mi padre llegó con una gran noticia. En la capital iban a abrir una conservera, necesitaban mano de obra, era la oportunidad que habían estado esperando. Por fin podríamos tener el futuro que el campo se empeñaba en negarnos. Así que una buena mañana nos montamos en el autobús de línea, que pasaba dos veces por semana, nos fuimos con dos maletas hechas de cartón llevando todas nuestras escasas pertenencias y toda la ilusión del mundo. Muchos en el pueblo hicieron lo mismo. Según decían la conservera nos daría, no sólo un jornal sino también alojamiento e incluso yo podría ir a la escuela.
Nunca había visto el mar, lo más parecido había sido la laguna que había cerca del pueblo, donde nos íbamos a coger cangrejos y a bañar en verano. Llegamos temprano, nada más debía de haber amanecido, me había quedado dormido, madre me zarandeó  -Despierta Juanín, que hemos llegado-  Salté del regazo de mi madre donde había hecho el viaje, aún dormido y pegué la cara al cristal de la ventanilla. Estaba empañada de vaho, noté su fría humedad que terminó de despabilarme, lo retiré refregando con la manga del abrigo. Lo primero que pensé es que estábamos en la cima de alguna montaña y que lo que estaba viendo era el cielo. Pero no, no podía ser el cielo lo que veía, porque ese azul infinito estaba salpicado de barcos, muchos, de todos los tamaños, desde pequeñas barcas de remos hasta mercantes de chimeneas humeantes. Así que esa inmensidad azul debía de ser el mar.
Bajé a toda prisa, abriéndome paso a empujones entre el jaleo de maletas y pasajeros que intentábamos hacerlo al mismo tiempo.
Un frío helador y húmedo me recibió. La brisa atravesó el abrigo de paño azul de los domingos  y me corto la cara como si fuera un cuchillo helado. Me pareció un pago justo por contemplar aquella maravilla.
Al principio fue duro, luego siguió siéndolo, pero te acostumbras, como a todo. Padre se levantaba muy temprano y se marchaba a la factoría, no volvía hasta un par de horas después de anochecer. Madre también marchaba y yo con ella. La conservera nos dejaba coger el pescado que descartaba, luego nos íbamos a intentar venderlo por las calles. Con el poco dinero que sacábamos, madre compraba harina para hacer gachas. Jamás pensé que me apetecería tanto comer unas gachas, antes en el pueblo las comíamos a diario, muy rara vez comíamos algo que no fueran gachas, en Navidad, con suerte unos conejos y si no un pollo, nunca pescado; bueno una vez padre llegó con unas truchas que le regaló el señorito por no sé qué faena que hizo muy bien. Sin embargo ahora, todos los días comíamos pescado, así que cuando conseguíamos ganar algo, las gachas era nuestra forma de celebrarlo y porque no, recordar nuestro pueblo, que aunque allí pasásemos fatigas era el nuestro y a veces lo echábamos de menos.
Lo del jornal y lo del alojamiento era verdad, pero lo que no nos dijeron es que tendríamos que pagar un alquiler con lo que el salario quedaba muy justo y padre se empeñaba en guardarlo casi todo “por si venían mal dadas” decía, no me imaginaba que pudieran venir peor, pero claro que podían venir peor, mucho peor.
Vivíamos en una corrala, que viene a ser, como dice su nombre, un corral hecho con casas formando un cuadrado, en el espacio diáfano que dejan en el centro hay un pilón de donde cogíamos el agua, en una de las esquinas de la corrala hay una cocina y una carbonera, donde las mujeres se afanaban por preparar la comida, con cuidado que la de al lado no le robara algo. En la esquina opuesta había, unos aseos, toda una novedad. Nos costaba acostumbrados ir a hacer “nuestras cosas” en esa cosa, placa turca creo que la llamaban. En el pueblo no había tantas normas, ibas detrás, con las bestias y te aliviabas donde ellas y si te pillaba en el campo aún tenías menos problemas. También había un barreño grande de zinc, donde me bañaba los domingos, antes de ir a la iglesia.
Los días que no ayudaba a madre con el pescado, iba a la escuela que la conservera tenía para los niños de los obreros. Allí Don Ramón intentaba que aprendiéramos a leer y a escribir. Le hedía la boca a vino y tenía la mano muy larga, así y todo consiguió que aprendiera a garabatear sobre el pizarrín mi nombre.
Por las tardes, los niños nos dedicábamos a holgazanear por el puerto, a perseguir gatos o a cualquier cosa que consideráramos divertida. Una de esas tardes, que vagaba por el muelle me lo encontré. Ahora, después de estos años pensándolo bien, debo parecerme mucho a él.
-       Eh, chico, tienes una moneda? Te puedo contar un secreto por una moneda.
Me quedé mirándolo, estaba arrellanado sobre un montón de redes, tenía una gran nariz bulbosa y roja de borrachín, en el medio de la cara también gorda y congestionada, que no recordaba la última vez que se afeitó. Los ojos azules parecían turbios, como recubiertos de una película lechosa. El poco pelo que le quedaba era blanco, aunque la mugre le había dado un tono amarillento. Llevaba puesto un impermeable amarillo y unas botas de agua negras de pescador, encima de unos pantalones de pana que alguna vez fueron marrones y una camisa de franela con cuadros oscuros. Olía a orines y a alcohol.

-       Eh chico, eres sordo o sólo tonto. Bah! Da igual, seguro que no tienes una moneda.
-       No soy sordo y tampoco tonto y por eso aunque tuviera una moneda no te la daría, porque seguro que no sabes ningún secreto que merezca la pena escuchar.
-       Jojojo - La risa, era mitad eso y mitad tos. Le brotó desde pecho como si tuviera una jauría de perros dentro. Vaya, el hombrecito nos ha salido respondón. Mira chico, el mundo es inmenso, mucho más grande de lo que te puedas imaginar y en su mayor parte es mar. Y yo he navegado por todos sus océanos y he visto cosas que te harían cagarte en los pantalones sólo con pensar en ellas. ¿Cómo te llamas hombrecito?
Me parecía sorprendente que aquel borracho fuera capaz siquiera de ponerse de pie - Juanín- contesté.
-       Me has caído bien, Juanín. Eres descarado, demasiado descarado para ser tan canijo y eso me gusta. Así que te contaré algo gratis.

En esta misma bahía, donde ahora estamos, unas pocas millas mar adentro el fondo empieza a descender bruscamente, desciende y desciende cientos y cientos de metros, tanto que ninguna red ha llegado nunca a tocar el fondo. Allí abajo viven criaturas monstruosas, Alguna vez los barcos sacan una de esas criaturas, que por casualidad ascienden a la superficie y quedan atrapadas en las artes de pesca. Algunos ni siquiera parecen peces, con cuerpos babosos y alargados, la mayoría son ciegos y carecen de ojos, otros  en cambio tienen unos enormes y les ocupan toda la cabeza, con unos dientes largos y afilados como cuchillos. Pero ésos que suben suelen estar enfermos o moribundos.
 Lo que muy poca gente sabe ya, es que allí abajo vive una criatura monstruosa y tan antigua como el mundo. La criatura duerme en alguna sima y cada cierto tiempo despierta para salir a alimentarse. Lo mismo come ballenas, que barcos, los atrapa con unos grandes tentáculos llenos de ventosas, que son como bocas llenas de colmillos retorcidos, igual que garfios y desmenuzan cualquier cosa. Ese monstruo ha vivido en esta costa desde el principio de los tiempos. Los habitantes de por aquí lo sabían, y aprendieron a calmarla. Le ofrecían barcos cargados de pescado e incluso he odio, que antaño en algunos años en que el pescado no saciaba su hambre, le flotaban barcas con niños de pecho. La bestia los atrapa con sus tentáculos y los arrastra hasta sus fauces, que aparecen entre las olas como si fueran puñales del tamaño de hombres. Yo lo sé bien porque una vez seguí a una de esas barcazas  mar adentro, hasta el centro de la bahía y pude verla, ella también me vio a mí. Vi su gran ojo, un ojo grande, tan grande como la esfera del reloj de la catedral, sin párpado, con una pupila profundamente negra y malvada en el centro de un iris rojo sangre. Inteligente y cruel.
Cuando yo era un crío como tú, la gente ya no recordaba su nombre, sólo flotaban cada verano una barcaza de pescado y la dejaban ir a la deriva. Era una tradición, una costumbre de la cual se había olvidado su porqué. Las viejas rezaban sus rosarios y las campanas tañían el primer domingo de verano. Si preguntabas por qué se flotaban aquellos barcos cargados de pescado, te decían que eran para la Virgen del Mar o simplemente te daban un cachete por preguntón. Yo que siempre fui muy curioso, y no me saciaban aquellas explicaciones tan vagas, dichas entre dientes, y sin mirar a los ojos. Sabía que ocultaban algo, así que decidí investigar.
Al siguiente año, la mañana del primer domingo de verano estaba preparado. Me lancé a la mar con un pequeño bote desde el otro extremo del puerto y aguardé a que los marineros abandonasen la barcaza, que cada año llevaba menos pescado y más flores. La mar estaba calma y la marea me era favorable así que no tardé en alcanzarla. La abordé y até mi barquilla a ella. Ya estábamos lejos de tierra, la costa y el puerto apenas si sólo era una línea difusa en el horizonte.
El sol seguía subiendo en el cielo y no ocurría nada, estaba valorando la idea de volver, de que allí no había ningún secreto que descubrir, que en verdad sólo era una barca llena de presentes dejada a la deriva, que se terminaría perdiendo en la inmensidad del océano sin más, cuando se zarandeo de forma extraña. Algo había pasado por debajo rozando su casco, algo grande. Me asomé por la borda de estribor. Súbitamente del agua emergió un tentáculo tan grueso como el tronco de un árbol centenario, musculoso e imponente, de color carmesí brillante, recubierto de ventosas dentadas y se retorcía como si husmeara el aire. Otro tentáculo igual de poderoso emergió con un estruendoso chapoteo por el lado de babor, sus salpicaduras me empaparon la espalda, tuve miedo de girarme, estaba paralizado. Luego vi con pavor como otras dos columnas más de músculos chorreantes salían del agua retorciéndose, abriendo y cerrando aquellas ventosas, que mostraban sus garfios, como dientes, buscaban donde asirse. Sentí como la barcaza se elevaba por encima de las olas, alzada por la fuerza de aquel monstruo de las profundidades, de aquel leviatán. Me agarré como pude a un cabo, la madera crujía, las cajas de pesado volaban por los aires y las flores con ellas. Los tentáculos se cerraron sobre la embarcación, que se deshacía bajo su abrazo, contemplé como los ganchos de sus ventosas se hincaban en la madera y como ésta saltaba hecha astillas bajo la presión de sus mordiscos. Yo pendía agarrado del cabo oscilando en el aire, como si fuera un cebo agonizante esperando a ser devorado. Entonces es cuando lo vi, vi aquel ojo negro y rojo, aquel ojo maligno y primitivo, me miraba, estaba fijo en mí. La punta de uno de sus tentáculos se me enrollo alrededor, sentí su inconmensurable fuerza y como las ventosas primero atravesaban mis ropas y luego se clavaban en mi carne, exprimiéndome, como una aceituna dentro de una prensa, robándome el aire de los pulmones, me agitó en el aire. Entre espasmos de un dolor indescriptible y la agonía por la falta de aliento, puede ver sus fauces. Una boca redonda, coronada con cientos de dientes serrados, como los de los tiburones, sólo que en muchísimo más número y más grandes. Supe que me iba a engullir, mientras seguía mirándome con ese ojo sin párpado, cruel. En ese instante percibí su asco hacia mí, su repugnancia hacia mi sola existencia, y con la fuerza de un huracán me lanzó lejos. Volé por los aires decenas de metros hasta que caí de nuevo a la mar, más muerto que vivo. Milagrosamente conseguí nadar hasta un madero de los restos de la barcaza y me agarré a él con la fuerza que da saberse tan cerca de la muerte. No recuerdo nada más, las olas debieron de devolverme a una playa a unos treinta kilómetros del puerto.
Cuando desperté supe qué era lo que tenía que hacer , tenía que advertir a la ciudad. Tenían que saber por qué seguían mandando esas dádivas, pero también tenían que saber que no contentaba a aquella bestia, que estaba furiosa y que sólo por eso y no por nada más estaba vivo, porque tenía que advertirles. Volví al pueblo y empecé a decirlo a todos los que veía por las calles, entré en las tabernas e intenté ver al alcalde. Me echaron a patadas, se reían de mí, se burlaban, los más considerados me invitaban a cerveza por contarles una historia tan ingeniosa. Yo insistía, me levantaba las ropas y les enseñaba las marcas que habían dejado en mi carne las dentelladas de sus tentáculos, no servía de nada. Nadie iba a creer a un crío como yo. Después de un tiempo todos en la ciudad conocían mi historia y me llamaban loco, así que decidí marcharme lo más lejos que pude, por miedo a que aquella bestia volcara su ira sobre la ciudad.
 Desde entonces he intentando acallar mis sueños, donde todas las noches me visita, me mira con su maligno ojo rojo, con su asco infinito, me mira y me recuerda que sigue ahí afuera, esperando. Su escala de tiempo es diferente a la nuestra, lo que para nosotros es una vida, para ella tan solo puede ser un instante.

Cuando terminó la historia, el viejo se llevó la mano al interior del impermeable amarillo y sacó una petaca plateada, un poco abollada, la desenroscó en silencio y le dio un trago. Yo que había escuchado todo el relato absorto recuperé la noción de la realidad y dije.

-       Vaya, pues sí, la verdad es que ha sido una buena historia. Ahora lamento no tener una moneda. Añadí como halago.

El borrachín volvió a enroscar con sumo cuidado la petaca y la devolvió al lugar de donde la había sacado, con la misma delicadeza que si se tratara de un objeto sagrado, luego me miró directamente a los ojos con gesto serio desde su trono de redes.

-       Juanín, no has entendido nada. No es una historia, es un secreto y es un secreto porque es verdad. Me hago viejo y no quiero que el secreto muera conmigo. Por eso te lo he contado. Ahora también es tuyo y por lo tanto también es tu responsabilidad. Debes hacerte escuchar. Esa bestia sigue ahí y ya hace mucho que no le rendimos el tributo adecuado. Quizás aún estemos a tiempo de calmarla o tal vez no. Y entonces sufriremos su ira.

Aquel comentario me cogió completamente descolocado y como cualquier niño al que se le pilla descolocado solo supe hacer una cosa, reír.

-       Vuelva dormir la mona abuelo jajajaja, Si algún día tengo una moneda de sobra volveré a buscarle.

Aquella noche no pude pegar ojo, y no, no sólo fue la historia que me contó el viejo, lo que no me dejaba conciliar el sueño, también lo fue la noticia que Padre me dio después de cenar la sopa de espinas que hacía Madre. Iba a tener un hermano.

Los meses pasaron, madre engordaba y padre trabajaba de sol a sol, aún más si eso era posible. “Pronto tendremos otra boca que alimentar” no estaba muy contento con la idea de que la familia fuera a aumentar, desde que lo supo parecía que llevara un saco sobre la espalda, siempre cabizbajo y malhumorado. -“Espero que al menos sea varón, sólo faltaría que fuera una hembra y tú Juanín, ya vas teniendo edad para hacer algo de provecho, mañana hablaré con él capataz, a ver si te puede buscar alguna faena”-. Y así es como comencé a trabajar en la conservera. Allí me dedicaba a cargar los desperdicios del pescado en una vagoneta, que luego empujaba sobre unos raíles hasta una de las grúas del puerto, que las cogía y las vaciaba en las bodegas de un barco, que se las llevaría, según oí, a otra fábrica, donde convertiría las cabezas y las espinas del pescado en harina.

A partir de entonces, Madre tuvo que ir a vender el pescado sola, a pesar de que se le hincharon las manos y los pies, no dejó de hacerlo hasta el último momento. La Escuché llorar muchas noches y a padre gritar y dar golpes cuando se emborrachaba. Yo los oía desde mi camastro, en el altillo, me tapaba los oídos para intentar evitarlo. Pero era imposible, la casa que nos proporcionó la fábrica era muy pequeña. En realidad eran dos habitaciones, que habían resultado de dividir una más grande con un telón, que hacía las veces de pared del dormitorio, y el altillo, que era como un doblado hecho con unas vigas de madera. En la casa sólo había una mesa y tres sillas y un pequeño aparador donde madre guardaba la loza. Detrás de la cortina estaba una cama de hierro, con un colchón de lana donde dormían mis padres y un arca de madera.

No volví a acordarme de la historia del borrachín, hasta un día que me mandaron ir al muelle a ayudar a descargar un barco que había llegado repleto de sardinas. El trabajo era parecido al que hacía recogiendo los desperdicios, sólo que aquí se trataba de cargar pescado “entero” en las vagonetas, que lo llevarían a la factoría donde lo convertirían en latas de conserva. Era ya muy tarde cuando terminamos la faena, acabamos sudorosos y cubiertos de escamas y restos de sardina desde las botas hasta la punta de el último pelo. Los hombres, incluido mi padre, al terminar la jornada iban a una taberna, a tomar unos chatos de vino antes de volver a casa. Yo normalmente corría a casa, para ayudar a madre, pero ese día sentí la imperiosa necesidad de acercarme al mismo borde el muelle para mirar al mar. Necesitaba hacerlo, era curioso,  me pasaba todo el día junto a él, mirándolo sin verlo y esa tarde sentí su llamada, luego comprendí que fue ella, la bestia la que me llamó, o quizás fui yo quien la llamó a ella sin saberlo. Aunque no fuera consciente de ello, aquella historia se había quedado dentro de mí, en algún lado de mi cabeza, como si fuera una espina emponzoñada que se me hubiera clavado, infectándose lenta pero inexorablemente.

El sol se hundía en el fondo del horizonte entre una orgía de colores, que iban desde el azul al púrpura pasando por todos los tonos de amarillo posibles. La bahía había empezado a cambiar el azul de su agua por el negro, como si ese fuera el color de su pijama y se dispusiera para irse a dormir. A dormir una noche plagada de pesadillas, porque allí entre sus olas se escondía aquella malvada criatura, aquel leviatán y yo, sin saberlo me estaba acercando a ella. Me arrimé hasta el borde de la piedra y me senté a mirar la puesta de sol con las piernas colgando a pocos metros del agua, ensimismado en aquella estampa de tonos infinitos, viendo como esa antorcha se introducía, se apagaba en el océano y como llegaba otra noche más, y comprendí por un momento el miedo que ha acompañado al hombre, y que ha temido desde que lo es, a que el sol no volviera a renacer a la mañana siguiente, a que un nuevo amanecer nunca volviera a llegar.

En ésas estaba, cuando bajo mis pies, el sonido del chocar de las aguas contra el granito del puerto, cambió. Se hizo, más lento, más pesado, como si el agua se espesara, como si ya no fuera sólo agua, sino que se hubiera manchado con la sangre y las vísceras de las miles, de los  millones de peces que llegaban a la conservera. Miré esperando ver las cabezas y las tripas flotando, pues también había empezado a oler su tufo dulzón, al que tanto me había acostumbrado, tanto y que a pesar de ir empapado de él la mayor parte del día, ya no notaba. Pero este olor era diferente, era una peste, un hedor más penetrante, más agudo, más profundo, más rancio y antiguo; me embriagaba, me mareaba y casi temí caerme. Me agarré con fuerza al petril, intentando hincar las uñas en la piedra. Cuando vi su carne rojiza un palmo debajo del agua, inmensa, del tamaño de un buque, como de un buque que se hubiese varado y que dejara ver su quilla, roja y fétida. Se movía, se deslizaba bajo mis pies, lenta, luciendo su enormidad musculosa hedionda, rotunda y silenciosa. Y allí después de metros de carne, llegó su ojo, antes de donde nacían sus tentáculos gruesos y largos como cabezas de hidra, repletos de ventosas que se contraían como fauces hambrientas, mordiendo el agua que ya se había vuelto negra como la pez. Se detuvo justo cuando su gigantesco y malicioso ojo pasaba a mi lado, y  su ojo sin párpado me miró, con su iris ahíto de sangre coagulada. Aquella bestia existía, no era producto de la imaginación de un borracho en busca de unas monedas, aquel monstruo era real y me estaba mirando, lo tenía delante. Estaba clavando  en mí su pupila. Me miraba y yo no podía dejar de hacerlo, presa de algún hechizo Me vi reflejado en ella, como si me mirara en un pedazo de obsidiana, pulido y negro. Sentí a aquella criatura metiéndose en mi mente, rebuscar en ella, me susurró palabras grotescas en idiomas incomprensibles para los oídos humanos, palabras crueles y despiadadas, palabras que quemaban, palabras que desgarraban y sentí dolor, como si me despegarán la carne de los huesos. Entonces se hundió hasta que su nauseabundo ser desapareció en la oscuridad luctuosa en que se había transformado el  mar.
 No sé cuánto tiempo pasó hasta que conseguí levantarme y salir corriendo, quería alejarme del mar tanto como me fuera posible. Corrí sin rumbo, trotando como un poseso por las callejas que hay junto al puerto, hasta que el azar quiso que pasase por delante de la taberna donde los obreros iban a beber después del trabajo. Entré en aquel antro con el miedo pintado en la cara, como un niño asustado, que en realidad es lo que era. Mi entrada no causó ninguna reacción, todos supusieron que mi rostro desencajado se debía a la noticia. Padre ya no estaba allí. Habían venido a buscarle unos vecinos, madre se había puesto de parto.

Cuando llegué a casa, la gente se agolpaba en la puerta como si fueran moscas sobre una herida recién abierta. Los gritos de madre se podían oír a dos calles de distancia. Algo no debía ir bien. Padre estaba afuera, nervioso, no dejaba de dar vueltas al pilón. A veces se sentaba, pero no tardaba más de unos pocos segundos en volverse a levantar, para seguir girando alrededor del surtidor, o daba un trago a una botella, que terminó estrellando contra el suelo de pura rabia. “Maldito crío, me la vas a matar” Gritaba, había bebido mucho, pateaba el suelo como un animal furioso. Las parteras sólo hacían pedir trapos limpios y baldes de agua caliente. Intentó entrar a la casa para a ver a madre pero unos vecinos se lo impidieron.  Tuvieron que sujetarle entre tres y sólo entró en razón después de recibir un puñetazo en el mentón, que lo noqueó por unos instantes. De todas formas las cosas seguían sin mejorar y eso no ayudaba a los nervios de padre, que volvía a girar en torno de la fuente.
Me acerqué para abrazarlo. Lo necesitábamos. Me apretó entre sus brazos haciéndome crujir todos los huesos de la espalda, yo también lo abracé con todas mis fuerzas. El suyo era un abrazo rebosante de impotencia y temor, en el mío sólo había miedo.  Madre chillaba como una posesa a la que le quisieran arrancar un demonio de las entrañas, yo acaba de ver uno hacía unos minutos. Aún llevaba las retinas impresionadas con su visión, la imagen de su ojo de Cíclope, de esa pupila negra e insana, incrustada sobre el iris rojo, como el engarce de rubí para una joya maldita, negra y roja. Roja, como la sangre que cubría a la partera cuando salió al dintel de la casa.
 Se había hecho el silencio. Madre había dejado de gritar. El gentío que se agolpaba a la puerta se separó en dos mitades formando un pasillo. La comadrona estaba plantada en el umbral, cubierta de sangre, llevaba un recién nacido envuelto en una toalla. La criatura lloraba, era del tamaño de un gato, de un gato lampiño e indefenso que se desgañitaba llorando. Padre apenas si miró al bebé, buscó los ojos de la mujer, quería la respuesta a su pregunta muda. La mirada de la partera era un papel en blanco, no dejaba transmitir ninguna emoción, no perdió más tiempo, pasó al interior. Tenía que ver cómo estaba madre, cómo estaba su esposa.

Así que fui yo el primero de la familia en coger en brazos al pequeño Andresito. Madre estaba muy débil, había perdido mucha sangre. Las comadronas decían que era un milagro que siguiera viva, que seguramente le quedarían secuelas y que no volvería a ser la de antes. No se equivocaron.
Efectivamente, desde que madre parió no volvió a ser la misma. Su mirada se quedó perdida en algún punto del horizonte, mirando algo que sólo ella veía. Tardó varias semanas en poder levantarse de la cama. Sinceramente no notamos la diferencia, pues cuando lo consigo, era como si siguiese dormida.
Padre fingía normalidad, pero no podía engañarme. Nunca le vi, pero sí le oí llorar, alguna noche, ya de madrugada, cuando creía que nadie podía hacerlo.

Después que pariera a mi hermano madre no quiso hacerse cargo de él. No sé, si era porque realmente no podía o porque simplemente no quería y sentía algún tipo de rechazo hacia su pequeño vástago. El caso era que para ella, era como si el bebé no estuviera, nunca lo cogía en brazos y rara vez lo miraba. Padre tuvo que pagar para que una mujer le amamantara o hubiera muerto por inanición. Estaba desolado, su mujer, a la que siempre había amado con locura, a su manera, pero con locura, se había convertido en una especie ser indolente, que no tugía ni mugía, además ahora tenía una boca más a su cargo, a parte de la mía.

Había sido un golpe duro, demasiado duro, lo había roto, algo dentro de él se había desmigado, haciendo añicos también sus ganas de vivir, sus ilusiones, aquello que nos contagió, que nos hizo montar en aquel autocar que nos trajo hasta aquí, y debía de dolerle muchísimo, tanto que ni el consuelo que encontraba dentro de las botellas ya le era suficiente.

Tuve que dejar de ir a trabajar a la fábrica, al menos, hasta que madre se recuperara. Todos sabíamos que no lo haría nunca, pero de alguna forma irracional y estúpida nos empeñamos en negarlo, en creer que sólo era algo pasajero, que luego de algún tiempo madre volvería a ser la de antes.
Los vecinos nos ayudaron. Las mujeres se quedaban al cuidado de madre y del pequeño algunas mañanas, en las que aprovechaba para ir a vender pescado, pues todo el dinero era poco, contratar el ama de cría no era barato El resto de veces era yo quien los atendía.

Asumía mis nuevas labores con resignación, mientras mis amigos hacían trabajos de “hombre”, aprendiendo oficios, ya fuera en la factoría o en el puerto, donde en pocos años incluso podrían llegar a embarcarse en algún mercante, yo me quedaba en casa como una mujer, pero también las asumía con cierto alivio. Un alivio privado y secreto. Estando en la casa me aseguraba de estar lo más lejos del mar posible, lejos de aquella horrible criatura.
Por descontado, no conté a nadie mi encuentro con el borracho, ni su historia y mucho menos la aparición de la bestia en el puerto. Le había dado muchas vueltas y sentía verdadero pavor al pensar, que todas las desgracias acaecidas a mi familia, llegaron desde que oí aquel relato. Y las palabras del borracho me retumbaban en la cabeza muchas noches.

“Ahora también es tuyo y por lo tanto también es tu responsabilidad…...hace mucho que no le rendimos el tributo adecuado…...Y entonces sufriremos su ira”

Qué podía hacer yo?. Estaba seguro que si se lo contaba a padre, lo único que conseguiría, sería que me diera unos azotes con el cinturón por decir tonterías. Sería mejor callar, seguir haciéndolo. Era mi responsabilidad, yo había traído la desgracia a mí familia y yo tendría que librarla de ella, pero cómo?

Muchas noches tenía sueños bizarros donde veía a aquel monstruo. Jamás olvidaré una, justamente la de hace 65 años, tres meses y dos días. Era ya muy tarde, y como de costumbre no podía conciliar el sueño. Me revolvía en mi catre, inquieto. Las pesadillas con el monstruo marino me asediaban, en ellas su ojo sin párpado me hostigaba, me miraba y me hablaba en aquel idioma inhumano, despiadado e incompresible. No había palabras, no había sonidos, pero podía escucharlo en mi cabeza, me susurraba imágenes de caos y destrucción. Vi como destrozaba el puerto, como ardía y como partía barcos en dos; pude ver como descuartizaba hombres con sus tentáculos plagados de ventosas llenas de garfios y como se saciaba con sus cuerpos desmembrados, mientras me miraba con su ojo cargado de crueldad, con su ojo rojo y negro, sin párpado, fijo en mí. Me culpaba de ello, me acusaba burlándose. Grité. El grito rasgó el silencio de la noche haciéndolo añicos. Ni madre ni padre se inmutaron, pero el grito sí despertó al bebé, que comenzó a llorar en su cuna, un cajón hecho con unos maderos, junto al aparador de la loza. Salté del altillo para intentar calmarlo, pues su llanto no cesaba. Busqué entre las ropas de la cuna la muñequilla hecha de trapo y la impregné con un poco del orujo de padre y se la di a Andresito que comenzó a succionar el chupo, se calmó y a los pocos minutos volvía a dormir como un bendito.

Miré a mi hermano, allí tan pequeño e indefenso y por un instante una idea negra, como el ala de un cuervo, cruzó por mi mente. Él, aquel bebé, estaba siendo la ruina de mi casa, desde el mismo instante en que supimos de su existencia, todo había ido de mal en peor, él era la causa de todo nuestro sufrimiento.
La primera vez que oí hablar de la criatura fue el mismo día que supe que él iba a nacer, el día que vi al monstruo en el puerto, él nacía, y casi mata a madre. No podían ser coincidencias, no, era evidente que existía alguna relación macabra entre aquellas dos criaturas, como si por algún malvado arte, el viejo borracho me hubiera maldecido a mí y a todos los míos, contándome aquella historia. Aquel bebé, en apariencia inofensivo era una especie de heraldo del mal, un emisario de aquel monstruo,  y quizás... quizás... también..

Alejé aquel pensamiento, del que me arrepentía o mejor dicho, del que intentaba arrepentirme. Una arcada de asco hacia mí mismo me ascendió desde las tripas y unas ganas de vomitar incontestables me hicieron salir corriendo de la casa a las letrinas de la corrala.
Vacíe el contenido de mi estómago en el agujero de la pieza de porcelana, pero las arcadas seguían llegando una tras otra, como si fueran olas, como si mi cuerpo quisiera purgarse de esa idea repugnante, despiadadamente insana que acaba de tener.
El desagüe de la placa turca, me miraba, era una cuenca tuerta, una órbita de la que habían arrancado un ojo. Entonces es cuando vi como desde su oscuridad profunda y fétida asomó primero la punta de un flagelo carmesí, retorciéndose, tanteando, buscando. Como una víbora, como una sierpe que ascendiera desde las entrañas de la tierra buscando alimento. Pero no, aquello no era una serpiente que salía desde el infierno seco de las profundidades de la tierra, aquello era la punta de uno de los  tentáculos de la criatura, del demonio del averno marino. El brazo de la bestia salía por el desagüe de la placa turca, fino y flexible, como un azote carmesí, húmedo y viscoso, cubierto de inmundicias y de mi propio vómito, y comenzó a  enrollarse sobre mi cuerpo atónito, que no pudo reaccionar, no pudo gritar, sólo ser espectador mudo de aquella locura. Sentí su fuerza y su hedor fétido y como me envolvía igual si fuese la presa de una araña y ese flagelo de carne fuera su seda.

Apenas si aquel ovillo de músculo me permitía respirar, me alzaba del suelo y me zarandeaba como a un pelele. El extremo del flagelo me apuntó directamente a la cara. La punta estaba coronada por una ventosa, que era como una boca con los dientes por fuera, se abría, separando lo que parecían labios, pero que resultaron ser unos grotescos párpados, que descubrieron un ojo. Un ojo réplica del gran ojo sin párpado, del ojo rojo y negro. Entró dentro de mi mente, era como en mis pesadillas, sólo que ahora no eran pesadillas, aquella bestia abisal había entrado en mi cabeza. Puedo recordarlo perfectamente, siento su odio infinito, su desprecio a hacia mi sola existencia, su maldad, una maldad pura y primigenia, infinita. Pudo haberme destruido como a un mísero insecto, pero aquel ser no deseaba mi muerte, sólo mi sufrimiento. Pude sentirlo, yo había heredado la maldición de aquel borracho, yo era la ruina de mi gente, no mi pequeño hermano. Ahora era su mensajero, debía consagrar mi vida a difundir su mensaje de horror.

Por el agujero de la loza del retrete salió un segundo tentáculo. El nuevo brazo de la bestia  brotaba desde las profundidades, salía y salía, parecía no tener fin, largo como una serpiente marina. El tentáculo abandonó las letrinas y siguió adentrándose silencioso en la noche. La bestia seguía bombeando su carne afuera, reptaba sobre el suelo de piedra de la corrala. Sólo podía contemplarlo, mientras me debatía entre la agonía de su asfixiante abrazo y la locura de saberlo dentro de mí, seguía manando. En un momento determinado se detuvo, había llegado a su destino, fuera cual fuese y ahora se recogía, volvía a su cubil,  haciendo el camino inverso. Al mismo tiempo el que me tenía preso cedió en su despiadado abrazo, antes el ojo volvió a enterrarse en su capullo de carne y dientes, como una flor pérfida. Me dejo caer al suelo igual que un despojo, como algo que ya no le fuese útil, sentí el alivio de poder insuflar aire a mis pulmones y de tener la mente libre de su conciencia animal. El primer flagelo desapareció por el desagüe.
En el suelo, boqueando como un pez agonizante fuera del agua, puede contemplar con horror lo que el segundo tentáculo había ido a buscar. Sujeto entre sus ventosas, atrapado entre sus garfios llevaba el cuerpo de Andresito. El bebé dormía aún succionando plácidamente el chupete de trapos impregnados en licor que le había dado tan sólo unos minutos antes. Lo arrastraba envuelto con su tentáculo carmesí, con una delicadeza sádica, acunándolo delante de mis propios e impotentes ojos, como en una última burla malévola y cruel lo vi desaparecer por el desagüe para siempre.




Después, de aquella noche,  de ver como aquella bestia se llevaba a mi hermano, no tuve valor para regresar a casa, pensé que alejándome los protegería.
Cuando se supo de mi desaparición y de la de mi hermano, la gente empezó a inventar historias, llegué a oír que mis padres nos habían vendido a unos sacamantecas y cosas aún peores. Vagué por el puerto un tiempo, escondiéndome de todos aquellos que pudieran reconocerme, hasta que conseguí colarme de polizón en un barco y me alejé de allí lo más lejos que pude.

Siempre, que me cruzaba con algún marinero de aquel puerto le preguntaba por la historia de los niños desaparecidos, con la intención de recabar toda la información posible sobre mis padres.
Una noche, tomando unas cervezas, uno de esos marineros me contó, que la madre de los niños (madre), terminó arrojándose por el dique, en un día de tormenta mientras los llamaba y que su marido, murió al poco también, de un navajazo en un callejón del puerto, durante una pelea de borrachos, intentando defender la honra de su difunta esposa, a la que en toda la ciudad llamaban loca. Le pagué bebida hasta que casi no se tuvo de pies, luego lo empujé al mar.

Muchos años después, volví con suficiente dinero para fletar un barco e intentar dar caza al monstruo. Me llamaron loco y se rieron de mí, pero tenía dinero, conseguí una tripulación y floté el barco. Ya nadie recordaba la historia de los niños perdidos, ni la de sus padres. Me arruine buscando en vano a la bestia.
Desde entonces sigo contado esta historia a todos aquellos que la quieren escuchar, buscando a alguien que me crea y volver a la bahía para acabar con esa bestia, que no ha dejado de atormentarme ni una sola noche de mi vida.
Y ahora ustedes también la saben, ahora también es su responsabilidad. Ya soy viejo, demasiado viejo y no quiero que el secreto muera conmigo, así que no sean tacaños, dejen unas monedas o un buen vaso de vino o quizás, y digo solamente quizás, sufran su ira también. 


FIN

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