NOSOTROS

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domingo, 16 de octubre de 2016

SOLEDAD






Siempre había estado solo, desde que nació desde que abandonó el vientre materno la sensación de soledad le había acompañado e irónicamente le había hecho compañía toda la vida.
Sus primeros años fueron de hijo único, y entonces no notó tanto la soledad, no al menos en casa, pero ya en el jardín de infancia empezó a comprender que no era un niño como los demás. Malcriado por su protectora madre, era llorón y miedoso. Los demás niños no iban a dejar escapar aquel juguete, blandito y rosado, no, pronto se convirtió en la víctima perfecta, y durante todos sus años de colegial lo seguiría siendo.

Ya sabía lo que era sentirse solo, solo en el patio del recreo y solo en un pupitre, porque nadie quería ser amigo del rarito, nadie del gordo cuatro ojos, capitán de los piojos. Pero incluso entonces, incluso después de las burlas, las humillaciones y de los golpes, no sabía lo que era realmente la soledad, porque después del colegio siempre estaba mamá. Papá no. Papá era un señor que llegaba por las noches, oliendo a gasolina,sudor y tabaco. Él lo oía llegar después de cenar, cuando ya hacía un rato que estaba en la cama y creían que dormía. Entonces papá entraba en su habitación y le besaba en la frente. Le gustaba que papá le besara en la frente cada noche, aunque apestara, le hacía sentirse seguro y entonces podía dejarse dormir, también se quedaba tranquilo porque sabía que mamá no se quedaba sola, papá era grande y fuerte y la protegería durante la noche.
Mamá era su amiga, jugaba con él, le contaba cuentos y le llevaba a ver películas al cine, con mamá nunca se sentía solo. Esa señora callada y negra no se atrevía a cruzar el umbral de casa, hasta que un dia mamá le dio una desconcertante noticia; Iba a tener un hermano.

Él tenía ya diez años. Entonces la soledad llegó con sus maletas y no sólo se atrevió a entrar, si no que se instaló en casa, porque la cigüeña les había traído un bebé a ellos, y también le había traído la llave de su casa a aquella señora de negro.
Su hermano resultó ser un bebé gritón, que no dejaba un momento de tranquilidad a mamá, que siempre estaba ocupada por él. Mamá no tenía tiempo para jugar, casi no le contaba cuentos pero aun así siempre estaba sonriendo. Eso le resultaba raro, no comprendía cómo mamá podía estar tan sonriente, tan contenta de estar siempre atareada con esa cosita que sólo sabía llorar y hacer cacas.
Sí había leído sobre los hermanos y había visto niños en el colegio que tenían hermanos. Los había mayores y pequeños, él pertenecía a la categoría de hermanos mayores. Mamá se lo recordaba constantemente “ahora eres el hermano mayor, tienes que dar ejemplo” y luego desaparecía porque su hermano “pequeño” había comenzado a berrear de nuevo. Al final Iba a resultar que todo lo que había leído y todo lo que le habían contado sobre lo maravilloso que era tener un hermano era mentira, como otras tantos cuentos sobre dragones y ogros, solo eran fantasías, ser hermano mayor no era nada divertido, de hecho era algo que no le gustaba nada, que le quitaba a mamá, era como si con su llegada hubieran contratado a una especie de nani para que le cuidara y esa aya no era otra que su vieja amiga la soledad. 

Algunas tardes después de merendar se acercaba al cuna, a ver a su hermano, junto a la cama de sus padres. Casi no había sitio entre la cuna y el colchón de matrimonio que llenaban el pequeño dormitorio, así que se subía con cuidado a la cama grande, para no arrugar mucho la colcha y poder mirarlo. Observaba como hacía ruiditos y cómo se removía. Los primeros meses sólo dormía y no se atrevió ni a tocarlo. Además mamá no tardaba en aparecer para echarlo de allí, que lo iba a despertar y no sé qué de las manos sucias y los microbios.

Un día sí lo tocó, metió la mano por entre los barrotes y con mucho cuidado acercó el dedo índice a la manita, que tenía cerrada en un puño. Entonces el bebé, al sentir el roce del dedo, abrió la manita y se agarró al enorme dedo de su hermano. La mano estaba muy caliente y el contacto fue agradable, así que se quedó con el dedo atrapado en ese pequeño cepo por miedo a molestarle. Mamá llegó al poco y lo espantó como si fuera un perro que merodea cerca de la mesa con la cena servida, no sabría decir si fueron muchos o pocos los minutos que tardó en llegar, porque se había quedado embelesado viendo como su pequeño hermanito le agarraba el dedo mientras seguía durmiendo plácidamente, como si su dedo fuera el beso de por las noches de papá. Por un momento aprendió a quererlo.
Evocó muchas veces esa sensación. Era reconfortante, cálida, de esa calidez de abrazo, de ésa que sentía cuando mamá le abrazaba, pero decidió no acercarse más a la cuna ...porque aquella sensación era la que le había quitado a su madre. Aquello era lo que mamá había sentido, a lo mejor ella lo sentía con mucha más intensidad; claro porque ella era la madre y él sólo el hermano mayor. Eso era lo que los mayores debían de llamar droga..sí eso era, era lo que le oía decir a mamá a papá, cuando le recriminaba que apestaba a tabaco, que tenía que dejar aquella porquería, aquella droga, porque lo iba a matar. Entonces papá se enfadaba y decía que sólo eran exageraciones de la tele, que no era para tanto, que sólo era hierba tostada, que su padre vivió con 80 años con un “pito” colgado de los labios y que eso no podía hacer tanto daño. Justo el mismo tipo de excusas que mamá usaba cuando él le decía a mamá que ya lo jugaba con él, que casi no le contaba cuentos..que ya no le quería...las mismas, las mismas excusas. 

Decidió que tenía que hacer algo, no podía que aquella droga, que aquel en apariencia inocente bebé le robara a su mamá. Podía soportar la soledad, podía estar solo en el pupitre de clase y en el patio, podía aguantar las burlas y las torturas de sus compañeros, incluso aprender a ser invisible para evitarlas, pero no estaba dispuesto a cambiar a su mamá por la soledad. No, aquella señora no podía quedarse en casa, no podía ocupar el lugar de mamá y aquella cosita rosada y llorona no lo iba a conseguir.
Era sábado, el sábado siempre había sido su día favorito, no había colegio, ni al día siguiente tampoco. Esos días, antes de que llegara el bebé, mamá lo despertaba tarde, le preparaba su desayuno favorito, tortitas con nata montada y sirope de chocolate, y veían juntos alguna película en el video. Su preferida era Los Goonies, la habían visto decenas de veces, tantas que algunos tramos de la cinta se habían dañado y salía una especie de nieve sobre las imagenes, pero no importaba demasiado, se la sabían de memoria.
Eso ya no pasaba, ahora mamá no tenía tiempo de hacer tortitas, ni de ver películas con él, ahora le ponía el tazón de cereales con Cola-Cao de todos los días y lo dejaba solo, viendo el canal infantil, con aquellos estúpidos dibujos del cangrejo usurero y la esponja tonta, para ir a hacer las tareas de la casa, antes que su hermano se despertara llorando, porque tuviera hambre o simplemente porque quería a mamá solo para él. Sin embargo aquel día iba a ser el último. Mamá subiría a la azotea a tender la pila de ropa, que su hermano manchaba constantemente, entonces sería su momento. Efectivamente mamá cargó con el baño de plástico azul lleno de ropa apoyado en la cadera y desapareció camino a la azotea - No te muevas de ahí cariño, sólo tardaré unos minutos, enseguida vuelvo - le dijo antes de marchar.

Nada más sentir como la puerta de la casa se cerraba salió disparado hacia la habitación de sus padres, donde estaba la cuna con su hermano dentro, dormía. A los pies de la cuna estaba el Señor Le. El Señor Le era suyo, un osito de peluche marrón, que por alguna razón que no llegaba a entender había pasado de su habitación a la cuna de aquel recién llegado, otra cosa más que iba a recuperar. Se subió a la cama que aún estaba sin hacer y tomó el peluche. En ese instante el bebé abrió los ojos y le sonrió. -Quieres a el Señor Le, ¿verdad?, pues tómalo-, le dijo en voz baja y lo apretó contra la carita del bebé, que no opuso resistencia, apenas si se movió. Luego volvió a dejar el juguete donde estaba y corrió a terminar su bol de cereales. Nada más se sentó a la mesa, oyó como la puerta se abría, mamá, su mamá volvía de la azotea. Se giró con una sonrisa en los labios, y juraría que vio salir a aquella mujer de negro cargada con una maleta, al mismo tiempo que su madre entraba con el balde de plástico azul vacío. Mamá volvía a ser para él, única y exclusivamente para él.

 

FIN