NOSOTROS

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viernes, 20 de octubre de 2017

RIADA









 

Ya era la tercera semana de lluvias constantes y seguía cayendo inmisericorde. El río no hacía mucho, una fíbula de lodo marrón ponzoñoso, que se arrastraba sobre un lecho pedregoso entre lindes polvorientas, se había desbordado, anegando las riberas amarillas que lo escoltaban, invadiendo carreteras y convirtiendo las tierras de labor sedientas en auténticos barrizales donde el trigo encharcado agonizaba.



Los ríos en su irremediable discurrir hacia el mar arrastran cosas, troncos de árboles, cualquier cosa los suficientemente incauta para entrometerse en su camino y no respetar su caudal, hasta personas.



El cuerpo llegó flotando, envuelto entre la rabia de la espuma del torrente ocre de aguas iracundas, como un tocón más de los muchos que se vieron durante aquellos días de riadas. Las ramas flexibles y aún jóvenes de un árbol lo sujetaron, igual que las manos de una madre desesperada por salvar a su niño y lo retuvo entre ellas días, entre sus dedos paralizados por la impotencia de haber llegado tarde.



Era el cuerpo de una joven rubia, poco más se pudo decir de ella hasta que la policía la sacó del río. Flotaba boca abajo. Sus vaqueros y la sudadera rosa apenas si dejaban ver nada de su piel blanqueada e hinchada por la muerte y la humedad. El rubio de su pelo enmarañado entre las ramas bajas, había perdido el brillo, que le tenían que dar sus escasos veinte años y más parecía un puñado de musgo español.



La noticia corrió chapoteando veloz por los caminos embarrados. Pronto los vecinos de toda la comarca fueron conocedores del macabro hallazgo, a pesar de los esfuerzos de las autoridades por retirar el cuerpo con la máxima discreción. Lo llevaron, al instituto de medicina legal de la capital, mientras intentaban averiguar si alguna joven había sido echada en falta por las localidades río arriba. Nadie había denunciado ninguna, a excepción de un vecino, al que el río le desbarató el establo donde cobijaba a sus ovejas, ahogándoselas allí mismo, menos a tres que se las robó para dejárselas unos kilómetros más abajo, embarrancadas junto a un bancal de tierra y unos arbustos, en una escena muy parecida a la que contemplaron cuando encontraron el cuerpo de la chica, con el mismo aspecto de animales de peluche, de muñeca perdida de niña gigante.


El cuerpo no presentaba signos de violencia de ningún tipo, sólo algunos arañazos postmortem ocurridos durante su luctuoso crucero fluvial. La causa del fallecimiento, resultaba evidente, ahogamiento No tenía ningún documento que pudiera aclarar su identidad, ni siquiera un teléfono móvil. Así y todo la guardia civil no cejaría en sus esfuerzos por aclarar aquella muerte y la identidad de aquella chica que no reclamaba nadie.


La único que encontraron en sus bolsillos fue una nota de papel casi deshecha por el agua. La tinta de bolígrafo azul con la que se había escrito, se empeñó en aguantar sobre la octavilla de papel blanco, aún se podían leer los trazos de de caligrafía redondilla tan tosca e infantil, que hacía dudar que la chica hubiera sido su autora.



“Estoy en casa”


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La morgue de un instituto anatómico forense, es idéntica a cualquier otra morgue, es un lugar frío, aséptico e impersonal. La diferencia es que allí los cadáveres son estudiados, interpretados, leídos; una biblioteca de libros de carne que comienzan por el final de la historia.



El cuerpo desnudo estaba sobre la mesa de acero con desagüe. El forense y su ayudante estaban sacándole fotos. Junto a la mesa de operaciones había una mesita con todo el instrumental quirúrgico que iban a necesitar para realizar la intervención, pinzas, bisturís, varios tipos de sierras y tenazas, que recordaban macabramente a las que se usan para trinchar asados de pollo.

Las novelas y en gran medida las series de televisión, han rodeado a las autopsias de un halo de atractivo misterio que en realidad no tienen. Es un procedimiento tan rutinario como lo puede ser una operación de apendicitis. Los exámenes postmortem se realizan siempre que la muerte llega de una forma inesperada. La mayoría son un mero trámite legal, pero algunas veces, las necropsias tiene una carga emocional especial, por lo excepcional del caso. El Doctor Alfonso Domínguez no estaba acostumbrado a realizar ese tipo de intervenciones a chicas de 20 años. Trabajaban en una pequeña y tranquila capital de provincia y lo más excepcional con lo que se había enfrentado era algún accidente de caza. Rara vez ocurrían muertes violentas o acaecidas en extrañas circunstancias por aquellos lares, y desde luego ninguna desde que él había llegado para ocupar la plaza de dejó vacante por jubilación el antiguo patólogo. Su ayudante en cambio, llevaba más tiempo y había auxiliado al antiguo titular en algún caso de ajustes de cuentas por drogas, pero él tampoco se había enfrentado nunca al féretro de una mujer tan joven, por lo que la sala estaba sumida un silencio respetuosamente profesional y hasta incómodo. Hoy no comentarían la última jornada de liga mientras trabajaban y mucho menos pondrían la radio.


La sesión fotográfica, había concluido. El doctor se acercó a la grabadora y le dictó los detalles de la intervención, mientras el ayudante se disponía a tomar muestras de posibles restos de debajo de las uñas. El cuerpo había estado flotando en el agua, a pesar de ello no podían dejar pasar por alto cualquier detalle que pudiera alumbrar el porqué aquella muerte tan prematura, quizás el río hubiera olvidado algo debajo de las uñas, algún resto que pudiera indicar que aquello a lo mejor no había sido un accidente.

Tomó la mano de la chica, el rigor mortis había desaparecido y la mano de mostró flexible como si solo estuviera dormida. Recortadas y sin pintar, apenas si sobresalían de las yemas de los dedos, tenían ese característico tono azulado por la falta de oxígeno. Con un instrumento parecido a una cuchara diminuta comenzó a raspar con delicadeza debajo de la uña del dedo pulgar de la mano derecha. Aun protegido por los guantes de nitrilo azul sentía la frialdad de la carne.


Estaba tan absorto en su trabajo, que no fue consciente de cómo el resto de dedos de la chica se movieron lentamente hasta formar una especie de garra, mientras la otra mano se había ido separando sigilosamente hasta llegar a la mesita donde esperaba el instrumental y asió con fuerza un bisturí muscular de veinte centímetros. La garra se cerró súbitamente sobre la mano que sujetaba el pulgar. El auxiliar al notar aquella prisión imposible miró de una forma refleja a la chica que le devolvió la mirada con unos ojos azules y fríos que le traspasaron como chuzos helados. El terror no le dejaba articular palabra, su cerebro no encontraba una explicación a aquello, porque simplemente aquello no podía ser. En ese mismo instante el doctor apagaba la grabadora y la dejaba sobre una mesa blanca ajeno a lo que estaba sucediendo a dos metros escasos de su espalda.


El bisturí voló como un puñal hasta hincarse en el lateral del cuello del auxiliar, seccionándole las venas yugulares interna, externa y dañándole también gravemente la arteria carótida. Antes de desplomarse un geiser de sangre manó de su cuello. Cuando cayó al suelo ya estaba muerto.

El estruendo sobresaltó al forense que se giró para comprobar que estaba ocurriendo. La chica, el cadáver de la chica estaba de pie al lado de la mesa de operaciones y su ayudante tumbado en medio de un charco de sangre. Es lo único que pudo ver antes de que una cuchillada le rajara la garganta de un movimiento veloz, tanto que en un primer momento solo noto un leve cosquilleo, un pequeño escozor parecido a cuando el sol te ha quemado después de un día de playa y el cuello de la camiseta te roza la quemadura. En la siguiente inspiración los pulmones se llenaron de su propia sangre. Se llevó las manos a la garganta como intentando sujetarse a la vida que se le escapa entre espumarajos carmesíes y gorgoteos de desagüe atascado.



Continuará...

 

sábado, 14 de octubre de 2017











Debajo de un ciclón de sábanas revueltas te espero cada noche.
Detrás de una celda de almohadas.
Dentro de un abismo húmedo de sueños inconclusos.

La luna me mira con su ojo legañoso
velado de catarata maliciosa.
Estrellas sin nombre me sonríen malvadas.
No llegas y la vida se me escapa

No tardes que la oscuridad me rodea
de insomnios huecos,
de pesadillas de felicidad beige
de futuros de realidad plana
de monotonía infinita

Me acuna en un moisés de huesos blanqueados de plata sin bruñir.
Cierro los ojos y te veo
Hablo dormido y te llamo
Y no vienes
Y no estás
Alargo el brazo y te toco
dentro de otra carne y me repele,
vómito sucio de asco propio.
Sudo de dolor
Tiemblo de angustia
y me muerdo de hambre

Al amanecer del día,
cuando sus dedos amarillos y afilados, se clavan en el pensamiento,
el sol burlón me recuerda, que ha empezado otro día del resto de esta perpetua,
de otra jornada en este presidio sin puerta,
en este calabozo sin llave,
en este patíbulo sin horca,
con este verdugo sin tajo,
y de vivir sin despertarme a tu lado.






sábado, 7 de octubre de 2017

Palo Alcuello, un boinómano fuera de su tiempo.

Las redes sociales lo inundan todo, tarde o temprano se sucumbe a ellas, se entra dando un salto al vacío entre ilusionante y temeroso y en la mayoría de casos no hay marcha atrás. Sólo se abandonan por obligación (para evitar un posible peligro de un hacker o un particular que está mal de la cabeza) o por decisión personal (no son pocos los casos de personas que viven en el mundo digital y un buen día se cansan, lo venden todo y se dedican a viajar en una furgoneta de segunda mano con pinturas florales y fotos de Hendrix, Janis, etc)

Un buen día, el que suscribe padeció una conexión neuronal caprichosa y se le ocurrió que sería buena idea crearse un álter-ego, un seudónimo para así poder dar rienda suelta a sus ataques de poeta frustrado amante de la buena lectura.
Pero teniendo en cuenta que el origen rural de este servidor Calavera y que las rimas que amenazan con salir por la boca en el momento menos oportuno y que últimamente (será por la edad) no filtro ni mido las consecuencias (yo creo que estoy madurando) sería positivo y liberador ir soltando lastre en forma de poesía corta y desenfadada, desligada de cualquier tipo de límite, de encorsetamientos sociales.
Esto último va porque no resulta muy correcto en una reunión matutina en el despacho del jefe que al entrar éste y saludara cortésmente con el típico: ''buenos días'' y yo le conteste: ''buenas pollas te comías''.
Que sí, que rima y seguramente lo piensen varios más, pero a nadie se le ocurre decirlo en voz alta. No se debe, no es que no se pueda, pero no es lo más adecuado.

Por otra parte, desde hace unos años es evidente la cantidad de libros que se están editando de autoayuda, superación y motivación. Por miles se pueden contar, pero donde hay tanto hay que ser muy selectivo y cuidadoso a la hora de saber adquirir el libro que nos ''abra la mente'' y nos eleve a otro nivel de conciencia.
Yo antes de eso viajaría para conocer otras cosas, otras formas de entender la vida y quedarnos con lo que nos aporte algo positivo. He viajado y viajaré mientras pueda. He aprendido más fuera de mi entorno que dentro de él.
Cuando hay tanta variedad literaria, no sólo hay verdaderas joyas, también hay mucha basura. Casi cualquier cosa se publica (si yo escribo aquí y soy un tipo de lo más normalito, ya podemos imaginar cuantos miles de genios lo hacen y muy bien, por cierto) cuando se tiene un poco de experiencia en la vida, si te llega un iluminao de la vida y te dice: ''si deseas algo con mucha fuerza, el universo se confabula para que lo consigas'' dan ganas de decirle: ''en serio? de verdad?'' ''y eso lo has deducido tú solito o te has fumao una sustancia estupenda?''.

Y si ellos lo hacen, por qué yo no? Y me lancé. Y así fue como nació Palo Alcuello, poeta rural.
En todos los pueblos hay una Palo Alcuello, se identifica porque suele estar en una zona apartada del pueblo, pero desde donde ve pasar a sus autóctonos y para cada uno de ellos tiene un chascarrillo y en tiempo de fiestas patronales concursa en los trovos.

He estado haciendo un pequeño recopilatorio de algunos chascarrillos propiedad de mi álter-ego para dar muestra de lo que puede dar de sí pasar mucho rato al sol trabajando y no llevar puesta una gorrita.

Vds me sabrán perdonar, pero ahí va eso:

''ver tu cuerpo de mujer
es pensar en todo un poco.
es por eso que me toco
y voy a desfollecer''

''quisiera ser el agua de tu inodoro
porque refleja lo que más añoro''

''aunque hables en suizo
y no te entienda ni jota.
no me prives de tu boca
ni de tu aliento a chorizo''

''pensabas que iba a follarte
sin hablarte, sin tocarte.
pero hoy es lunes, no martes
qué malo es el mundo de helarte''

''el tiempo borra
las huellas de las gaviotas,
pero nunca borrará
de tu coño mis pelotas''

''te he comprado un poto
porque la sangre me arde.
-mejor me comes el toto
y el poto, pa tu madre''

''la mujer de mi anhelo,
la que me da regocijo,
es la que me sube en alto
y me usa de botijo''

''hace bochorno,
pero yo te calentaba el horno''

''si vas a plantar un pino,
que no falte papel fino''

''si al acostarte te pica el culo,
al levantarte te huele el dedo''

''después de zampar,
un cigarro y a sobar.
y si no eres de fumar,
pues a follar''

''si te vas a sentar
y llegan antes los huevos que el culo,
no eres un semental,
está viejuno''

''tú opinas así
y so opino asao.
si no te va lo que escribí,
agárramela de lao''

''ese lunar que tienes
cielito lindo
junto a la boca,
le voy a dar pollazos
cielito lindo
y dejarte loca''

''que sea en tus labios
si tengo que nadar
y de tu aliento
poder respirar
darte todo mi cariño
envolverte en muchos muaks
pero se acabó el papel
en tu váter voy a cagar''

''el final del vegano
llegó y tú comerás
rape, fuet, lomo, magro,
faisán, torreznos jamón...

--dime, dime, dime coliflor
dime tú si comerás
huevos fritos, chorizo, lacón
o prefieres foigrás..''

''una balada de otoño
cantos de melancolía
cuando te arreglas el moño
me la pones revenía''

''hoy quise regalarte
unas frases de amor desmedido
y no sé lo que ha ocurrido
que sólo pienso en follarte''

''no es el bicho una gran cosa
pa dedicarle unos versos
y no le encuentro la gracia
tié bigotes la muy morsa''

''igual soy medio tonto
porque si fuera tontontero
sería la capital de Toronto
y prefiero el solanero''

''sabiendo que me mentías
una cosa te voy a aclarar
tú eres tonta perdía
y no lo puedes remediar''



Palo Alcuello, poeta rural y boinómano.

martes, 3 de octubre de 2017

El dolor de marfil




 


Silenciosos notas sus pasos en el suelo, romos, esa vibración callada en los oídos, ese retumbar en la cabeza. Se eriza el pelo, como cuando la tormenta está cerca, aún no se oyen los truenos aún no se ven los relámpagos pero no tardarán. No puedes esconderte, no puedes huir. Esa estaca de marfil clavada en tu boca, es un vórtice que lo atrae irremediablemente.

Lo sientes, ya está aquí.

La primera descarga de dolor es despiadada, tanto que te hace confiar en que las próximas no podrán ser peores. La segunda no tarda ni un segundo en sacarte de tu error, es mil veces, un millón de veces peor. Se suceden en una progresión de intensidad exponencial que parece no tener fin...

Primero es un dolor helado, como un puñal de hielo que se hinca veloz para luego empezar a calentarse hasta hervir igual que la roca se funde en una caldera del mismo infierno.

Te encoges en la oscuridad de la mazmorra en que se ha convertido tu cabeza, intentas encajar los golpes que ya no son una sucesión d, ahora son un continuo chorro de dolor una onda que solo se modula en amplitud, la frecuencia ya no es un parámetro, es una constante línea de sufrimiento.

Aprietas los dientes en un vano intento de disminuirlo, es inútil. Quieres arrancarte esa astilla diabólica que te tortura. Tu lengua la busca, la palma, la acaricia servil en busca de piedad, una piedad que a sabiendas sabe que no va a encontrar.

Ya hace diez minutos que comenzó y parecen diez eternidades de sufrimiento. Te retuerces, sudas y tiemblas. Solo, solamente queda resignarte a que el dolor se canse, ese verdugo se agote de martirizarte.

La Santa Inquisición está en tu boca, la ira de dios dentro de un diente, el pecado solo se expía con dolor que no cesará hasta que sus nervios se necrosen, hasta que la infección deshaga todas las terminaciones nerviosas. Ojala sea pronto, ojala la negra pústula se los coma y no tarde o la locura no se te será ajena, pues no hay nada peor que un dolor de muelas.

FIN.






lunes, 11 de septiembre de 2017

Sueño



El sueño es el refugio de la mente, el lugar donde podemos distorsionar espacio y tiempo y soñar. Salir de la realidad, huir de ella por un momento. Descansar, dejar a un lado por unas horas las preocupaciones.

El sueño funciona igual que una droga y algunas personas lo usan como tal. Prefieren dormir a pensar, prefieren dormir a enfrentar la realidad.

No sé si tiene la desgracia de conocer a alguna, si la tienen me entenderán bien.




Dormía, otra vez estaba dormida. Estaba sentada en el sofá, con los pies sobre la mesita de cristal de centro, y la cabeza inclinada hacia atrás, de la misma forma que si estuviera ofreciendo su cuello al cuchillo de un matarife. En esa posición, es anatómicamente imposible mantener la boca cerrada, que se había transformado en una suerte de caverna maloliente de saliva seca, por donde escapaban ronquidos, como si fuera el idioma brutal de alguna bestia prediluviana que morara en su garganta. 
Aún no eran las diez de la noche, y ya hacía más de media hora que la última cabezada terminó por sumirla en ese sueño tan deseado.Estaba enrollada en una manta de forro polar marrón, que le daba un aspecto de oruga gorda y peluda. En los pies unos calcetines gruesos de lana roja y suela, con los que se podría pasear por la mismísima Antártida sin sentir el más mínimo frío. Las gafas de pasta oscura, milagrosamente permanecían en su sitio ayudadas por la gravedad y por el caballete de la nariz donde se habían incrustado.La única luz de salón provenía de La TV, que seguía emitiendo un folletín rosa, donde los contertulios se sacaban las tiras de pellejo para divertimento de una audiencia, que no se cansaba noche tras noche de conocer las miseria humanas de los invitados, reos a sueldo que en su camino a la picota debían soportar el abucheo y el escarnio del populacho.

La pantalla del teléfono móvil se iluminó y el ingenio comenzó a vibrar, estaba sobre su regazo. En el fondo aparecía el anagrama de un teléfono, de los que solo servían para hablar, se agitaba al compás de las vibraciones. Cinco, seis zumbidos...al décimo el teléfono se volvió a quedar oscuro y dejó de temblar como el abdomen de una abeja mielera.
Ella farfulló unas palabras incomprensibles entre chasquidos de lengua. Inspiró aire y volvió a exhalar, hinchando los carrillos de la cara y poniendo morritos igual que si fuera un fuelle con una boquilla extrañamente ancha.



Pasaron dos horas más.

Bzzzzzz, bzzzzzz, bzzzzzz!

El teléfono volvía a zumbar. Ahora estaba sobre el sofá, hasta donde había rodado desde su regazo. Ella seguía durmiendo. Poco a poco se había ido escorando, había quedado tumbada con la cabeza recostada sobre el brazo del mueble. Un hilo de baba resbalaba viscoso de su boca entreabierta empapando la tapicería, ya no roncaba, y había recogido las piernas hacia el abdomen, adoptando una extraña posición fetal; la oruga gorda y peluda avanzaba en su metamorfosis. En algún momento se las había quitado o se le habrían caído las gafas, porque ya no las llevaba puestas.

El móvil volvió a quedarse quieto y con la pantalla oscura.

Pasaron dos horas más.

De repente la boca se le llenó una papilla alcalina y amarga. El despertador químico, la sacó del sueño como la patada de un verdugo que comunica que ha llegado la hora de ir al patíbulo. Giró sobre sí misma en un intento desesperado por no ahogarse en su propio vómito y abrió la boca para dejar salir el quimo que había ascendido desde sus tripas arrasando y quemando todo a su paso. La masa de jugos y nutrientes a medio digerir salió disparada a reacción, golpeando el suelo de gres con un sonido viscoso y orgánico del chapoteo de una criatura recién parida, salpicando el sofá, la mesita de centro y todo lo que había en un metro a la redonda. Los ojos parecían haberle crecido repentinamente dos tallas más que las cuencas que los contenían, le habían empezado a lagrimear. La garganta le quemaba y desde ella le ascendía un pestilente hedor a limones podridos. Tragar saliva no servía de nada, era incluso peor, como atizar unas brasas. Tenía que beber algo que la calmara. Plató uno de los pies enfundado con ese calcetín rojo y grueso, para tomar impulso, intentado esquivar la salpicaduras de su propia regurgitación, luego apoyó los brazos en el sofá para incorporarse pero su capullo de forro polar no se iba a poner fácil. Se le había reliado, atrapándolo bajo el peso de su propio cuerpo. No lo consiguió hasta después de forcejear y retorcerse como una lombriz en el barro. En uno de esos forcejeos el móvil salió disparado y cayó al suelo encharcado de vómito. El golpe, quebró la delicada pantalla del artilugio, y los fluidos aún calientes penetraron por la fisura, aquel engendro tecnológico no volvería a zumbar.

Fue imposible evitar no pisar alguna salpicadura, así que se fue con ellas pegadas en las suelas de goma de los calcetines, con esa desagradable sensación resbaladiza hasta la cocina. Necesitaba aliviar la quemazón amarga que le corroía los tejidos de la faringe y la cavidad bucal. Abrió el grifo de la pila del fregadero a tope y sin ningún miramiento acercó la boca para que el agua fría le entrara y le aplacara el dolor. Y lo hizo algo, pero el agua helada, también penetró en las caries de sus muelas y atravesó la dentina de sus piezas dentales, al descubierto por su incipiente piorrea. Rayos de dolor azules le atravesaron las mandíbulas de parte a parte. Giró la palanca del grifo para que el calentador subiera la temperatura del agua pero aún deberían pasar unos segundos para que eso ocurriera y mientras el relampagueo de dolor seguiría electrocutándola.

No podía beber más agua, sentía como las paredes de su estómago se habían dilatado hasta el límite del dolor, así y todo la sensación de tener arañazos en la garganta no desaparecía, solo luego de un buen rato, el dolor comenzó a bajar de intensidad y quedó reducido a una molestia parecida a la del comienzo de una gripe, a las de esos días en los que se habló o gritó demasiado.

Hinchada como un odre, se encaminó al dormitorio. Seguía teniendo sueño, aquel episodio de reflujo gástrico nocturno, aun siendo muy desagradable no la había despabilado lo suficiente para que una vez en la cama volviera a quedarse dormida a los pocos segundos.

Se dejó caer en la cama con la delicadeza de un árbol talado y rebotó en el colchón de muelles, como si este molesto no la quisiera encima. Rodó sobre sí misma para quedar bocarriba, estuvo así un par de minutos cubierta con el nórdico hasta la primera de sus tres barbillas y luego decidió de forma semi inconsciente que sería mejor dormir de lado, no quería morir ahogada en sus propios vómitos. ¿Vómitos?, ah! sí, el salón seguía manchado de vómitos, pero tenía demasiado sueño para recogerlo ahora, no se iban a ir a ningún sitio, ya lo haría cuando despertara.

El sueño era un telón de plomo sobre sus párpados, que había empezado a bajar inexorablemente, las piernas le hormigueaban. Un pensamiento impertinente comenzó a abrirse paso desde la base del cerebro, como si fuera un cuchillo caliente atravesando mantequilla. El móvil, lo había olvidado en el sofá, tendría que ir a por él, no podía dormirse sin él. Se conocía y sin sus alarmas no se despertaría a tiempo. Siempre ponía tres, espaciadas cinco minutos. Desde el dormitorio no las oiría, no había más remedio que levantarse e ir a por él.

Rodó con desgana hasta el lado contrario por el que había entrado en la cama, justo hasta el borde. Primero sacó un pie y luego otro, aún seguían enfundados en sus calcetines rojos de suela de goma manchada de vómito. Hacía frío, refunfuñó algo ininteligible, que sin lugar a dudas debía ser algún insulto dedicado al móvil. Permaneció sentada en el borde del colchón unos segundos, como si estuviera reuniendo fuerzas para ir hasta el salón, como si en vez de ir hasta él, fuera una saltadora de esquí antes de embocar la rampa, como si en vez de tener que andar unos pocos metros tuviera que saltar en paracaídas. Al fin se decidió y se aupó con la ayuda de los brazos. Los primeros pasos fueron los más inseguros era igual que un marinero que hace meses que no tocaba tierra firme. Antes de alejarse lo suficiente de la cama se estiró y agarró el nórdico y se envolvió en él, odiaba el frío.

Curiosamente el pasillo que comunicaba el dormitorio con el salón, se le antojó extrañamente estrecho y largo. Estaba medio dormida, pero no iba a encender ninguna luz, era su casa, la conocía perfectamente, podría hacer el camino con los ojos completamente cerrados. De cualquier forma el resplandor de la tv, que seguía encendida, iluminaba más que suficiente, al fin y a la postre la molestia de tener que levantarse de la cama iba a resultar hasta provechosa, también la apagaría.

El hedor a vómito le golpeó el rostro, antes de llegar al salón. En un acto reflejo, tragó saliva. La garganta se encogía como un perro apaleado que huele de nuevo al amo maltratador. La luz de la TV, arrancaba a los enseres sombras deformes, decorando las paredes de forma grotesca. La caja tonta también proporcionaba una banda sonora. El programa de cotilleos rosas hacía ya que había terminado, en su lugar ahora llenaba la pantalla un hombre tan gordo como ella, vestido con un uniforme de cocinero de aspecto ridículo, con un gran mostacho negro, que parecía salido de la etiqueta de algún tarro de salsa de tomate para pasta. Parloteaba animadamente a su noctámbula audiencia los beneficios de adquirir un estúpidamente absurdo útil de cocina, porque comprando uno recibirán dos trastos inútiles, que irían a parar a su ya completísima colección de útiles de cocina absurdamente estúpidos.

Primero se acercó al televisor y pulsó el botón de power (no apagaba la televisión desde el mando, porque seguiría consumiendo electricidad, de alguna forma que no acertaba a explicar, sabía que el aparato continuaría funcionando, lo habían dicho en algún programa de esos donde sale gente preparada) y el cocinero ridículo y parlanchín quedó fulminado por una nada negra que sumió el salón en la oscuridad total. – ¡Joder!- masculló. Ahora se había quedado completamente ciega, debería haber buscado el móvil antes. Pero no iba a encender ninguna luz ni volvería a conectar la TV, era su casa “podía recorrerla con los ojos cerrados”, además en unos instantes sus pupilas se dilatarían y absorberían cualquier rastro de luz, la suficiente para distinguir las siluetas. Giró sobre sí misma 180° el televisor había quedado a su espalda, por lo tanto la mesita y luego el sofá estaban justo en frente (y el vómito). Entonces daría un paso a la derecha y llegaría al sofá desde ese lado, que era el que menos manchado estaba. Otro paso más y sortearía la mesita de centro, o ese era el plan. La espinilla impactó con unos de los vértices de la mesa de centro, el pijama de felpa con ositos marrones que la protegía del frío, no lo hizo contra la esquina de cristal, que se hincó en la escasa carne que recubre las tibias. Un dolor agudo y caliente, tanto que casi escocía, como si en vez de haberse golpeado, le hubiesen echado un balde de agua hirviendo, le arrancó un grito que rebotó por el salón desierto y oscuro igual que el de un alma en pena.

Se quedó quieta, con una pierna encogida, envuelta en el edredón, transformándose en una especie de flamenco prehistórico y monstruoso, esperando a que el dolor desapareciera. Volvió a posar el pie con cuidado, temiendo volver a golpearse con el vértice de cristal. Dio un paso precavido, el sofá debería estar justo ahí. Se agachó y estiró el brazo para localizarlo. La punta de sus dedos chocaron con algo mullido y suave, era la manta de forro polar. Ahora con la seguridad de haber llegado a su destino, siguió palpando, el móvil no debía andar lejos.

Sus yemas siguieron explorando, usando la manta de guía. ¡Un momento! Debajo había algo, algo grande, algo cálido, de una molicie orgánica. Apartó la mano aterrada. Había algo, algo vivo en su sofá, en su casa, lo acaba de tocar, y eso era imposible, estaba sola. ¿Qué era aquello? su imaginación empezó a formar imágenes de monstruos de ojos rojos y colmillos afilados acechándola sobre su sofá. No, aquello no podía ser. Seguro que se había equivocado, que su mente... que un doblez de la manta, que lo que había palpado era solo un cojín, eso, eso era un cojín, solo era un cojín. Sin embargo no lo volvería a tocar, no se atrevería a volver a acercar sus dedos regordetes a aquel “cojín”, una vez era suficiente, y mucho menos a oscuras. Pero lo peor es que aquello, fuera lo que fuera también lo habría notado, habría notado como lo tocaban. Estaba paralizada, allí semi encorvada, enrollada en el nórdico en medio de su propio salón, petrificada por el miedo, en su salón a oscuras...sola con eso, tenía que reaccionar.

Una vez más se repitió a sí misma que no podía ser nada, solo una mala pasada de su propia imaginación y del sueño.

Junto al sofá había una lámpara de pie, bastaría con erguirse, alargar un poco el brazo y podría encenderla. Sí era una buena forma de resolver aquel enigma, de comprobar que solo era un cojín, y de celebrarlo luego con una carajada autodedicada por gallina.

¡Clic!

La bombilla led prendió, su luz anegó la estancia, la claridad blanca le quemó los ojos, de forma refleja parpadeó un par de veces.

La forma oculta fue revelada.

Las pupilas se le dilataron hasta su nivel máximo y su mandíbula inferior se desplomó como activada por un resorte, como esos payasos de muelle que se ocultan en cajas y que juegan a asustar saliendo de forma inesperada de ellas, mientras ríen de forma alocada, solo que de su boca no salieron carcajadas sino un grito de espanto.

Sobre el sofá, debajo de la manta de forro polar marrón, no había ningún cojín y tampoco había ningún monstruo de ojos rojos y colmillos afilados, sin dudar lo habría preferido a lo que realmente estaba viendo. Se veía a ella, a ella misma con los ojos abiertos, fijos en algún lugar más allá del techo, apagados, sin vida, como si fueran cuentas de vidrio opacas, con la boca entreabierta y un reguero de vómito amarillo resbalando por la comisura de los labios.



Bzzzzzz, bzzzzzz, bzzzzzz!

El teléfono móvil volvió a zumbar



FIN