NOSOTROS

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jueves, 15 de junio de 2017

El Amigo





Los cubitos de hielo crujieron emitiendo un quejido roto cuando sintieron el calor del licor derramándose sobre ellos. Un quejido parecido al que se podría oír si se pegaba lo suficientemente el oído a su pecho.



Removió el vaso y los pedazos de agua heladas acomodaron tintineando. Él también lo hizo, cambió de postura en la banqueta dura e incómoda de aquel tugurio de tercera. Estaba esperándole. El rechinar de unas suelas de cuero sobre la madera del suelo y el olor a tabaco llegaron antes que él, ya estaba aquí. Su amigo había llegado, tan impuntual como siempre.

- Hola- dijo sin volverse – Por fin has llegado, sigues siendo el mismo malqueda de siempre, me gusta, veo que no cambias.

Un bufido que pretendía ser un híbrido entre afirmación y sonrisa llegó después de que el hombre tomara otra banqueta y se sentara a su vera. Seguían sin girarse, solo tenía ojos para los hielos agonizantes que se deshacían como rocas dentro de lava.

La camarera apareció desde algún lugar indeterminado de detrás de la barra, de más allá de su campo visual, que estuviera desnuda de cintura para arriba carecía completamente de importancia, no pensaba apartar la mirada del whisky.

El recién llegado no abrió la boca, no necesitó hacerlo, un instante después de que la chica de pechos firmes volcaba la botella de “Juanito vestido de luto de paseo” sobre el montón de piedras de agua y acto seguido desapareció igual que había llegado. De sobra sabía que no sería útil allí. Ni ella ni ninguna de sus compañeras se acercarían. No, podía beber todo lo que quisiera pero ellas no se acercarían y tampoco iban a ser llamadas, para otra cosa que no fuera rellenar los vasos.

Dio un trago y dejó la copa con suavidad sobre la barra.

-¿Y bien? – Preguntó - ¿Qué es eso que quieres contarme?

- ¿Contarte?, bien sabes que nada nuevo, nada que tú ya no sepas, pero me gusta que lo vuelvas a oír, para eso están los amigos, ¿no?

- Sigues enamorado de ella, ¿verdad?

- ¿Seguir? ¡Ah! No lo he dejado de estar, desde que respiré por primera vez, este maldito aire que me hace estar vivo, desde mucho antes de que la conociera.

- ¿Y qué vas a hacer?

- ¿Hacer? Respirar, seguir respirando, qué más puedo hacer sino solo eso- Recoge el vaso y lo apura de un trago.

- ¿No crees ya has bebido bastante?

- No, aún no estoy borracho y no creo que llegue a estarlo.

- Apagar un fuego con alcohol, no parece lo más inteligente

-¿Quién dice que lo quiera apagar?

- Entonces ¿qué?

- Entonces ¿qué de qué?

- ¿Para qué me has hecho llamar?, ¿para qué? Te puedes matar tú solito. No tienes por qué hacerme cómplice de tus locuras, ya eres mayorcito.

Por primera vez se gira y dice:

-¡Tú no la has visto!

- ¡Solo es una mujer!, una más entre las miles que hay en esta asquerosa ciudad.

- Si ahora mismo no te ahogo con mis propias manos es porque sabes que no puedo vivir sin ti, pero no te atrevas, ni siquiera a volver a insinuarlo o daré por buena mi muerte, solo por acabar con la tuya.

Ella es la única excusa que existe en este mundo, para que seguir respirando valga la pena.

- Está bien, está bien, no te pongas así. Sólo quiero hacerte entrar en razón. No quiero ver cómo te autodestruyes. No te quiero ver sufrir. Tú también me dueles. ¿Por qué no haces algo, por qué no se lo dices, por qué no vas a buscarla?

- Jojana - La risa suena como si estuviera dentro de un pozo profundo y oscuro. Era una risa que no tenía ninguna gracia ni en su origen ni en su fin, era más un gorgoteo, un espasmo, un estertor de moribundo.

Amigo, no, las cosas nunca son tan fáciles. El sueño se ha cumplido. El destino me ha concedido la suerte de poder conocerla, de contemplarla de saber que existe. Pero la ha puesto detrás de una puerta que jamás podré cruzar. Soy un trozo de de basura espacial que gira alrededor de ella, atraído y expulsado por la gravedad al mismo tiempo, condenados eternamente a mirarnos pero a no tocarnos. Ay amigo, no hay mayor martirio, que ser ciego después de haber contemplado la luz.

- Siempre has sido un poeta, un romántico, un blando. Si de verdad la quisieras, hallarías la forma, la encontrarías. Lo único que te pasa es que eres un cobarde llorón. No me llames más para ver esto, para oír esto; ahórrame el mal trago.

-¡No!, no te atrevas a hablarme así, no, tú no. ¡No te lo permito! No eres nadie, no sabes nada ¡Cállate! Tú no eres un amigo, me lo estás demostrando, sólo has venido a echar la última pala de arena sobre mi tumba.

- Si te lo digo es porque eres tú y no otro. ¿Qué querías que te dijera? “Pobrecito, sigue bebiendo", y consúmete en tu fuego fatuo, en tu noche de San Juan particular, lo único que quiero es verte fuerte y verte luchar, y no verte balbucear como a un niño al que le ha robado el bocadillo en el recreo.

Los vasos están vacíos, levanta un dedo, la camarera vuelve a llenar las copas. Casi no queda hielo, es mejor así el hielo solo roba espacio al whisky.

-¿Qué vamos a hacer?

-¿Vamos? ¿Qué vas a hacer tú? Yo no voy a hacer nada, ya estoy haciendo demasiado. Ya te estoy diciendo que no puedes quedarte ahí como un perro apaleado lamiéndose las heridas.

- Está bien, quizás tengas razón

- ¡Vaya! Es lo primero que dices con sentido en toda la noche.

- Será mejor que te vayas entonces.

-¡No te jode! y encima ahora me despides con malos modos. La próxima vez no me llames; bueno hazlo si quieres, pero no vendré. No hasta que no merezca la pena volver a hacerlo. No hasta que la vea de tu brazo. ¡Adiós! No hace falta que te levantes, ¡Ah! y las copas las pagas tú.

Las patas de la banqueta arañan el suelo de madera, haciendo que los pelos se pongan de punta y la piel lo haga de gallina. Las pisadas se alejan, se ha marchado, vuelve a estar solo otra vez. Apura el whisky y levanta el dedo nuevamente para llamar a la chica de pechos densos y firmes que apenas si tiemblan al caminar.

Aquel borracho que bebe dos copas al tiempo la vuelve a llamar, no le da buena espina. Ojalá no monte ningún expolio, ya es bastante tener que soportar, que gentuza de esa calaña la tengan que ver ganarse la vida así.



FIN