NOSOTROS

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lunes, 11 de septiembre de 2017

Sueño



El sueño es el refugio de la mente, el lugar donde podemos distorsionar espacio y tiempo y soñar. Salir de la realidad, huir de ella por un momento. Descansar, dejar a un lado por unas horas las preocupaciones.

El sueño funciona igual que una droga y algunas personas lo usan como tal. Prefieren dormir a pensar, prefieren dormir a enfrentar la realidad.

No sé si tiene la desgracia de conocer a alguna, si la tienen me entenderán bien.




Dormía, otra vez estaba dormida. Estaba sentada en el sofá, con los pies sobre la mesita de cristal de centro, y la cabeza inclinada hacia atrás, de la misma forma que si estuviera ofreciendo su cuello al cuchillo de un matarife. En esa posición, es anatómicamente imposible mantener la boca cerrada, que se había transformado en una suerte de caverna maloliente de saliva seca, por donde escapaban ronquidos, como si fuera el idioma brutal de alguna bestia prediluviana que morara en su garganta. 
Aún no eran las diez de la noche, y ya hacía más de media hora que la última cabezada terminó por sumirla en ese sueño tan deseado.Estaba enrollada en una manta de forro polar marrón, que le daba un aspecto de oruga gorda y peluda. En los pies unos calcetines gruesos de lana roja y suela, con los que se podría pasear por la mismísima Antártida sin sentir el más mínimo frío. Las gafas de pasta oscura, milagrosamente permanecían en su sitio ayudadas por la gravedad y por el caballete de la nariz donde se habían incrustado.La única luz de salón provenía de La TV, que seguía emitiendo un folletín rosa, donde los contertulios se sacaban las tiras de pellejo para divertimento de una audiencia, que no se cansaba noche tras noche de conocer las miseria humanas de los invitados, reos a sueldo que en su camino a la picota debían soportar el abucheo y el escarnio del populacho.

La pantalla del teléfono móvil se iluminó y el ingenio comenzó a vibrar, estaba sobre su regazo. En el fondo aparecía el anagrama de un teléfono, de los que solo servían para hablar, se agitaba al compás de las vibraciones. Cinco, seis zumbidos...al décimo el teléfono se volvió a quedar oscuro y dejó de temblar como el abdomen de una abeja mielera.
Ella farfulló unas palabras incomprensibles entre chasquidos de lengua. Inspiró aire y volvió a exhalar, hinchando los carrillos de la cara y poniendo morritos igual que si fuera un fuelle con una boquilla extrañamente ancha.



Pasaron dos horas más.

Bzzzzzz, bzzzzzz, bzzzzzz!

El teléfono volvía a zumbar. Ahora estaba sobre el sofá, hasta donde había rodado desde su regazo. Ella seguía durmiendo. Poco a poco se había ido escorando, había quedado tumbada con la cabeza recostada sobre el brazo del mueble. Un hilo de baba resbalaba viscoso de su boca entreabierta empapando la tapicería, ya no roncaba, y había recogido las piernas hacia el abdomen, adoptando una extraña posición fetal; la oruga gorda y peluda avanzaba en su metamorfosis. En algún momento se las había quitado o se le habrían caído las gafas, porque ya no las llevaba puestas.

El móvil volvió a quedarse quieto y con la pantalla oscura.

Pasaron dos horas más.

De repente la boca se le llenó una papilla alcalina y amarga. El despertador químico, la sacó del sueño como la patada de un verdugo que comunica que ha llegado la hora de ir al patíbulo. Giró sobre sí misma en un intento desesperado por no ahogarse en su propio vómito y abrió la boca para dejar salir el quimo que había ascendido desde sus tripas arrasando y quemando todo a su paso. La masa de jugos y nutrientes a medio digerir salió disparada a reacción, golpeando el suelo de gres con un sonido viscoso y orgánico del chapoteo de una criatura recién parida, salpicando el sofá, la mesita de centro y todo lo que había en un metro a la redonda. Los ojos parecían haberle crecido repentinamente dos tallas más que las cuencas que los contenían, le habían empezado a lagrimear. La garganta le quemaba y desde ella le ascendía un pestilente hedor a limones podridos. Tragar saliva no servía de nada, era incluso peor, como atizar unas brasas. Tenía que beber algo que la calmara. Plató uno de los pies enfundado con ese calcetín rojo y grueso, para tomar impulso, intentado esquivar la salpicaduras de su propia regurgitación, luego apoyó los brazos en el sofá para incorporarse pero su capullo de forro polar no se iba a poner fácil. Se le había reliado, atrapándolo bajo el peso de su propio cuerpo. No lo consiguió hasta después de forcejear y retorcerse como una lombriz en el barro. En uno de esos forcejeos el móvil salió disparado y cayó al suelo encharcado de vómito. El golpe, quebró la delicada pantalla del artilugio, y los fluidos aún calientes penetraron por la fisura, aquel engendro tecnológico no volvería a zumbar.

Fue imposible evitar no pisar alguna salpicadura, así que se fue con ellas pegadas en las suelas de goma de los calcetines, con esa desagradable sensación resbaladiza hasta la cocina. Necesitaba aliviar la quemazón amarga que le corroía los tejidos de la faringe y la cavidad bucal. Abrió el grifo de la pila del fregadero a tope y sin ningún miramiento acercó la boca para que el agua fría le entrara y le aplacara el dolor. Y lo hizo algo, pero el agua helada, también penetró en las caries de sus muelas y atravesó la dentina de sus piezas dentales, al descubierto por su incipiente piorrea. Rayos de dolor azules le atravesaron las mandíbulas de parte a parte. Giró la palanca del grifo para que el calentador subiera la temperatura del agua pero aún deberían pasar unos segundos para que eso ocurriera y mientras el relampagueo de dolor seguiría electrocutándola.

No podía beber más agua, sentía como las paredes de su estómago se habían dilatado hasta el límite del dolor, así y todo la sensación de tener arañazos en la garganta no desaparecía, solo luego de un buen rato, el dolor comenzó a bajar de intensidad y quedó reducido a una molestia parecida a la del comienzo de una gripe, a las de esos días en los que se habló o gritó demasiado.

Hinchada como un odre, se encaminó al dormitorio. Seguía teniendo sueño, aquel episodio de reflujo gástrico nocturno, aun siendo muy desagradable no la había despabilado lo suficiente para que una vez en la cama volviera a quedarse dormida a los pocos segundos.

Se dejó caer en la cama con la delicadeza de un árbol talado y rebotó en el colchón de muelles, como si este molesto no la quisiera encima. Rodó sobre sí misma para quedar bocarriba, estuvo así un par de minutos cubierta con el nórdico hasta la primera de sus tres barbillas y luego decidió de forma semi inconsciente que sería mejor dormir de lado, no quería morir ahogada en sus propios vómitos. ¿Vómitos?, ah! sí, el salón seguía manchado de vómitos, pero tenía demasiado sueño para recogerlo ahora, no se iban a ir a ningún sitio, ya lo haría cuando despertara.

El sueño era un telón de plomo sobre sus párpados, que había empezado a bajar inexorablemente, las piernas le hormigueaban. Un pensamiento impertinente comenzó a abrirse paso desde la base del cerebro, como si fuera un cuchillo caliente atravesando mantequilla. El móvil, lo había olvidado en el sofá, tendría que ir a por él, no podía dormirse sin él. Se conocía y sin sus alarmas no se despertaría a tiempo. Siempre ponía tres, espaciadas cinco minutos. Desde el dormitorio no las oiría, no había más remedio que levantarse e ir a por él.

Rodó con desgana hasta el lado contrario por el que había entrado en la cama, justo hasta el borde. Primero sacó un pie y luego otro, aún seguían enfundados en sus calcetines rojos de suela de goma manchada de vómito. Hacía frío, refunfuñó algo ininteligible, que sin lugar a dudas debía ser algún insulto dedicado al móvil. Permaneció sentada en el borde del colchón unos segundos, como si estuviera reuniendo fuerzas para ir hasta el salón, como si en vez de ir hasta él, fuera una saltadora de esquí antes de embocar la rampa, como si en vez de tener que andar unos pocos metros tuviera que saltar en paracaídas. Al fin se decidió y se aupó con la ayuda de los brazos. Los primeros pasos fueron los más inseguros era igual que un marinero que hace meses que no tocaba tierra firme. Antes de alejarse lo suficiente de la cama se estiró y agarró el nórdico y se envolvió en él, odiaba el frío.

Curiosamente el pasillo que comunicaba el dormitorio con el salón, se le antojó extrañamente estrecho y largo. Estaba medio dormida, pero no iba a encender ninguna luz, era su casa, la conocía perfectamente, podría hacer el camino con los ojos completamente cerrados. De cualquier forma el resplandor de la tv, que seguía encendida, iluminaba más que suficiente, al fin y a la postre la molestia de tener que levantarse de la cama iba a resultar hasta provechosa, también la apagaría.

El hedor a vómito le golpeó el rostro, antes de llegar al salón. En un acto reflejo, tragó saliva. La garganta se encogía como un perro apaleado que huele de nuevo al amo maltratador. La luz de la TV, arrancaba a los enseres sombras deformes, decorando las paredes de forma grotesca. La caja tonta también proporcionaba una banda sonora. El programa de cotilleos rosas hacía ya que había terminado, en su lugar ahora llenaba la pantalla un hombre tan gordo como ella, vestido con un uniforme de cocinero de aspecto ridículo, con un gran mostacho negro, que parecía salido de la etiqueta de algún tarro de salsa de tomate para pasta. Parloteaba animadamente a su noctámbula audiencia los beneficios de adquirir un estúpidamente absurdo útil de cocina, porque comprando uno recibirán dos trastos inútiles, que irían a parar a su ya completísima colección de útiles de cocina absurdamente estúpidos.

Primero se acercó al televisor y pulsó el botón de power (no apagaba la televisión desde el mando, porque seguiría consumiendo electricidad, de alguna forma que no acertaba a explicar, sabía que el aparato continuaría funcionando, lo habían dicho en algún programa de esos donde sale gente preparada) y el cocinero ridículo y parlanchín quedó fulminado por una nada negra que sumió el salón en la oscuridad total. – ¡Joder!- masculló. Ahora se había quedado completamente ciega, debería haber buscado el móvil antes. Pero no iba a encender ninguna luz ni volvería a conectar la TV, era su casa “podía recorrerla con los ojos cerrados”, además en unos instantes sus pupilas se dilatarían y absorberían cualquier rastro de luz, la suficiente para distinguir las siluetas. Giró sobre sí misma 180° el televisor había quedado a su espalda, por lo tanto la mesita y luego el sofá estaban justo en frente (y el vómito). Entonces daría un paso a la derecha y llegaría al sofá desde ese lado, que era el que menos manchado estaba. Otro paso más y sortearía la mesita de centro, o ese era el plan. La espinilla impactó con unos de los vértices de la mesa de centro, el pijama de felpa con ositos marrones que la protegía del frío, no lo hizo contra la esquina de cristal, que se hincó en la escasa carne que recubre las tibias. Un dolor agudo y caliente, tanto que casi escocía, como si en vez de haberse golpeado, le hubiesen echado un balde de agua hirviendo, le arrancó un grito que rebotó por el salón desierto y oscuro igual que el de un alma en pena.

Se quedó quieta, con una pierna encogida, envuelta en el edredón, transformándose en una especie de flamenco prehistórico y monstruoso, esperando a que el dolor desapareciera. Volvió a posar el pie con cuidado, temiendo volver a golpearse con el vértice de cristal. Dio un paso precavido, el sofá debería estar justo ahí. Se agachó y estiró el brazo para localizarlo. La punta de sus dedos chocaron con algo mullido y suave, era la manta de forro polar. Ahora con la seguridad de haber llegado a su destino, siguió palpando, el móvil no debía andar lejos.

Sus yemas siguieron explorando, usando la manta de guía. ¡Un momento! Debajo había algo, algo grande, algo cálido, de una molicie orgánica. Apartó la mano aterrada. Había algo, algo vivo en su sofá, en su casa, lo acaba de tocar, y eso era imposible, estaba sola. ¿Qué era aquello? su imaginación empezó a formar imágenes de monstruos de ojos rojos y colmillos afilados acechándola sobre su sofá. No, aquello no podía ser. Seguro que se había equivocado, que su mente... que un doblez de la manta, que lo que había palpado era solo un cojín, eso, eso era un cojín, solo era un cojín. Sin embargo no lo volvería a tocar, no se atrevería a volver a acercar sus dedos regordetes a aquel “cojín”, una vez era suficiente, y mucho menos a oscuras. Pero lo peor es que aquello, fuera lo que fuera también lo habría notado, habría notado como lo tocaban. Estaba paralizada, allí semi encorvada, enrollada en el nórdico en medio de su propio salón, petrificada por el miedo, en su salón a oscuras...sola con eso, tenía que reaccionar.

Una vez más se repitió a sí misma que no podía ser nada, solo una mala pasada de su propia imaginación y del sueño.

Junto al sofá había una lámpara de pie, bastaría con erguirse, alargar un poco el brazo y podría encenderla. Sí era una buena forma de resolver aquel enigma, de comprobar que solo era un cojín, y de celebrarlo luego con una carajada autodedicada por gallina.

¡Clic!

La bombilla led prendió, su luz anegó la estancia, la claridad blanca le quemó los ojos, de forma refleja parpadeó un par de veces.

La forma oculta fue revelada.

Las pupilas se le dilataron hasta su nivel máximo y su mandíbula inferior se desplomó como activada por un resorte, como esos payasos de muelle que se ocultan en cajas y que juegan a asustar saliendo de forma inesperada de ellas, mientras ríen de forma alocada, solo que de su boca no salieron carcajadas sino un grito de espanto.

Sobre el sofá, debajo de la manta de forro polar marrón, no había ningún cojín y tampoco había ningún monstruo de ojos rojos y colmillos afilados, sin dudar lo habría preferido a lo que realmente estaba viendo. Se veía a ella, a ella misma con los ojos abiertos, fijos en algún lugar más allá del techo, apagados, sin vida, como si fueran cuentas de vidrio opacas, con la boca entreabierta y un reguero de vómito amarillo resbalando por la comisura de los labios.



Bzzzzzz, bzzzzzz, bzzzzzz!

El teléfono móvil volvió a zumbar



FIN