NOSOTROS

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martes, 24 de octubre de 2017

RIADA #2













Fresas con nata, un enorme bol metálico a medio comer, con pedazos de fruta chorreante de jugo impregnando la crema blanca, mezclándose, dando matices rosados aquí a allá, A eso se parecería la sala de autopsias, si no fuera porque los pedazos de fruta no eran tales, sino cadáveres y si no fuera porque el zumo que las teñía no fuera su propia sangre.

El cuerpo del doctor y de su ayudante estaba desparramados por el suelo, ambos con heridas recientes en el cuello como si le hubieran abierto nuevas bocas. La del ayudante una grotesca de labios encogidos, pintados con un carmín seco, insinuantes, esperando a ser besados La del doctor dos tiras de hígado apretadas que intentaran retener la saliva roja que resbalaba por ellos.


El cuerpo de la chica yacía de nuevo en la mesa de operaciones, desnudo, inerte, sin rastro de salpicaduras de sangre, recién lavado. Los restos de humedad sobre su piel blanca le daban un aspecto de muñeca de cera.

Pasaron tres horas, hasta que la carnicería fue descubierta.

El instituto anatómico forense se llenó de policías. Se registró de arriba abajo, se revisaron las cámaras de seguridad, los controles de acceso ¿Quién, había podido hacer aquello? ¿Por qué? Nadie se atrevía a concluir nada, no antes de recabar todas las pruebas posibles, pero que no se hicieran en voz alta no quería decir que debajo de ese silencio prudente se oyera un run run, una especie de murmullo que señalaba hacia la chica ahogada. Ella era la clave de aquella matanza. La chica no se ahogó por accidente, alguien la ahogó, casi con toda seguridad. El autor de la nota que se le encontró en el bolsillo, ese demente había matado al forense y a su ayudante, y temiendo que descubrieran algo, los eliminó, no cabía otra explicación. Pero ese mismo run run era rebatido al poco, por otro más calmo, más analítico, más cabal. ¿Qué sentido tendría matar a unos forenses y no llevarse el cuerpo? Vendrían otros, a menos, que hubiera borrado las pruebas y por eso el cuerpo había sido “lavado”

Las hipótesis, las ideas, los razonamientos, incluso los murmullos quedaron sepultados bajo una losa de piedra de dura y contundente realidad. Ni una huella, ni un cabello nada que no perteneciese a alguno de los dos cadáveres. Qué ocurrió entonces? Un arrebato de locura asesina de alguno de aquellos dos hombres? Aquella nueva hipótesis era tan peregrina como increíble. Las heridas no podían haber sido autoinflingidas, como más tarde determinó la policía científica. El callejón sin salida se estrechaba.


La autopsia se pospuso, y el cadáver de la chica aguardaría almacenado en las cámaras frigoríficas. Un par de agentes custodiarán la sala hasta entonces.

Las fuerzas de orden público están entrenadas para vigilar y proteger personas, edificios, lugares de especial sensibilidad pero custodiar una morgue, a un cadáver era una misión que no era el sueño de ningún policía. Les tocó a los agentes Camacho y Téllez. A uno de ellos no le hizo ninguna gracia especialmente, pero órdenes eran órdenes y sólo serían un par o tres noches, hubiera preferido de cualquier forma el turno de tarde o el mañana.

El agente Camacho, Pepín cómo todo el mundo le conocía en la comisaría, un tiarrón de 190 y 85 kilos de pura fibra no pudo disimular el color ceniciento que adquirió su tez cuando entraron en la morgue. Si aquel lugar le ponía los pelos de punta a plena luz del día, ahora bien entrada la noche, y con la luz verdosa de los fluorescentes rebotando en los azulejos, en las puertas de acero de las neveras, le obligaba a hacer un esfuerzo titánico para no perder la compostura, sobretodo delante de su compañero. El agente Téllez, Paco Téllez un sabiondo que se metió en el cuerpo para tener un sueldo fijo, llevar una pistola y jubilarse pronto.

Al compañero de Pepín no se le escapó aquel detalle y no iba a dejar escapar aquella oportunidad. “Pepín el superpolicía, el defensor del desvalido” y el que se estaba cagando de miedo por pasar una noche en un almacén de fiambres. Sí porque aquel lugar era solo eso, él lo sabía bien, había que temer a los vivos, no a los muertos. Este destino era más como unas vacaciones, muchísimo mejor que estar en controles de drogas, pidiendo la documentación a búlgaros de dos metros con músculos hasta en las pestañas. No tenía madera de héroe y los escasos 1600€ de sueldo tampoco eran una excusa para serlo. Pepín era un soñador, él solo un funcionario.


-Cambia esa cara hombre-
-¿Qué cara?-
Esa que tienes descompuesta. En esas neveras no hay nada, sólo unos muertos. Unos trozos de carne. No hay nada que temer además he traído el rosario de mi abuela. Jajajajaja - Dijo mientras se palmeaba el bolsillo del pantalón haciendo una mueca burlona.
-No el hagas el gracioso Téllez. A mí no me hace ningún chiste. Deberías mostrar mas respeto. Esos “trozos de carne” como tú los llamas son, han sido personas. Personas que no deberían de estar en una cámara frigorífica, que no deberían haber muerto. Mira lo que ha pasado. Algo no cuadra en todo esto.-
-Pepín por Dios! Qué estás insinuando?. Un loco entró y asesinó a esos dos pobres médicos. Eso es lo que debería preocuparte y no los muertos.-


02:30 a.m.

-Pepín, voy a mear.-
-De acuerdo-

El policía salió de la sala de las cámaras frigoríficas, empujando las dos puertas batientes con ojos de pez. Nada más cerrarse detrás de sí gira bruscamente y vuelve a entrar exclamando un ¡Buuu! que hace saltar a su compañero en el sitio, y sin esperar su reacción vuelve a desparecer camino de los lavabos que se encuentran en el fondo del pasillo, unos trescientos metros más adelante. El micrófono de la emisora, que lleva sujeta a la hombrera derecha de su camisa cruje de estática y la voz de Pepín se escucha un instante después. “Eres un gilipollas y lo sabes”. Téllez no contesta sólo se sonríe malévolamente.


Todavía con el corazón en la boca Pepín se acerca una de las sillas del extremo más alejado de la sala y se deja caer en una de ellas. Saca el móvil y consulta el wasap. Como esperaba no hay mensajes nuevos, solo lo hace como una forma de distraerse, para intentar serenarse después de la gracieta de aquel idiota. Desliza el dedo pulgar mirando sin ver la pantalla, los avatares pasan veloces como los rodillos de una tragaperras.

¡Click!

El sonido metálico le hace levantar la mirada del teléfono. Ha sido un sonido seco, como el de un pestillo. Debía ser la puerta, el idiota de Téllez volvía del wc. Las puertas siguen inmóviles.
Paco, deja de hacerte el gracioso. Con una vez ha sido suficiente.

¡Click!

No, el sonido no viene desde la puerta, ahora está seguro, es de mucho más cerca, es de la pared donde están las cámaras. Hay diez, en dos filas, cinco abajo y cinco arriba. Las puertas le recordaban a las de los camiones que reparten congelados, esos mismos camiones que esperaba con tantas ganas cuando era pequeño, cuando veraneaba con sus abuelos en la playa, esos que hacían sonar esa musiquilla tan divertida Ni Noo Niii No Nino.

¡Click!

La palanca que abre la tercera cámara de la fila de arriba, la que hace tres desde donde está él, se está moviendo, como si la quisieran abrir desde dentro, pero esas cámaras no se pueden abrir desde dentro, no tiene sentido que se pueda hacer, porque dentro de esas cámaras nada querría salir, porque dentro de aquellas cámaras lo que hay son muertos.

¡Click!

La palanca de la tercera nevera se ha bajado accionada por una fuerza invisible y la puerta se abre suavemente empujada por una mano dedos delicados, de un blanco mortecino y yemas amoratadas.

El agente Camacho se ha levantado de la silla y se lleva la mano a la pistola que descansa en su funda del muslo derecho. El móvil ha caído al suelo, la pantalla se ha hecho añicos y se empapa con el orín cálido y amarillo que ha empezado a manar por una de las perneras del pantalón del policía.

El cadáver de la chica sale de la cámara de un salto propio de un felino y aterriza en medio de la sala sobre sus cuatro extremidades. La chica muerta se yergue, mira fijamente al agente con unos ojos malvados y azules. Un azul profundo de hielo antiguo, que le hiela el alma. La mano de Pepín tiembla sobre la culata del arma reglamentaria, que continúa en su cartuchera. En la cara de la muerta se dibuja una especie de mueca que podría recordar a una sonrisa, de ella surge un siseo de víbora. Dos pasos y se planta frente al hombretón de 190 que tiembla como un flan, paralizado por el espanto que está contemplando. Una de las manos de la chica le agarra por el cuello, lo atrae hacia sí con violencia, lo besa efusivamente. En ese momento las puertas batientes vuelven a abrir y aparece el agente Téllez. La mano de Pepín ya no tiembla, saca la pistola y de un solo disparo vuela la cabeza a su compañero. El arma aún humeante vuelve a su funda con seguridad. La mano de la muerta afloja la presión y cae al suelo como si fuera una muñeca a la que le hubieran sacado el relleno, como si fuera un títere, al que le han cortado súbitamente los hilos que la conectaban a la cruceta que la manejaba.

Pepín sigue de pié igual que una estatua de dios griego uniformado de policía nacional. Sus ojos almendrados de color topacio siguen muy abiertos, como si fueran a salirse de sus cuencas pero ya no son del color de las botellas de cerveza, ahora son azules, de un azul hielo, de un azul muerte.



Continuará..