NOSOTROS

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domingo, 5 de noviembre de 2017

RIADA #5



- Cómo pudo ocurrir?


- Y tú me lo preguntas? Gordo estúpido.


-Ha sido algo inesperado, completamente anómalo. La chica siempre ha sido más fuerte de lo que pensamos. Evidentemente la subestimamos.


-Me estás acusando Orgaz? Ni siquiera lo insinues. Te he dado todos los medios, todos los recursos que has pedido. No acepto errores y mucho menos excusas.


-Señor, perdón, no he querido ofenderle. Solo busco alguna explicación a lo sucedido.


-Tu descuido ha estado a punto de costarme la vida maldito inepto.

La pantalla del ordenador queda en negro súbitamente. Orgaz se quita las gafas y se presiona el tabique nasal. Aprieta los ojos al tiempo, mientras intenta contener el temblor que le recorre desde las plantas de los pies.

Está enfadado, muy enfadado. Afortunadamente también está muy débil. Así y todo sabe que la cosa no quedará ahí, con Set las cosas nunca se quedan ahí. Deja pasar unos minutos e intenta serenarse. La única forma de forma de serenarse es trabajar, volver al trabajo, seguir haciéndolo.

Todos estos años de espera arruinados por una chica, por aquella maldita chica. Primero su madre y ahora ella. Pero las dos están muertas, muertas maldita sea!. La transferencia había sido un éxito, todo había funcionado como un reloj. Pero aquel, aquella cosa se confió demasiado y ahora le culpa a él. Él que es que ha sido el verdadero motor de todo aquello. Sin él Set no habría sido posible, ya era un viejo decrépito hacía diez años y ahora solo es una conciencia atrapada en una pecera, no era nada sin él. La ciencia y a su genio, a ellos les debía la vida. Sin nosotros solo sería un recuerdo de tiempos pasados. Transigió, aceptó someterse a los chantajes de aquel ser, le pudo la codicia, el saber, la ciencia. Y ahora era poco más que un esclavo, un doctor Frankenstein acosado por su criatura. Quizás había llegado la hora de cambiar los papeles, quizás aquella contrariedad fuera una señal, quizás fuera su última oportunidad de deshacerse de aquellos grilletes.

Aparto, intentó apartar aquellos pensamientos de su mente como si apartarse la mano de una llama. Sólo eran desvaríos, fantasías estúpidas, estúpidas y peligrosas. Es verdad que Set estaba débil, confinado de nuevo en el laboratorio, que lo único que realmente quedaba de él era aquel encéfalo flotando, pero nunca se podía estar completamente a salvo de que no te pudiera alcanzar con algunos de sus tentáculos, con su poder mental. Por eso era mejor olvidar aquellas tonterías, aquellos sueños imposibles. Su vida era la Ciencia. Estaba acabado cuando Set lo encontró. Se lo debe todo, eso es...todo. No debía comportarse como un perro desagradecido, que muerde la mano que le alimenta, que le ha alimentado durante todos estos años. Los amos a veces dan patadas a sus perros, era solo eso. Sí ese es el pensamiento correcto. Eso es lo que debería ver Set si miraba, esa era la mentira que le había mantenido con vida en el pasado y la que le mantendría vivo y lo que es aún más importante, cuerdo en el futuro.

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El traqueteo de contenedores de plástico les hacía salivar como si fueran perros de Pavlov, porque ese sonido significaba que el empleado del súper iba a sacar la basura. La dulce fruta pocha que aún no sabía avinagrada, los yogures que habían pasado la fecha de caducidad, pero que se podían comer perfectamente, incluso las bandejas con trozos de pollo, que después de limpiarles esa babilla, estarían tan sabrosos con tan solo asarlos sobre una chapa . Sí, aquel traqueteo quería decir que la cena y la comida de los próximos días estaba al llegar. Ahora sólo había que cogerla primero que los demás, y antes de que llegaran los rumanos de la furgoneta blanca. Si no se daba prisa no le dejarían nada, nada que no se pudiera comer y tener diarrea y vómitos durante una semana. Había que darse prisa, aquello era como una selva y en todas las las selvas los leones comen primero y las ratas como él tenían que ser más listas, más rápidas para robarles un bocado.

Aquella parecía su noche de suerte, el chico, Juan, sacó el primer contenedor y todavía no había ni rastro de los rumanos ni de la furgoneta blanca. Sólo eran tres los indigentes que aguardaban junto a él, con un poco de suerte habría para todos.

El ruido del motor, al que le chirriaba la correa de la distribución llegó hasta sus oídos. Era la furgoneta de los gitanos, aquel sonido le golpeó los tímpanos. Era un sonido que daba dentera, parecido a arrastrar una uña por el encerado de una pizarra, pero donde más lo sintió fue en el estómago, que se encogió de miedo y de más hambre futura que presente. Se abalanzó sobre el contenedor, sus compañeros también lo hicieron, sabían que no les quedaba mucho tiempo. Agarró lo primero que vio, un estuche de fiambre y luego un paquete de manzanas, que lucían manchas marrones . El embutido lo metió en un bolsillo del abrigo pero las manzanas no cabían, así que se las colocó entre las piernas. Luego volvió a meter las manos en el cubo, donde los demás revolvían como náufragos famélicos pues en cierta manera lo eran, eran náufragos de una sociedad que los había botado, haciéndoles saltar por la plancha de la injusticia, del alcoholismo o de la demencia.

Todo lo que se podía aprovechar de aquel cubo ya había saqueado y solo quedaban mondas de verdura, así y todo no se resignaba y seguía removiendo entre ellas cuando algo lo tomo por el cuello del abrigo y lo zarandeó como si fuera un pelele. Notó como la bandeja de manzana se le escapaba de su presa y como era empujado con violencia. A duras penas, sus reflejos consiguieron salvarlo de que lo primero que pusiera en el asfalto no fuera el rostro .


-Fuera de aquí. Iros si no queréis recibir una paliza - Les gritó el gitano rumano con un marcado acento romaní.

Juan, el chico de la basura del supermercado lo miró con lástima. Y dio un empujón al nuevo cubo que sacaba, que casi estuvo a punto de volcar.


-¡Eh tú, ten más cuidado!- Espetó el rumano.

Aquella mirada le dio más calor que una pila de cartones, por cierto lo mejor sería volver a donde los había guardado o cuando llegara también se los habían robado, igual que la cena.


Después de todo la noche no había ido tan mal. Los cartones estaban donde los había dejado y al menos había podido llevarse un paquete de jamón cocido. Los acomodó debajo de una marquesina de lo que fue un banco y que ahora era un local que se alquilaba. Era un buen sitio, en una calle de un buen barrio, podría dormir tranquilo. Bueno, en realidad él dormía poco, que lo hiciera en la calle no tenía nada que ver. Se recostaba y se pasaba las noches enteras mirando una foto arrugada que guardaba debajo de toda su ropa mugrienta. Era lo único que le quedaba de su vida, su única posesión, el único recuerdo de que alguna vez tuvo una casa, un trabajo, y una familia, pero esa foto también le hacía mucho daño, porque le recordaba que él la destruyó, él y su locura. Sí estaba loco o eso le dijeron antes de el juez decidiera internarlo en un psiquiátrico, aunque no lo llamaron así, usaron otras palabras técnicas, complicadas para no llamarle loco asesino. Sí porque también era un asesino o eso le llamaron de forma encubierta. Loco asesino. El mató a su mujer, eso le contaron, eso le dijeron, pero ellos no sabían la verdad, aquello no era su mujer, y él no estaba loco nunca lo estuvo, no al menos antes. Diez años encerrado, diez años intentando explicar, diez años repitiendo lo mismo, respondiendo lo mismo , a las mismas preguntas, hasta que se convenció de que nunca le creerían, aunque cuando cayó en esa cuenta ya dio igual. Había perdido el único motivo por lo que luchaba, por el que quería salir de allí, el único motivo que le hacía gritar una y otra vez que no estaba loco, que necesitaba salir de allí, que su niña lo necesitaba, que solo él podía ayudarla, que solo él sabía lo que le estaba pasando. Se lo ocultaron durante mucho tiempo, “por el bien de su salud mental”, le justificaron. Esos malditos hijos de puta no se lo dijeron, no fueron capaces de decírselo, de decirle que su niña había muerto. Entonces es cuando se volvió loco, loco de verdad y entonces fue cuando le dejaron salir.


Guardó la foto con lágrimas en los ojos, se acurrucó entre los cartones y se dispuso a intentar no pensar más, a intentar descansar algo, incluso a dormir con algo de suerte. Se quedó quieto mirando la lluvia que había empezado a caer de nuevo. La tripa la rugió, aquel fiambre no la había calmado. Rebuscó en un bolsillo de una mochila donde tenía sus pocas pertenencias y encontró unos cacahuetes manidos que guardaba para estas ocasiones. Había unos periódicos atrasados que también almacenaba, el papel de periódico es muy útil para alguien que vive en la calle. Los ojearía mientras comía los frutos secos y quizás así Morfeo se dignara en concederle unas horas de sueño. La luz de las farolas le proporcionaban la claridad justa para hacerlo pero su presbicia avanzaba a buen paso, pronto no podría leer a estas horas.

En Oriente Medio los milicianos del Daesh seguían combatiendo al infiel y mientras en Occidente las potencias europeas se peleaban entre ellas, para ver qué hacer con los miles de refugiados que llegaban a sus fronteras. Un recuerdo planeó sobre su cabeza como un ave carroñera proyectando una sombra oscura de terror, pero aquella sombra no era negra, aquella sombra era azul, de un frío y malévolo azul. Arrugó el periódico y lo lanzó lejos como si quemara. Tomó otro de su reserva. Era un periódico de esos gratuitos. Ese tipo de prensa no se metía tanto en las noticias internacionales, generalmente eran noticias de ámbito más nacional y local. Pasó la los primeras hojas y entró en la sección de sucesos.

“Hallan el cuerpo de una chica ahogada”. Más abajo la entradilla lo desarrollaba:

“Las autoridades solicitan la colaboración ciudadana para la identificación del cuerpo que sigue….”

No siguió leyendo, simplemente no pudo, la fotografía a la que coronaba el titular le dejó paralizado. Su cerebro estaba atorado por esa imagen, que en forma de impulsos electroquímicos le recorría la mente, y si somos algo más que materia, aquella fotografía se le había introducido hasta lo más profundo de su ser, corroyendo todo, hasta alcanzarle el alma, destrozándosela.

Esa chica, él conocía a esa chica, es verdad que habían pasado muchos años desde la última vez que la vio, es verdad que había cambiado, que había crecido, que se había hecho una mujer, pero también es verdad que un padre reconocería a su hija, por muchos años que pasaran; aquella foto era la foto del cadáver de Paula, de su hija Paula.

Continuará...

RIADA #1
RIADA#6