NOSOTROS

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sábado, 5 de julio de 2014

CONFESIÓN #1


Buenas noches amig@s permítanme una vez más que les ofrezca un nuevo relato. Es una vieja historia que tenia olvidada en un cajón y que redescubrí no hace mucho. Andaba perdida y al verla no dudé, tenía compartirla con ustedes, lo confieso.







Con un suave movimiento descolgó el crucifijo. Las manos temblorosas del cura lo sostuvieron unos segundos, murmuró una plegaria en la intimidad del confesionario. Era una cruz de madera sencilla, que le barniz y los años habían oscurecido. El padre, un hombre enjuto  de no más de sesenta años bestia una sotana ala de cuervo, de ésas que casi ya no se ven entre el clero. El poco pelo que le quedaba era cano, pulcro al igual que todo en él. Giró la cruz. En su envés. alojada en hueco estaba la jeringuilla. Ávido la tomó devolviendo luego el crucifijo a su lugar. Con sumo cuidado la ocultó en un bolsillo. Tanteo bajo el banco donde se sentaba a esperar a que los fieles vinieran a confesarle sus pecados hasta que  halló un pequeño resorte que hizo que el asiento de terciopelo rojo se desplazara unos milímetros. Lo levantó descubriendo un compartimiento oculto. Allí tenia todo lo necesario para hablar con Dios.

El temblor desapareció a medida que el líquido ambarino penetraba lentamente en su torrente sanguíneo empujado por el pequeño embolo de la jeringuilla de insulina. Tardaría unos minutos en hacer efecto, el suficiente para recomponer sus ropas después del discreto pinchazo en la ingle y el suficiente para que el confesionario volviera a ocultar su secreto.

Sentado sobre el cojín de terciopelo rojo, cerró los ojos y entrecruzó las manos dispuesto a aguardar.
Oscuridad y silencio. Sintió como los latidos del corazón se le aceleraban y como la pequeña incisión de la ingle le ardía. Calor, calor. El calor le ascendió el bajo vientre al abdomen quemando, igual que si se estuviera introduciendo en un tanque de ácido. Reprimió un grito de dolor. Las brasas le ascendieron hasta la cabeza y cuando parecía que iba a pender como una antorcha humana el calor desapareció y sólo hubo luz blanca y paz. Una paz absoluta, una luz blanca y cegadora.

Unos nudillos tocaron a la puerta de la cabina de madera labrada sacándole de su trance.

- ¿Padre?.
- ¿Sí..?.
- ¿Está usted preparado?, los feligreses están llegando. Comentó el joven diácono.
- Sí hijo, estoy preparado...
- Bien Padre.

Los pasos del asistente  resonaron sobre la solería de mármol de la iglesia mientras se alejaba. Claro que estaba listo. Estaba listo para "ver" el pecado. Alzó la mano para retirar la tapa que dejó a la vista una mirilla cubierta con una celosía de madera tallada.

- Ave María purísima..
- Sin pecado concebida. ¿Cuáles son tus pecados hijo?.
Un olor a podredumbre penetró en el cubículo. Un olor a orín, a putrefacción, a heces, a cadáver dejado al sol. Fue como un puñetazo en la.. en el estómago, que le saltó  las lágrimas y le hizo boquear como un pez fuera de el agua en un desesperado intento de evitar la arcada de vómito que le sobrevino, abrasándole el esófago y la garganta.
- Dígamelos usted Páter, dígamelos usted...


CONTINUARÁ...