sábado, 9 de julio de 2022

Mamá y papá.

 


Recuerdo su olor. Es mi primer recuerdo. El olor de mamá, su fragancia a ropa recién lavada, recién recogida del tendero después de haber estado toda la mañana al sol; también su tacto, el de sus manos acariciándome. Luego recuerdo la luz, una amarilla y cálida, que apenas si me dejaba ver su rostro. Lo segundo que recuerdo es a papá. Un olor fuerte del tabaco y a madera, sus manos grandes alzándome en el aire. El tercer recuerdo que llega a mí es de sus risas. Mamá y papá riendo juntos. Aquellas risas se grabaron en mi tierna mente y aún hoy las escucho, las evoco para que me acompañen como las campanitas tubulares que entrechocaban cuando se abría o cerraban la puerta de casa. Ahora, en un unos momentos, las risas de mamá y papá será el último recuerdo que evoque, lo último que sienta en este mundo. Siento que no haber sido mejor, pero hice lo que pude, de veras que lo hice.


Al principio todo fue maravilloso. Mamá sonreía todo el rato, me daba de comer, me peinaba, jugaba conmigo, me llevaba de paseo e íbamos a esperar a que papá llegase del trabajo. Se sentaba en un banco del parque junto a la parada del bus mientras yo jugaba en el césped. Cuando papá llegaba y se bajaba del bus, iba a saludarlo. Mamá se levantaba del banco y también iba hacia él, y los tres nos fundíamos en un abrazo, un abrazo de tres. Los abrazos de tres siempre fueron mis favoritos.


Papá trabajaba mucho. Lo hacía en una carpintería, siempre llegaba lleno de polvo, era un serrín minúsculo que nos hacía estornudar. Entonces mamá protestaba y papá se defendía diciendo que él se sacudía lo más que se podía, hasta se daba unas pasadas con el compresor de aire, pero que aunque se cambiase de ropa, ese polvillo no desaparecería hasta que se diera una buena ducha. Aun así, nunca dejábamos de abrazarlo. Creo que a los dos les gustaba representar ese teatrillo todas las tardes. Luego papá se tiraba conmigo al césped un rato, mamá no. Mamá era delicada, casi frágil, no se iba a revolcar por la hierba con nosotros, no obstante ella nos jaleaba. Siempre iba conmigo cuando peleábamos, y al final papá casi siempre me dejaba ganar.


No sé decir cuanto tiempo duró aquello, no sé cuando empezaron a torcerse nuestras vidas. Yo aún era pequeño para entender las cosas. Es verdad que papá empezó a subir el volumen de las noticias y a llegar cada vez más tarde del trabajo. Ya no tenía ganas de jugar porque, venía muy cansado, y los abrazos de tres ya no volvieron a ser tan largos. Papá repetía unas palabras que nunca había escuchado, y que debían de ser muy malas porque se enfadaba cuando las decía (recesión, reducción de plantilla), algunas veces hasta las gritaba. A mí me daba miedo oírle gritar, pero sobre todo me dio más miedo cuando empezó a golpear con el puño la mesa o alguna puerta. Mamá también se asustaba, podía sentirlo, a veces lloraba, y me iba con ella para intentar consolarla. Pero lo peor aún no había llegado, de hecho lo peor no había hecho nada más que empezar.


Recuerdo el día el que el olor de papá cambió. Era muy tarde, mamá ya estaba en la cama y yo me fui con ella, en parte por hacerle compañía, en parte porque a mí también me encantaba sentir su calor. Desde que papá se enfadaba tanto, muchas noches dormía solo en el sofá y yo aprovechaba para ir con ella. Aquella noche la puerta de la casa se abrió más tarde de lo habitual, a papá le pasaba algo, parecía enfermo y hedía a eso que tomaban algunas veces después de comer, Whisky. El olor de papá había desaparecido debajo del de aquello, apestaba a alcohol y se tambaleaba. Mamá salió de la cama cuando papá empezó a llamarla a voces. Gritaba su nombre, pero como si tuviera la lengua dos tallas más grande que su boca. Yo estaba muy asustado y no me atrevía a salir de la cama, sabía que aquello no auguraba nada bueno. Esa fue la primera noche que papá pegó a mamá. Mamá lloró mucho, también gritó, todos lloramos aquella noche, pero también pasó otra cosa. En ese momento no tuve conciencia, creo que el miedo lo impidió.


Pasó el tiempo, mamá no se fue, en realidad no hizo nada. Bueno, sí, hacer como que no había pasado nada, pero ya no volvió a ser la misma. Tenía algo roto por dentro. Era como una marioneta a la que le hubieran cortado una cuerda, funcionaba, pero había cosas que ya no podría hacer más, como sonreír.


Papá se convirtió en una especie de alma en pena, siguió llegando tarde y durmiendo en el sofá; sin embargo, ya no olía a madera, a barniz, y no porque el alcohol y el tabaco lo hubieran tapado, sino porque ya no trabajaba en la carpintería, papa ya no trabajaba en ningún sitio.


Mientras yo seguí creciendo, mamá seguía dando paseos conmigo y las raras veces que papá pasaba las tardes de los domingos en casa, me sentaba con él delante la tele. Seguían siendo mi casa, seguían siendo mis padres, mientras yo por alguna paradoja espacio temporal parecía que me disolviera como en esa película de superhéroes donde el villano podía hacer que medio mundo desapareciera. Me miraban, pero no me veían, o me veían poco, casi igual que si fuera una sombra. Aquella casa se había convertido en una especie de purgatorio donde esperábamos la llegada de un perdón, de que de alguna forma llegase un día mágico en el que todo se reiniciase, de la forma que lo hacen los equipos informáticos o los androides, a los que en las películas les pueden borrar la memoria. En cambio, lo que llegó fue el infierno. Dios no debía habernos perdonado. Nuestra casa, nuestro purgatorio, se inclinó en un ángulo imposible y pareció resbalar sobre unos raíles a la misma boca del averno.


Esa noche en la que todo pareció caer, rodar hasta el infierno, fue cuando comprendí, que eso, que se había activado aquella ya lejana noche, donde papá perdió su olor y mamá su sonrisa, también me cambio a mí.


Papá volvía antes de su hora, me levanté y fui a recibirlo, aún no estábamos acostados. Lo que en principio parecía una buena noticia no lo fue. Ojalá se hubiera quedado en el bar como acostumbraba, ojalá hubiera bebido hasta quedar inconsciente, pero esa noche no lo hizo.


Me apartó con malos modos, casi ni me miró y se fue directamente en busca de mamá, que estaba en la cocina, terminando de recoger la cena de la mesa, donde había dejado un plato cubierto con otro para el demonio que acaba de entrar por la puerta. El primer puñetazo ni lo vio venir. Le impactó en la cara como una bola de demolición sobre la fachada de un edificio. Mamá siempre había tenido una constitución delgada, era una mujer de cuerpo frágil, como si sus huesos fueran de cristal y su piel de porcelana, aquel puñetazo podía haber tumbado a un hombre de 100 kilos, a mamá por descontado. Como pudo se agarró a la encimera de la cocina y al fregadero en un intento vano de no caer, las uñas, los dedos resbalaron sobre el granito pulido. Mamá fue a caer al suelo como una muñeca arrojada por un niño gigante malcriado que disfruta rompiendo sus juguetes. Papá había roto la nariz de mamá de la que broto sangre. La bata celeste que llevaba puesta se le sembró de salpicaduras rojas. Se le abrieron mucho los ojos en un intento de buscar un por qué, sus pupilas se habían convertido en dos pozos negros, por donde entró el terror. Un terror primigenio, un terror básico que te hace temer por la propia vida.


Papá entonces levantó una pierna. Aquello no había terminado, se disponía a patearla como a un cubo de basura cuando aquello hizo clic dentro de mí. Podría describirlo como si el primer clic, que ocurrió la primera noche, hubiera sido la cadena de seguridad de una puerta y el clic de esa última hubiera sido el resbalón de la cerradura al liberarla. Sí, la puerta se abrió y entonces dejó salir todo el miedo que se había ido almacenando dentro de mí durante todo ese tiempo y que se había convertido en fuerza, y por qué no decirlo, en odio. Odiaba a papá, porque papá ya no era papá, papá era un demonio que estaba haciendo daño a mamá , yo no lo podía permitirlo más. Ya no era un cachorro asustado. Me había convertido en todo un pastor alemán de 4 años. Salte y me interpuse entre mamá y eso que se parecía a mi papá. Papá me grito y me lanzó la patada que iba a darle a mamá. La esquivé y el pie derribo la mesa de la cocina que arrastró en su caída dos sillas, armando un tremendo revuelo. Mamá se había hecho un ovillo y se intentaba proteger con los brazos, gritaba, papá también yo ladré y enseñé los dientes. Cuando papá asió un cuchillo del soporte magnético de la pared, supe que solo había una solución. Me abalancé sobre él y le mordí con todas mis fuerzas en el cuello. Fue un ataque más instintivo, jamás había mordido a nadie, nada más que a alguna pelota de goma, pero algo dentro de mí me decía donde debía hacerlo. Papá gritó de dolor y miedo, mamá también gritaba espantada, y yo gruñía fuera de mí. Papá se quedó muy quieto. Entonces supe que todo había terminado. El olor a alcohol y a tabaco pareció desaparecer y por un instante su cuerpo ya sin vida volvió a oler a madera recién aserrada.


Ahora vuelvo a recordar a mamá sonriendo en el parque, mientras me arrojaba mi pelota roja; a papá jugando conmigo en el césped. Espero a que el veterinario venga a pincharme, eso que me hará dormir para siempre. No soy un perro viejo, pero hasta los perros sabemos que los que mordemos a nuestros amos no se nos permite vivir más, eso lo sé. Sé que mamá está llorando allí fuera, en la sala de al lado, que no la han dejado pasar. La oigo y la huelo, pero es inútil que intente escapar de esta correas o de este bozal. No quiero hacer sufrir más a mamá. Solo intenté hacer lo que hubiera hecho cualquier buen hijo, cualquier buen perro. Tengo sueño. Me duermo con el recuerdo de la sonrisa de mamá y con el olor de papá.