lunes, 4 de febrero de 2019

La siesta






Ahí está, recostada en el sofá, reposando después de almorzar, con su belleza rubeniana igual que una musa pintada por el maestro flamenco, preciosa, tierna. La contempla. Le encanta hacerlo, podría llevarse allí horas enteras, velando su sueño, de esa forma que solo los padres velan el sueño de sus retoños, pues en esos momentos en que descansa, parece que el tiempo retrocediera y volviera a ser el de una niña, una niña indefensa y solo él estuviera a su cuidado.

A veces se atreve a colocar la manta de viaje con la que se tapa, porque se ha escurrido y ha dejado al descubierto un hombro o un pie. La vuelve a cubrir con suma delicadeza, intentando por todos los medios posibles no perturbar su sueño. Eso es en invierno cuando hace frío, en verano, cuando el calor azota inmisericorde y apenas se puede aliviar con el aire acondicionado, vigila que ninguna mosca la importune posándose y correteando por su piel, o zumbando cerca de sus oídos.

La lástima es que no duerma más. Es una mujer fuerte, mucho y no hablo de carácter que también, sino físicamente. En realidad ella no quiere dormir, es el trajín de la casa, madrugar, la jornada laboral los que la empujan a hacerlo, aunque a ella le parece una pérdida de tiempo absurda. Dormir es dejar de vivir para soñar, y los sueños, sueños son como dijo Calderón. Así que rara vez se echa a dormir por el mero hecho de hacerlo, y solo después de reñir con Morfeo cae rendida. Ella es así, sabe que va a perder la batalla con el dios pero no da su brazo a torcer con facilidad. No es de dejarse torcer el brazo por nadie, que sea un dios quien lo intente la trae sin cuidado.

De cualquier forma a él le gustaría que durmiese más, porque son en esos ratos cuando mejor la puede disfrutar. La noche es oscura y silenciosa, y no se atreve casi ni a respirar cerca de ella. En la noche también la guarda, como en el resto de las horas, pero de más lejos, de una forma más sutil. No es lo mismo caer algo o dar sin querer un golpe de día que de noche, no quiere asustarla, por eso la siesta le gusta más. Es de día y el sueño no es tan profundo, de alguna forma la mente no está completamente desconectada del cuerpo, y por qué no reconocerlo, también le hace ilusión imaginar que de alguna forma ella se sienta observada, cuidada, protegida por él. Al fin y al cabo puede que el sea un fantasma, pero es el fantasma de su padre y ella siempre será su niña pequeña. 
FIN