NOSOTROS

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lunes, 19 de octubre de 2015

Del asfalto a vivir una E.C.M.

Cualquier parecido con la realidad, no es pura coincidencia..


A los catorce años y acabada la E.G.B. a principios de los 80's, mi colega Jo y yo no teníamos grandes espectativas de avance en el pueblo. No se podía seguir estudiando en la escuela local, habría que irse a la capital, pero nunca supimos qué queríamos ser de mayores, lo veíamos tan lejano todo, que el mero hecho de pensar si quiera en tener novia, nos agobiaba muchísimo, aunque no parábamos de buscar a las chicas. Ironías de la vida.

Jo a esa edad ya andaba casi por el metro ochenta de estatura, de complexión fuerte y atlética, criado entre barcos de pesca, aprendió a andar (qué exageradas son nuestras madres) en días de faena y temporales, por lo que no se asustaba nunca. Para él, una pelea callejera al salir de la escuela, no era otra cosa que una forma como otra cualquiera de salir de la monotonía de actividades que se podían hacer en el pueblo en los ratos libres, por lo que acudía siempre a sus desafíos, nunca iniciados por él, pero nada mejor que darse unas ostias en la calle y luego merendar pan con mantequilla y azúcar.

-Salvi, guárdame la mochila y la chaqueta un momento, a ver qué quiere el boñigas éste. Mira, la mochila me dá igual, pero la chaqueta que no le pase ná, que le temo a mi madre!

A mí me gustaba jugar al frontón en cualquier pared que hubiera con mi pelota artesanal de hilo y taco de madera y mis manos parecían un muestrario de tiroliano de tanto callo que tenía y Jo era un buen jugador de balonmano, le gustaba la dureza de ese deporte. Ir al contacto contra él era sinónimo de salir perdiendo

El ''intercambio de opiniones'' duró un par de gritos y un insulto por parte del acusador y un directo al ojo como respuesta de Jo y tendida de mano posterior hacia el otro. Siempre lo hacía. Le gustaba dejar las cosas claras a su manera.

Muchos padres en el pueblo habían ido a dar las quejas a la casa de Jo, con el consiguiente sonrojo de los padres de él. Lo que nunca pudieron hacer, era ir a darles las gracias cuando Jo sacaba de la mar a alguno de estos compañeros de pupitre y peleas callejeras, cuando había temporal o resaca y había que ser un marrajo para poder desenvolverse entre olas embravecidas y corrientes traicioneras.

Concretamente a éste último al que Jo dejó medio ciego tres días, unos meses después lo sacó del agua un día de mayo sin colegio y después le volvió a pegar amenazándolo para que no le contara a sus padres lo sucedido n la playa. No quería que fuera nadie a su casa para agradecerles a sus padres la valentía y bondad de su hijo hacia el otro.

Pasaron los años, crecimos sin remedio y tuvimos que ir avanzando al ritmo que la vida nos marcaba, incursionándonos en caminos y senderos donde ver una vía alternativa a los designios del tiempo no era en la mayoría de los casos fácil de discernir, pero no nos quedó más remedio que aprender de cada tropiezo y saber saborear cada momento grato hasta la última gota.

Poco más de una década después, Jo me dijo: Salvi, me he comprado una moto, ya me he cansado de la 49 y tengo una CBR600 quiero correr, volar con ella, sentir cómo me hierve la adrenalina, quiero saber lo que siente un motorista como Randy Mamola!


Una cazadora Dainese y un casco integral a juego era el uniforme de gala y mono de trabajo de Jo, parecía Atila, le faltaba dormir a lomos de esa bestia mono-backbone de 100 c.v. con silueta ninja.

Velocidad, libertad, sentirse como un águila volando por encima de las nubes para evitar la tormenta, 12,000 r.p.m. sobre dos únicos puntos de apoyo que en muchos casos eran solo uno.

Una décima de segundo. Silencio total.
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Empezó a tomar consciencia muy poco a poco, como el que despierta de una horrible resaca y no sabe donde está. A su maltrecho cerebro iban llegando como flashes las pocas imágenes que sus ojos podían captar...
A los pocos segundos se dió cuenta que no le dolía nada, que estaba tranquilo y que por primera vez en mucho tiempo, se sentía en paz consigo mismo, no tenía ninguna mala sensación ni recuerdo ingrato, era como si hubiera vuelto a su más tierna infancia.

Pero el bienestar se fué transformando en sorpresa y angustia cuando pudo comprobar que estaba en un quirófano, encharcado en su propia sangre, con cicatrices en ambas piernas y un brazo, muestras irrefutables de que le habían tenido que poner placas y tornillos en las extremidades, tenía respiración asistida y los médicos estaban intentando reanimarlo, ya que las pulsaciones que mostraba el monitor de cabecera habían caído...
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-Salvi, tengo que contarte algo muy serio, todavía no me lo creo, te juro que he intentado olvidarlo, haciéndome creer a mí mismo que era producto de la anestesia, pero ha sido real.
Me dijo agarrándome con fuerza la mano que le quedaba libre tumbado en la cama de la habitación 212 del hospital. Hubo unos segundos de silencio donde nos miramos a los ojos y no veíamos dos tipos de treinta y tantos. Éramos esos dos grandes amigos que nunca se llevaron mal y que siempre buscábamos el más mínimo resquicio de tiempo libre para escaparnos de casa y zanganear por las calles del pueblo con nuestras bicicletas, jugar a dragones y espadas, espiar a las niñas, rescatar a algún perrillo caído por algún terraplén y ver cómo anochecía inventándonos historias imposibles y ridículas que finalizaban en carcajadas.
Ya no podíamos seguir siendo tan duros con nosotros mismos, éramos dos grandes amigos derrumbados en un mar de lágrimas y aliviados por el mero hecho de seguir vivos y poder seguir disfrutando de nuestra compañía.


-Salvi, he hablado con los médicos que me atendieron y les he contado lo que ví, pero le quitan importancia y dicen que esas situaciones tan dramáticas mezcladas con anestesia dan lugar a esas ''sensaciones'', que no le haga caso a mi cerebro, que seguramente sea el shock post-traumático lo que recuerde. Les he contado todo lo que ví, quien había allí y hasta lo que estaban hablando. Me ha visto el traumatólogo y hasta vino un psicólogo a explicarme no se qué de las neuronas, pero yo no estaba tumbado en el quirófano, lo veía todo como desde el aire, en el techo. Y lo que más me emociona Salvi, es quien había conmigo allí, tranquilo y sonriente.

-Allí? contigo? quién?
-mi abuelito.