NOSOTROS

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jueves, 23 de marzo de 2017

Huida al Morrón con James Cotton





Ruido.




Todo es ruido en las ciudades. Las urbes son como vivir dentro de un motor de competición, soportando la presión en bares, como unidad de medida. No existe el silencio en casa, ni en casa del vecino. Tampoco en los transportes ni en el lugar de trabajo. Orejas saturadas.




Estrés.




Todo supera el límite de velocidad permitido en la ciudad. Da igual si es grande, mediana o pequeña. Todo es inmediatez, prontitud y agobio. Ya nada se saborea. Ni siquiera esa taza de café después de comer, ni una conversación relajada para poder seguir con la rutina laboral un poco más optimista.




Insomnio.




Hace más de veinte años, El último de la Fila cantaban lo de: ''duerme la ciudad y una muchacha....'' pero eso ya quedó muy atrás, hoy tendrían que actualizar esa letra, porque la ciudad no duerme. Ya no duerme ningún núcleo urbano, ninguna ciudad guarda ya ''un minuto de silencio'', siempre hay un grito que lo quiebra.




Huir.




Alejarse al menos momentáneamente de el maldito avirpero dentro de una batidora que es la ciudad, desenchufar del tobogán de histerias y acciones mutantes que presencio casi a diario, llegar al pueblo con poco equipaje, respirar y sentirme libre!




Con esa idea salí ayer de casa a las 6:30 a.m. y con un pen-drive para el camino. Al principio pensé en llenarlo de metal sinfónico, progresivo, heavy metal y demás metralla mortal, pero como guitarrista llevaba en el bolsillo de la camisa dos rosas negras: una por la reciente muerte de Chuck Berry, el verdadero padre del Rock'N'Roll como le definió una vez Stevie Wonder y no pudo estar más acertado, ya que el riff de Roll over Beethoven lo ha tocado cualquier guitarrista al menos una vez en su vida.
Sólo un detalle: el Rock de Chuck Berry es hijo del Blues. El rock en general, es hijo del Blues. Amo a los dos por igual y quiero ser respetuoso con los orígenes, por eso mi segunda rosa negra es por James Cotton, cantante, compositor y armonicista de Blues, que falleció unos pocos días antes y casi nadie se hizo eco de la noticia, todo eran corrientes de opinión sobre Berry, al cual no le resto ni un ápice de méritos, al contrario, ensalzo su figura y como soy consecuente le muestro mis respetos, pero me salgo de todos esos # con tufillo a obtener relevancia y me quedo con James y esa armónica que es todo un tren a vapor sobre las vías del ritmo:








Llegar al pueblo con esta canción en el coche mientras se empiezan a percibir los primeros claros de luz, es otro nivel. Un cocktail de sensaciones sobreexcitadas por el ritmo de la música, que me hizo quedarme parado en el coche hasta que dejó de sonar y pude bajar para capturar el instante por el que llevaba semanas suspirando:




En principio no parece gran cosa pero oye, es mi pueblo y a mí me gusta, aquí me quito años de encima como el que sacude las migas del mantel después de comer.
Apenas me detengo. Lo que pretendo cazar quiero atraparlo en las afueras, en las playas anexas, donde casi nadie va nunca en invierno, que es mi ''temporada alta'' y cuando más me gusta venir. Aquí se acaba el asfalto y las carreteras te dejan ver que el camino no es fácil ni cómodo y que quizás te lo deberías pensar antes de aventurarte por lugares en los que apenas hay cobertura para los teléfonos móviles.








Silencio.




Podéis oírlo?






Silencio.




Estacionar a mis anchas, parar el motor, hacer la foto y empezar a disfrutar del silencio...
Silencio como unidad de medida, como barómetro indicador de paraíso invadido, en donde uno se puede sentir observado con desprecio por la naturaleza.






Caminar en sentido contrario a como lo haría un náufrago para llegar hasta la orilla, respirar más fuerte de lo normal y gritar ¡¡holaaaa!! mientras la marea se va llevando el ruido, el estrés y la ansiedad.




Silencio.


Al igual que ''the dark side of the moon'', el Morrón de Genoveses tiene su cara oculta. Zona de nudismo y de acceso muy peligroso, más de 50 metros de bajada que pueden ser mortales y con un espigón natural donde se pueden resguardar del Levante algunas embarcaciones pequeñas.



Subir unos cuantos metros más para tener mejor perspectiva del paisaje volcánico y su salvajismo natural, implacable y constante y casi poder distinguir el curvamiento del planeta tierra para sentirse minúsculo, casi imperceptible y totalmente irrelevante, pero a la vez indestructible, eterno.

Paz.

No sólo de silencio vive el hombre, también necesita belleza. Aunque aquí los detalles se administran con cuenta-gotas, el mero hecho de fijar la vista en el suelo y descubrir una flor ya supone un alivio en esta zona tan abrupta. La caminata premia con estos pequeños regalos y reconforta.

Coronada la cota, es hora de pararse un rato, sentarse a tomar aliento y dejarse seducir por el entorno. Sentirse en paz con uno mismo y dejar la mente en blanco para que se lleve el viento las brozas que ensucian mi mente y que lo siembre de cosas bellas..

Hay una cita de Pablo Ruiz Picasso que dice: si me visitan las musas, que me encuentren trabajando.
Desde que la leí por primera vez, sentí un ''click'' dentro de mí, un gran estímulo que me sirve hasta el día de hoy. Evidentemente, no me puedo llevar la guitarra a todas partes (aunque lo intento) pero sí me llevo una libreta y un par de bolígrafos por si llegan mis musas.


Hora de ir recogiendo y volver al refugio. La mente libre, inspirada. El corazón saneado como si hubiera pasado positivamente una ITV espiritual y la mochila repleta de ganas y varios pulmones bien guardados para ir usándolos de comodín en el tapete de juego de la gran ciudad.


Desandar el camino de nuevo para repasar cual estudiante lo leído o visto con anterioridad para asegurarse de llevar todo bien memorizado y obtener  buenas rentas.

Una de las cosas que más me gustan de venir fuera del verano, es que esta zona apenas recibe visitas humanas, salvo las de algún senderista ocasional. La costa se mantiene casi intacta y te puedes encontrar restos con los que elucubrar, imaginar historias de marineros y sirenas.

En medio de la playa de Los Genoveses se encuentra el quinto coño, versión marinera.

Seguir avanzando casi con pena y a la vez con satisfacción, son sentimientos contradictorios porque ni me quiero ir ni me puedo quedar. Necesitaba venir y emborracharme de naturaleza, paz y silencio, llenarme los bolsillos de todo esto, refrescar mi memoria y resucitar unos cuantos millones de neuronas. Estímulos externos, lo llaman.

Localización de exteriores cinematográficos, donde han pisado estas dunas móviles desde Curro Jiménez hasta Lawrence de Arabia o Raquel Welch e infinidad de spots publicitarios.

Pasear por la orilla tiene varios encantos, no solo el de respirar Rhinospray natural todo el año. Una de las actividades clásicas es buscar conchas, caracolas, cañetas, gulgaos y cualquier resto que la mar nos regale. Los adictos siempre llevan hilo de pescar en un bolsillo y se hacen sus propios colgantes y adornos marineros o hippies como se conocen mayormente.

Levanto la vista. Se abre mi visión panorámica y no puedo dejar de tener las mismas sensaciones que me llevan acompañando desde que tengo memoria y recuerdos.
La vuelta se adivina casi traumática pero necesaria. La ciudad obliga y cumplir con los compromisos laborales es innegociable de momento, así que me bebo el último saludo del astro Rey y me dispongo a volver hasta el coche. Un par de kilómetros para mentalizarme y llegar a casa en buena sintonía.

Silencio.

El último abrazo y el interior de mi coche me va devolviendo poco a poco al lugar de inicio. Olor a plástico y metal, luces artificiales, tecnologías y accesorios para la comodidad del conductor y pasajeros.

Música.

Y la primera sensación de desasosiego. James Cotton vuelve a sonar en los cuatro altavoces del coche y parece que suena mejor que cuando llegué ayer aquí.


Viajar escuchando la música que te gusta puede hacer el camino más agradable, más liviano. Lo único malo en este caso, es que según te vas acercando a la ''civilización'' tus sentidos se van saturando paulatinamente y se hace muy difícil no embadurnarse de ruido, estrés y mal carácter.
Yo debo ser un asocial, un rebelde con causas, porque vivir sobrepasando constantemente los ''límites de velocidad'' que marcan las grandes urbes no sé si me excita o me cabrea.

Al menos tengo mi paraíso cercano donde puedo venir a refugiarme unas horas o unos días y poder rendir tributo a personas como James Cotton y disfrutar de su música egoístamente y en soledad.




Mantengo humildes mis orejas.