jueves, 27 de abril de 2017

SECRETOS





SECRETOS


No me habléis de soledad, no me habléis de callar ni de silencio, pues nadie mejor que yo conoce esas palabras. Soledad, silencio, pues ese es el precio de los secretos. Hablar sólo como los locos.

Sí, sólo de solamente y no solo de soledad, que también. Sólo de solamente porque es verdad, hablo, me comunico con más personas, pero n o digo nada. No puedo contar aquello que quiero. Soltar este bozal que me cierra la boca. Solo de soledad porque hablo solo, me miro a los espejos improvisados que encuentro. Le hablo a los charcos, a los escaparates, e incluso a los espejos de verdad. En ellos encuentro algo de paz, porque en ellos reside mi secreto, ellos lo conocen y con ellos me puedo desahogar, sólo con ellos.

No me habléis de amigos. Los secretos son como peces, viscosos y resbaladizos, que pujan por escapar de la red donde se guardan. Os lo aseguro, no merece la pena perder un amigo por un pez huido, porque si es un verdadero secreto y consigue zafarse, no sería un verdadero amigo; que de esos hay muy pocos, y ya tengo bastantes sufrimientos guardando mis peces, como para tener también que sufrir el dolor de que los que pienso mis amigos, dejen de serlo o no lo sean en el grado que les suponía. Así que los amigos tampoco son un alivio.

Los secretos, son personales e intransferibles. La mejor forma de cargar con un secreto es olvidarlo, guardarlo en algún oscuro cajón de la mente y dejarlo allí. A lo mejor con el tiempo deja de serlo por sí solo o deja de tener el poder que mostros mismos le otorgamos. Nunca se sabe. Los secretos, a veces, no mueren, sino que se enquistan igual que esporas, como bacterias, como virus de una enfermedad crónica, esperando a que las condiciones mejoren, a que las defensas de su huésped bajen los brazos para resurgir. No, los secretos no son nuestros amigos. Son como una espada de Damocles apuntando al pecho, amenazándonos perpetuamente con su filo.

Así que lo mejor de los secretos es no tenerlos, sí definitivamente es mejor vivir sin ellos. Pero, ¡ay eso es imposible! Los secretos son la intimidad, lo que nos hace individuos, son lo que se guarda detrás de las puertas de nuestras casas.¿ Acaso no tenéis secretos? Entonces porqué bajáis las persianas, porqué no discutís en la calle, a la vista de todos. ¡Ah no! eso no son secretos ¡Y una mierda!

Eso también son secretos, pero son los vuestros y como a ladrones sorprendidos con las manos en la masa lo negareis todo. “No es lo que parece, te lo puedo explicar”

Sí, los secretos mas divertidos son los de otros, los que se descubren, no los propios. Siempre es más divertido el dolor ajeno. ¿Quién no se ríe ante una caída ajena? Sí, luego iréis a compadeceros y a prestar ayuda y todo eso. Pero la primera risa no os la quita nadie. Ese placer también es un secreto, sólo que es otro tipo de secreto, uno común, algo que todo el mundo tiene, pero de lo que no habla nadie.

Así que por eso, es mejor no enseñar los secretos, no dar pistas, de que los teméis o los buitres revoletearán por encima de vosotros, como invitados a un banquete, donde el horno todavía está frio. Pero lo más gracioso de todo, es que aún no sabréis, que vais a ser el plato principal, primero y el único de ese festín. Las mayores alimañas no tienen plumas ni pico, no vuelan, tienen dos patas como los buitres y los cuervos pero se hacen llamar personas

Secreto bonita palabra para no ser pronunciada nunca, porque si la nombras desaparece. 


 

sábado, 15 de abril de 2017

SANGRE #10




SANGRE #10






‒ Bien, bien siempre has sido una chica con suerte hermanita. Parece que la tuya se ha agotado. ¿Cómo dicen? Ah! sí, “A todo cerdo le llega su San Martín”. No sé si me estás escuchando, espero que sí, no quiero que te vayas al otro barrio con esta duda.

Tú eres la escritora de la familia, la artista, no seas dura conmigo. Yo soy más de hechos que de palabras, pero me esforzaré y te haré el mejor resumen que pueda:

El viejo se está muriendo, es un hecho, solo es cuestión de días, semanas tal vez. Te prometo que no tuve que ver nada ahí. También es mi padre y lo quiero, sólo he intervenido para que su camino sea lo más corto y fácil posible, no me gusta verlo sufrir.
Curiosamente su enfermedad, fue como una señal. Sí eso es, fue una llamada de atención. Ya sabes cómo es, siempre al pie del cañón, con mano de hierro. La idea de jubilación ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Sí, he sido su mano derecha durante los últimos años, o eso decía en las reuniones, pero todos sabemos que solo soy un apéndice, un chico de los recados con un buen sueldo, sin ninguna responsabilidad real. Todas las decisiones primero deben de pasar por él, debe dar su consentimiento antes, su aprobación. Y ahora de repente enferma, se siente viejo, débil y tiene miedo. Y yo su hijo mayor, su servidor más fiel, el que siempre ha estado a su lado, el que nunca le abandonó, se inclina a sus pies, una vez más, para relevarle, para asumir esa pesada carga que ya no puede llevar, para recibir por fin la confianza que merece, la oportunidad por la que tanto tiempo lleva luchando y qué encuentra. A un viejo temeroso de la muerte, que quiere poner sus asuntos en regla antes de morir. Sí es lo lógico todos tememos a la muerte y todos querremos dejar nuestros asuntos listos antes de partir al barrio de los quietos. Pero, ¡Ay maldito sea mil veces mil! El viejo tiene una espina clavada, una secreta, una que se le ha ido hincando a lo largo de toda su vida y que ahora en el umbral del panteón familiar quiere sacarse. Su niña pequeña, la hippie malcriada que se fue a la capital a vivir su vida, la que lo dejó y la que ahora, al olor de la carroña de su padre viene a picotear del festín, a aprovecharse de su pobre padre enfermo, a quitar a sus hermanos lo que han ganado por legítimo derecho. Y ¿qué hace papá? Pues como en el maldito pasaje bíblico del hijo pródigo, está dispuesto a sacrificar a su mejor cordero para dar una fiesta por la vuelta al redil del hijo perdido. En una estúpida representación donde quedará en paz consigo mismo, legando a su hijo extraviado todo su trabajo, dejando unas pocas migajas a los demás, a sus verdaderos hijos.
¡Pero NO!, querida y casi ya pútrida hermana, tú no tomarás ni un solo pedazo del pastel en el obituario de tu padre. Te voy a llevar junto a él, que es lo que realmente querías, ¿no? Un amor filial y completamente desinteresado y qué mejor que morir junto a él. Porque eso es lo que va a suceder.
Ah! se me olvidaba. Sí, lo de Luis fue una lástima, ya estaba muerto desde hace mucho, nadie lo echará de menos, ni su mujer, creo.
Bueno hermanita, pues prepárate, ya queda poco para que vayas junto a papá‒.

Sus palabras son como una bandada de cuervos, que revolotean sobre mí. Cada nueva palabra es una alimaña más que llega, una sombra negra de pico y garras afiladas. Cada una desciende, con su sonido lacerante para herirme, cada una escarba un poco más en la herida, ahondando en la carne recién abierta, deleitándose con mi sufrimiento impotente. Creo que estoy llorando, siento mis labios húmedos y salados y el asco infinito e impotente cuando siento los suyos basándose en la mejilla. No puedo mover un músculo, ojala pudiera hacerlo, lo agarraría y le clavaría las uñas en la cabeza y le mordería la cara como un perro rabioso. Pero no puedo hacer nada. Soy una estatua de sal y mi hermano, una lluvia cruel y despiadada, que disfruta deshaciéndome. Sólo puedo gritar, mi mente, yo, aquello que soy, lo que hay debajo de la cáscara de carne y huesos que me soporta, eso está gritando de dolor, un dolor total y absoluto, de un dolor que ninguna droga, puede calmar.

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Oigo como las suelas de sus mocasines italianos golpean el suelo de la habitación, se alejan. Un monitor ha empezado a pitar, le sigue otro. Algo negro se acerca, más negro que esas palabras que siguen resonando dentro de mí, que aún van reverberando igual que un eco malvado. Es una presencia, no está dentro de la habitación y lo está al mismo tiempo. Siento frío, tanto que duele. Es un viento oscuro que ha apagado el sol. Sigo con los ojos cerrados, no puedo ver nada, sólo que nada es una palabra absolutamente vacía de contenido, hueca comparada con la oscuridad que me acecha. Miedo, mucho miedo, porque esta oscuridad sólo puede ser la muerte que viene a buscarme.
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El agua me quema la nuca, se derrama como piedra fundida por la espalda, baja por la espalda siguiendo columna vertebral, luego sigue por las nalgas y me cae por las piernas hasta llegar a la loza del plato de ducha. Aguanto el calor, tengo la mano sobre el grifo, pero me niego a girarlo. La piel se enrojece, me estoy abrasando, lo soporto un segundo más hasta que me doy por vencido y de un manotazo cambio la maneta del monomando llevándola al color azul. El contraste de temperatura es brutal, los vasos sanguíneos se contraen dolorosamente y me provocan un espasmo. Aún temblando vuelvo a accionar el mando y coloco el termostato de la ducha en 35º. Levanto la cabeza, miro a la alcachofa, es una nube artificial de falso metal cromado, suspendida en un cielo de escayola pintada de blanco, diluvia sobre mí. Abro la boca y le muestro los colmillos que se han desplegado completamente. El agua cálida entra y amenaza con ahogarme, la retengo colocando la lengua a modo de esclusa, la dejo que me rebose la cavidad bucal. Siento como me limpia con su caricia templada y por un momento imagino que calidez es la sangre la que me anega la boca.
La escupo, saliendo de ese pequeño espacio de relax que me he regalado. No tengo demasiado tiempo, la directora de clínica me espera, seguro que tiene muchas cosas que contarme.

Aaah! Un rayo de dolor me atraviesa la cabeza de sien a sien. Me aferro al grifo para evitar la caída, todo me da vueltas. ¿Qué me sucede? Cierro los ojos como si eso me fuera a calmar. Con los párpados cerrados, una luz azul me ciega, es un dolor que rebota dentro de la cabeza, un rayo azul dentro de un invernadero de hueso. Entonces llega el verdadero azul, el verdadero dolor, sobrecargando todas mis neuronas. Es una señal, una emisión autoritaria. La estoy recibiendo, reclama todo el ancho de banda de mi mente, anegando todo como una ola gigante. Es la misma sensación que tuve aquella mañana, sólo que multiplicada por mil, lo comprendo.
 

Es Laura. No puedo desmayarme, tengo que soportarla, tengo que seguir a la ola azul, esperar a que se retire, abandonarme a su resaca porque me llevará hasta ella.
Efectivamente el dolor comienza a descender, comienzan a flaquear las fuerzas, estoy a punto de desfallecer, prácticamente de de rodillas, aferrado al grifo de la ducha como un alpinista se aferra a un saliente de roca para no caer al abismo. El pulso se hace más débil. Tengo que seguirla, establecer contacto.

‒‒ LauraaaaA! Grito a los azulejos. Las manos se han transformado en garras, pujan por clavarse en el metal. Jamás he salido de mí, tengo miedo, pero es la única solución, soy un vampiro. Mi abuelo lo podía hacer, yo debo por hacerlo también.

Ahora soy un madero a la deriva uno oscuro, una mota negra en un mar azul y desconocido. Un mar que aleja, que va desapareciendo, tragado por un desagüe, el ojo de un dios tuerto lo engulle.


Continuará...

jueves, 30 de marzo de 2017

Volovanes (by Coquito) como panes.



Nuestra cocinera favorita Coquito se ha decidido a bajar a las calderas del blog para hacernos salivar una vez más y nos deja con el siguiente plato:


''Volovanes de pescado y marisco''.


Hola calaveras, hay un entrante que me gusta mucho por su facilidad de preparación y su sencillez de presentación.


El volován es un molde o cesto hecho con masa de hojaldre y se suele rellenar habitualmente con preparados salados.
Su origen se remonta al año 1750 (vol-au-vent) pero lo popularizó un pastelero francés de nombre Marie-Antoine Caréme en el siglo XIX
El nombre de volován se le dió en referencia a la masa hojaldrada que usaban, que era tan ligera que al subir en el horno, pareciá que iba a salir volando. Esto comentó una vez el ayudante del pastelero y desde entonces se conoce así al volován.




''Nadie nace siendo un gran cocinero; se aprende intentando''




Ingredientes:


-6 volovanes de tamaño grande
-50 gramos de gambas cocidas
-2 latitas de atún
-3 palitos de surimi
-3 lonchas de salmón ahumado
-1 huevo cocido
-salsa de marisco o salsa rosa (al gusto)
-huevas de lumpo ( o caviar o cualquier otro sucedáneo en su defecto)


Preparación:


-cocemos el huevo y reservamos
-cocemos las gambas y las reservamos también
-en un bol ponemos el atún escurrido, los palitos de surimi, dos lonchas de salmón, todo muy picadito
-una vez fríos el huevo y las gambas, se picará todo también en trozos pequeños y se añadirán al bol
-y por último, la salsa al gusto
-se mezcla todo y rellenamos los volovanes
-finalmente una vez rellenos, decoramos estos con la tercera loncha de salmón que nos quedaba y se añaden las huevas






''Vivir sin Fingir,
 Amar sin Depender,
 Escuchar sin Defender,
 Hablar sin Ofender''









Eran noches de sembrar arte.



No sé en otras ciudades, pero aquí en Almería el panorama roquero underground andaba ya bastante revuelto con los Gunners, todos querían tocar ''sweet child o'mine'' con ese original riff de Slash en Re Mayor y con cuerdas alternas. No era muy difícil de calcar, pero había que dedicarle unas horas para que sonara fluido y calcado.
Una de esas tardes después de la siesta, me adecenté, me fui al ensayo y entre nuestras risas y cerveceos empezamos a tocar versiones y canciones propias. Hacía unos cinco años aprox. que la aventura de rock andaluz tocó a su fín, Khayr nos disolvimos y cada uno siguió un camino diferente.
Mis primeros meses sin compromisos musicales fueron efímeros, me mentalicé a no tener prisas guitarreras, a tomarme el mundo de las bandas con tranquilidad, era momento de descansar un tiempo tras ocho años de trabajo intenso a nivel creativo, de ensayos, conciertos, etc. pero el veneno del rock&roll no conoce antídoto y cuando me vine a dar cuenta, ya estaba de nuevo repasando canciones, creando riffs y buscando criaturas con las que compartir partituras, cerveza y sudor de ensayos kilométricos.
Tuve la inmensa suerte de poder trabajar con dos veteranos de la música en directo a los que ya seguía desde hacía tiempo y me enseñaron a tocar, a estar los tres solos en la clásica formación de batería, bajo y guitarra y hacerlo todo nosotros.


Ya no había coristas de voces negras, teclados pomposos ni arreglos preciosistas, éramos un trío sin focos de colores, en un escenario a ras del suelo, tocando entre la gente y sonando con fiereza, destilando actitud, veteranía, ganas y sonando con potencia. Era la escuela que me faltaba, la de la música en los bares, donde más he podido disfrutar tocando, con el respetable a pocos centímetros.




Una de esas tardes en el local de ensayo, nos visitó un concejal del Ayto. de Níjar para invitarnos a un fín de semana de actividades culturales en la Cala San Pedro, en Las Negras, Almería. En un principio nos pareció bien, la idea prometía, pero claro, siendo asiduos de esas costas y conociendo la orografía cruda, empezaron a asaltarnos dudas.
Desde el pueblo a la cala por tierra hay un único camino de tierra y no exento de peligros, se tarda una hora andando en condiciones normales y no es apto para cualquier persona. Nos dijo que tenían contratado unas embarcaciones para transportar equipo y personas.
Allí no hay luz eléctrica ni comodidades del siglo XX, nada que te pueda sugerir que aquello tiene actividad humana, pero vive gente. Días antes se llevaron un generador eléctrico de gasoil y un bidón de combustible.
El concejal y sus colegas se habían encargado de planificarlo todo y que no faltaran víveres ni cualquier otra cosa necesaria, ya que la embarcación no podía navegar de noche, es decir, nos dejaba en el lugar a media tarde del sábado y venía por nosotros a media mañana del día siguiente.


Al menos, la idea era original, descabellada y por eso mismo, atractiva a la vez. paseo y traslado de equipo en barca, invitados, bandas tocando y costeados de comida, bebidas, apartados de la civilización...casi una fiesta privada en un enclave único.
Había que ser minucioso y preparar con tiempo el equipo a llevarse, ya que allí no había nada y estaríamos incomunicados al menos doce horas. Repasé al menos cuatro veces todo lo que tenía que llevarme: cables, adaptadores, púas, cuerdas, conectores múltiples, guitarras, amplis, todo doble por si fallaba alguna cosa tener repuesto.


Legó la hora de cargar todo el equipo en la embarcación de fibra de vidrio de quillas en paralelo (salíamos de una playa de Las Negras con fondo pedregoso y poco profunda y las embarcaciones normales no pueden acercarse, porque las piedras entran en el casco como cuchillo en manteca) y mojándonos hasta la cintura hicimos una fila humana para llevar la equipación a cubierta y por último fuimos subiendo todos, unas cincuenta personas en total.
Y empezamos a navegar..


Una escasa media hora tardamos en llegar y recuerdo perfectamente lo emocionante que era estar en cubierta escuchando el ruido cíclico del motor mezclado con el que hacía la mar golpeando la embarcación, lo más parecido a una canción de heavy metal, rotundidad y armonía navegando cogidas de la mano.


La llegada a San Pedro fue mejor de lo previsto, esta zona está a resguardo de levante, el fondo es arenoso y ofrece un buen refugio natural a las embarcaciones. La que nos llevaba a nosotros pudo varar sin problemas en la misma orilla y casi ni nos mojamos para desembarcar.




De las primeras cosas que recuerdo de allí al estar en la arena, era el sonido de unos yembés que procedían de alguna de las casas-cueva que hay a escasos metros. Según tengo entendido, un particular compró la cala (desconozco en qué artículo de la Ley de Costas dice que se pueda vender una playa, pero parece ser que hay quien puede hacerlo) con el VºBº º de la Consejería de Medio Ambiente, pero la okuparon y la habitan unas pocas personas que viven a lo hippie, como vulgarmente se les conoce.
Por qué viven aquí? Muy sencillo, porque hay agua dulce, el único lugar en muchos kilómetros a la redonda.



Esta fuente recoge el agua de un manantial que tiene caudal todo el año, por lo que hace viable poder subsistir aquí y tener árboles frutales, etc.
Desde la época de los corsarios, no fueron pocas las veces que el lugar sufrió ataques invasores, no consiguiendo nunca poder tomar la cala.
Prueba de ello son los muros de su fortaleza o castillo que todavía aguantan de pie el paso de los siglos, con algunas zonas restauradas y habitadas o ubicaciones destinadas al ganado animal.

A pocos metros de la orilla ya habían instalado con anterioridad una carpa de unos sesenta metros cuadrados con su tarima de madera como suelo, todo muy bien asegurado por si cambiaba el viento. Ya había allí varias personas esperando nuestra llegada, por lo que el traslado del material y su instalación se hizo en un plis plas.

Se acercaban personas de otras embarcaciones de por allí a preguntar, todo el mundo estaba un tanto expectante con lo que iba a ocurrir en las próximas horas, especialmente los lugareños, los que se auto-denominaban habitantes del lugar y empezamos a darnos cuenta de que la bienvenida no sería tal.

''paz y amor...pero aquí mando yo'', son actitudes totalitarias y contradictorias a la vez, según entiendo.

No nos querían allí, no querían que pasáramos la noche allí y mucho menos con un motor de gasoil berreando decibelios, (aunque se ubicó bien retirado por eso mismo) y no querían que volviéramos por allí, casi nos querían obligar a que alguien fuera andando hasta el pueblo para que los del barco vinieran a buscarnos.
La cosa se puso seria y en ese momento, el señor del Ayto. que nos acompañaba y máximo responsable de aquello, sacó una documentación, les explicó todo el papeleo legislativo y nombró al Seprona.

Cuando todo se calmó y pudimos volver a la normalidad, organizamos nuestra cena y fuimos caldeando el ambiente para empezar a tocar las tres bandas que estábamos allí.
Y empezó la fiesta!


No sé en qué orden salimos, pero sí recuerdo hacer versiones de Living Colour, The Cult, AC/DC, Zeppelin, Guns & Roses, Leño y así, algo más de una hora.

Luna llena, cielo despejado y saturado de estrellas, la gente en la arena unos a nuestro alrededor y otros un poco más alejados y al final ya casi de madrugada, una buena jam entre los tres grupos, tocando cualquier cosa que se nos ocurriera. Alguien empezaba con un riff o un ritmo y los demás se iban agregando hasta hacer de una canción de cuatro minutos un show a lo Floyd versión desmadre playero.


Después de tantos años sigo sin poder saber por qué no me quité el sombrero en toda la noche, no se me ve el cartón ni hacía solazo precisamente a esas horas, pero sí sé todo lo que pude sentir y experimentar y el grato recuerdo que guardo de los compañeros de viaje, tanto músicos como invitados y por supuesto, del entorno y de lo que se organizó allí ese fín de semana. Desconozco si posteriormente se pudo hacer algo similar, aunque lo dudo, porque a nadie le llegó noticia alguna al respecto, lo que me hace sentir un privilegiado, tanto a mí como a los demás.

Sigo en contacto a día de hoy con casi todos ellos y alguna vez hemos comentado las anécdotas que surgieron durante esos casi dos días, como cuando un colega y yo encontramos un frigorífico dentro de una cueva, sin corriente eléctrica aunque guardaba refrescos en su interior, pero hay que respetar y conservar en privado ciertas anécdotas que ocurrieron, aunque quién sabe! jajaja igual en un futuro cuando sea más mayor y me patinen las neuronas se me pueda escapar algo inadecuado, pero seguramente entonces se me habrá olvidado hasta escribir.


Eran noches de sembrar arte y de otras, ni te cuento..





Mantengo humildes mis orejas.


jueves, 23 de marzo de 2017

Huida al Morrón con James Cotton





Ruido.




Todo es ruido en las ciudades. Las urbes son como vivir dentro de un motor de competición, soportando la presión en bares, como unidad de medida. No existe el silencio en casa, ni en casa del vecino. Tampoco en los transportes ni en el lugar de trabajo. Orejas saturadas.




Estrés.




Todo supera el límite de velocidad permitido en la ciudad. Da igual si es grande, mediana o pequeña. Todo es inmediatez, prontitud y agobio. Ya nada se saborea. Ni siquiera esa taza de café después de comer, ni una conversación relajada para poder seguir con la rutina laboral un poco más optimista.




Insomnio.




Hace más de veinte años, El último de la Fila cantaban lo de: ''duerme la ciudad y una muchacha....'' pero eso ya quedó muy atrás, hoy tendrían que actualizar esa letra, porque la ciudad no duerme. Ya no duerme ningún núcleo urbano, ninguna ciudad guarda ya ''un minuto de silencio'', siempre hay un grito que lo quiebra.




Huir.




Alejarse al menos momentáneamente de el maldito avirpero dentro de una batidora que es la ciudad, desenchufar del tobogán de histerias y acciones mutantes que presencio casi a diario, llegar al pueblo con poco equipaje, respirar y sentirme libre!




Con esa idea salí ayer de casa a las 6:30 a.m. y con un pen-drive para el camino. Al principio pensé en llenarlo de metal sinfónico, progresivo, heavy metal y demás metralla mortal, pero como guitarrista llevaba en el bolsillo de la camisa dos rosas negras: una por la reciente muerte de Chuck Berry, el verdadero padre del Rock'N'Roll como le definió una vez Stevie Wonder y no pudo estar más acertado, ya que el riff de Roll over Beethoven lo ha tocado cualquier guitarrista al menos una vez en su vida.
Sólo un detalle: el Rock de Chuck Berry es hijo del Blues. El rock en general, es hijo del Blues. Amo a los dos por igual y quiero ser respetuoso con los orígenes, por eso mi segunda rosa negra es por James Cotton, cantante, compositor y armonicista de Blues, que falleció unos pocos días antes y casi nadie se hizo eco de la noticia, todo eran corrientes de opinión sobre Berry, al cual no le resto ni un ápice de méritos, al contrario, ensalzo su figura y como soy consecuente le muestro mis respetos, pero me salgo de todos esos # con tufillo a obtener relevancia y me quedo con James y esa armónica que es todo un tren a vapor sobre las vías del ritmo:








Llegar al pueblo con esta canción en el coche mientras se empiezan a percibir los primeros claros de luz, es otro nivel. Un cocktail de sensaciones sobreexcitadas por el ritmo de la música, que me hizo quedarme parado en el coche hasta que dejó de sonar y pude bajar para capturar el instante por el que llevaba semanas suspirando:




En principio no parece gran cosa pero oye, es mi pueblo y a mí me gusta, aquí me quito años de encima como el que sacude las migas del mantel después de comer.
Apenas me detengo. Lo que pretendo cazar quiero atraparlo en las afueras, en las playas anexas, donde casi nadie va nunca en invierno, que es mi ''temporada alta'' y cuando más me gusta venir. Aquí se acaba el asfalto y las carreteras te dejan ver que el camino no es fácil ni cómodo y que quizás te lo deberías pensar antes de aventurarte por lugares en los que apenas hay cobertura para los teléfonos móviles.








Silencio.




Podéis oírlo?






Silencio.




Estacionar a mis anchas, parar el motor, hacer la foto y empezar a disfrutar del silencio...
Silencio como unidad de medida, como barómetro indicador de paraíso invadido, en donde uno se puede sentir observado con desprecio por la naturaleza.






Caminar en sentido contrario a como lo haría un náufrago para llegar hasta la orilla, respirar más fuerte de lo normal y gritar ¡¡holaaaa!! mientras la marea se va llevando el ruido, el estrés y la ansiedad.




Silencio.


Al igual que ''the dark side of the moon'', el Morrón de Genoveses tiene su cara oculta. Zona de nudismo y de acceso muy peligroso, más de 50 metros de bajada que pueden ser mortales y con un espigón natural donde se pueden resguardar del Levante algunas embarcaciones pequeñas.



Subir unos cuantos metros más para tener mejor perspectiva del paisaje volcánico y su salvajismo natural, implacable y constante y casi poder distinguir el curvamiento del planeta tierra para sentirse minúsculo, casi imperceptible y totalmente irrelevante, pero a la vez indestructible, eterno.

Paz.

No sólo de silencio vive el hombre, también necesita belleza. Aunque aquí los detalles se administran con cuenta-gotas, el mero hecho de fijar la vista en el suelo y descubrir una flor ya supone un alivio en esta zona tan abrupta. La caminata premia con estos pequeños regalos y reconforta.

Coronada la cota, es hora de pararse un rato, sentarse a tomar aliento y dejarse seducir por el entorno. Sentirse en paz con uno mismo y dejar la mente en blanco para que se lleve el viento las brozas que ensucian mi mente y que lo siembre de cosas bellas..

Hay una cita de Pablo Ruiz Picasso que dice: si me visitan las musas, que me encuentren trabajando.
Desde que la leí por primera vez, sentí un ''click'' dentro de mí, un gran estímulo que me sirve hasta el día de hoy. Evidentemente, no me puedo llevar la guitarra a todas partes (aunque lo intento) pero sí me llevo una libreta y un par de bolígrafos por si llegan mis musas.


Hora de ir recogiendo y volver al refugio. La mente libre, inspirada. El corazón saneado como si hubiera pasado positivamente una ITV espiritual y la mochila repleta de ganas y varios pulmones bien guardados para ir usándolos de comodín en el tapete de juego de la gran ciudad.


Desandar el camino de nuevo para repasar cual estudiante lo leído o visto con anterioridad para asegurarse de llevar todo bien memorizado y obtener  buenas rentas.

Una de las cosas que más me gustan de venir fuera del verano, es que esta zona apenas recibe visitas humanas, salvo las de algún senderista ocasional. La costa se mantiene casi intacta y te puedes encontrar restos con los que elucubrar, imaginar historias de marineros y sirenas.

En medio de la playa de Los Genoveses se encuentra el quinto coño, versión marinera.

Seguir avanzando casi con pena y a la vez con satisfacción, son sentimientos contradictorios porque ni me quiero ir ni me puedo quedar. Necesitaba venir y emborracharme de naturaleza, paz y silencio, llenarme los bolsillos de todo esto, refrescar mi memoria y resucitar unos cuantos millones de neuronas. Estímulos externos, lo llaman.

Localización de exteriores cinematográficos, donde han pisado estas dunas móviles desde Curro Jiménez hasta Lawrence de Arabia o Raquel Welch e infinidad de spots publicitarios.

Pasear por la orilla tiene varios encantos, no solo el de respirar Rhinospray natural todo el año. Una de las actividades clásicas es buscar conchas, caracolas, cañetas, gulgaos y cualquier resto que la mar nos regale. Los adictos siempre llevan hilo de pescar en un bolsillo y se hacen sus propios colgantes y adornos marineros o hippies como se conocen mayormente.

Levanto la vista. Se abre mi visión panorámica y no puedo dejar de tener las mismas sensaciones que me llevan acompañando desde que tengo memoria y recuerdos.
La vuelta se adivina casi traumática pero necesaria. La ciudad obliga y cumplir con los compromisos laborales es innegociable de momento, así que me bebo el último saludo del astro Rey y me dispongo a volver hasta el coche. Un par de kilómetros para mentalizarme y llegar a casa en buena sintonía.

Silencio.

El último abrazo y el interior de mi coche me va devolviendo poco a poco al lugar de inicio. Olor a plástico y metal, luces artificiales, tecnologías y accesorios para la comodidad del conductor y pasajeros.

Música.

Y la primera sensación de desasosiego. James Cotton vuelve a sonar en los cuatro altavoces del coche y parece que suena mejor que cuando llegué ayer aquí.


Viajar escuchando la música que te gusta puede hacer el camino más agradable, más liviano. Lo único malo en este caso, es que según te vas acercando a la ''civilización'' tus sentidos se van saturando paulatinamente y se hace muy difícil no embadurnarse de ruido, estrés y mal carácter.
Yo debo ser un asocial, un rebelde con causas, porque vivir sobrepasando constantemente los ''límites de velocidad'' que marcan las grandes urbes no sé si me excita o me cabrea.

Al menos tengo mi paraíso cercano donde puedo venir a refugiarme unas horas o unos días y poder rendir tributo a personas como James Cotton y disfrutar de su música egoístamente y en soledad.




Mantengo humildes mis orejas.