Los grandes de la música no lo son por casualidad. Siempre tienen un as en la manga, siempre con algo especial, algo nuevo que ofrecer, Houdinis del pentagrama, aunque en algunos momentos nos traigan ecos de algo vivido anteriormente, pero en una nueva visión de las cosas, como una idea o un espíritu actualizado.
19 discos editados (sin contar directos, dvd's, etc) es un catálogo de canciones que muy pocos pueden presumir de tener. Ni nacionales ni extranjeros. Longevidad artística, respeto al oyente o fan, apuestas por nuevas generaciones de músicos y fidelidad al estilo, a la personalidad y al espíritu identificativo de la agrupación.
''Paraíso Prohibido'' de Medina Azahara derrama todo lo dicho anteriormente por los cuatro costados:
-intros con aires orientales y étnicos, casi místicos, una constante (muy afortunada) desde la ''segunda etapa Medina y hasta el día de hoy.
-una buena colección de canciones nuevas con algunas pinceladas (entrañables y deseadas) a los impactantes y revolucionarios inicios. Siempre digo que los tres primeros discos de Medina Azahara son imprescindibles en la casa de cualquier melómano que se precie.
-la apuesta por sangre joven (que no novatos, ojo) aunque estos mismos ya pueden presumir de grabar el anterior disco (discazo, más bien) aquí se les redescubre satisfactoriamente aportando mucho más a nivel compositivo y sonando muy empastados.
-desde luego merece mención la producción del disco, no suelo entrar casi nunca en términos técnicos. Eso lo dejo para entendidos, pero mis orejas sí son sabias y humildes y sé lo que oigo y lo que escucho, que no es lo mismo.
Que cómo suena? Enorme! jajaja me ha encantado, todos los instrumentos suenan en la dimensión que deben sonar, la batería usa el doble bombo cuando la canción lo pide, el bajo está ahí como un mazo cuando debe y adornando frases con fuidez, los teclados son novedosos y a la vez respetan los parámetros que han caracterizado siempre a Medina. Aunque en otros trabajos me resultaran empalagosos, aquí están simplemente perfectos, muy actualizados, elegantes y acertados.
-las guitarras, simplemente me parecen maravillosas! son un grupo de Rock y eso no lo han perdido. Al contrario, la palabra Rock lleva implícito guitarras potentes, como la guinda del pastel de una canción. Paco es quizá de lo mejorcito en este campo. La madurez le sienta muy bien, ya puedo canturrear sus solos y recordarlos con fluidez. Enhorabuena por el trabajo, me parece de lo mejor que has podido regalarnos a los que somos aficionados a las seis cuerdas.
-otra característica de los grupos de Rock es tener una voz especial con matices muy peculiares, casi inimitable y en la historia del Rock Andaluz, Manuel es pionero, reivindicativo y gurú de varias generaciones de fans. Y lo merece por esa forma tan personal de cantar con ese ''seseo'' cordobés que tanto me recuerda a la forma de hablar de mi padre..
Manuel siempre me ha gustado por todo eso y por la sencillez de sus letras. No rebusca sinónimos en la R.A.E. que resulten pedantes y emborronen el mensaje, él nos cuenta sus cosas con sencillez (algo que yo agradezco) nos dá su visión personal de las cosas que vive o de las que vé, pero siempre con tacto, con respeto, pero con opinión sincera y eso no es fácil de conseguir y mucho menos a lo largo de 19 discos. Hay a quien le pueden parecer simples las letras de Manuel, yo digo que eso es Medina Azahara: un sentimiento del Sur, el reflejo de una cultura, de unos sentimientos, de una historia de unas vidas...
Simples? En absoluto.
''Paraíso Prohibido'' el último disco de los Medina nos trae una buena colección de canciones, encabezada por una intro de gran calidad, con embrujo. Se llama ''la llave del paraíso'' y es una bella pieza instrumental de poco más de un minuto, preludio elegante de lo que nos espera.
''ven junto a mí'' es la primera canción, con el sello Medina bien reluciente y enérgico:
Un trallazo creativo, plagado de riffs, arreglos, con un interludio donde el bajo nos deja la primera muestra de todo lo que aporta, violines delicados, una batería digna de cualquier banda de heavy internacional que estéis pensando y esa guitarrilla juguetona y enérgica haciendo de las suyas, dejan un buen sabor de boca.
''recordando esa noche'' es la siguiente de la colección y es un claro homenaje a los fans, una canción de las de cantar en directo viendo a la banda y dejarse la garganta a las órdenes de Manuel.
''vive la vida cantando'' lo explica todo desde el título y empieza con un riff de guitarra de lo más heavy, más propio de Zakk Wylde que del señor Ventura, un gran acierto. ''..hay veces que no puedes más y sólo quieres respirar.... vive la vida cantando y alégrate de vivir...'' los mensajes siguen siendo claros, sencillos y positivos. Otra canción que en directo va a ganar muchos corazones.
''busca tu fé'' es un claro manifiesto contra el extremismo religioso sea cual sea el dios al que ensalzan los que se empeñan en imponer sus creencias. Nunca han faltado canciones de concienciación social en los discos de Medina Azahara y con los tiempos que corren, donde a pesar de las nuevas tecnologías que nos lo dan todo hecho y el fácil acceso a la información, sigue habiendo millones de personas condenadas a la ignorancia y la esclavitud de un tirano que dice hablar en nombre de un dios y que no duda en matarte si no estás de su parte.
''cuando estoy a solas'' para mí es la joya de la corona, la guinda del pastel, La Canción. Aquí vamos a disfrutar de la voz de Manuel a pleno rendimiento. Nuevos registros, otros matices y tres pulmones. Gratamente sorprendido por el inicio de la canción en plan plan cañero, estrofas con aires clásicos a medio tiempo y un estribillo de los que marcan época junto a un solo de saxofón digno de escuchar hasta caer agotado:
Esa intro que viene después del inicio frenético, tiene un regusto al primer disco que me vuelve loco, es de una elegancia y un buen saber hacer de los de quitarse el sombrero y vuelvo a reivindicar la veteranía de esa voz dándolo todo. Eso se llama ser profesional y amar lo que haces, respetar al oyente y ser fiel al estilo como tiene que ser. Lo grabado, grabado queda para la eternidad y Manuel debe estar orgulloso de lo que ha conseguido aquí sin desmerecer a las otras canciones, pero para mí esta especialmente me resulta maravillosa.
Algo que me gusta mucho y he comentado aquí en otras ocasiones, es lo admirable e imprescindible de saber vestir a una canción para cada ocasión y en ''cuando estoy a solas'' lo confirmo y es la humildad del músico y la experiencia también para saber qué no ponerle como complemento a ese traje. El Rock lleva guitarras potentes, como debe ser, pero no por eso han de ser omnipresentes y aquí el solo de guitarra está muy elegantemente cedido al saxo, que es el encargado de ponerle la guinda al pastel y terminar de vestir así esta obra de arte de lo más distinguido. Gracias, de verdad.
''y así nació el amor'' de título que no deja lugar a dudas sobre el contenido. como siempre (y respetando su historia) el sello Medina tirando de fábulas de leyenda sobre la razón de todo, la única razón que debería imperar sobre el ser humano: el amor.
Aquí los arreglos arabesquos nos vuelven a llevar a pasear por los jardines de Medina, de la mano de la bella odalisca para descubrir, vivir y disfrutas por más de una y mil noches..
''el dolor de mi alma'' nos vuelve a patear el pecho con esa guitarra desplegando riffs de primera categoría, lo propio de un guitarrista que juega en champions league y un doble bombo...como lo diría finamente? Ah, sí, con dos cojones! Ole ahí ése tío, con un par de...baquetas!! Y por último, una letraza impresionante, de esas que te dan el pellizco, pero el moratón sólo lo ves tú. Y se te agarra más.
''el cielo a tus pies'' en esta me voy a sentar porque cada vez que la escucho me emociona tanto, que me tiemblan hasta las piernas. Esto es desnudarse, sacarse el corazón del pecho y ponerlo a sus pies. No se puede decir tanto con palabras tan sencillas, pero no por eso desnudas de amor. Desconozco a quien le dedicará la canción, pero debe sentir hacia esa persona algo tan hermoso, tan deslumbrante y tan limpio, más grande que su propia vida.
'' y si volviera a nacer
te volvería a ofrecer
el cielo y ponerlo a tus pies''
Este párrafo, este trozo de poesía, bien vale para tener el disco. Hay cosas que te llegan y otras que no sabías que las necesitabas hasta que las escuchas por primera vez.
Podría continuar con el ritmo galopante de ''ella es'' y ese corazón enamorao, con los aires casi celtas y el ritmazo de ''ponte enpie'' pichándote para que te levantes y alces la voz, la sensibilidad de ''mira las estrellas'' como si le hablara a una hija, o de ''puñaladas en la oscuridad'' que son como traiciones a 200kms/hora, pero ''sonríe'' que es una buena forma de decirnos: nos vemos en el concierto! Pero ya es más que suficiente para mostraros mis sensaciones sobre este disco. Si no es el mejor de su carrera, poco le falta. El anterior estaba muymuy bien, pero aquí las ''nuevas'' incorporaciones han puesto toda la carne en el asador y hay materia de sobra para degustar.
Yo no puedo ni quiero ser objetivo en cuestiones de arte. Pasé mi adolescencia con el Rock Andaluz, se me abrieron los ojos al mundo acompañado de estas músicas y sus primeros discos los tengo en un altar. No voy a comparar porque todo es subjetivo, pero estos guiños a la fuente de las ideas sin recurrir a la fotocopia, me resultan entrañables, no abusan de ello, lo que da como resultado algo muy especial, gratificante y hacen muy bien en acordarse de los fans veteranos como es mi caso.
‒ Perdóneme don Pablo, pero eso que me está pidiendo en una barbaridad. Como ya le he explicado antes, un traslado, en el estado que se encuentra su hermana, aunque esté estabilizada, aumentaría exponencialmente el riesgo de infecciones y debo desaconsejarlo.
‒ Agradezco su profesionalidad, pero hay parámetros que usted no está valorando. Yo más que nadie quiero una pronta y completa recuperación para mi hermana y no está en mi ánimo forzar ninguna situación que la pudiera perjudicar, pero tenga en cuenta todos los factores que la rodean.
Mi padre está ingresado en la Clínica Virgen de San Lorenzo. Padece un caso muy agresivo de leucemia, está en un estadío avanzado. Si mi hermana fuera allí, podría estar más cerca de su padre, cosa que ella agradecería y seguramente ayudará a su recuperación. Nuestra madre es mayor, sería un consuelo para ella poder tener sus seres queridos juntos, no hacerla tener que elegir a qué hospital va cada día; pero estas circunstancias no tienen la suficiente entidad por sí mismas, para que yo viniera a pedir su visto bueno a un traslado.
No sé si lo sabe pero mi hermana es una escritora con cierto renombre, especialmente entre los jóvenes. La noticia de su accidente ya se ha difundido, posiblemente por el personal de este mismo hospital y me pregunto qué ocurrirá cuando cientos de adolescentes quieran venir a ver a su autora favorita, ya sabe cómo son los fans. Cree usted, que el hospital tiene los recursos o la necesidad de contenerlos...para asegurar la intimidad de mi hermana, intimidad que ya ha sido vulnerada.
En el fondo le estoy ahorrando molestias, piénselo. Mis abogados se pondrán en contacto con ustedes para formalizar cualquier trámite legal que sea necesario. De todas formas tiene mi teléfono particular por si lo necesita. Comprendo la posición del hospital y por su puesto yo asumiré todos los gastos y responsabilidades. No crea, como comprenderá no es plato de gusto, pero es lo mejor para todos, sobre todo para mi hermana.
La capital castellanoleonesa es una ciudad relativamente pequeña, limpia y tranquila. La abordo desde la A-601 que luego de desembocar en la VA-20 me deja en una avenida, que recibirá diferentes nombres según el tramo, pero que en realidad es una línea recta que penetra hasta el mismo corazón de la urbe, donde está The Book Factory Hostel y unos cuatrocientos metros más allá, ella, en un cama de hospital luchando por su vida.
Miro la hora del salpicadero del Spider. Aún no son las doce del mediodía. Bien, es una buena hora, no es demasiado pronto para que un médico pase a ver a los enfermos, ni demasiado tarde para que lo haya hecho ya. Todo el camino he venido dándole vueltas. Es la mejor opción, no puedo presentarme allí sin más, es ridículo más propio de un quinceañero que de un hombre de mi edad. Además ese relámpago azul en mi cabeza no deja de torturarme. Sólo es un un pulso, como un presentimiento, una percepción, señales que mis sentidos recogen y de los que soy totalmente inconsciente, pero hay algo turbio en esa llamada de socorro. Es más un grito desesperado, como si Laura no sólo estuviera pidiendo ayuda por su vida, sino como si también estuviera alertando de que algo extraño ha ocurrido, que algo no encaja en todo esto.
Me registro en el hotel, dejó el coche en el garaje y subo a la habitación. No hay tiempo que perder. Saco de la bolsa de viaje lo necesario y lo vuelvo a meter en una mochila pequeña. ‒ No, lo pienses más ‒ Me repito en un vano intento de no volver a pensar en que voy a ver a Laura, pero es imposible no pensar en ello, en ella. Estoy nervioso, noto mis puntiagudos colmillos, están apunto de salir de sus senos en el paladar, los palpo con la lengua, es un acto reflejo con el que intento calmarme. No sólo estoy nervioso por la certeza que voy a verla, sino porque no sé en qué estado la voy encontrar. Temo por ella y temo por mí, no imagino qué haría si a ella le pasase algo, si … no me atrevo ni a pensarlo.
Mi habitación es la 212, el edificio sólo tiene dos alturas, ‒ puta publicidad ‒, no he podido dejar de pensar en el anuncio del perfume, pero al menos, ese estúpido inciso ha servido para que mi mente se haya evadido por unos instantes y que la tensión que me atenaza todo el cuerpo también se haya distendido. Bajo por las escaleras y atravieso el vestíbulo sin levantar los ojos del suelo, sólo me separan 400 metros del hospital. Lo mejor será acceder por las consultas externas, allí el flujo de personas es constante, una vez dentro todo será más sencillo. No sé porque actuo como un saboteador. En realidad no estoy haciendo nada malo, sólo soy un hombre anónimo que va a ver a un enfermo, pero eso también es únicamente otro ardid. Sé que no es sólo una visita, es algo más, ese algo más es lo que cambia todo, lo que me preocupa, lo que me acucia y lo que me ha hecho dejarlo todo y venir hasta aquí.
El hospital clínico pucelano es una mole de ladrillos rojos de fin de los 70, donde aún se deja ver la contundencia y rotundidad de la arquitectura pública del franquismo, al que se ha dotado recientemente de más capacidad y medios, anexando nuevas alas de un estilo mucho menos mastodóntico y solemne, que suavizan el conjunto. De cualquier forma la imagen de un termitero gigante se cuela en mi cabeza, sólo soy una termita más se dirige hacia él.
Como era previsible las salas de espera de las consultas externas están a rebosar de pacientes. Hasta mis oídos llega el zumbar de los latidos de cientos de corazones mezclados con el run run de otras cientos de conversaciones murmuradas y triviales. Me siento como un zorro que entra en un gallinero, también huele igual, el olor a desinfectante con que limpian no puede cubrir el del sudor seco y la colonia barata de toda esa gente.
En la puerta hay un guardia de seguridad que me mira sin verme, está aburrido, en el fondo desea que alguien pierda los nervios y monte algún altercado, que dos señoras terminen tirándose de los pelos mientras se revuelcan por el suelo asegurando que ella y no la otra era la siguiente en entrar a la consulta. Desgraciadamente para él eso ya no ocurre, ahora es el doctor quien llama al enfermo mediante una enfermera que les ha solicitado los volantes previamente. También hay una bedel detrás de una especie de mostrador prefabricado, lleva una chaqueta verde con botones dorados y el el pelo rubio recogido en una cola de caballo sujeta con una moña negra. De la cara le cuelga una sonrisa estándar, de ésas de; “es usted imbécil o no sabe leer, consulta 10 Doctor Aguado 08/11/16 a las 10:30” . Se ha fijado en mí, tengo que moverme o vendrá a ofrecerme su ayuda.
He localizado los baños, me dirijo hacia allí. El olfato siempre es más rápido que la vista. Giro hacia la izquierda con seguridad, aún no veo la puerta de los aseos pero sé que voy en la dirección adecuada, el tufo a orines mezclado con lejía es cada vez más fuerte. Efectivamente ahí está la señal con la W, la C y una flecha negra, según indica los servicios deben al final del pasillo torciendo a la derecha.
Hay un carro de la limpieza delante de la puerta del servicio de señoras. El personal de limpieza debe estar trabajando dentro. Del de caballeros sale un hombre de unos 70 años, lleva un jersey de lana marrón y un pantalón de pana gris con unas manchas oscuras en la bragueta. Antes de tropezar conmigo, alza la cabeza un poco, me esquiva, emite una especie de gruñido a modo de saludo y vuelve a agachar la cabeza para seguir su camino de regreso a alguna de las salas de espera. Agudizo mis sentidos, no hay nadie más dentro, tengo que darme prisa.
Entro en el aseo y luego coloco el carro de la limpieza bloqueando la puerta. Esto me dará unos minutos de tranquilidad.
Me cambio de ropa dentro de un retrete, meto mis ropas de paisano en la mochila y me visto con mi pijama de médico que saco de ella, no está demasiado arrugado, me cuelgo el fonendoscopio y me calzo los zuecos. Esperaba que hubiera falso techo y poder guardar allí mi mochila hasta que volviera a recuperarla, pero no es así. La alternativa será el bidón papelera que hay junto a los lavabos, por eso puse el carro bloqueando la puerta, no quiero que me sorprendan sacando la bolsa de basura para colocar mi mochila debajo de ella. No es el mejor sitio pero es el que hay. Limpiaron antes los de caballeros que los servicios de señoras, el saco de la papelera aún está vacío, tardaran en volver. No quiero imaginar el revuelo que se formaría, con los tiempos que corren, si encuentran una mochila oculta.
Salgo de los aseos, no me he cruzado con nadie, de cualquier forma ahora solo soy un médico más de los cientos que debe de haber en el hospital.
Haber encontrado un wc hediondo no es ninguna proeza, hasta un humano medio podría hacerlo con un poco de concentración. Ahora viene el verdadero desafío..encontrar a Laura. Podría haber pedido otro favor, pero no quiero preguntar más de lo debido, además estoy seguro de lograrlo. Su olor quedó grabado en mi cerebro, la fragancia de su piel se fijó dentro de mí, sólo tengo que acercarme un poco más y la encontraré. De alguna forma en aquella única vez que nos vimos, en el Retiro, durante la Feria del Libro, nuestros cerebros conectaron. No, mejor dicho; fui yo, ávido de ella, el que le lanzó unos garfios invisibles como si fuera un corsario mental que quisiera abordar su nave y robar sus tesoros. Sí, lo hice, no lo niego y lo hice de una forma burda y tosca, primitiva que a punto estuve de no poder refrenar y de lo que aún me avergüenzo. Pero por un motivo o por otro, esos cables esos garfios no han sido retirados. Quizás no lo fuesen por desconocimiento, pero también quizás, cabe la posibilidad de que sea una especie de invitación a seguir acercándome, como cuando mis abuelos se conocieron. Me he estado consumiendo en un mar de dudas todos estos meses, autoconvenciéndome de que sólo eran imaginaciones mías y que Laura ni siquiera se acordaría de mí, que ella sólo es una mujer normal, que no es consciente de todo esto y entonces recibo su llamada de socorro. Sólo hay una respuesta posible, por eso tengo que encontrarla y por eso lo voy a hacer.
Buscaré un directorio, debería estar en la planta de cirugía general, tengo que darme prisa.
Ala sur quinta planta. Camino por los pasillos del Hospital, son las galerías del termitero líneas rectas perfectas que parecen no tener fin. A un lado y a otro se abren consultas, despachos y salas de esperas, todo es blanco, luminoso, frío, aséptico e impersonal. Me cruzo con celadores que empujan camillas, algunas van vacías, otras llevan a sus ocupantes a realizarles pruebas, enfermeras que andan apresuradas, grupos médicos que comentan el último partido de la Champions; además de con familiares de enfermos que vagan, novatos que se han perdido en aquel hormiguero unos, otros veteranos, desfilan por el resabido camino igual que zombis, habitación-cafetería, cafetería-habitación. También me cruzo con un paciente que ha decidido aventurarse más allá del pasillo y la sala de espera. Es un prófugo a la caza de un pitillo para fumar a escondidas. Parece un cadáver andante, el pijama azul le queda varias tallas grandes, está arrugado, su piel es de pergamino, amarilla y fruncida. Es el único que se fija en mí, me mira con unos ojos negros y hundidos, que más parecen cuencas huecas. En esa mirada hay una pregunta, una súplica. Abre la boca desdentada para decir algo en un esfuerzo titánico por comunicarse. Paso por su lado, antes de que pueda emitir ningún sonido e intento no girar la cabeza. La sensación desagradable de saberme esas oscuras cuencas clavadas en la espalda me acompaña hasta el fin del pasillo. Allí es donde las dos alas se comunican mediante un amplio corredor que tuerce a izquierdas. Ya estoy a pocos metros del Ala sur.
El bypass que comunica las dos alas, primero se abre en una sala grande y rectangular de donde nacen las escaleras que conducen a las demás plantas. En el otro extremo de la sala se hallan los ascensores. Uno es de uso público, el otro está reservado al personal sanitario y urgencias. Hay varias personas esperando el ascensor. Voy a la quinta planta, a pesar de mis nervios creo que merece la pena esperar.
Entramos a la caja del ascensor como ganado en un vagón de tren. Ávidos dedos de manos impacientes seleccionan las plantas de destino, como compitiendo por ser los primeros en pulsar. Es un comportamiento pueril y estúpido. La tecla con el número cinco está iluminada, me han ahorrado tener que pulsarlo. Miro al techo e inspiro aire por la boca y lo exhalo por la nariz para evitar olerlo. Las manos me han empezado a sudar, el ritmo cardíaco se me acelera levemente. Sé que estoy llegando. Esta vez no la busco en una caseta de chapa blanca, esta vez la busco en una cama de hospital.
El latido azul de la cabeza también aumenta. Soy una antena que se acerca al emisor, la señal es más y más fuerte. Cierro los ojos, tengo que intentar relajarme para atajar esos pulsos que rayan en la frontera del dolor. El ascensor se ha detenido en la tercera planta, la mayoría de la gente se baja, no sube nadie, sólo quedamos una mujer con abrigo de paño azul y moño cano. El aire se ha renovado, el olor a rancio persiste, pero no es mi compañera de ascensión, al menos ella no tiene un olor desagradable. Hace unas horas que se aseó, aún percibo la humedad en su piel, el agua de colonia que usa es barata pero efectiva. Me entretengo en estos detalles para distraerme, para intentar rebajar la tensión que ha empezado a atenazarme los músculos.
Quinta planta. Las puertas del ascensor se apartan como si fueran los labios de una boca vertical. Soy un actor en la noche del estreno, el telón metálico ha desaparecido, tengo que salir. El corazón se me ha desbocado, la sudoración aumenta, las pupilas se dilatan, los senos del paladar me palpitan, los colmillos quieren salir. Aprieto los puños, allá voy.
El vestíbulo de la quinta planta es un cubo de mármol blanco con el suelo de granito negro.
Las habitaciones con los pacientes de cirugía general, comienzan en la galería, que continúa después de cruzar el arco que se abre en la cara izquierda del hall. El primer paso es inseguro, titubeante, como si en vez de caminar por el firme granito negro del suelo del hospital, fuera a hacerlo por el bamboleante cable de acero de un funambulista. El segundo es un poco más fácil.
Hasta las fosas nasales me llegan miles de estímulos, los clasifico inconscientemente: alcohol, yodo, heces, sangre…. Éste último activa un mecanismo instintivo, mis glándulas suprarrenales ordenan un chute de adrenalina. Los sentidos se me agudizan aún más, soy un depredador, es mi naturaleza, en mi cerebro se ha activado el modo caza, tengo hambre. Las pituitarias siguen escaneando el aire. Entre los miles de estímulos olfativos hay decenas de olores corporales, los contrasto con el recuerdo de ella mientras sigo avanzando por el pasillo.
El fogonazo azul dentro del cerebro me cega por unos instantes, es como un impulso nervioso que hubiera viajado al contrario, desde él hasta los nervios ópticos y luego a los ojos. Tengo que parar me los froto con los puños, intentando aliviar la quemazón que me los abrasa, no quiero llamar la atención. No es buen lugar, una enfermera pasa junto a mí. Afortunadamente tiene prisa, me mira curiosa, como intentando poner nombre a mi cara, pero sigue su camino. Entonces llega. Primero sólo es un olor más, uno más fresco que el resto, como brisa de una mañana después de una calurosa noche de verano, luego se desata el vendaval que me apaga el fuego de los ojos y extingue los pulsos de dolor azul. Es su fragancia, es Laura, la he encontrado. Todo mi ser está emborrachándose con su aroma. Dejo de frotarme los ojos, que han empezado a lagrimear, muy al contrario de lo que pudiera parecer, no lo hacen por habérmelos restregado, la tensión ha desaparecido, los miedos se han esfumado, es como encontrar el camino a casa después de haber estado perdido. Las lágrimas son de pura y sincera alegría.
Es la siguiente puerta a la derecha, habitación 526. La puerta está cerrada. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano y me recompongo. Golpeo con los nudillos mientras que con la otra mano giro el picaporte. Ningún médico de ningún hospital del mundo hubiera esperado a que le contestaran.
Abrir esa puerta es como saltar de un acantilado, caer al mar es algo ya del todo inevitable, deseado y temido al tiempo.
Allí está Laura. Lo sé porque mi olfato es infalible, pero no porque la imagen que guardo de ella se corresponda con lo que veo. Está tumbaba en la cama, llena de fijadores externos por las múltiples fracturas que debe tener. Las barras brillantes y metálicas parecen salir de su cuerpo, igual que tentáculos robóticos. Es como si los hubiera adquirido después de una metamorfosis bizarra y malvada, que la ha transformado en algún de insecto biónico. Las piernas escayoladas están alzadas mediante poleas, para que los huesos suelden en la posición correcta. En la parte superior del cuerpo no hay escayolas, ojalá las hubiera. En lugar de ellas, son los apósitos para las quemaduras, los que le envuelven el pecho, los brazos y la cabeza Su melena de pelo negro ha desaparecido. El fuego es un dios cruel, que envidioso de su belleza, le ha retorcido la carne del rostro como si fuera una muñeca de cera. Luego están los cables, las sondas, las bolsas de suero, de sedantes y antibióticos, los testigos luminosos, los pitidos y el dolor azul que ha subido de repente, avivado porque ya no es una señal, ahora es un cañón y me acaba de disparar una andanada directamente en el cabeza. Tengo que apoyarme en la pared de la habitación. Temo perder el equilibrio. Salté el acantilado y he caído en un mar demasiado frío que me ha parado el corazón. El estado de Laura es peor que cualquiera de los que me había atrevido a imaginar.
‒‒ Viene usted por lo del traslado de mi hija?
Hay una mujer sentada en un sillón junto a la cama de Laura, ni siquiera había reparado en ella, ha dicho que es su hija, y algo de un traslado. Las palabras me llegan amortiguadas, como envueltas en burbujas de corcho, que las reduce a meros susurros. Traslado, a dónde y por qué?
Dónde me llevará esta ola?
Aguantará la tabla el camino?
Será este el final de mi destino?
Me recibirá la Aurora?
Milenios de tiempo como unidad de medida para intentar poner orden en esto que nos empeñamos en llamar vida y no somos más que una partícula de polvo en un desierto infinito.
El tiempo no es nada. La vida es todo, sin vida no hay nada y sin tiempo no vivimos, malvivimos. Todo se reduce a terminar pronto la labor y volver a casa. Al día siguiente, lo mismo. Y así hasta el fín de semana. Y otra semana más y luego llegan los meses, pasan los años y finalmente, pasa la vida.
Seguir tu camino o cambiar de aires..
sin certezas,
sin prejuicios,
con las maletas llenas
de amaneceres limpios,
de sonrisas inquietas,
de la ilusión de un niño
y los vicios de un poeta
2017 no lo he podido empezar mejor volviendo a San José, punto de partida de los descendientes de La Molinera, así era conocida mi abuela.
En este molino enviudó con 28 años y tres hijas a su cargo y ella solita luchó y salió adelante.
Yo no sabría decir si me viera en su situación si sería capaz de conseguirlo, me temo que no, que tendría que pedir ayuda y no creo que la cosa acabara bien. Así que mientras no se demuestre lo contrario, la invencible es ella, el orgullo familiar.
Y una vez hecha la visita familiar, el siguiente destino es mi segundo refugio: Rodalquilar.
Me gusta venir aquí también en cualquier época del año. En verano porque hay un gran abanico cultural de actividades y en invierno porque es más ''íntimo'', como más familiar.
Cada vecino ha arreglado el exterior de su casa como ha querido, unos con motivos navideños y otros colaborando con sus paredes en una exposición fotográfica y de pintura.
Era muy temprano y apenas se habían levantado los de la tienda y los que tenían animales a su cargo, porque el resto estaba Morfeando tras la celebración del inicio de año.
Caminar por las calles del pueblo y que sólo se escuchen los pájaros es lo más cerca de estar en el paraíso pero sin salir de este mundo.
Es en estos sitios así en los que el concepto de ''tiempo'' no tiene ningún sentido ni lo necesita. Es silencio, paz, tranquilidad, agua, techo, compañía y alimento. Más que suficiente para respirar vida y disfrutarla cada segundo siendo muy consciente de ello.
Es aquí y ahora, no queda ayer y mañana está por llegar y no es estar por estar, es vivir y ser feliz.
La casa que no te recibe con un galán de noche, lo hace con un jazminero y la que no lo tiene, te ofrece un buen asiento donde guardarse de la lluvia o del sol en verano. Todas dicen algo, todas cuentan algo de sus moradores.
No parece que estemos en Almería, verdad? Por suerte es zona volcánica y aunque no tenga actividad, el terreno es rico en minerales y crece con facilidad casi cualquier cosa que se siembre.
Bancos y mesas en la calle donde el tiempo se mide en vasos, tazas y jarras.
Calles de expresión inerte que cobran vida con unas muestras de arte y le dan otra dimensión.
El pequeño rincón. Este hueco es imposible de fotografiar en verano, siempre hay coches durante las 24 horas del día.
Y llega la hora de marchar. La tabla a la que me agarré como náufrago, aguantó todo el oleaje y me llevó a buen puerto. Ahora toca encarar la nueva unidad de tiempo en forma de almanaque y como el preso que espera su libertad, ir tachando los días de mi celda particular llamada ciudad y esperar a poder volver a obtener la próxima ''condicional'' y disfrutar de nuevo cada segundo, cada brisa, cada luz, cada golpe de su risa.
Los nichos de la cuarta fila asomaban por encima de las tapias del cementerio, eran como los áticos de los bloques de apartamentos para muertos, en una ciudad para muertos..una ciudad de muertos dentro de una ciudad para vivos.
El camposanto de Carabanchel, otrora aislado en medio de un páramo, no hacía una década que había sido engullido por la ciudad capital. Como otros antes, fue alcanzado por la última y tan celebrada ampliación urbanística, la ciudad crecía, necesitaba expandirse. Era un río de ladrillos que se había desbordado, avanzaba en tromba; el pequeño cementerio sólo fue un escollo que quedó rodeado por un centro comercial, zonas verdes con parques de juegos infantiles, gasolineras y pisos, muchos pisos. Urbanizaciones enteras, con nombres tan rimbombantes y desafortunados como “Residencial Vista Alegre” (justo enfrente del cementerio) o “Colonia Los Olmos” (aunque no hubiera un solo olmo en kilómetros a la redonda) llenas de bloques, repletos de apartamentos, apartamentos pequeños, casi tan pequeños que parecieran nichos, curiosamente como los de aquel cementerio que había engullido.
Eliseo, chofer de la EMT (Empresa Municipal de Transportes) pasaba a diario junto a él,
.Primero muy temprano, a las cinco de la mañana, camino de la cochera, que está justo al lado del cementerio y luego una vez terminada la jornada, pasado el mediodía, después de dejar su puesto al volante del coche número 352, de la línea 155 al compañero de relevo, regresaba a recoger su coche, que dejaba aparcado junto a la cochera. Aunque vivía muy cerca, él prefería ir a trabajar en su vehículo particular que andando. Ir en él le daba unos cuantos minutos más de margen, para holgazanear en la cama, minutos de los que siempre andaba escaso, la puntualidad no era su fuerte. El trayecto no le llevaba más de diez minutos, los tenía cronometrados, u ocho si pillaba los semáforos en verde. Era una persona de costumbres, eso también. Siempre el mismo camino. Primero salía del garaje de su casa en la calle del Maravedí para tomar la avenida del Euro, que iba a dar a una rotonda que repartía el tráfico. Continuaba entonces por la Vía Lusitana un par de kilómetros hasta llegar al cruce de la calle donde las lápidas de los nichos asomaban por encima de la tapia del cementerio. La calle bordeaba el lado norte del camposanto, una calle poco transitada, sólo conduce al tanatorio que linda con la autopista de circunvalación o a la cochera. Estaban construyendo un supermercado, en unos de los solares que quedaban baldíos pero su acceso principal sería por la avenida de los Poblados por lo que la calle seguiría siendo casi de uso privado para los trabajadores de la EMT y para los servicios tanto del tanatorio como del cementerio.
Aquel día era uno de esos extrañamente calmos de la capital madrileña. Era lunes, un lunes entre dos festivos ya que al día siguiente se celebraba la Almudena, patrona de la capital y muchos de sus vecinos lo habían tomado como puente. Los colegios no abrirían de nuevo sus puertas hasta el miércoles, era una excusa perfecta para hacer una escapada con la familia o los amigos. El tiempo acompañaba y a pesar de ser Noviembre el sol todavía calentaba lo suficiente para atreverse a echar unos paseos por la sierra o ir unos días a la playa, donde el clima era aun más benigno. De cualquier forma Eliseo tenía que seguir haciendo circular el autobús. Él nunca libraba los puentes, así que siempre había algún compañero dispuesto a cambiárselos. Era una de las ventajas de no tener ni familia, ni demasiada vida social.
Vivía solo desde que fallecieron sus padres y de eso hacía ya. Su padre también fue chófer, de hecho fue él el que le animó a seguir sus pasos. Al morir le dejaron una pequeño piso en el barrio de Usera y unos ahorrillos. Un buen día decidió vender el pisito e invertir su modesta herencia en uno nuevo con ascensor y plaza de garaje y más cerca de la cochera.
De cualquier modo seguía yendo en coche a trabajar y ese lunes no fue una excepción. La jornada pasó lenta y aburrida. Casi no había tráfico, los colegiales habían desaparecido y con ellos la algarabía de risas y gritos, parecía que todos los niños niños fueran sordos, entraban en el autobús en tromba y salían en tromba. Sólo quedaban algunos viejitos que subían trabajosamente, quejándose de que era muy brusco conduciendo. En ese momento empezaba un cacareo y comenzaban a darse la razón los unos a los otros, en un bucle que se retroalimentaría hasta el infinito, sino fuera porque alguno de ellos rompía el ciclo, introduciendo un nuevo tema más jugoso que éste, las nuevas dolencias que les asaltaban, y entonces pujaban por ser el más castigado de todos, hasta que el nuevo bucle se autodestruía por la falta de consenso o por otro tema favorito, el tiempo: que no llovía, que no hacía frío o que hacía mucho….prefería el bullicio alegre y descarado de los chavales al zumbar lastimoso de los viejos moscardones.
A las 12:30 su compañero Julián estaba en la parada acostumbrada, e hicieron el cambio. Julián era mayor que él, había conocido a su padre, y si todo iba bien en pocos meses se jubilaría. Así a las 12:45 Eliseo estaba arrancando el coche y listo para volver a casa, donde le esperaba su almuerzo, una lata de fabada Litoral, un vaso de vino tinto de marca blanca y una manzana fuji, que eran las que más le gustaban. Luego una siesta en el sofá mientras veía alguna película de vaqueros de las que ponían en el canal autonómico y después a lo mejor se animaba y bajaba a dar un paseo antes de la cena.
En ésas estaba cuando el semáforo cambió a ámbar, freno levemente y redujo una marcha pasando de tercera a segunda, utilizando la retención del motor de su viejo, pero bien cuidado Renault Clío como freno, hasta que el coche estuvo prácticamente al paso de una persona y entonces volvió a usar el pedal del freno para detenerlo completamente. Tenía la mala costumbre de aguardar en los semáforos con una marcha metida y el pedal del embrague pisado, sí un conductor tan experimentado también tenía sus manías, a pesar de llevar años conduciendo coches de línea de cambios automáticos.
Su Clío azul metalizado era el único coche parado en el semáforo, se aburría. Era un semáforo de los lentos, la Vía Lusitana tenía muchísimo más tráfico que aquella calle, lógicamente el tiempo que permanecía verde también era proporcional. Conectó la radio con desgana, de sobras sabía que a esa hora, en la única emisora que tenía presintonizada del dial, sólo había un magazine para marujas y muchos anuncios. Anuncios que terminarían metiéndosele en la cabeza y que le obligarían a tararear su musiquilla o incluso sus locuciones durante días. Efectivamente los altavoces del coche comenzaron a vocear las bondades de un nuevo restaurante en el centro de Madrid, uno que según decía el actor de doblaje fusionaba la cocina gallega y la valenciana, no lo dejó terminar, —valiente tontería. Ya no saben qué hacer— pensó en voz alta Eliseo. Ahora tendría metida esa cancioncilla en la cabeza hasta Dios sabía cuándo “Venga a Restaurante Gallencia.. ni no ni...♪♫♪” . El semáforo seguía rojo. Sin nada más que hacer que seguir esperando a que cambiara a verde, su mirada fue saltando de un lugar a otro buscando algún entretenimiento que acortara esa espera, que tan larga se le estaba antojando ―¿se habría estropeado el semáforo?― y sin darse cuenta empezó a leer las lápidas de los nichos que asomaban por encima de las tapias del cementerio.
Manuel Requena Bermejo 02-06-52 / 05-08-15 ✝ Tus hijos no te olvidan
Soraya Martín Herrero 23-10-38 / 13-01-12 ✝ No te olvidamos
Rosa Urbano Gil 15-07-40 / 01-03-08 ✝ Siempre te querremos mamá
Eliseo Crespo Rodríguez 20-05-68 / 12-11-10 ✝ Nadie se acuerda de ti
Por el rabillo del ojo vió como el semáforo se ponía en verde. Las dos imágenes competían en su cerebro. Por un lado la luz verde del semáforo, que no duraría más que unos segundos y por el otro la imagen de la lápida con ese nombre escrito, curiosamente su mismo nombre y su misma fecha de nacimiento, pero muy al contrario que la luz verde esa imagen no se iría a ningún lado. La boca se le había quedado seca, y un escalofrío desagradablemente lento se le paseó por la columna vertebral, trago saliva. Sin dejar de mirar la inscripción en la piedra negra, soltó el embrague y pisó el acelerador un instante antes de que el semáforo volviera a ponerse ambar. El motor protestó dando unos pequeños tirones, como si le amenazara con calarse, con quedarse allí delante otro puñado de minutos, allí, justo al lado de la tapia por donde sobresalen los nichos de la cuarta fila, en el cementerio de Carabanchel; concretamente a la altura de esa extraña sepultura donde descansaba un difunto con su mismo nombre y lo que era todavía más extraño, desconcertante, con su misma fecha de nacimiento y ese epitafio cruel “Nadie se acuerda de ti”. El juego de pedales había sido muy violento. La parte de su inconsciente que había tomado el control, ignorando el deseo macabro y casi morboso de quedarse, de volver a leer, de cerciorarse de que lo había hecho bien, pisó a fondo el acelerador, no se podía calar, no allí. El pequeño utilitario giró hacia la Vía Lusitana dando trompicones. Eliseo se esforzó en apartar esa imagen que se empeñaba en quedarse impresionando las retinas con esa... con esa casualidad, volvió a conectar la radio y subió el volumen, los cotilleos rosas tronaron en sus oídos.
Una vez en casa, consultó su reloj de pulsera, un viejo Casio de plástico negro con más años que la tos, las 13:02. Había completado el trayecto en un tiempo moderadamente alto. Si descontaba el tiempo gastado desde que había entrado en el garaje hasta que había subido habían transcurrido unos 14 minutos. La vuelta siempre era más lenta, por el semáforo de al lado del cementerio, que era muy difícil que estuviera verde, prácticamente imposible, toda una casualidad, casi tan difícil como ver una lápida con tu mismo nombre y tus mismos apellidos, pero sobre todo con tu misma fecha de nacimiento. La imagen del nicho salió de algún cajón de su mente, pero ahora parpadeaban como si estuviera dentro de un cartel rodeado por bombillas, igual que los espejos de los camerinos de las películas antiguas, como si la lápida fuera la imagen de la estrella invitada al show. Un espectáculo de pésimo gusto, y sin embargo de tanto éxito, que su mente lo había vuelto a evocar, este era su reestreno. Acompañando a la imagen la musiquilla del anuncio radiofónico “♪♫..Venga al restaurante Gallencia ...no lo olvidarás...♪♫..la cocina de Galicia y la de Valencia unidas ...restaurante Gallencia..donde nadie se acordará de ti..♫♪”.
Cerró los ojos, apretó los dientes y meneó la cabeza como si fuera un perro recién salido del agua. Fue hacia la cocina y conectó la televisión, necesitaba algo con que distraerse. La tele serviría, no había nada más alienante que la caja tonta. En la pantalla de la vieja Philips de 14 pulgadas, apareció el presentador de los servicios informativos regionales de la cadena pública nacional. Le volvió la espalda a la TV y abrió la puerta de un mueble, donde estaban apiladas cuidadosamente no menos de veinte latas de fabada, cogió una, la dejó en la encimera, adelantó otra de la fila de atrás, para cubrir el hueco que había dejado. De fondo el locutor seguía dando las noticias de la comunidad, ahora hablaba de un grave accidente en una de las autopistas de circunvalación de la capital, que había ocurrido la pasada madrugada, no sé qué de un camión cargado con productos tóxicos. Se acercó a la mesa de la cocina y pulsó el número 9 en el mando a distancia. El noticiero fue reemplazado por un canal infantil, le gustaban los dibujos animados, especialmente los de la esponja tonta y el cangrejo avaro. Cuando los veía, no podía dejar de pensar cómo aquellos dibujos cargados de ironía, donde un un “niño” trabajaba y además era explotado inmisericordemente por un jefe despótico, podían ser aptos para críos. A lo mejor era él el raro, el único del mundo que opinaba así. El caso era que prefería ver las desdichas ficticias del aquel ser espongiforme y amarillo, que la realidad truculenta que echaban en el telediario.
La campanita del microondas sonó sacándolo de sus reflexiones. La fabada estaba lista. Retiró el plato con cuidado de que no se desbordara, la loza abrasaba, pero podría soportar el calor, sólo tenía que llevarlo a la mesa, era poco más que un paso. La botella de vino ya aguardaba sobre ella, un Rioja tinto de roble, que se vendía bajo la marca de una cadena de hipermercados franceses. Estaba rico y los 4.50€ que costaba la botella le hicieron fidelizarse a él. Prefería lo malo conocido a lo bueno por conocer. Su padre ya lo bebía. Sí, puede ser que la compañía francesa hubiera cambiado de bodega proveedora en todos estos años, pero si lo hizo él no notó la diferencia, así que todos felices, los franceses le seguirán vendiendo su botellita de etiqueta blanca y él seguiría comprándosela, ahorrando unos eurillos, además del estrés de no saber cual escoger. Quitó el corcho y se sirvió una copa generosa, la bebió con deleite, luego volvió a llenarla. Un calor agradable y reconfortante le ascendió desde el estómago, pero eso sólo era el principio, las fabes le miraban desde el plato como si le dijeran “cómeme”. No lo dudó, tomó la cuchara y la hundió en el delicioso magma. La gula, el ansia por comer aquellas apetitosas judías le jugó una mala pasada. Aún estaban demasiado calientes, fue como meterse una cucharada de lava en la boca. Soltó la cuchara en un movimiento reflejo de dolor y escupió las habichuelas intentando aliviarse. Se había abrasado la lengua y el cielo de la boca. La cuchara rebotó en el plato, salpicando de comida el hule de flores verdes, el cabo fue a caer sobre el mando a distancia de la televisión que se hallaba unos centímetros más allá, sobre la tecla con número 1, automáticamente el receptor aceptó la orden y cambio el canal volviendo al informativo territorial. “Mañana, 9 de Noviembre. jornada festiva, se realizarán los actos conmemorativos en honor a nuestra patrona La Virgen de la Almudena…”
Las palabras del presentador de informativos se metieron por los conductos auditivos de Eliseo para luego golpearle los tímpanos, «mañana, 9 de Noviembre...» fue como apagar un fuego con un explosivo. El ardor palpitante de la boca dejó de importar por unos instantes, porque ahora tenía un nuevo estímulo más importante que atender. Su cerebro había recibido la información, podría parecer estúpido, sabía que hoy era 8 de noviembre, pero aquellas palabras de alguna forma, que no llegaba a comprender, habían desencadenado una deducción extrañamente lógica; «si mañana es 9, el viernes será 12. 12 del 11, el aniversario del fallecimiento de ese difunto que se llama como yo, que nacío el mismo día que yo y al que nadie recuerda... extraño epitafio, lo debí leer mal, es imposible que alguien grabara eso en una tumba» Otra vez la imagen de la lápida inquietante se había metido en la cabeza, y ahora el aguijón doloroso de la lengua abrasada también pujaba de nuevo por retomar el protagonismo perdido. Tenía que librarse de ambos. Se levantó de la mesa, abrió el grifo de la fregadera, se inclinó y dejó que el agua fría le entrara directamente en la boca. El primer objetivo estaba cumplido, poco a poco el dolor fue desapareciendo, aunque la lengua se le quedaría áspera, hinchada y sensible por unos cuantos días. El segundo lo iba a conseguir de la única forma posible, volviendo a leer la lápida.
La fabada podía esperar, apagó la tele y fue al dormitorio para cambiarse de ropa. Dobló el uniforme rápida y eficazmente, lo dejó sobre la cama, se puso el chándal azul de su equipo favorito, se calzó unas deportivas también azules y bajó a la calle más rápido de que le gustaría reconocer, ni siquiera esperó al ascensor. Vivía en un segundo, “bajar unos pocos escalones, no le harían daño” se justificó asimismo. Una vez en la calle apretó los glúteos y se impuso una zancada corta pero rápida. Tenía la mirada fija en la dirección del cementerio.
Hubiera sido más rápido usar el coche, pero sinceramente no lo pensó, solo actuó, hizo lo que se le ocurrió sobre la marcha, de forma espontánea e irreflexiva, de cualquier manera no tardaría más de veinte minutos en llegar.
Hacer el trayecto a pie tenía la ventaja, respecto a hacerlo en el coche, que no tenía que respetar el sentido de la circulación y eso le permitía atajar, de modo que no tuvo que bajar hasta la rotonda de la avenida del Euro, sino que cruzó directamente a la vía Lusitana por un pequeño terraplén lleno de matojos. La tierra estaba seca, hacía que no llovía en la ciudad, no habría peligro de mancharse de barro sus bonitas zapatillas. La ruta alternativa tenía, además una convincente razón más, para ser la mejor opción, aparte de robar unos minutos al trayecto, ya no habría ningún edificio delante que le ocultara su destino.
El camposanto surgió delante de él y a cada paso se hacía más grande, a cada paso estaba más cerca y eso era como ver la zanahoria para un burro. Apretó un poco más el paso, seguramente si alguien lo viera andurrear a esa velocidad, pensaría que tenía más prisas por llegar a un wc que a un cementerio.
Había llegado, giró hacia la derecha siguiendo las tapia. Las lápidas estaban junto a él, sólo que detrás de aquella pàred de ladrillos rojos y del alambre de espino rumiento que la coronaba. Las autoridades lo habían colocado ahí, para suplementar la altura del muro, una vez que los bloques de nichos los superaron. Ver el alambre de espino, como si fuera la concertina de una instalación militar, o de un campo de concentración, no dejaba de ser curioso. Una idea absurda le cruzó por la mente. “A lo mejor el alambre de espino no estaba puesto ahí para impedir que alguien entrara, sino más bien para que nadie saliera. ¡Qué tontería! Nadie sale de los cementerios saltando una tapia, ¿o sí?”.
Cruzó al otro lado de la calle, para tener perspectiva suficiente y poder volver a releer, la lápida; sí porque para eso había venido hasta aquí, para eso había salido a toda prisa de casa, para eso había dejado su rica fabada enfriándose sobre la mesa de la cocina, junto a su copa de vino, inconscientemente, y al mismo tiempo se pasó la lengua por los incisivos superiores, sintiendo una especie de escalofrío doloroso, que le recordó cómo se la había abrasado. Sí para eso había venido, ahora le parecía algo profundamente estúpido, estaba ahí plantado como un pasmarote, sudando como un pollo, con su chandal del Real Madrid, dispuesto para comprobar que no ponía eso que creía haber leído. Alzó la mirada y aguzó la vista.
Manuel Requena Bermejo 02-06-52 / 05-08-15 ✝ Tus hijos no te olvidan
Soraya Martín Herrero 23-10-38 / 13-01-12 ✝ No te olvidamos
Rosa Urbano Gil 15-07-40 / 01-03-08 ✝ Siempre te querremos mamá
Eliseo Crespo Rodríguez 20-05-68 / 12-11-10 ✝Te recordamos, nadie se olvida de ti
Hacía varias horas que era 9 de Noviembre 2016. La ciudad aún seguía sumida en esa especie de duermevela en la que se sumen las grandes ciudades, en realidad ellas nunca duermen profundamente.
Eliseo ya estaba en pie, ya se había tomado su trago de leche directamente del brick y se disponía a marchar al trabajo. Él abría la línea, era el primer autobús en circular, después de los búhos, como se apodaba cariñosamente a los del servicio nocturno.
Antes de abrir la puerta de salida de la casa, se miró en el espejo de cuerpo entero del recibidor, que estaba junto al paragüero de latón. El paragüero era un recuerdo de la casa de sus padres, no era más que antigualla sin más valor que el sentimental además de algo sin ninguna utilidad práctica para él, pues jamás usaba paraguas. Pero siempre fue una pieza muy querida por su madre, así que la conservó en honor suyo.
El hombre contempló su reflejo en el espejo de marco barato en pino sin teñir. Sí, allí estaba él a sus casi 49 años, calvo, gordo, con una sombra de barba en la cara, con el uniforme de la EMT, tan arrugado que parecía que se había acostado con él y pidiendo a gritos una ducha. Debería haberse duchado, pero siempre se le hacía tarde, más aún hoy, que no había dormido bien. Cuando quiso conciliar el sueño eran más de las dos de la mañana. Terminó comiendo tarde y la merienda casi se le juntó con la cena y eso que no cenó mucho, un par de rodajas de chorizo con pan y una sopa de fideos de sobre; pero por alguna razón la fabada y las galletas de chocolate de la merienda, no les dieron la bienvenida en el estómago, ni a la sopa, ni a las rodajas de chorizo con pan y estuvieron riñendo toda la noche como gatos callejeros en un tejado. Así que el trago de leche le vino doblemente bien.
No lo pensó más, salió de la casa camino del ascensor en busca del coche y de ahí a las cocheras. A esas horas no había prácticamente tráfico más aún siendo festivo, pero no se podía confiar, o al final llegaría tarde.
Efectivamente, se cruzó con muchos menos vehículos de los acostumbrados, que seguramente devolvían a sus ocupantes a sus casas después del turno de noche o los llevaban a sus puestos de trabajo, como era su caso, pero eso no quería decir que no hubiera tráfico. La jornada festiva era de ámbito local, en todas las poblaciones que rodeaban la capital era un día laborable más.
Torció en la Vía Lusitana, para continuar por la calle de las lápidas. El carril de bajada corría pegado a las tapias del camposanto, era imposible echar una mirada. La idea cruzó por su mente, como si fuera un conejo atravesando la calle por delante de las luces de su coche. En efecto, tuvo la tentación, pero tendría que detener el coche, bajar y cruzar la calle, además aún no había amanecido y no se podría observar nada con claridad desde tan lejos, a pesar de la luz sepia de las farolas, y sinceramente, qué pretendía volviendo a mirar aquella lápida?.
Ya había resuelto el enigma, sólo había sido una confusión, un error de lectura, una mala pasada de su imaginación. No había que darle más vueltas, así que sin separar los ojos de la carretera pasó a la altura de la lápida, ésa que tenía un ocupante que nació el mismo día que él y que además se llamaba igual que él. Instintivamente subió el volumen de la radio, que a esa hora cacareaba el primer boletín informativo de la mañana, Eliseo no quiso reconocerlo, pero sólo subió el volumen para intentar no oír esa vocecilla de su cabeza con la que acababa de pactar, con la que acababa de llegar a un acuerdo que decía: “luego volveremos a mirar, luego cuando regresemos a casa”
Su jornada transcurrió anodina y vulgar. La cabecera de la línea 155 estaba en el intercambiador de la plaza Elíptica y terminaba en el de Aluche. Los pasajeros subían y bajaban del autobús y él lo conducía completando ciclos, hasta que a las 12:45. Como de costumbre, vio a julián su compañero, esperándolo en la marquesina de la parada situada frente a la cochera. Intercambiaron un saludo, educadamente rutinario, uno deseando buen servicio y el otro feliz descanso.
Eliseo tenía prisa, inconscientemente toda la jornada la había tenido. Su pacto secreto le había estado rondando por la cabeza toda la mañana, era como la lengua que no deja de tocar la muela rota, a sabiendas que el contacto no sería agradable. No podía dejar de ir a buscar el contacto afilado, grimoso del borde del diente roto, una y otra vez.
Allí estaba de nuevo, allí doscientos metros más adelante los bloques de nichos volvían a superar la altura de la tapia del cementerio. Las vanidosas tumbas se asomaban alzándose unas sobre otras, como meretrices que lucieran sus encantos en una macabra calle roja. El hombre paró el coche, había aparcado en el lado derecho de la calzada, cerca de la puerta lateral del camposanto. Podía haber seguido y limitarse a echar una mirada rápida, como la primera vez, porque era prácticamente imposible que el semáforo estuviera en verde y el tiempo que estaría detenido, esperando a que le permitiera el paso hubiera sido más que suficiente para volver a mirar la lápida, como la primera vez, pero no, quería cerciorarse, no quería precipitarse, no quería leer mal, como la primera vez. Así, con el pulso estúpidamente acelerado recorrió la escasa distancia sin levantar la la vista de la acera, escudriñando el suelo, como si entre las juntas de las baldosas, o en los hierbajos que habían medrado en ellas fuera a encontrar la explicación del porqué de esa obsesión que le obligaba nuevamente a curiosear, a fisgonear la lápida de ese hombre que se llamaba como él y que había nacido también el mismo día que él.
Levantó la cabeza y se giró a la izquierda para mirar hacia el cementerio, usó la mano derecha como visera para evitar que el sol le deslumbrara. Allí seguía el mármol blanco con las letras gravadas en negro, lo leyó:
“Eliseo Crespo Rodríguez 20-05-68 / 09 -11-16 ✝Te esperamos, nadie se olvida de ti”
‒ Bien, era una lápida, con una fecha y un epitafio, todo normal, todo correcto, en el mundo hay mucha gente con el mismo nombre, sólo había que mirar los listines telefónicos para darse cuenta; bueno, ya casi no quedaban listines telefónicos, de hecho no recordaba la última vez que vio uno ‒. (¿Por qué te estás contando esta mentira, de verdad te la vas a creer Eliseo?)
Aquella voz tenía razón, porque aquella voz también era él. La parte de él más racional, esa que no le dejó dormir, aquella con la que había pactado volver a leer la lápida, y esta que se empeñaba en no dejarle seguir con su vida, porque sospechaba que algo no andaba bien, que esa lápida no era una lápida cualquiera, que esa lápida sólo podía ser la suya.
Pero el estaba vivo, no podía estar viendo su propia tumba, eso también era imposible, porque tenía la fecha de hoy, ninguna lápida podría tener la fecha de hoy. Las lápidas se encargan, se tarda un tiempo en hacer, no se pone la fecha por adelantado, no hasta que se conoce la fecha de la defunción y él estaba aquí, vivo mirando esa extraña lápida que asomaba por encima de las tapias del cementerio de Carabanchel. Y luego esos epitafios tan poco comunes, como el último que acaba de de leer , “Te esperamos, nadie se olvida de ti”. Aquello era una locura, una alucinación un sinsentido que lo estaba desquiciando.
Había comenzado a sudar copiosamente. De pura frustración empezó a ejecutar una curiosa danza, bailoteaba en el sitio, como si quisiera comenzar a andar, y al echar el primer paso, por alguna razón que no alcanzaba a comprender cambiara de opinión, mientras miraba a un lado y a otro intentando buscar puntos de referencia, algo a donde agarrarse, algo que pudiera confirmar de forma tajante y definitiva que aquello solo era un mal sueño. Eso a lo mejor seguía dormido en su cama. Sí claro aquello debía de ser un sueño, uno muy vívido, pero sueño al fin y a la postre. Ojalá pudiera despertarse.
La puerta del cementerio, se cruzó con su mirada. Claro, esa era la solución, como no podía habérsele ocurrido antes. Entraría en el cementerio, e iría a la oficina, sólo tenía que preguntar quién estaba sepultado en ese nicho. Inventaría alguna excusa, como que compartía los apellidos con ese difunto y que sospechaba que podia ser algun familiar del que había perdido la pista hacía años y que solo quería comprobarlo. En realidad era casi la verdad, más que una excusa porque claro estaba, lo le iba a decir al encargado que creía que la lápida, esa del bloque 85 piso 36 cambiaba su inscripción, que había leído diferentes epitafios y que la fechas bailaban. Así, siendo su propio pensamiento, escuchandolo de él mismo ya sonaba de locos, pero es que en eso es en lo que se había convertido su vida, desde que sus ojos aburridos, buscando distracción acertaran a posarse en aquella dichosa tumba, en una locura, una verdadera y genuina locura.
Afortunadamente el camposanto estaba abierto. Las grandes cancelas grises, de la entrada lateral de par en par, permitían el paso, era lo bueno que tenían, igual que los centros comerciales también funcionaban los festivos. No lo pensó ni media vez más.
El sonido fue húmedo y seco al tiempo, como cuando se aplasta una cucaracha, una de esas grandes y rubias, que abundan en las zonas de playa. El crack inicial es seguido por la viscosidad cálida del interior al desparramarse por el suelo. Eso sería lo que se hubiera oído, si alguien hubiera sido testigo del atropello, a parte del conductor del camión que aplastó a Eliseo si no hubiera llevado la radio puesta a todo volumen
“♪♫..Venga al restaurante Gallencia ...no lo olvidarás...♪♫..la cocina de Galicia y la de Valencia unidas ...restaurante Gallencia...♫♪”.