NOSOTROS

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domingo, 19 de noviembre de 2017

RIADA #7










3:00 A.M. Los segmentos rojos que formaban los números del radio despertador refulgían en la oscuridad del dormitorio. Los había estado viendo cambiar, combinarse para formar los dígitos, que informaban de la hora desde la que se acostó y de eso hacía cuatro horas, a las once y media. Había intentado buscar una posición para no tener que mirarlos pero no la encontró. La única postura en la que se encontraba a gusto era tumbado de lado izquierdo y en esa posición el despertador le quedaba a un palmo de la cara. También intentó girarlo, hacer que los números rojos mirarán para la pared, pero ver su reflejo rojizo en ella era casi peor. Lo de cerrar lo ojos y dormir ya era una utopía. Arturo se dio por vencido y decidió levantarse. Iría a la cocina a prepararse algo, un Colacao caliente estaría bien, aunque lo que en realidad le apetecía era un whisky. Sí, eso estaría mucho mejor, un vaso de leche está bien para conciliar el sueño, pero el whisky era mucho más efectivo para espantar a aquello que no le dejaba dormir. La imagen de aquel vagabundo y la de la foto de aquella chica muerta.

Abrió la puerta del mueble del salón, donde guardaba una botella de Johnnie Walker etiqueta negra. No solía beber pero cuando lo hacía le gustaba tomar algo decente. No tuvo que encender las luces. Sabía perfectamente dónde estaba cada cosa, era su casa y se la conocía de memoria. La tomó por el cuello y se dirigió a la cocina.

Aquí sí usó el codo para pulsar el interruptor y dar la luz. Las lámparas del techo parpadearon un par de veces antes de iluminar la cocina. Dejó la botella sobre la encimera y sacó una taza del platero. Era una taza blanca,grande, con el logo verde de una cadena de cafeterías de donde la robó. Sí, él era policía pero le pareció justo llevársela después de pagar casi 3 euros por el café ramplón que le sirvieron en ella. La dejó junto a la botella y se dirigió a la nevera. Abrió el congelador y rebuscó entre las bolsas de verduras congeladas, hasta que encontró una de hielos de donde sacó un par de cubos grandes como pelotas de golf y los echó en la taza. El licor del color de un té muy concentrado se derramó haciendo crujir los pedazos de agua congelada. No se detuvo hasta que el primer hielo no quedó cubierto.

El whisky escocés bajó al estómago, que recibió con agrado su calor. Casi había apurado la taza del primer sorbo, así que volvió a verter más licor hasta cubrir de nuevo el primer coscorro de hielo. Automáticamente su sistema circulatorio recibió una orden y las arterias y venas aumentaron su calibre, aliviando la presión sanguínea. Parecía que el whisky iba a cumplir su misión. El reflejo de un bostezo le hizo abrir la boca y una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo izquierdo.

Volvió a dar otro sorbo y en la taza solo quedaron los hielos brillantes que apenas si habían empezado a derretirse. Antes de abandonar la cocina echó una ojeada por la ventana. La calle estaba tan solitaria como esperaba. La luz de vapor de mercurio le daba un aspecto de foto antigua a la estampa. Excepto por algo que llamó su atención. Había una figura oscura debajo de una de las farolas del otro lado de la carretera. Desde la altura de un sexto piso no se apreciaba claramente. Aguzó la vista. Ya no hubo lugar a dudas. Era Luis, el vagabundo, estaba sentado en el bordillo de la acera y lo estaba mirando directamente a él. Le apuntaba con sus ojos igual que si fueran los cañones de una escopeta paralela. Sentía como esos ojos le escrutaban, como le acusaban, y como le suplicaban ayuda al mismo tiempo.

Se apartó de la ventana en una reacción estúpidamente infantil de “no me ha visto” a sabiendas de que sí, sí lo había visto igual que él también lo vio. Qué hacía allí aquel demente, cómo sabía dónde vivía?. Un momento, él era policía, estaba acostumbrado a trabajar bajo presión, qué hacía escondiéndose de un pordiosero como un conejo asustado?. Ahora bajaría y hablaría con él. Sí y si no desaparecía dejaría de ser tan benévolo, dejaría de hacer la vista gorda.

Volvió a asomarse a la ventana preparado para afrontar la mirada obsesiva del vagabundo. Allí no había nadie. Debajo, de aquella farola en realidad no podía haber habido nadie porque lo que había era una moto amarrada a la farola, una scooter enfundada en una lona oscura. Sonrió y aunque no quiso reconocerlo, suspiró aliviado. La vista, su imaginación y el insomnio se habían aliado para gastarle una broma, eso, nada más.

Miró la botella y volvió a rellenar la taza, esta vez más generosamente.

Aquel hombre con su desesperanza le había calado. Bebió otro trago de Johnnie Walker y abandonó la taza a medio apurar para volver la cama. Por el pasillo decidió que antes de acostarse pasaría por el baño, de repente le había entrado una acuciantes ganas de ir al baño.

Decidió sentarse para orinar, lo hacía en ocasiones, un poco por pereza y un poco por asegurar, que ninguna gota de orina iría a parar fuera de donde debía. Hasta el próximo descanso no tenía previsto limpiar y si se meaba fuera, eso empezaría a heder en poco. Además aunque no hubiera pegado ojo estaba atolondrado y el alcohol que había tomado tampoco era una ayuda.

Cuando acabó fue al lavabo, abrió el grifo y lo dejó correr unos segundos. Formó un cuenco con las manos y dejó que el agua helada lo llenará. Se mojó la cara. El frío húmedo lo despabiló. Era agradable sentirla resbalando por el rostro. Algunas gotas se quedaron atrapadas en la barba de cinco días que llevaba, cuando secara con la toalla estallarían como minas líquidas y volvería a sentir esa especie de pinchazos frescos en la cara que tanto le gustaba.

El espejo del baño le devolvió su imagen. Siempre tuvo cara de niño, y aun con la barba llena de canas sus ojos almendrados, marrones y curiosos seguían dándole un aire casi adolescente. Sólo la incipiente calvicie, que le obligaba a llevar el pelo muy corto y alguna pequeña arruga, que empezaba a plegar su piel advertían que los 40 ya habían quedado atrás.

Se quedó mirándose un instante y entonces como si su otro yo reflejado le hablase la duda volvió a emerger de su conciencia. Y si fuera verdad y si el vagabundo estuviera diciendo la verdad?

No pudo sostenerse más la mirada y se escabulló hacia el dormitorio.

Mañana, hoy, dentro de un rato, tendría que hacer algo. Su intuición, su instinto le decía que debía hacerlo, que algo profundamente oscuro se ocultaba debajo de todo aquello. No pudo encontrar razón alguna y quizás no la tuviera, pero su último pensamiento antes de quedarse profundamente dormido fue un color, azul.






Continuará...

sábado, 11 de noviembre de 2017

RIADA #6








La habitación sin ventanas, de paredes blancas y desnudas, estaba limpia y ordenada. Una habitación espartana en su decoración, con un único toque de calidez, que le aportaba el edredón rosa y el par de peluches que había sobre la cama. Por lo demás, el resto del mobiliario era más propio de un aula de colegio de los años 50 del siglo pasado, que del dormitorio de una niña o una adolescente de nuestros días. Ni rastro de tecnología o electricidad, más allá de la lámpara de la mesita de noche, el plafón del techo y del flexo del escritorio.

La cama era de madera de cerezo, lo mismo que el pupitre y el anaquel. Los muebles habían sido barnizados muchas veces y la madera rojiza se había ido oscureciendo con cada pátina. A pesar de no ser muebles nuevos, lucían robustos y bien cuidados . La estantería estaba repleta de libros. Ese era el indicio, que definitivamente desligaba la estancia a una niña. Todos los volúmenes versaban sobre temas demasiado gruesos para una cría, incluso para una chica de bachillerato. Había tratados matemáticos, de física, de mecánica cuántica y luego los había de medicina también de filosofía y política. Sólo un libro desentonaba entre toda aquella pila de saber académico y formal. Había un cuento, un pequeño cuento de tapas de cartón de aspecto antiguo, muy antiguo, El maravilloso mago de Oz.

La mujer cerró la puerta con llave por fuera y se alejó por el pasillo con el repiqueteo de los tacones sobre el suelo de gres persiguiendola.

Ella se había hecho cargo de aquella niña desde la sacaron del hospital. No fue fácil, pero el dinero y el miedo lo pueden todo. Set tiene suficiente de ambos para dar y conseguir cualquier cosa, hasta un certificado de defunción falso de una niña.

Y ahora se sentía extrañamente vacía como su habitación. Muchas veces se dijo a sí misma, que solo era otro niño más de los muchos que habían pasado por allí, de los muchos que seguían pasando. Set necesita su energía para mantenerse con vida, pero aquella niña no iba a ser simplemente una pila. No, aquella niña era especial, igual que lo fue su madre, la única persona que pudo plantarle cara al viejo y casi vencerlo. Primero quiso a Laura, pero Set no pudo hacerse con ella, la segunda opción era su hija o empezar a buscar otra desde cero. Esa búsqueda podría llevar años. El viejo ya tenía otra mente, otra aunque demasiado joven. Es verdad que tendría que aguardar, mas era una inversión a seguro, y además durante ese tiempo podría moldearla a su gusto, hacerla a su medida. La juventud en algunos aspectos podría ser un impedimento, en cambio en otros era una ventaja. Una mente adulta tiene pilares que no se pueden alterar sin arruinarla. Con Paula todo estaba sin hacer. El único problema era que habría que esperar a que creciera.

Y ahora la niña tampoco estaba, también se reveló, también se enfrentó a Set prefirió ahogarse antes que sucumbir a él. Aquel contratiempo podría haber acabado con Set y haberlos arrastrado con él. Ella, Orgaz, todo dependía de Set sin él no eran nada. Llevaban media vida en aquello, ya eran demasiado viejos para echarse atrás. De alguna forma cuando Orgaz levantó el teléfono aquella noche su futuro quedó sellado. Aún recordaba cuando conoció al doctor. Era una joven enfermera y él un joven doctor , que empezaba a despuntar en el departamento de neurología, no era especialmente apuesto. No, a ella no le atrajo su físico. Orgaz era brillante, inteligente, osado, ambicioso. Eso fue lo que le hizo acercarse a él. Pronto fue su mano derecha.

Luego llegaron los reconocimientos, y más tarde las envidias, la censura y tras ellos la caída, la descalificación y la persecución. Nunca lo abandonó, nunca le falló y nunca lo haría.

El teléfono móvil le vibró en el bolsillo de la bata. Orgaz la necesitaba. Habían pasado un par de meses desde que la niña se escapó. Los problemas no habían acabado, de hecho solo habían hecho nada más que empezar.

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Un mes antes.



Luis hombre, no vengas a pedirme más tabaco


No, no vengo a eso.- Dijo el vagabundo-

Traía la cara desencajada, los ojos abiertos como platos y el escaso pelo más revuelto de lo habitual, como si ese baño que se debía, se acercara y fuera un gato asustado por el ruido de una alcachofa de ducha abierta.

El policía se puso en guardia, algo pasaba. Luis era un hombre tranquilo, que había perdido la cabeza y vagabundeaba por el barrio. Él hacía la vista gorda. Le tenía lástima, le daba algún paquetillo de tabaco e incluso conversación en esos días que parecía , una persona normal, que había tenido mala suerte y no un demente.

El indigente traía un periódico, una hoja en realidad y la agitaba con la desesperación de un náufrago que ve un barco en el horizonte.


Tranquilo Luis. Qué ocurre?


Esta es mi hija. Es ella. Mi niña, no estaba muerta no, me la robaron.! - Empezó a repetir gritando.

Luis se derrumbó en los brazos del policía que solo pudo sostenerlo. Lloraba , balbuceaba. Entre los hipidos y el llanto su retahíla se volvió indescifrable. Aquel hombre, aquel pobre hombre por el que normalmente sentía pena ahora realmente le estaba oprimiendo el corazón, aprentándoselo en sus manos sucias, se deshacía entre sus brazos igual que si fuera una réplica de arena. Quizás fuera una recaída y su enfermedad mental estuviera empeorando. Miró a su compañero de patrulla para indicarle que no había ningún peligro, sólo era un hombre enfermo, solo y destrozado, un nombre que no tenía nadie, ni siquiera un hombro en el que llorar.

Arturo consiguió apartar a Luis que seguía murmurando, llorando señalando la foto de la chica del periódico. Quedó sentado en el umbral de un portal. El policía usó la emisora para solicitar ayuda. Lo mejor sería que viniera el SAMUR social. No podían dejar a aquel hombre allí en la calle, en medio de un brote de lo que sea que tuviera.

Es verdad que Luis le había contado alguna vez su historia, sobre su hija y su mujer, que murieron, porque una especie demonio nazi se les metió en la cabeza y todo había sido por su culpa. Siempre lo había tomado como una historia fantástica, fruto de una mente trastornada, pero también era verdad que nunca lo había visto como hoy; además aseguraba que la chica, ésa que apareció ahogada, era su hija. El recuerdo de aquello, le puso la piel de gallina y le erizó el pelo de la nuca, como un dedo de una mano helada que se le hubiera colado dentro de la camisa y le estuviera recorriendo la espina dorsal de arriba abajo. Aquel extraño caso que tenía desquiciada a toda la policía.

Sacó un paquete de Lucky Strike del bolsillo y ofreció un cigarro a Luis que seguía absorto en la foto del diario. Le podría haber ofrecido un cofre repleto de oro y tampoco le hubiera prestado atención. Se lo llevó a los labios y lo prendió con un mechero blanco, que tenía estampado en letras rosas fucsia, Glamour, el nombre de un bar de carretera de dudosa reputación. Dió una fuerte chupada e inspiró el humo mortalmente cálido. Lo retuvo dentro de los pulmones unos segundos y luego lo exhaló. Y si lo que decía Luis era verdad, y si aquella chica era en verdad su hija. No, no podía dejarse arrastrar por la psicosis de aquel pobre desgraciado.


Continuará...

domingo, 5 de noviembre de 2017

RIADA #5



- Cómo pudo ocurrir?


- Y tú me lo preguntas? Gordo estúpido.


-Ha sido algo inesperado, completamente anómalo. La chica siempre ha sido más fuerte de lo que pensamos. Evidentemente la subestimamos.


-Me estás acusando Orgaz? Ni siquiera lo insinues. Te he dado todos los medios, todos los recursos que has pedido. No acepto errores y mucho menos excusas.


-Señor, perdón, no he querido ofenderle. Solo busco alguna explicación a lo sucedido.


-Tu descuido ha estado a punto de costarme la vida maldito inepto.

La pantalla del ordenador queda en negro súbitamente. Orgaz se quita las gafas y se presiona el tabique nasal. Aprieta los ojos al tiempo, mientras intenta contener el temblor que le recorre desde las plantas de los pies.

Está enfadado, muy enfadado. Afortunadamente también está muy débil. Así y todo sabe que la cosa no quedará ahí, con Set las cosas nunca se quedan ahí. Deja pasar unos minutos e intenta serenarse. La única forma de forma de serenarse es trabajar, volver al trabajo, seguir haciéndolo.

Todos estos años de espera arruinados por una chica, por aquella maldita chica. Primero su madre y ahora ella. Pero las dos están muertas, muertas maldita sea!. La transferencia había sido un éxito, todo había funcionado como un reloj. Pero aquel, aquella cosa se confió demasiado y ahora le culpa a él. Él que es que ha sido el verdadero motor de todo aquello. Sin él Set no habría sido posible, ya era un viejo decrépito hacía diez años y ahora solo es una conciencia atrapada en una pecera, no era nada sin él. La ciencia y a su genio, a ellos les debía la vida. Sin nosotros solo sería un recuerdo de tiempos pasados. Transigió, aceptó someterse a los chantajes de aquel ser, le pudo la codicia, el saber, la ciencia. Y ahora era poco más que un esclavo, un doctor Frankenstein acosado por su criatura. Quizás había llegado la hora de cambiar los papeles, quizás aquella contrariedad fuera una señal, quizás fuera su última oportunidad de deshacerse de aquellos grilletes.

Aparto, intentó apartar aquellos pensamientos de su mente como si apartarse la mano de una llama. Sólo eran desvaríos, fantasías estúpidas, estúpidas y peligrosas. Es verdad que Set estaba débil, confinado de nuevo en el laboratorio, que lo único que realmente quedaba de él era aquel encéfalo flotando, pero nunca se podía estar completamente a salvo de que no te pudiera alcanzar con algunos de sus tentáculos, con su poder mental. Por eso era mejor olvidar aquellas tonterías, aquellos sueños imposibles. Su vida era la Ciencia. Estaba acabado cuando Set lo encontró. Se lo debe todo, eso es...todo. No debía comportarse como un perro desagradecido, que muerde la mano que le alimenta, que le ha alimentado durante todos estos años. Los amos a veces dan patadas a sus perros, era solo eso. Sí ese es el pensamiento correcto. Eso es lo que debería ver Set si miraba, esa era la mentira que le había mantenido con vida en el pasado y la que le mantendría vivo y lo que es aún más importante, cuerdo en el futuro.

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El traqueteo de contenedores de plástico les hacía salivar como si fueran perros de Pavlov, porque ese sonido significaba que el empleado del súper iba a sacar la basura. La dulce fruta pocha que aún no sabía avinagrada, los yogures que habían pasado la fecha de caducidad, pero que se podían comer perfectamente, incluso las bandejas con trozos de pollo, que después de limpiarles esa babilla, estarían tan sabrosos con tan solo asarlos sobre una chapa . Sí, aquel traqueteo quería decir que la cena y la comida de los próximos días estaba al llegar. Ahora sólo había que cogerla primero que los demás, y antes de que llegaran los rumanos de la furgoneta blanca. Si no se daba prisa no le dejarían nada, nada que no se pudiera comer y tener diarrea y vómitos durante una semana. Había que darse prisa, aquello era como una selva y en todas las las selvas los leones comen primero y las ratas como él tenían que ser más listas, más rápidas para robarles un bocado.

Aquella parecía su noche de suerte, el chico, Juan, sacó el primer contenedor y todavía no había ni rastro de los rumanos ni de la furgoneta blanca. Sólo eran tres los indigentes que aguardaban junto a él, con un poco de suerte habría para todos.

El ruido del motor, al que le chirriaba la correa de la distribución llegó hasta sus oídos. Era la furgoneta de los gitanos, aquel sonido le golpeó los tímpanos. Era un sonido que daba dentera, parecido a arrastrar una uña por el encerado de una pizarra, pero donde más lo sintió fue en el estómago, que se encogió de miedo y de más hambre futura que presente. Se abalanzó sobre el contenedor, sus compañeros también lo hicieron, sabían que no les quedaba mucho tiempo. Agarró lo primero que vio, un estuche de fiambre y luego un paquete de manzanas, que lucían manchas marrones . El embutido lo metió en un bolsillo del abrigo pero las manzanas no cabían, así que se las colocó entre las piernas. Luego volvió a meter las manos en el cubo, donde los demás revolvían como náufragos famélicos pues en cierta manera lo eran, eran náufragos de una sociedad que los había botado, haciéndoles saltar por la plancha de la injusticia, del alcoholismo o de la demencia.

Todo lo que se podía aprovechar de aquel cubo ya había saqueado y solo quedaban mondas de verdura, así y todo no se resignaba y seguía removiendo entre ellas cuando algo lo tomo por el cuello del abrigo y lo zarandeó como si fuera un pelele. Notó como la bandeja de manzana se le escapaba de su presa y como era empujado con violencia. A duras penas, sus reflejos consiguieron salvarlo de que lo primero que pusiera en el asfalto no fuera el rostro .


-Fuera de aquí. Iros si no queréis recibir una paliza - Les gritó el gitano rumano con un marcado acento romaní.

Juan, el chico de la basura del supermercado lo miró con lástima. Y dio un empujón al nuevo cubo que sacaba, que casi estuvo a punto de volcar.


-¡Eh tú, ten más cuidado!- Espetó el rumano.

Aquella mirada le dio más calor que una pila de cartones, por cierto lo mejor sería volver a donde los había guardado o cuando llegara también se los habían robado, igual que la cena.


Después de todo la noche no había ido tan mal. Los cartones estaban donde los había dejado y al menos había podido llevarse un paquete de jamón cocido. Los acomodó debajo de una marquesina de lo que fue un banco y que ahora era un local que se alquilaba. Era un buen sitio, en una calle de un buen barrio, podría dormir tranquilo. Bueno, en realidad él dormía poco, que lo hiciera en la calle no tenía nada que ver. Se recostaba y se pasaba las noches enteras mirando una foto arrugada que guardaba debajo de toda su ropa mugrienta. Era lo único que le quedaba de su vida, su única posesión, el único recuerdo de que alguna vez tuvo una casa, un trabajo, y una familia, pero esa foto también le hacía mucho daño, porque le recordaba que él la destruyó, él y su locura. Sí estaba loco o eso le dijeron antes de el juez decidiera internarlo en un psiquiátrico, aunque no lo llamaron así, usaron otras palabras técnicas, complicadas para no llamarle loco asesino. Sí porque también era un asesino o eso le llamaron de forma encubierta. Loco asesino. El mató a su mujer, eso le contaron, eso le dijeron, pero ellos no sabían la verdad, aquello no era su mujer, y él no estaba loco nunca lo estuvo, no al menos antes. Diez años encerrado, diez años intentando explicar, diez años repitiendo lo mismo, respondiendo lo mismo , a las mismas preguntas, hasta que se convenció de que nunca le creerían, aunque cuando cayó en esa cuenta ya dio igual. Había perdido el único motivo por lo que luchaba, por el que quería salir de allí, el único motivo que le hacía gritar una y otra vez que no estaba loco, que necesitaba salir de allí, que su niña lo necesitaba, que solo él podía ayudarla, que solo él sabía lo que le estaba pasando. Se lo ocultaron durante mucho tiempo, “por el bien de su salud mental”, le justificaron. Esos malditos hijos de puta no se lo dijeron, no fueron capaces de decírselo, de decirle que su niña había muerto. Entonces es cuando se volvió loco, loco de verdad y entonces fue cuando le dejaron salir.


Guardó la foto con lágrimas en los ojos, se acurrucó entre los cartones y se dispuso a intentar no pensar más, a intentar descansar algo, incluso a dormir con algo de suerte. Se quedó quieto mirando la lluvia que había empezado a caer de nuevo. La tripa la rugió, aquel fiambre no la había calmado. Rebuscó en un bolsillo de una mochila donde tenía sus pocas pertenencias y encontró unos cacahuetes manidos que guardaba para estas ocasiones. Había unos periódicos atrasados que también almacenaba, el papel de periódico es muy útil para alguien que vive en la calle. Los ojearía mientras comía los frutos secos y quizás así Morfeo se dignara en concederle unas horas de sueño. La luz de las farolas le proporcionaban la claridad justa para hacerlo pero su presbicia avanzaba a buen paso, pronto no podría leer a estas horas.

En Oriente Medio los milicianos del Daesh seguían combatiendo al infiel y mientras en Occidente las potencias europeas se peleaban entre ellas, para ver qué hacer con los miles de refugiados que llegaban a sus fronteras. Un recuerdo planeó sobre su cabeza como un ave carroñera proyectando una sombra oscura de terror, pero aquella sombra no era negra, aquella sombra era azul, de un frío y malévolo azul. Arrugó el periódico y lo lanzó lejos como si quemara. Tomó otro de su reserva. Era un periódico de esos gratuitos. Ese tipo de prensa no se metía tanto en las noticias internacionales, generalmente eran noticias de ámbito más nacional y local. Pasó la los primeras hojas y entró en la sección de sucesos.

“Hallan el cuerpo de una chica ahogada”. Más abajo la entradilla lo desarrollaba:

“Las autoridades solicitan la colaboración ciudadana para la identificación del cuerpo que sigue….”

No siguió leyendo, simplemente no pudo, la fotografía a la que coronaba el titular le dejó paralizado. Su cerebro estaba atorado por esa imagen, que en forma de impulsos electroquímicos le recorría la mente, y si somos algo más que materia, aquella fotografía se le había introducido hasta lo más profundo de su ser, corroyendo todo, hasta alcanzarle el alma, destrozándosela.

Esa chica, él conocía a esa chica, es verdad que habían pasado muchos años desde la última vez que la vio, es verdad que había cambiado, que había crecido, que se había hecho una mujer, pero también es verdad que un padre reconocería a su hija, por muchos años que pasaran; aquella foto era la foto del cadáver de Paula, de su hija Paula.

Continuará...

RIADA #1
RIADA#6
 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

RIADA #4



La borra gris de un cielo encapotado, pugnaba con un esforzado sol que quería anunciar al mundo, que otra vez más había amanecido. Sus dedos dorados apenas si podían atravesar las espesas nubes. De momento la tierra seguiría envuelta en una mortaja húmeda de algodón sucio.

El Mercedes negro continuaba su marcha deliberadamente calma. Primero se dirigió a las afueras de la ciudad y buscó una vía de circunvalación, que le conectó con una autopista en dirección norte. Después de cien kilómetros, dentro de los límites legales de velocidad, tomó una salida que lo haría acercarse más a su destino. Siguió tomando salidas, que cada vez le conducían a carreteras más pequeñas, los capilares de aquel sistema circulatorio. Hacía ya unos minutos que bordeaba el bosque de cedros y abetos y después de una curva a derechas, el carril que buscaban apareció como una brecha roja entre la espesura verde. El automóvil redujo la velocidad al paso de una persona y lo embocó con suavidad. Zigzagueó por aquel carril de tierra rojiza veinte minutos, hasta que por fin su destino surgió entre la arboleda con esa sensación de inquietud decadente que siempre producía verlo. Había llegado al Buen Pastor.

La verja de que lo guarda, se retira con un crujido metálico a modo de bienvenida y el automóvil penetra en la propiedad por el camino de grava, que hace de puente en el mar de césped verde que lo rodea. Bordea el edificio blanco de planta de cruz y tres alturas. En fachada trasera del ala derecha se abre una puerta de garaje.


Las dos puertas delanteras del coche se abren, de ellas salen diligentes dos hombres, uno es cara de pájaro,

.El del lado del conductor va vestido igual, sólo que es físicamente todo lo contrario, bajo, de torso ancho y cabeza cuadrada, con nariz chata, que le hace parecer un perro. Ambos corren a abrir las puertas traseras. Primero, por el lado izquierdo sale un hombre, calvo, grueso, con bata blanca y gafas de pasta oscuras. En una mano lleva una pistola metálica de las que se usan para administrar medicamentos. Tiene prisa y desaparece por una puerta lateral del garaje. Por el otro lado del coche Pepín baja con lentitud, parece que durante el viaje hubiera envejecido 40 años de golpe, su aspecto es el mismo, pero sus movimientos son lentos, torpes, inseguros. Rapaz le ayuda a salir, esta vez el agente no rechaza la ayuda. A los pocos segundos el hombre obeso de bata blanca, aparece con una camilla. Es metálica y lleva adosados varios monitores y bolsas llenas de líquidos turbios de las que cuelgan cánulas listas para ser inyectadas. Cara de perro se une a su compañero de traje negro y entre los dos ayudan al agente a tumbarse en la camilla, de un tirón seco le rasgan una manga de la camisa, que aún está empapada. El doctor procede a tomarle una vía para poder conectar los sueros, que oscilan como odres en sus perchas metálicas. Luego le abren la camisa, el torso musculado del policía queda al descubierto. El doctor coloca unos electrodos, también sitúa uno en cada sien, manipula un pequeño terminal a la cabecera de la camilla. Suda pero tras leer los primeros datos que pare el monitor suspira aliviado. Cara de perro empuja la camilla y desaparecen por la puerta lateral. El doctor sigue a su lado revisando las vías, los electrodos, comprobando las constantes vitales del cuerpo del policía con sincera devoción. Saca del bolsillo de la bata una pequeña linterna y se asegura de que la dilatación de las pupilas es la correcta.
¡Vamos! No tenemos mucho tiempo, se está agotando. -Urge con voz autoritaria y algo nerviosa-.


El cuerpo inerte del policía está completamente desnudo, en una especie de cubeta llena de alguna solución acuosa que lo mantiene a flote. A la altura de los tobillos y de las muñecas le han colocado unas pinzas, que recuerdan a las de las que se usan para arrancar los coches que se quedaron sin batería. De las pinzas salen cables que se conectan a un ordenador que ocupa una de las paredes de planta cuadrada, mitad quirófano mitad laboratorio informático.

El doctor Orgaz atiende una consola y teclea comandos con unos dedos regordetes y veloces mientras suda copiosamente. El ordenador controla y comunica esta especie de quirófano con una sala más pequeña, sumida en la oscuridad. La escasa iluminación de habitación, es para el extraño y único objeto que hay en el centro de la sala. Algo que se asemeja a una pecera. Un prisma de cristal de caras rectangulares de 1.50 de alto por 0.50 de ancho, lleno de una suspensión donde se sumerge un encéfalo humano. Los órganos envueltos en la luz azulada adquieren una coloración desagradablemente blanquecina, como si fueran alguna suerte de organismo alienígena conservado en formol y aquello fuera alguna cámara de museo del horror.


De súbito el cuerpo del policía comienza a convulsionar, chapotea dentro de su pila de agua, de la comisura de los labios empieza a surgir un espumarajo blanco. Orgaz teclea una orden y un brazo robótico se despliega desde un compartimento del techo, va armado con una jeringuilla y una agua, con la pericia propia de una máquina, hinca la aguja hipodérmica en el brazo izquierdo del hombre y las convulsiones se calman automáticamente. En ese mismo instante los ojos cerrados se le abren de par en par, como si despertara de una pesadilla aterradora. El color azul ha desaparecido ahora vuelven a tener el color topacio que siempre tuvieron. La boca se le abre al máximo de su capacidad física y emite un grito de terror que helaría el mismo infierno. El brazo robótico que se retiró después de inocular el contenido de la jeringuilla vuelve a salir de su escondite con otro vial cargado y con la misma precisión vuelve a acertar en el brazo. Esta vez la droga hace que el hombre se suma fulminantemente en una vigilia comatosa.

En la consola del doctor un mensaje le informa que la transferencia se ha realizado con éxito. Respira aliviado, teclea una orden final y abandona la sala sin prestar atención a la pila ni a su contenido.

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El Mercedes negro avanza por un carril de tierra que discurre por en medio de una arbolada a 70 kilómetros del Buen Pastor. Del carenado trasero cuelga una especie de rastrillo, que se ha colocado nada más abandonar el asfalto. Es un camino escondido, por donde sería muy improbable cruzaste con nadie y mucho menos a una hora tan entrada en la tarde. El camino es sinuoso, el avance es muy lento. Después de adentrarse varios kilómetros en el bosque llegan a un claro. El coche se detiene y de él salen cara de perro y cara de pájaro. Entre los dos sacan el cuerpo drogado de Pepín. Y lo cargan hasta dejarlo tumbado en medio de la explanada de tierra. Cara de perro vuelve al coche y del maletero saca una garrafa. Rocía el cuerpo de Pepín, que parece despertar al recibir el chorro de combustible. Rapaz se hurga en el bolsillo interior de la chaqueta y hace aparecer una caja de fósforos. Enciende uno y lo arroja sobre el aún atolondrado policía, que se inflama y pasa a ser una bola fuego, comienza a retorcerse y a emitir unos gemidos que aumentan hasta convertirse en un grito desgarrador. Montan en el coche e inician el camino de regreso. Antes de volver al asfalto desmontan el artilugio, que han ido arrastrando todo el camino, y que tan eficazmente ha ido borrado las rodaduras de los neumáticos coche.



Continuará... 

RIADA#1 
RIADA #5 

domingo, 29 de octubre de 2017

RIADA #3







Llovía, otra vez llovía. Los goterones del tamaño de huevos de codorniz caían como obuses sobre cualquier cosa que no estuviera a cubierto. Las cañerías saturadas de la ciudad, la intentaban escupir por las alcantarillas, borboteando agonizantes. Eran las bocas de un condenado al que torturan derramándole litros y litros de agua en un martirio que se deleita viendo como se ahogaba.

Los truenos martillean las nubes exprimiéndolas, los relámpagos son los dedos azules señalan los objetivos. Uno de ellos es el instituto anatómico forense.


El sonido de un disparo en el sótano de un edificio vacío como ese, en mitad de una noche, hubiera alertado al par de guardas de seguridad, que además de los policías lo custodiaban, pero quedó amortiguado por uno de aquellos truenos que estaban resquebrajando el cielo.

Pepín siguió inmóvil durante un par de minutos después del beso de la chica resucitada, como si se hubiera transformado en una estatua de sal y se resguardarse de la tormenta. Aunque la verdadera tormenta se desarrollaba en su interior y el brillo azulado de los relámpagos sólo se dejará ver por las ventanas en las que se habían convertido sus ojos.

Ya no temblaba está rígido, con el rostro inmutable. Pasado ese tiempo se agacha y toma en brazos el que ahora definitivamente sí es el cadáver de una chica, y con la delicadeza de un padre, que lleva a la cama a su hija dormida, la vuelve a introducir en la cámara frigorífica. La coloca decúbito supino cubriéndola con la sábana blanca, como debería haber estado, como están los cadáveres dentro de una cámara de una morgue.

Sale de la sala y se dirige hacia el hall de entrada con paso calmo, paseando sin aparente urgencia. Pasa por encima del que fue su compañero. Está tirado en el suelo, es una suerte de espantapájaros al que en vez de ponerle de un saco o una calabaza por cabeza, le ha colocado una sandía pocha, que al derrumbarse se ha rajado dejando salir una pulpa roja, maloliente y líquida.


Utiliza las escaleras para subir a la primera planta. Las botas de suela de goma chirrían sobre el piso pulido de mármol blanco, veteado de aguas negras.
Las escaleras desembocan en un distribuidor amplio, de donde nacen cuatro pasillos y dos escaleras laterales, que permiten el acceso a las plantas superiores de las alas del edificio. Frente a él se abre el hall de entrada, donde está el arco de seguridad y los dos vigilantes. Uno, el más joven, está de pie, mirando su teléfono móvil, con una sonrisa boba. El segundo, mayor, completamente fuera de forma, está arrellanado en una silla junto al arco de seguridad mirando las musarañas, debe de estar al borde de la jubilación, después de una vida de guardias nocturnas eternas y soporíferas. No advierten la llegada del agente hasta que está a menos de 50 metros. El joven se mete el móvil en un bolsillo y chista al mayor, que sale de esa especie de inopia, para indicarle que tenían visita.

El policía desenfunda y descerraja dos disparos al vigilante que está de pie. Los dos impactan en el pecho, de donde le brotan dos claveles rojos. Al otro no le da tiempo a reaccionar y otro disparo le alcanza en medio del rostro convirtiéndolo en una máscara grotesca de carne, pelos y sangre.

Se acerca a la mesa sin mirar siquiera a los cuerpos de los hombres que acaba de asesinar, levanta el teléfono y marca un número.

No lejos de allí suena un teléfono móvil. Una mano de hombre acepta la llamada deslizando el dedo por la pantalla, no contesta, solo escucha. La comunicación dura unos pocos segundos. La ventanilla tintada de un coche de alta gama y fabricación alemana se abre, por la rendija que deja, sale el teléfono receptor para precipitarse al asfalto encharcado de lluvia. La ventanilla vuelve a cerrarse, acto seguido el coche se pone en marcha.

La pistola de Pepín vuelve a funcionar, vacía el resto del cargador sobre los equipos informáticos que controlan las cámaras de vigilancia.

Luego selecciona el canal en el Walkietalkie para contactar con la comisaría. Pide ayuda, refuerzos. En su voz hay urgencia, casi desesperanza, pero no da detalles, es escueto, corta la comunicación y apaga el dispositivo. A los pocos segundos tres coches patrulla encienden las sirenas y vuelan hacia el instituto.

El mercedes negro se detiene en la misma puerta del anatómico forense. La puerta del copiloto se abre y de él baja un hombre, lleva un traje del mismo color del coche, es delgado, alto, lo que le hace parecerlo más, del rostro le sale una nariz grande y ganchuda, que recuerda al pico de una rapaz, sobre las que lleva apoyadas unas gafas de sol negras a pesar de estar bien entrada la madrugada. Está diluviando y la lluvia lo cala prácticamente nada más bajar. Su rostro no transmite ninguna sensación. Del interior del coche saca un paraguas grande de caballero, pero no lo abre, solo espera.


Una de las puertas del instituto se abre y por ella sale el policía, inmediatamente cara de pájaro sale a protegerlo con el paraguas. El agente rechaza la protección, haciendo un ademán de desprecio con la mano y se dirige al coche con determinación. El hombre del paraguas corre servil a abrirle la puerta trasera de la berlina y luego la cierra con suavidad antes de montar de nuevo por la puerta del copiloto. El coche abandona el lugar sin prisas, casi pavoneándose, casi como si le dijera a cualquiera que lo pudiera ver: “podría correr, correr muy rápido, pero no tengo necesidad y además no quiero hacerlo” y se pierde lentamente en la noche lluviosa.

Unos minutos después tres coches de la Policía Nacional llegaron centelleando en azul, un azul parecido al de los rayos que seguían iluminando la noche, en un azul casi idéntico al que se podía ver en los ojos de ese policía que todos conocían como Pepín.
Continuará...

martes, 24 de octubre de 2017

RIADA #2













Fresas con nata, un enorme bol metálico a medio comer, con pedazos de fruta chorreante de jugo impregnando la crema blanca, mezclándose, dando matices rosados aquí a allá, A eso se parecería la sala de autopsias, si no fuera porque los pedazos de fruta no eran tales, sino cadáveres y si no fuera porque el zumo que las teñía no fuera su propia sangre.

El cuerpo del doctor y de su ayudante estaba desparramados por el suelo, ambos con heridas recientes en el cuello como si le hubieran abierto nuevas bocas. La del ayudante una grotesca de labios encogidos, pintados con un carmín seco, insinuantes, esperando a ser besados La del doctor dos tiras de hígado apretadas que intentaran retener la saliva roja que resbalaba por ellos.


El cuerpo de la chica yacía de nuevo en la mesa de operaciones, desnudo, inerte, sin rastro de salpicaduras de sangre, recién lavado. Los restos de humedad sobre su piel blanca le daban un aspecto de muñeca de cera.

Pasaron tres horas, hasta que la carnicería fue descubierta.

El instituto anatómico forense se llenó de policías. Se registró de arriba abajo, se revisaron las cámaras de seguridad, los controles de acceso ¿Quién, había podido hacer aquello? ¿Por qué? Nadie se atrevía a concluir nada, no antes de recabar todas las pruebas posibles, pero que no se hicieran en voz alta no quería decir que debajo de ese silencio prudente se oyera un run run, una especie de murmullo que señalaba hacia la chica ahogada. Ella era la clave de aquella matanza. La chica no se ahogó por accidente, alguien la ahogó, casi con toda seguridad. El autor de la nota que se le encontró en el bolsillo, ese demente había matado al forense y a su ayudante, y temiendo que descubrieran algo, los eliminó, no cabía otra explicación. Pero ese mismo run run era rebatido al poco, por otro más calmo, más analítico, más cabal. ¿Qué sentido tendría matar a unos forenses y no llevarse el cuerpo? Vendrían otros, a menos, que hubiera borrado las pruebas y por eso el cuerpo había sido “lavado”

Las hipótesis, las ideas, los razonamientos, incluso los murmullos quedaron sepultados bajo una losa de piedra de dura y contundente realidad. Ni una huella, ni un cabello nada que no perteneciese a alguno de los dos cadáveres. Qué ocurrió entonces? Un arrebato de locura asesina de alguno de aquellos dos hombres? Aquella nueva hipótesis era tan peregrina como increíble. Las heridas no podían haber sido autoinflingidas, como más tarde determinó la policía científica. El callejón sin salida se estrechaba.


La autopsia se pospuso, y el cadáver de la chica aguardaría almacenado en las cámaras frigoríficas. Un par de agentes custodiarán la sala hasta entonces.

Las fuerzas de orden público están entrenadas para vigilar y proteger personas, edificios, lugares de especial sensibilidad pero custodiar una morgue, a un cadáver era una misión que no era el sueño de ningún policía. Les tocó a los agentes Camacho y Téllez. A uno de ellos no le hizo ninguna gracia especialmente, pero órdenes eran órdenes y sólo serían un par o tres noches, hubiera preferido de cualquier forma el turno de tarde o el mañana.

El agente Camacho, Pepín cómo todo el mundo le conocía en la comisaría, un tiarrón de 190 y 85 kilos de pura fibra no pudo disimular el color ceniciento que adquirió su tez cuando entraron en la morgue. Si aquel lugar le ponía los pelos de punta a plena luz del día, ahora bien entrada la noche, y con la luz verdosa de los fluorescentes rebotando en los azulejos, en las puertas de acero de las neveras, le obligaba a hacer un esfuerzo titánico para no perder la compostura, sobretodo delante de su compañero. El agente Téllez, Paco Téllez un sabiondo que se metió en el cuerpo para tener un sueldo fijo, llevar una pistola y jubilarse pronto.

Al compañero de Pepín no se le escapó aquel detalle y no iba a dejar escapar aquella oportunidad. “Pepín el superpolicía, el defensor del desvalido” y el que se estaba cagando de miedo por pasar una noche en un almacén de fiambres. Sí porque aquel lugar era solo eso, él lo sabía bien, había que temer a los vivos, no a los muertos. Este destino era más como unas vacaciones, muchísimo mejor que estar en controles de drogas, pidiendo la documentación a búlgaros de dos metros con músculos hasta en las pestañas. No tenía madera de héroe y los escasos 1600€ de sueldo tampoco eran una excusa para serlo. Pepín era un soñador, él solo un funcionario.


-Cambia esa cara hombre-
-¿Qué cara?-
Esa que tienes descompuesta. En esas neveras no hay nada, sólo unos muertos. Unos trozos de carne. No hay nada que temer además he traído el rosario de mi abuela. Jajajajaja - Dijo mientras se palmeaba el bolsillo del pantalón haciendo una mueca burlona.
-No el hagas el gracioso Téllez. A mí no me hace ningún chiste. Deberías mostrar mas respeto. Esos “trozos de carne” como tú los llamas son, han sido personas. Personas que no deberían de estar en una cámara frigorífica, que no deberían haber muerto. Mira lo que ha pasado. Algo no cuadra en todo esto.-
-Pepín por Dios! Qué estás insinuando?. Un loco entró y asesinó a esos dos pobres médicos. Eso es lo que debería preocuparte y no los muertos.-


02:30 a.m.

-Pepín, voy a mear.-
-De acuerdo-

El policía salió de la sala de las cámaras frigoríficas, empujando las dos puertas batientes con ojos de pez. Nada más cerrarse detrás de sí gira bruscamente y vuelve a entrar exclamando un ¡Buuu! que hace saltar a su compañero en el sitio, y sin esperar su reacción vuelve a desparecer camino de los lavabos que se encuentran en el fondo del pasillo, unos trescientos metros más adelante. El micrófono de la emisora, que lleva sujeta a la hombrera derecha de su camisa cruje de estática y la voz de Pepín se escucha un instante después. “Eres un gilipollas y lo sabes”. Téllez no contesta sólo se sonríe malévolamente.


Todavía con el corazón en la boca Pepín se acerca una de las sillas del extremo más alejado de la sala y se deja caer en una de ellas. Saca el móvil y consulta el wasap. Como esperaba no hay mensajes nuevos, solo lo hace como una forma de distraerse, para intentar serenarse después de la gracieta de aquel idiota. Desliza el dedo pulgar mirando sin ver la pantalla, los avatares pasan veloces como los rodillos de una tragaperras.

¡Click!

El sonido metálico le hace levantar la mirada del teléfono. Ha sido un sonido seco, como el de un pestillo. Debía ser la puerta, el idiota de Téllez volvía del wc. Las puertas siguen inmóviles.
Paco, deja de hacerte el gracioso. Con una vez ha sido suficiente.

¡Click!

No, el sonido no viene desde la puerta, ahora está seguro, es de mucho más cerca, es de la pared donde están las cámaras. Hay diez, en dos filas, cinco abajo y cinco arriba. Las puertas le recordaban a las de los camiones que reparten congelados, esos mismos camiones que esperaba con tantas ganas cuando era pequeño, cuando veraneaba con sus abuelos en la playa, esos que hacían sonar esa musiquilla tan divertida Ni Noo Niii No Nino.

¡Click!

La palanca que abre la tercera cámara de la fila de arriba, la que hace tres desde donde está él, se está moviendo, como si la quisieran abrir desde dentro, pero esas cámaras no se pueden abrir desde dentro, no tiene sentido que se pueda hacer, porque dentro de esas cámaras nada querría salir, porque dentro de aquellas cámaras lo que hay son muertos.

¡Click!

La palanca de la tercera nevera se ha bajado accionada por una fuerza invisible y la puerta se abre suavemente empujada por una mano dedos delicados, de un blanco mortecino y yemas amoratadas.

El agente Camacho se ha levantado de la silla y se lleva la mano a la pistola que descansa en su funda del muslo derecho. El móvil ha caído al suelo, la pantalla se ha hecho añicos y se empapa con el orín cálido y amarillo que ha empezado a manar por una de las perneras del pantalón del policía.

El cadáver de la chica sale de la cámara de un salto propio de un felino y aterriza en medio de la sala sobre sus cuatro extremidades. La chica muerta se yergue, mira fijamente al agente con unos ojos malvados y azules. Un azul profundo de hielo antiguo, que le hiela el alma. La mano de Pepín tiembla sobre la culata del arma reglamentaria, que continúa en su cartuchera. En la cara de la muerta se dibuja una especie de mueca que podría recordar a una sonrisa, de ella surge un siseo de víbora. Dos pasos y se planta frente al hombretón de 190 que tiembla como un flan, paralizado por el espanto que está contemplando. Una de las manos de la chica le agarra por el cuello, lo atrae hacia sí con violencia, lo besa efusivamente. En ese momento las puertas batientes vuelven a abrir y aparece el agente Téllez. La mano de Pepín ya no tiembla, saca la pistola y de un solo disparo vuela la cabeza a su compañero. El arma aún humeante vuelve a su funda con seguridad. La mano de la muerta afloja la presión y cae al suelo como si fuera una muñeca a la que le hubieran sacado el relleno, como si fuera un títere, al que le han cortado súbitamente los hilos que la conectaban a la cruceta que la manejaba.

Pepín sigue de pié igual que una estatua de dios griego uniformado de policía nacional. Sus ojos almendrados de color topacio siguen muy abiertos, como si fueran a salirse de sus cuencas pero ya no son del color de las botellas de cerveza, ahora son azules, de un azul hielo, de un azul muerte.



Continuará..