NOSOTROS

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sábado, 23 de junio de 2018

La Muñeca Tuerta








 


LA MUÑECA TUERTA





La habitación seguía siendo la misma de siempre. Era un rectángulo de 3’5x2,5 metros con una ventana con un radiador debajo de ella y una puerta. Ese había sido todo su mundo, siempre había estado allí, allí la dejaron una noche de Reyes a los pies de la cama de Laura, era su primer recuerdo. Un recuerdo de miedo, de oscuridad, claro ella no sabía que iba a pasar, era solo una muñeca y como todos los juguetes, no tuvo consciencia de ella misma hasta que la sacaron de la tienda de juguetes y la dejaron a los pies de la cama, de la que desde aquel día iba a ser su dueña. Así que como entenderéis, las primeras horas de “vida” de un juguete normalmente no son muy agradables, porque suelen discurrir dentro de angustiosas cajas cartón, envueltos en sudarios de papel de regalo o abandonados en la oscuridad, ya sea debajo de extraños árboles de plástico de luces tintineantes o en el suelo de una habitación, a la los pies de una cama, como en su caso.



Eso ocurrió cuando Laura tenía 5 años. Habían pasado más de diez desde esa noche. Los primeros fueron los mejores. Laura, su niña, la sacó de su caja donde la tenían atada con bridas de plástico que le cortaban y la colmó de mimos. Aún podía recordar esos ojos grandes y azules llenos de ilusión. Inmediatamente la abrazó y la llamó Andrea. Aquellos años estuvieron llenos de juegos, de pañales limpios, de baños de espuma, de sesiones de peluquería, de paseos por el parque, de largas tardes de tomar el té con otros juguetes. Laura tenía más muñecas, pero ella se convirtió en su favorita. Siempre la acostaba en cuna de madera lacada en blanco y la tapaba con una sábana de fieltro rosa antes de irse a dormir y siempre, siempre antes de hacerlo, le daba un beso de buenas noches. Y entonces fue un juguete feliz.



Algunos días cuando Laura iba al colegio el viejo oso marrón de felpa contaba historias. Era un oso huraño y amargado, estaba en el fondo del arcón. Parecía disfrutar asustando a los demás juguetes. Contaba cosas horribles, y aseguraban que eran verdad, porque él era muy viejo y sabía muchas cosas. Hablaba de muñecas sin ojos, de cuerpos derretidos y de cabezas arrancadas. Aseguraba que para muchos juguetes ese era el destino final. Luego, cuando los dejaba a todos con el corazón en un puño, los miraba con su único ojo de botón negro y se volvía en silencio al fondo del arcón y desaparecía. Nunca pensó que aquellas historias fueran verdad, porque su niña no era así, puede que hubiera alguna así, pero no Laura, ella era un amor y nunca dejaría que nada malo les pasara, le pasara.



El tiempo pasó, Laura creció. Una mañana de sábado, como casi todas la que hacía bueno, tomó a Andrea y le cambió el pañal, también le puso ropa nueva y la peinó colocándole una moña azul a juego del vestidito. Sin duda iban a salir a dar un paseo, le encantaba que la montaran en el carro y la llevara al parque o a cualquier sitio, salir de la habitación siempre era divertido y emocionante, pero no, aquella mañana no salieron a dar ningún paseo. Laura la cogió en brazos y sin más la subió a lo alto de una estaría y la dejó allí.



Los días pasaron y se sumaron en semanas y estas en meses. Andrea miraba a Laura como volvía a la habitación y como se acostaba y como volvía a salir, con la esperanza de alguna vez la mirara o la volviera a coger para jugar con ella. ¿Qué podría haber pasado? ¿por qué se parecía que se hubiera olvidado de ella? Las preguntas se quedaron dentro de su cabecita de plástico dando vueltas, torturándola y entonces las historias del oso de felpa marrón ya no parecieron tan fantásticas. Aquello era mucho peor que la mutilaran o que la quemaran con un mechero, porque por muy grande que fuera el dolor, solo duraría un rato, unos pocos minutos; sin embargo estar allí arriba, olvidada desde hacía años era mucho, muchísimo peor. Laura ya no la quería.



Su vida ya no tenía sentido. Cuando tomó consciencia de ello lo comprendió. Los juguetes no tienen vida por ellos mismos, solo son trozos de plástico bonitos, solo la ilusión les hace cobrar vida, y en el momento que esta se extingue, vuelven a ser lo que realmente son, muñecos inanimados. Andrea se sentía morir lentamente, quizás lo único que la mantenía todavía con vida en la estantería del cuarto, era algún resquicio, algún recuerdo que debía quedar en Laura, pero que cada vez era más débil y que tarde o temprano terminaría apagándose como una vela que se queda sin cera.



Los juguetes no tienen instinto de supervivencia, no saben luchar, solo son objetos, meros conductores de la ilusión, como cables de un tendido eléctrico invisible. O al menos casi todos lo son.



Una noche el oso de felpa marrón salió del arcón. Laura descansaba en su cama plácidamente mientras Andrea agonizaba en la balda.




¡Andrea, eh, muñeca!

Andrea estaba tan débil, apenas si pudo contestar al oso


¿Qué quieres oso?


Ayudarte, ¿sabes por qué estoy vivo aún siendo tan viejo?. ¿Lo sabes?


No, no lo sé


¿Sabes por qué me falta un ojo?


Te lo arrancaron, algún niño te lo arrancó


No, me lo arranqué yo mismo y se lo hice tragar a mi dueño. Sí mi querida muñeca.Tú has sido la favorita de Laura y nunca has creído una palabra de lo que os he contado. Los niños son crueles, despiadados y egoístas, nos dan la vida y luego nos dejan morir. Todos son iguales, ya ves unos te arrancan la cabeza y otros te dejan morir de pena, la ilusión de Laura se está agotando, ya no te queda mucho. Piensalo muñeca, no la dejes crecer o tú morirás. Sobrevive y algun dia otro niño volverá para jugar contigo. Ya he vivido suficiente y estoy tan viejo y cansado que tengo ganas de descansar, por eso te cuento esto a ti, como me lo contaron a mí hace mucho tiempo. Ahora me marcho. Adiós muñeca.


Adiós oso...y gracias. 


viernes, 1 de junio de 2018

Pesadilla








Seguramente os habréis despertado alguna vez en medio de una pesadilla y en esos instantes,de justo de después de hacerlo, habréis dudado entre qué era realidad y qué no, si el lecho revuelto o el recuerdo vívido de hace solo unos instantes. En ese justo instante estaba cuando el teléfono comenzó a sonar.





¿Sí? - contesté aún desorientado y preguntándome al tiempo ¿qué hora sería? ¿Me habría quedado dormido?


Buenos dias mi amor ¿Aún estás dormido? Venga espabila o llegarás tarde.-


Hola. Sí, sí, ya voy. - Mi respuesta fue mecánica casi como un acto reflejo, igual que cuando en la consulta del médico te golpean la rodilla, con ese martillito de goma que todos, cuando hemos sido niños deseamos tener.


Ha colgado


Posar por primera vez los pies desnudos, en el frío y duro suelo de mármol y recibir una descarga eléctrica se ha convertido casi en un ritual matutino, la noto subir desde la plantas hasta más arriba del culo, donde parece diluirse al fin. No es doloroso simplemente es desagradable, de ese tipo sensaciones desagradables a las que nunca te terminas acostumbrando, como el rechinar de una tiza sobre una pizarra, da igual la miles de millones de veces que lo oigas.

La piel de las plantas “recién electrocutadas” se adhiere al suelo como si fuera el vientre de un reptil, los tengo casi planos. Al separar los pies del suelo para dar el primer paso hacia el cuarto de baño, se produce una especie de gruñido; uno parecido al que se produce cuando se rozan dos globos, que me eriza todo el vello del cuerpo. Lo bueno es que entre el frío, el calambre y la dentera casi me he despabilado. Lo malo es que caigo en la cuenta. Mi novia no me ha ha podido llamar, es imposible porque hoy es su funeral.


Seguramente os habréis despertado alguna vez en medio de una pesadilla y en esos instantes,de justo de después de hacerlo, habréis dudado qué era realidad y qué no, si el lecho revuelto o el recuerdo vívido de hace solo unos instantes. En ese justo instante estaba cuando el teléfono comenzó a sonar..
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jueves, 24 de mayo de 2018

Los jueves al blog.

Lo bueno de vivir en una ciudad pequeña como la mía (o lo malo, según se mire) es que con cierta frecuencia me voy encontrando a algunas personas que formaron parte de mi vida desde la infancia hasta el día de hoy y es lo que tiene crecer, que hay que ir tomando decisiones todos los días y esas decisiones me han ido llevando a sitios, lugares donde he estado por un tiempo más o menos suficiente para darme cuenta de quién se alegraba más cuando volvíamos a vernos.

Todo está conectado?

1980
Acabo la EGB y tres meses después empiezo a estudiar Formación Profesional. Cinco años de carrera por delante que ya entonces me parecieron eternos, otro centro de estudios en otro barrio, un nuevo estilo de vida y mucha gente por conocer.

J.G. tenía cara de buen zagal, con la mirada noble y esa mezcla entre inocente y picarón, que unido a su facilidad para la risa espontánea hizo que conectáramos rápidamente. Teníamos el mismo estado de gilipollez supina.

Ocho horas diarias de clases de lunes a viernes con 11 asignaturas y 11 profesores dan para mucho si eres de los que como yo, estaban todo el día con la boca abierta sin ningún motivo aparente, excepto mi amigo J.G. que estaba a lo suyo: si la clase se volvía plomiza, él sacaba una hoja y se ponía a dibujar.
Era un ''Ibáñez'' de barrio, dibujaba lo que le pidieras sin mirar, todo su mundo estaba dentro de su cabeza, no necesitaba una foto de un caballo para dibujarlo. A boli, lápiz, rotring o lo que tuviera a mano, un genio que se inclinó por hacer caricaturas en clase. Tampoco era de extrañar, él era un cachondo, se reía de todo y cuando empezaba a hacer una caricatura clandestina entre los paseos del profesor de turno, yo sólo pensaba: '' ¿por qué no me habré sentado en otro sitio? nos van a pillar y nos van a mandar al despacho del Jefe de Estudios, nota parental y bronca!''


El profesor de matemáticas era un sieso manío, orondo, abrupto, de silueta invasora, cara de pan de pueblo, frente en expansión y gafas negras de pasta gorda y nunca se reía, nos miraba como un ser superior y déspota que a diario nos permitía seguir con vida, pero nosotros éramos rebeldes sin saber por qué y poco a poco nos fuimos distanciando de ese ser que se expresaba en números.

Tras un intento fallido de mentalizarme para no reír al mirar y rojo de aguantarme las ganas de soltar una carcajada, giro la cabeza hasta el libro entreabierto de mi colega y veo que ha dibujado al profesor saliendo de una discoteca casi de día, con la corbata a un lado, cada ojo en una dirección, el cabezón doblado y vomitando como si fueran tres. El brazo izquierdo extendido y en la mano, un sombrero donde va cayendo todo el chorro.
Al final no pudo ser, nos dominó la risa, nos descubrió y nos llevó al Jefe de Estudios. Incluída la caricatura.
Evidentemente, no aprobamos en junio y hubo que recuperar en septiembre.

La Orquesta Mondragón también me la descubrió él, pasábamos las horas enteras escuchando los discos en su casa entre risas constantes, no paraban de caernos lágrimas de tanta hilaridad y cachondeo y empezamos a aprender a mirar a las chicas de otra manera. Ya no les tirábamos del pelo para llamar su atención, ahora nos quedábamos como estatuas y como mucho, acertábamos a tartamudear y entonces empezaron a reírse ellas de nosotros.

Pocos años después, tuve la oportunidad de iniciar nuevos proyectos en otras provincias y estuvimos unos años sin vernos y cuando llegó el día, ya éramos hombres con todo lo que conlleva, aunque él seguía teniendo la misma mirada entre noble y pícara y llevaba una camiseta de Motorhead con vaqueros negros, botas y muñequeras de cuero con tachuelas. Tras el abrazo, me mira y me dice:
oye, tú ligas mucho?
-no sé, lo normal.
pues toma, te regalo una piruleta para que chupes algo.


Todo está conectado?

Hace unos días me llamaron los colegas de la música para invitarme a un rato de café, risas y canciones en casa de uno de ellos y acepté sin dudar la invitación. Me gustaba el sitio, es un cortijo a las afueras de la ciudad, con un buen recinto de entrada entre jazmines, olivos, animales, etc. todo muy rural y la compañía inmejorable.
Tras los líquidos y los jajas de rigor, llegó lo inevitable, el musiqueo. Concierto para mí. El repertorio me lo sabía, lo había tocado otras veces con ellos, hasta que en un momento entre canción y canción, escucho: ''vamos con Lemmy'' y sonó el ''as de espadas'' y me emocioné. No sólo la grité como si me fuera la vida en ello, es que me estaba haciendo falta y no lo sabía!
Me acordé de todo lo escrito anteriormente y de alguna cosa más que no debo compartir por respeto, pero también me acordé de alguien muy especial, una criatura con la que tuve la suerte de cruzarme tuiteramente hace muy pocos años y con la que inicié una buena relación de amistad tras unas charlas sobre discos y estilos musicales entre los que se nombró a Motorhead como ''puente'' entre el rock y el trash y poco tiempo después nos embarcamos en este ilusionante proyecto llamado ''El Cajón de la Calavera Sinfónica'' y esta noche tiene un acto muy importante gracias a todas las horas que ha invertido en plasmar aquí sus relatos.

Mucha mierda, Calavera!!




Mantengo humildes mis orejas.

lunes, 7 de mayo de 2018

Ten Years After: ¨a sting in the tale¨ 50 años después.

Nothinghamsire,1967 en las proximidades del bosque de Sherwood .Leo Lyons,Rick Lee, Chick Churchill, y Alvin Lee forman Ten Years After,un cuarteto explosivo, una de las bandas más importantes de la historia del R´N Roll.

Tuvieron ocho álbumes en el Top 40 Albums Chart y doce álbumes en ventas millonarias en el Bilboard 200 de EEUU entre 1967-1974.

Para la historia de la música quedará su explosiva actuación en Woodstock de 1969.



En 2014 deciden reunirse pero el guitarrista declina el ofrecimiento, muriendo en una clínica de Málaga después de una complicada operación de cirugía.
 


 Posteriormente y tras dejar un tiempo de respeto por la terrible perdida Rick Lee y Chick Churchill, junto con el bajista Colin Hodginson (Peter Green,Spencer Davis, Chris Rea  o John Lord) y al guitarrista, cantante y compositor Marcus Bonfanti (Van Morrison,Ginger Baker,Ronnie Wood).
 


 
Reciben buenas críticas en su gira de presentación al  ofrecer la alta energía de un espectáculo vintage .

A Sting in the Tale nació en 2017 y huele a campiña, maderas nobles y whisky bien reposad , a tabernas a Gotham, a una buena pinta en la Abadía de Rufford.


El disco contiene doce canciones al más puro estilo TYA donde el auténtico  R´N B con sabor a Mississippi es el común denominador de los surcos del disco, grabado y producido por Marcus en los estudios Cricklewood Green de Londres y mezclado en Studios Edmonton Canadá.
 

A veces uno se cree cuando escucha canciones de este estilo que está reviviendo algún tipo de vida anterior, un querer dar marcha atrás y volver a revivir esas sensaciones tan especiales que se experimentan cuando escuchas por primera vez un disco de unos desconocidos que algún colega ha tenido a bien prestarte.

 
Medio siglo. Mucho más tiempo del que algunas personas llegarán a vivir y todo un legado cultural en forma de canciones que han acompañado a varias generaciones de amantes del viejo Blues y su hijo bastardo el Rock´N´Roll.
 
                                      

Guitarras acústicas, un viejo Hammond sonando a gloria, fraseos al estilo clásico que tanto gusta volver  a escuchar una y otra vez mezclado con sangre fresca y a la vez embutido en el mejor traje de Jimmy Page o el mismísimo Muddy Waters.

Si los cambios de formación tras una muerte no satisfacen a todos, el caso de Bonfanti con TYA ha sido la excepción que confirma la regla. El londinense fué definido hace unos años por la prensa inglesa como un cruce de estilos entre Seasick Stevie y Jimmy Page, es un guitarrista versátil que sabe adaptarse al estilo y a la necesidad del momento y se caracteriza por su sonido Power Blues.

Quizá no sea el mejor disco de toda la trayectoria de la banda, pero si lo es desde la entrada de Bonfanti porque sigue sonando  a TYA está muy bien producido y Marcus ha sabido adaptarse a la banda como un guante.






Mantengo humildes mis orejas.






sábado, 5 de mayo de 2018

El Viaje







 
No hay nada más aterrador. Nada puede serlo, simplemente es imposible.



El velocímetro digital del salpicadero, me ha robado la posibilidad de usar esa frase tan manida y típica de los escritores de tercera “La aguja del velocímetro había sobrepasado los 120 km/h…”. Quizás por eso desde siempre me gustó, pero el velocímetro de mi coche, como he dicho es digital y los diseñadores no tuvieron el detalle de incluir, ni siquiera una triste agujita, aunque hubiera sido solo una rayita de luz.

La cifra, que lucía en números plateados sobre el fondo negro del display era 125, aunque no duraría ni un segundo más. El pie derecho no dejaba de presionar el pedal del acelerador, eso las obligaba a sumarse y no paraban de ascender. Sinceramente no tenía prisa. Aceleraba por el mero gusto de hacerlo, de dar un poco más de interés a aquel viaje tedioso. Aumentar la velocidad me exigiría más atención. Las glándulas suprarrenales comenzarían a segregar adrenalina. En realidad somos yonkis de la adrenalina. Sí, sin saberlo, porque todo lo que nos excita la produce, el Rock, la velocidad, el sexo. Así que necesitaba un chute de esa adrenalina para despabilarme del sopor que me envolvía lentamente, como una especie de arenas movedizas invisibles, que me relajaban igual que un baño caliente después de una jornada de duro trabajo. Si no hacía algo, me iba a dormir al volante por esa desierta y maldita autovía de tiralíneas.



Ahora juraría que di una cabezada, que el accidente que iba a sufrir en unos segundos fue provocado por el sueño pero también sería una mentira. Sé lo que vi y no, no estaba dormido.



En el horizonte cercano de un cambio de rasante apareció. Brillaba como la primera estrella de una noche de verano. El culo del Renault Clio gris plata, me recordó al de un insecto de esos que salen en los documentales de la hora de después de comer, un insecto de esos, que empujan bolas de caca de elefante por en medio de la sabana africana. Apesar de estar aún bastante lejos lo reconocí con facilidad. Fue mi primer coche, en realidad no es cierto, pero sí fue el primero que pagué de verdad. Fue una buena máquina, y no me pareció extraño que aún hubiera alguno rodando de su quinta. La marca del rombo todavía los fabricaba, pero la carrocería había variado tanto, que poco o nada tenía que ver con la de su primo.

Aún recuerdo la matrícula 2580 CNW ¿Sería aquel Clio del mismo año? Aceleré un poco más para leerla. Me acerqué y los números comenzaron a perfilarse hasta que fueron perfectamente legibles. 2580 CNW. Jajajajaja Eso era imposible, era mi matrícula, pero mi primer coche hacía no menos de tres años que había sido comida para una prensa hidráulica de desguace.

Observé con atención el coche, buscando esas marcas imposibles que hacen que un coche sea tu coche, uno entre un millón. Entonces es cuando las manos me comenzaron a sudar. Allí estaba, en la protección de plástico gris oscuro guardabarros, justo debajo de la w. Un rozón, un arañazo que le hice al segundo día de sacarlo del concesionario, al meterlo en el parking subterráneo del trabajo.

De forma refleja activé el intermitente derecho. Lo iba a adelantar, quería ver quién conducía ese coche...mi coche. Comprobé por el retrovisor que no había ningún vehículo y aceleré mientras giraba levemente el volante. El Renault debía de ir a tope, 135 km/h eran demasiado para él.

137, 138, 139, 140 km/h. Ya estaba en paralelo ahora solo tenía que girar la cabeza y mirar al conductor. Curiosamente una mano invisible me impedía girar la cabeza, como si una tortícolis repentina me advirtiera con un pinchazo doloroso en la base del cuello, que no debía mirar. Noté el sudor de las manos resbalar entre mi piel y la del volante cuando lo sujeté con toda la fuerza que fui capaz de hacerlo y armandome de valor giré la cabeza..

Allí estaba yo, 20 años más joven con la que entonces era mi novia y luego sería mi mujer de copiloto. Íbamos riendo y charlando animosamente. Entonces mi yo del Clio se giró hacia mí, apartando por un instante los ojos de la carretera, sonríe mientras gesticula articulando unas palabras ...que no consigo entender….eso es, me estoy diciendo, “Todo esto es...MEN... MENTIRA”.



Fin.

sábado, 21 de abril de 2018

SANGRE #12

SANGRE #12





La silueta plateada de la mujer yace entre las sábanas revueltas. Sus curvas forman suaves colinas cubiertas de nieve que resaltan sobre un negro contundente de la noche castellana. Es lo que veo, apresar de que la habitación esté completamente a oscuras y las persianas bajadas. Es una mujer bonita, ardiente, aún siento sobre la piel la pasión de sus caricias y el sabor de su sangre en la boca, pero no puedo dejar de sentir asco. Ahora tengo la certeza de que todas mis sospechas eran ciertas. Al morderla he conseguido penetrar en ella, en su mente.Tenemos esa capacidad, la mayoría de las veces sí, pero no siempre que mordemos lo hacemos exclusivamente para comer, por así decirlo es como cuando conectamos un teléfono móvil a un ordenador y éste nos da la opción de transferir datos o de carga. En el momento en que nuestros colmillos penetran en el torrente sanguíneo de una víctima, no solo succionamos, también vertemos sustancias químicas a él, entre ellas anticoagulantes, anestésicos y neurotransmisores. Llevo media vida estudiándonos y aún estoy lejos de comprender los procesos. Por ello los mordiscos de un vampiro siempre han estado rodeados de cierta erótica, todas las leyendas albergan algo de verdad, y lejos de ser dolorosos, pueden llegar a ser muy placenteros. Hoy me han servido para despejar mis dudas sobre el traslado de Noelia (Laura) ese traslado en realidad es una sentencia a muerte. La clínica tiene órdenes de no ayudarla, solo dejarla morir, la mano y el bolsillo de su hermano andan detrás. Un ramalazo, un escalofrío me recorre el cuerpo desde la plantas de los pies hasta la nuca, es un puñal gélido, que me corta abriéndome en canal, separando la carne del hueso. Ahora comprendo el miedo de Laura, ahora entiendo su terror impotente, sabe que lo que le ha sucedido no ha sido fruto de un accidente, y quizás el empeoramiento de su padre tampoco lo sea.


Llevo diez minutos sentado en el borde de la cama, pensando, estoy embotado. Intentar cancelar el traslado no tiene sentido, solo lo retrasaría unas horas y tampoco puedo recurrir a las autoridades, pero el tiempo apremia y tengo que hacer algo, pero qué.


Me levanto y voy al cuarto de baño que está junto a la habitación. Es una casa nueva y con buenos acabados. El baño del dormitorio principal es amplio, está limpio, huele a su empalagoso perfume, como todo. Hay un armarito de colgar atestado de cremas y potingues. Luego de los sanitarios hay un plato de ducha con una mampara de cristal. Dentro hay una repisa de cristal llena de botes de champús, geles y mascarillas. Entro y acciono la llave del agua, que inmediatamente empieza a salir. Está fría, helada pero es un segundo, la caldera ha arrancado y no tarda en calentarla. Alivio mi vejiga, me quedo embelesado viendo mi orín de color coñac golpear sobre la loza blanca y como se mezcla con el agua para desaparecer por el desagüe. Huele fuerte, a sangre y a alcohol. Mi miembro viril aún está sensible. La ducha me despabila, me despega el olor a sexo y de alguna forma misteriosa rebusca en la papelera de mi pensamiento donde recupera una de las primeras ideas que vinieron a mi mente. Ahora me parece brillante, de igual forma que antes me pareció absurda y descabellada. Doy un manotazo al grifo y salgo de la ducha. No hay tiempo que perder. son las 03:05 minutos de la mañana, aún tengo margen para hacer algo.


Salgo del domicilio de la directora de la forma más discreta y silenciosa posible. Cuando despierte, descubrirá dos pequeñas incisiones en el cuello, idénticas a las marcas de unas agujas hipodérmicas, que no tardaran en desaparecer además un recuerdo vago y neblinoso de un mordisco. Uno que le asestó ese misterioso hombre, el mismo que la abordó de aquella forma tan extraña, con el que terminó en la cama después de un par de copas. Un mordisco que le recordó a esos que había visto en el cine, uno que solo daban los ¿vampiros?.


La calle está tan desierta como cuando llegamos, comienzo a andar hacia donde tengo aparcado el coche. Si hubiera sabido que habríamos terminado en su casa no lo hubiera traído, lo hubiera dejado en el Hotel, pero esto no deja de ser una locura e improviso sobre la marcha como ahora. De hecho este estúpida reflexión sobre el coche no es otra cosa que una argucia de mi mente para aliviar la tensión, porque aún no soy o no quiero ser consciente de a donde me dirijo. No hay otra salida. Laura me necesita y no puedo fallarle, no he llegado tan lejos para nada.


El spider arranca, comienza a desentumecerse del frío helador mientras rueda por las calles del centro de Valladolid. Busco salir a la nacional que me llevará al cruce con la CL610, y luego a las bodegas Blázquez. Uso los mandos del volante para activar el equipo de música del coche, selecciono un tema de la banda californiana más famosa de heavy metal llamado “Enter Sandnman”. Los primeros compases empiezan a sonar poderosos y contundentes, agarro el volante con firmeza. Pablo Blázquez va a tener una visita, una inesperada.


La casona familiar se encuentra junto a la bodega y en medio de cientos de hectáreas de viñedos. El padre de Laura nunca quiso separarse de su tierra, de sus viñas y pretendió que sus hijos hicieran lo mismo, lo consiguió con dos. Una garita con un guardia de seguridad controla la verja de acceso. Esto no lo tenía previsto, pero ya no puedo dar la vuelta, soy como una mosca en un plato de leche. Me acerco y paro justo delante de la garita el guardia es un hombre de unos 40. Primero me mira curioso cuando ve que me detengo y bajo la ventanilla del coche para hablar él me imita y abre la de su puesto.



-Buenas noches - Saludo


-Buenas noches - Contesta. En su mirada hay curiosidad y precaución.


-Necesito hablar con Don Pablo Blázquez es de vital importancia


-Lo siento, pero eso es imposible, tendrá que esperar a mañana.

Bien, la respuesta es la que esperaba. El hermano de Laura está en casa. Confirmarlo ha sido un alivio, durante el camino me torturaba el hecho de no encontrarlo.


-Perdón. No me ha entendido, pero si espero a mañana para hablar con él, yo tendré un grave problema y usted pasará a engrosar las listas del paro y creo que don Pablo se encargará personalmente de que no encuentre trabajo. Sabe perfectamente de lo que estoy hablando, ¿verdad?. Dígale que le traigo noticias de la clínica San Lorenzo.

El farol ha funcionado, el hombre de uniforme azul, descuelga un teléfono con desgana ahora en su mirada hay rencor y una lucha privada entre la sartén y el fuego.


-Perdón por las horas señor...Sí, lo sé y le pido disculpas...pero me dicen que es de extrema urgencia…si no, no me hubiera atrevido...de la Clínica San Lorenzo… Bien, ahora mismo señor, buenas noches perdón otra vez. Cuelga sin mirarme activa la verja que se desliza con suavidad sobre un rail bien lubricado dejando el camino libre

Penetro en la propiedad con una leve sonrisa de suficiencia en los labios. Lo reconozco solo es una burla hacia el vigilante, y una manera de relajarme, porque la hora de la verdad ha llegado.


Un camino asfaltado separa la entrada de la casa. Unas farolas lo flanquean, su luz se ha activado con la apertura de la verja. Los ladridos rompen el silencio de la noche son graves, furiosos, amenazantes. Perros, odio los perros, aquellos animales tienen un sentido del olfato y el oído tanto o más desarrollado que el mío, son los únicos que se percataran de que soy lo que soy. Un par de rottweiler han empezado a escoltarme. El viaje ha terminado, los canes me ladran mientras esperan que baje del coche, lo he detenido frente a la puerta de una casona señorial de aspecto rústico. La puerta se abre y aparece el mismo hombre con el que me cruce al salir de la habitación del hospital clínico, solo que ahora no lleva traje ni el pelo engominado, si no un batín azul oscuro, aguarda. Sin duda, los perros son parte del mensaje de bienvenida que viene a decir “¿quién coño eres tú y qué quieres?” Si no hubiera acertado no lo hubiera sacado de la cama, mi visita le pone nervioso no hace falta ser muy inteligente para saber que oculta algo, algo lo suficientemente grave como para aceptarla.

Abro la puerta y automáticamente los perros se acercan sin dejar de ladrar, los ladridos han pasado a ser rugidos. Los colmillos de los rottweilers resaltan en sus hocicos arrugados. Creo que don Pablo está disfrutando con esto, pero si cree me va a amedrentar está muy equivocado, si supiera la verdad sería él el que lo debería estar y mucho.

Continuará...
 
 

sábado, 24 de marzo de 2018

Riada #12



“Seguían abrazados, él le besaba el cuello. El cuerpo de Laura tembló entre sus brazos, por un momento lo sintió frío. Intentó separarse de ella, ¿qué pasaba?. Estaba rígida, agarrotada, sus uñas se clavaron en el cuello cuando intentó alejarse, notó el dolor de las diez hincándose en la carne.

Por un momento todo volvió a tener sentido, desgraciadamente lo hizo, ahora el que temblaba era él. Empujó el cuerpo de su mujer, tenía que separarse de ella, sintió asco y terror al tiempo. ¡Dios mío, no podía ser, no podía ser!.

Lo consiguió a duras penas, la cara de Laura quedó frente a la suya, a poco más de un palmo. Los ojos le brillaban en azul, como si en vez de ojos tuviera dos zafiros incandescentes que le apuntaran, azules, profundamente e insanamente azules. No podía seguir mirándolos, era mirar a la mismísima Locura. No, esos ojos no eran los de su mujer, él lo sabía bien; él los había visto antes, en otro lugar, en otro rostro.

Todo era verdad, lo que aquel demonio le había contado era verdad, lo que él había vivido era verdad, no lo había soñado y ahora también estaba dentro de su mujer. Le habían vuelto a engañar. El pánico hizo presa él. La empujó en un acto más reflejo que voluntario, producto del terror. El cuerpo de Laura no se resistió, estaba vacío, igual que una cáscara, ausente, como si fuera un autómata que se hubiera quedado sin baterías. No intentó defenderse, no usó los brazos para protegerse en la caída, simplemente cayó como un árbol que recibe un último hachazo, como un peso muerto. Una de las argollas de la cortina de baño saltó por los aires, no pudo sujetar el peso de la mujer al caer, como tampoco las cervicales pudieron resistir el impacto contra el bidet.”

-¡Noooo!

Abrió los ojos, el corazón le golpeaba en el pecho como un loco que no lo es, golpea la puerta de su celda acolchada, gritando, asegurando su cordura. Otra vez aquella pesadilla. Otra vez, una de sus pesadillas favoritas. Esas que le perseguían desde siempre, pues ya no podía recordar nada antes de aquello, antes del Azul.

Muchas noches empujaba el cuerpo de lo que alguna vez fue su esposa y podía oír el crujir de las vértebras contra la porcelana del bidet, igual que el de unas nueces al cascarse. Otras soñaba con Paula y entonces era aún peor.

Cuando despertaba es cuando hubiera preferido seguir soñando, porque bien sabía que no eran exactamente unas pesadillas. No, no eran un mala pasada de su subconsciente jugando con sus miedos mientras dormía. No, aquello eran recuerdos, unos tan vívidos que le mantenían en una vigilia esquizoide y luego en un descanso imposible. Con el tiempo y la medicación consiguió al menos, mientras estaba despierto, apartarlos de su mente y entonces le dijeron que estaba curado. ¿Curado? Hay heridas que no se curan. Él tenía un cáncer en el alma y esos no se curan. Sólo se adormecen hasta que llega la noche. En esos momentos su psique cancerígena era libre de torturarlo todo lo que quisiera y ese era un buen motivo para temer dormir.

Volvió a arrebujarse entre los cartones que componían su lecho. Se colocó del lado derecho para evitar que la claridad de una farola le diera directamente en los ojos. Aquel soportal era un buen lugar para pasar la noche y sería perfecto si no fuera por aquella farola, por eso estaba libre. Ningún otro mendigo lo había reclamado y no tuvo que pelear por él. A él le gustaba “dormir” con luz, como un niño que necesita la lamparita de la mesita de noche.

Pero tampoco estaba cómodo. Tenía una extraña sensación que le hacía hormiguear la nuca, como si alguien lo estuviera observando. Un indigente está inmunizado contra esas miradas curiosas de transeúntes, esa especie de mezcla de lástima, curiosidad y asco. Aquello era distinto, no se trataba de soportar el peso de unos ojos anónimos. Aquella sensación era conocida para él, pero no, no podía ser, o sí….sí que podía ser, de hecho debería haber estado preparado para ella. Él había pateado el avispero. No podía seguir siendo tan inocente, tan cobarde, delegar toda la responsabilidad en manos de un extraño. Era su responsabilidad, siempre lo había sido y una vez más no daba la talla. Permanecía escondido en su cubil de cartón a la espera de otros averiguaran qué ocurrió con su hija, esa misma muchacha que ahora yacía muerta en un depósito de cadáveres por su culpa.

El miedo antiguo había dejado de husmearlo y comenzaba a rajar a realizar pequeños, precisos y dolorosos cortes igual que un sádico que se deleita con el sufrimiento de su víctima. Rompió a temblar, el esfínter de la vejiga se relajó mojándolo. Sintió primero el calor del orín y acto seguido el frío húmedo de la vergüenza y el pánico pegándose a su piel

- Buenas noches don Luis. Me alegra volver a verle.

Se despertó de súbito, igual que en el sueño pero esta vez de verdad. La luz de la farola se derramaba sobre su lecho de cartones revueltos y manchados de orines. ¿Había sido un sueño? No podía asegurarlo. Era, había sido tan real. Se miró y sintió asco y vergüenza de sí mismo. Era un cobarde que se había meado encima. ¡Dios! aquello había vuelto a comenzar. Set lo había encontrado y esta vez no tendría tanta suerte.

Tenía que advertir al policía. Aquel sueño o lo que hubiera sido solo podía significar una cosa. Ahora estaban bajo la mirada de aquel monstruo. Y Arturo no podía hacerse ni siquiera una pequeña idea de lo que Set podía hacer. 

Continuará...