NOSOTROS

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viernes, 19 de enero de 2018

Música ''ESA'' : Eléctricos, Sinfónicos, Alquimistas.

Se inició 2018 con los típicos deseos de una vida mejor y demás promesas con brindis al aire, pero el movimiento es necesario para pasar a la acción y volver a dar de nuevo lo mejor de cada uno, compartir y dejarse llevar por la magia de la música.
Preparar un concierto post Reyes Magos en un bar de cierta solera de tu ciudad obliga a invertir unas horas más de lo habitual porque quieres que todo salga perfecto y al final esa inversión da sus frutos.


Todo salió bien, nosotros gozamos y el respetable se dejó llevar de viaje durante casi dos horas.
Pasado esto, toca actualizarse y comentar unas novedades musicales que merecen una buena escucha y quizá pase a formar parte de la discoteca personal de cada uno.




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La primera banda que  os propongo vienen de Atenas, se llaman Bare Infinity y galopan entre el sinfónico y el power y su último disco The Butterfly Raiser contiene buenas melodías, aires vikingos, raíces folk, dosis de virtuosismo sin empalagar y la voz de Ida Elena aportando sensualidad y bravura a partes iguales:


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Los veteranos Edenbridge proceden de Austria y su formación como músicos de la escuela clásica queda patente en cada canción de sus discos. The great momentum es su último disco (2017) el noveno ya. Metal sinfónico con una producción y sonido impecable.  A destacar entre vistuosismos, la voz de la hermosa Sabine Edelsbacher moviéndose con maestría entre progresiones, cambios de tono y de ritmos:



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The Dark Element es la nueva propuesta de Annette Olzon tras ser la vocalista de Nightwish. Una grata sorpresa para los que esperábamos un coqueteo con el pop, pero se ha destapado con un gran disco de corte sinfónico.


La banda nace en Finlandia y el debut es agresivo, potente y melódico, hasta con ciertas pinceladas que dejan ecos de su antigua banda:

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Y el plato fuerte es sin duda Exit Eden, la nueva banda que ha creado Amanda Somerville y que ha puesto su voz para Trillium, Kiske, Avantasia, Luca Turilli, Epica, Edguy entre otros, ha reclutado a otras tres divas:
-Anna Brunner (coros en Avantasia)
-Clementine Delauney (Visions of Atlantis)
-Marina La Torraca (Phantom Elite)


Cuatro voces con sobrada experiencia y tablas ofreciendo su particular versión sinfónica de grandes éxitos de artistas del pop y otros estilos. Esto es lo que ofrecen Exit Eden en su disco de debut titulado Rhapsodies In Black.


Y para las orejas más veteranas, el clásico de Bonnie Tyler:


Tan solo por esta maravilla merece la pena tener el disco. El nivel de ejecución e interpretación es muy alto y el resultado final es apabullante. El metal sinfónico al servicio del pop, lo cual quiere decir que si la canción es buena, da igual el estilo interpretativo; va a sonar y va a transmitir y de eso es de lo que se trata.






Mantengo humildes mis orejas. Y en 2018 también.

lunes, 15 de enero de 2018

RIADA #9








El día había amanecido soleado. Parecía que al fin las lluvias habían dado una tregua e incluso que se mantendría unos dias.

Las gotas de sudor le perlaban la frente y el aire cargado de olor a pino le atravesaba los pulmones. Salía a correr a menudo, le gustaba hacerlo. Correr era una forma de desconectar del mundo, de los problemas cotidianos. de cuidarse, de dedicarse un tiempo solo y exclusivamente para él, y también la manera que tenía de justificar otro hábito mucho menos saludable, fumar. Correr compensaba el tabaco, se decía.

Normalmente lo hacía por un parque cercano a casa. Se ponía música y corría hasta que las piernas o el pecho le quemaban. Se negaba a usar aplicaciones para que le informaran de la distancia, la velocidad o las calorías consumidas. corría por el mero placer de hacerlo. No necesitaba esa especie de competición absurda con el mismo, no le preocupaba batir su récord personal y por supuesto, mucho menos estaba interesado en pavonearse en ninguna red social. No, correr no era una cuestión de ego, sólo era correr, correr y escuchar música. Pero hoy era un día especial. Hoy no corría por el parque de al lado de su casa, hoy lo hacía por un bosque lejos de la ciudad, un bosque que guardaba un secreto, uno que él quería si no descubrir, por lo menos cercionarse de que existía, de que otra pieza del puzzle estaba sobre el tablero El Buen Pastor una residencia, un sanatorio abandonado donde según Luis habitaba un ser, un monstruo. Por un momento sintió un pequeño temblor de piernas y dio una zancada más corta, más insegura. De ser cierto todo, se estaba adentrando en la boca de un lobo, de un lobo viejo, astuto y malvado. Tenía que ser prudente, mucho.

Dream Theater seguía sonando en sus oídos, su música actuaba como un bálsamo, uno que le templaba y sosegaba. Sólo echaría una mirada discreta, suponiendo que existiera, y suponiendo de que diera con él. Las instrucciones de Luis fueron vagas “sigue la pista forestal”.

Ya llevaba 20’ trotando por aquel bosquecillo y nada. Una urraca graznó desde su percha en una rama alta de abeto cercano, su desagradable voz se coló entre las notas de Endless Sacrifice. Por supuesto no entendía el idioma de las urracas, y de ningún otro pájaro, pero juraría que aquel graznido sonó a: “Vete!”. como si aquella ave fuera un portero y le estuviera advirtiendo de que allí no era bien recibido, que no les gustaban los trotones curiosos.

200 metros más adelante el camino torcía a la derecha en una curva brusca, que no dejaba ver qué había más allá pero tuvo una corazonada y fue cierta el Buen Pastor surgió entre el verdor del bosque, rotundo, sobrio, una mole blanca con tejados a dos aguas, negros de pizarra y ventanas enrejadas.

La imagen de la construcción le hizo detenerse. Allí estaba lo que había venido a buscar. Justo como se lo había descrito el mendigo. Y ahora qué. Tanto se había preocupado en encontrar y de alguna forma casi había deseado que no existiera o que fueran unas ruinas, los restos de algo que ya no era, de algo que solo fuera una sombra en los recuerdos de un hombre trastornado y que, porqué no reconócelo, le diera la excusa de dar por zanjada esta madeja en la que poco a poco se estaba enredando.

El pájaro volvió a graznar otro “Vete!” Más contundente, más seco, más “No te lo voy a volver a repetir”. Pero no, no se iba a ir. El Buen Pastor existía, lo había encontrado, al menos físicamente, ahora solo había que comprobar que no era un simple edificio perdido en medio de un bosque. Reanudó la marcha. Echó a trotar de nuevo, muy despacio. Quería tomarse tiempo para observarlo detenidamente mientras recordaba las palabras de Luis:

“Está rodeado por unas verjas de hierro, acabadas en puntas de lanza, donde el óxido medra. Es un edificio con planta de cruz, compuesto por dos alas y una nave central de tres alturas. En medio de una pradera de césped, verde, cuando no hay calvas de barro rojizo. Los muros son de ladrillo enfoscado en blanco, con refuerzos de granito. Los tejados de pizarra a dos aguas. De ellos sobresalen varias chimeneas. En la nave principal, se adelanta un porche, con columnas de piedra y un portón de madera de dos hojas con tachones de metal, que recuerda al de una fortaleza. Sobre él hay un cartelón con el nombre de la institución.

En las fachadas se asoman ventanas. Las del nivel inferior tienen rejas de hierro pintadas en blanco y en las de las demás están protegidas con una tela metálica como las de un gallinero”

Decidió seguir el camino hasta la cancela y luego rodearlo discretamente. No se apreciaba ninguna actividad, las chimeneas no expulsaban humo y no había ningún coche a la vista. A lo mejor no había nadie, a lo mejor solo estaba cerrado. Era una bonita idea, tan bonita como breve, pues el morro de un Mercedes negro apareció lento e imponente por un lateral del edificio. Ya lo habrían visto, igual que él los había visto a ellos, su indumentaria de runner no era especialmente discreta y los colores fosforitos del cortavientos no le hacían pasar precisamente desapercibido entre aquel fondo verde de coníferas. El camino moría en la verja del Buen Pastor era absurdo fingir que iba a cualquier otro lugar o intentar hacer un cambio de dirección. Lo mejor sería actuar con naturalidad. Se llevó la mano al brazo y sacó el móvil de la sujeción, donde lo portaba mientras corría. Se detuvo y lo apagó. En ese instante la música dejó de sonar y la pantalla se volvió negra.

El Mercedes negro cruzó la cancela y siguió avanzando, con el crujir de la grava bajo los neumáticos hasta donde él estaba quieto y sin dejar de mirar el móvil. Puso cara de circunstancias y les llamó la atención para que se detuvieran.

El cristal tintado de la ventanilla del copiloto bajó un par de palmos.

Un hombre trajeado de negro, con gafas de sol de pasta del mismo color y cabeza cuadrada apareció. No dijo nada.

· Perdón. Mi teléfono se ha debido de estropear y no puedo usar el GPS. Creo que me he perdido. Me podrían indicar cómo se sale de este bosque.

· Suba al coche- Dijo cara de perro.

No era una sugerencia, no era una petición. Era una orden.

· No, no será necesario tanta molestia. Ya encontraré yo solo el camino de vuelta. Gracias.

Aquello no le gustaba, nada, ni una pizca. Tenía que salir de allí. Lo mejor sería correr pero hacerlo campo a través, por entre los pinos. Allí el coche no les sería de utilidad, y podía correr, correr muy rápido.

Sin mediar una palabra más se giró, dispuesto a salir a toda velocidad de allí. El motor que accionaba la ventanilla del copiloto volvió a trabajar, emitiendo un leve siseo para ocultar completamente la luna tintada en la carrocería del coche. Entonces cuando ya estaba a tres zancadas de él, llegó hasta sus oídos el inconfundible sonido de un arma cuando se monta y una voz autoritaria, mucho menos amable, mucho más tajante, que le gritó, Alto!

· Suba al coche. No se lo volveré a repetir.

El miedo a saberse encañonado era paralizante. Su formación no sirvió de nada. El miedo le tenía atrapado entre los dientes.

· No me ha oído?

· Sí. No sé qué quieren de mí pero les aseguro que esto es una terrible equivocación.

· Desde luego que sí agente Arturo. Ha cometido una terrible equivocación. Ahora monte en el coche o le volaré la tapa de lo sesos y luego le quemaremos igual que quemamos a Pepín.

Continuará... 

RIADA #1


sábado, 13 de enero de 2018

Abuela



10:00 p.m.

Lo sé porque puedo ver la hora en la pantalla del móvil. Si me dejara guiar por la intuición, juraría que son las dos o las tres de la mañana. La habitación está a oscuras y la luz del pasillo aún hace que parezca más oscura. Todo está en silencio. Solo el murmullo de el motorcito del ventilador, que tiene la mujer de la cama de al lado y el goteo de la bomba de morfina de mi abuela lo perturban. Estoy sentado en una especie de prototipo fallido de silla eléctrica, a los pies de la cama donde descansa la madre de mi madre, o al menos lo que queda de ella. Siempre fue una mujer de estas que se “veían venir”. Ahora, la pobrecita es una especie de Yoda pálido, que mantiene la boca sin dientes abierta, en una suerte de grito mudo. Se aferra a la vida testaruda. Dicen que el que tuvo y retuvo guardó para la vejez, creo que mi abuela tiene una buena remesa de tozudez. Que sí, que al final se morirá, pero cuando ella quiera.

Tiene 91 años, una neumonía y un infarto cerebral solamente. Pero hija de mineros y casada con un herrero, mi abuelo, una mezcla de Gandalf y de tripulante de un drakkar no es precisamente una mujer débil.

Mientras escribo ha decidido que era hora de descansar y ha expirado. Permitidme que deje un momento de pulsar este trocito de cristal retroiluminado y vaya a consolar a mi madre, porque consolar a los demás es la única forma que encuentro también de consolarme a mí mismo.

Os podría hablar de mi abuela, de lo cariñosa que siempre fue conmigo. Pero claro, fui su primer nieto y el mayor primo literalmente de la familia, así que no seré muy objetivo y a demás está de cuerpo presente por lo que los sentimientos siguen a flor de piel. Por eso no lo haré todavía. 

Han pasado 8 horas desde que nos dejó, desde que decidió mudarse a Villa quieta, y aún no somos muy conscientes. De siempre se habla, que hasta que pasa un un tiempo y empiezan a pasar cosas, a venir fechas significativas, no se toma consciencia de que un ser querido no está. Supongo que los que estamos lejos, tenemos la ventaja de estar como más preparados para la ausencia, pues no nos rozamos a diario y los echamos menos en falta; pero también no nos haremos cargo y nos durará más el luto, pues cada vez que volvamos, tendremos que recordar que ya no está, que no es que haga tiempo que no la veamos, que cuando lleguemos para pasar las vacaciones no estará esperándonos con esa alegría irreductible de las abuelas, que no ven hace mucho a su nieto favorito y a su hijita. Entonces es cuando el peso de su ausencia nos golpeará inmisericorde. No temo tanto el golpe en mí, como lo temo en mi niña, por ende también la primera bisnieta. Aún es suficientemente pequeña para encajar la muerte casi como algo mágico, y sorprendente mormal. Parece mentira que los niños sepan gestionar mejor estas cosas. Porque ellos lloran y ya, lo comprenden como algo natural, que en realidad es lo que es, ¿No? La mente de un niño es tan flexible que se adapta a todo, se amolda a cualquier grieta, no importa las aristas o recovecos. Ellos la ocupan como si fueran un fluido, compactando al modo en que lo haría una resina o una silicona. Sellando y reparando la estructura mental, estabilizándola. Sin embargo los más mayores, o por lo menos yo, no somos capaces de hacerlo de forma tan espontánea. Que sí, que nos contamos mil cosas, y las contamos a los demás con serenidad y madurez. ¡Ay qué bonitas son las mentiras!. La humanidad, se ha empeñado en ordenar el caos, en un vano intento de comprenderlo y así dejar de temerlo. Porque el primer paso para dejar de temer algo es nominarlo. Pero en un universo que tiende a la entropía, ordenar suena absurdo, casi quimérico. Eso debe de ser hacerse mayor, perder agua, secarse, hacerse rígido hasta que la propia inercia de ese mismo universo entrópico contra el que luchamos, nos doblega y nos vuelve a absorber devolviendonos a ese polvo que somos, a ese polvo cósmico, ese polvo de estrellas.

Creo que después de esta hemorragia de hiper verborrea filosófica barata, voy a buscar algunas palabras para poner aquí y así hacer una burda descripción de cómo era o cómo es.Pues lo bueno de todo esto, si lo hay, es que nada ni nadie podrá ya cambiar mi percepción de ella. Ni ella misma.

Siempre la vi como una mujer de fuerte carácter. Con mucha dignidad y con la inteligencia suficiente para sacar para delante a su familia. Que sí, que se dedicó a su casa, como han hecho la amplia mayoría de las mujeres de su quinta, por eso digo inteligencia. Porque había que serlo y mucho, para saber llevar el timón de una casa con tres hijos (y otro, una niña que no llego a dejar de serlo, por culpa de una meningitis) prácticamente sola, pues los hombres de antaño bastantes problemas tenían para ganar un sueldo y más en una ciudad, que les era extraña, pues aunque medraron en Huelva, no eran oriundos de la capital onubense, poco más que un pueblo con aspiraciones, sino de la sierra y del andévalo.

Al principio mi abuela trabajo sirviendo en la casa de un médico y gracias a ese trabajo, mi abuelo comió mejor muchas veces. Los principios nunca son fáciles y hasta que él y su arte no consiguieron hacerse un hueco en la industria astillera, no fueron pocas las vicisitudes. Aguantó mientras mi abuelo probaba suerte en varias empresas, pero empresas de esas de cuando se llama empresa a una aventura, más que a montar un negocio. Por cierto también tuvieron uno, un taller, una fragua. Luego de probar en Francia e incluso embarcarse, llegó el feliz remonte industrial español y consiguió trabajo en Abengoa y a partir de entonces estuvieron viajando, trabajando y viviendo en diferentes ciudades de la piel de toro, siempre detrás del milagro de la energía nuclear, construyendo sus centrales.

Esos son los primeros recuerdos de mis abuelos. Estaban trabajando lejos en, Tarragona, en Talavera y volvían e incluso íbamos a verles en vacaciones. Mi padre y mi madre me llevaron por media España, primero en un Seiscientos y luego en un Ford Fiesta, donde cabía todo e incluso hubo sitio para una “sillita” para mí. Un prototipo, una curiosidad, de cuando ponerse el cinturón de “delante” era una novedad. Ahora nos parecerá algo digo de una saga homérica, pero sí, se podía tener un hijo y un coche de tres puertas y 1200 cm3 e ir a Tarragona desde Huelva sin aire acondicionado y por carreteras nacionales y no pasaba ná.

Ver a mis abuelos siempre era una fiesta. Mi abuela me colmaba de besos y cariños. Me traía caramelos, que no comía, porque nunca fui de dulces, pero que me encantaba recibir y claro, juguetes. Pero lo mejor de mi abuela era que ella fue la primera en confiar en mis dotes para la cocina. Así que me arrimaba a ella cuando trajinaba entre los pucheros y con su infinita paciencia me daba harina y azafrán y Dios sabe qué más, para que me iniciase haciendo potingues. Lo que nunca conseguí que me diera fue la fórmula secreta de sus patatas fritas (sí, las de mi abuela son las mejores del mundo, no os canséis) y la de las “espoleás”, una suerte de gachas dulces, que hacía en un perol de hierro con poco más que harina, agua y azúcar pero que sabían a gloria.

Luego recuerdo con mucho cariño las mañanas de los días de Reyes. Ésas siempre son especiales cuando eres niño, pero incluso muchos años después de descubrir que los Reyes Magos no son solo los padres, si no también los abuelos, aquellas mañanas seguieron siendo mágicas. Después de abrir los regalos en casa, íbamos a casa de mi abuela (mis abuelos paternos murieron demasiado pronto, a mi abuelo no lo llegué a conocer, y mi abuela falleció al poco de nacer yo). Siempre decíamos a casa de mi abuela. Quizás porque mi familia siempre haya estada formada por matriarcados. Mujeres muy fuertes, casadas con hombres también muy fuertes, pero que sabían dejar el protagonismo a sus mujeres y aunque ellos financiarán y de facto fuera la casa de ambos, e incluso en aquellas épocas donde las mujeres pintaban poco o nada, ellos “siempre vivieron en casa de sus esposas”. Pues como iba diciendo. Llegábamos a casa de mi abuela y aquello era como ir a Disneyland. Estaban mis primos, mis tíos y ellos. Y había regalos y chocolate y sobretodo magia. La casa de mis abuelos no era muy grande. Una casa de dos plantas. Claro que entonces me parecía un palacio y allí nos metíamos todos y era maravilloso. Como aquel día que hubo un temblor de tierra y nos fuimos a su casa a las mil y quinientas. Allí como pollos asustados en busca de la gallina. Porque también era eso. Mi abuela ha sido un vértice donde todos hemos girado. Primero sus hijos, luego los nietos, y hasta los bisnietos, que en sus pocos años han comprendido y han sentido esa especie de gravedad emocional que mantenía unida nuestra familia, como esa Fuerza mística de las películas de las galaxias. Ellos y en gran medida ella, mi abuela Josefa era de donde manaba esa energía vertebradora. Ojalá su ausencia de cuerpo no sea el fin de su legado. Pues eso somos y eso le debemos. Podría seguir escribiendo y contando anécdotas, curiosas, entrañables y algunas muy divertidas. Pero las canciones deben de saber acabar o aburren al público y solo confortan a la vanidad del músico. Así que aquí termino de hablar de mis abuelos, de mi abuela a la que he querido mucho, quiero y querré. En la muñeca llevo la pulsera que hizo mi abuelo y todos los días le llevo en el pensamiento, ahora también la llevaré a ella. 
 
 

jueves, 21 de diciembre de 2017

Saturnales musicales.

A estos días dicemberinos hay quien los llama ''simulacro de paz y amor'', ''feliz vanidad'', ''puta navidad'' y nosecuantas lindezas más. Supongo que no les falta razón, ya que cada uno cuenta la fiesta según como se la haya pasado, pero como La Navidad no sólo tiene adjetivos despectivos, sino que también los tiene admirativos y como estamos en El Cajón y aquí reinan música y fantasía, os voy a compartir una pequeña muestra de lo que es la discografía que suele sonar en mi rincón en épocas saturnales.



En octubre ya se empiezan a ver los primeros mantecaos en las tiendas. En noviembre los turrones ya andan por doquier y al empezar diciembre, tiendas, calles, bares, cines, antros, casas...todo se convierte en una peli de serie B tipo ''perpetual eyaculator in everywhere'' navideño.
Todo lo que te rodea se envuelve en ruido y luces y sólo existen los colores rojo, blanco y verde para la ropa y la decoración...

Suddenly todos son Papá Noeles!!

El vecino saliendo a tirar la basura, el mecánico de tu taller de confianza, la niña de la tienda, el chalao de tu compañero del trabajo, el de la gasolinera, el que vende los gorros de Papá Noel!
Joder, ayer mismo fui a visitar a mi madre,  pero había un señor con barba blanca y un gorro colorao diciendo: jo,jo,jo,jo!! la reconocí por la risa que le dió. Casi se me escapa un pedete del susto. Imaginaros el cuadro.

Los villancicos comerciales son una tortura china: al principio casi agradan, pero al cabo de unos días ya empiezan a sangrar las orejas y los oídos piden a gritos que los sacrifiques ya y de forma instantánea. No quieren sufrir más.

Básicamente se componen de un ritmo de pandereta y cascabeles, una guitarra ritmeando acordes sencillos, una flauta porculera y una voz generalmente de niño, que se asemeja a un pito de feria. Todo eso agitado y mezclado, tienen la osadía de sacarlo a la venta y bombardearnos constantemente durante 40 días como mínimo en todos los rincones de tu ciudad, pueblo o pedanía. Durante las 24 horas del día.
Y que yo sepa, no hay suicidios por intoxicación acústica ni gente queriendo matar hilos musicales en supermercados, gasolineras, bares u oficinas. A mí me han entrado ganas alguna vez, pero de momento lo controlo regulando la respiración e intentando tararear alguna canción de Led Zeppelin o Fausto Taranto.

No sólo soy melómano; también me gusta la música.


Unas navidades las tuve que pasar trabajando en unos grandes almacenes, todos los días desde el 1 de diciembre hasta el 7 de enero, de 9:00 a 22:00h. En este horario comercial empezaban a sonar los dichosos villancicos del niño con la flauta durante las 13 horitas de nada que duraba cada cornada laboral.
Uno de esos días que pude cotillear por allí, pude acercarme a la oficina donde estaba el equipo de música y ví que el reproductor de Cd's tenía tan sólo dos de los seis que admitía, cada uno con 15 canciones de unos 3:00 minutos de duración. Acababa uno y automáticamente empezaba el otro.
30 canciones en bucle durante 13 horas diarias.
La tortura china.

Todo se quedaba sordo cuando por fín subía al coche y arrancaba el motor. Desde que me enseñaron a conducir tengo la costumbre de dejar el coche en ralentí un par de minutos para que el motor no empiece a trabajar en frío, así sufre menos y se le alarga la vida. Esos dos minutos eran en completo silencio, me pitaban los oídos y a veces me dolía la cabeza.
Necesitaba mi terapia musical de camino a casa.


Los 20 minutos aprox. que duraba mi trayecto eran mi terapia de desconexión, conducir y tararear las canciones que llevaba en el coche grabadas en un CD con los villancicos que no suenan habitualmente por los lugares donde nos desenvolvemos a diario.

Llegar a casa, respirar relajado, buena música y mejor conversación..


Realmente hay mucha música, más de la que podríamos disfrutar si viviéramos el triple. Pero hay que seleccionar y yo llevo estos derroteros. Me gusta escarbar en estanterías de tiendas de vinilos y oportunidades, observar portadas, preguntar, escuchar a ser posible y darme el gustazo de ampliar un poco más la colección. Poco a poco, sin prisas, hay que disfrutar el camino, descubrir alguna perla nueva o un viejo LP desconocido pero con un contenido de valor incalculable.




Saturnales o navidades, lo que quiera cada cual. Me quedo con las dos, agitadas y mezcladas.

En cualquier caso, que reine la paz.




viernes, 15 de diciembre de 2017

RIADA #8



Seguir la cadena de mando hubiera sido lo más ortodoxo y también lo más estúpido. El testimonio de un vagabundo chalado, como único indicio. Rellenar un informe y su conciencia quedaría liberada, habría hecho su trabajo. Con toda probabilidad se quedaría encallado en una pila de documentos, o en una base de datos junto con otros miles gigabytes de información. La policía no podía pedir un análisis de ADN así como así. Habría que justificar una investigación, que consumiría no solo tiempo si no también recursos y de ambos escaseaban. Una investigación para la que no tenía una base sólida y que sería desestimada a la primera de cambio.

Pero bien sabía que su conciencia no quedaría descargada. No, sabía que si seguía el procedimiento ordinario siempre le quedaría una espina en su conciencia, de que pudo hacer algo más, que no agotó todas las posibilidades. No sabía hacer las cosas a medias, quizás por eso dudaba tanto, quizás por eso le costaba tanto comprometerse en algo, porque si lo hacía llegaría hasta el final del asunto, no se quedaría tranquilo hasta que hubiera llamado a todas las puertas.

Eran las 3 de la tarde ya había terminado su turno. Estaba dentro de su coche particular, aparcado a 500 metros de la salida del instituto anatómico forense, esperando. Si lo pensaba bien era una locura, pero a veces la locura solo era un punto de vista desde un ángulo diferente de una misma realidad y qué demonios todo aquello lo era ya de por sí. Se jugaría esa baza y si no salía bien al menos no podría reprocharse que no lo intentó.

El coche patrulla estaba estacionado justo delante del edificio. Tras el asesinato del equipo forense se habían extremado las medidas de protección. La nueva titular que se había hecho cargo de la plaza salió del edificio. Arturo se informó discretamente para poder reconocerla. No sabía porqué se esperaba encontrar una señora de unos 50 años casi con aspecto de madrastra de novela de Dickens

En cambio la base de datos le informó de que la Doctora Emma Gómez Mūller, Era una guapa de mujer 36 años de pelo oscuro y ojos verdes.

La doctora se encaminó hacia su coche, un potente cupé alemán gris plata al que le parpadearon los intermitentes cuando accionó el mando a distancia que sacó del bolso. Dudaba entre abordarla allí mismo o seguirla hasta un lugar más discreto, lejos de la visión de los agentes de la puerta. Qué diablos! No estaba haciendo nada “malo”. Tenía que dejar de pensar como un policía. En cualquier caso había que tomar una decisión y rápido. Bajo del coche y se dirigió hacia el de la forense para llegar unos segundos después que su propietaria.

Perdón. La doctora Emma, verdad?

Sí. Quién lo pregunta?

Los ojos verdes lo escanearon. No había ningún temor en ellos, sólo curiosidad.

Soy policía, no tema.

Respondió Arturo, arrepintiéndose de las palabras que decía a la misma vez que salían de su boca. Dios! Aquella frase parecía sacada del guión de una película de serie B.

Tengo algo que me gustaría que comprobara. Creo que esto podría aclarar la identidad de la chica ahogada.

Qué?
 
Los ojos verdes parecieron brillar. Había captado su interés. Entonces sacó de la chaqueta una pequeña bolsa con un hisopo de algodón y continuó.

Aquí tiene, contiene una muestra de células epiteliales de la boca de alguien que podría ser un familiar directo de la chica.

Pero por qué me lo da de esta forma, por qué si es usted policía como me ha dicho, no lo hace por su cauce habitual?

Doctora Emma, es complicado de explicar. Aquí tiene mi número de teléfono; si quiere le daré todos los detalles con más tranquilidad. Sólo le pido discreción. Sí el resultado es positivo todo volverá a la normalidad.

La mujer hace desaparecer la muestra en el bolso con un hábil movimiento y no dice nada. Su extraño interlocutor se marcha, cruza la calle, se monta en un Megane negro y se aleja, dejándola con un millón de preguntas sin respuestas. Evidentemente algo turbio ocurría. Por un momento su parte racional le recomendó volver y hablar con los agentes, contarles lo sucedido y desentenderse de aquello. Si la prueba era real,l ya se encargarían las autoridades de esclarecer el caso. Ella era un técnico no una CSI de la TV. Pero inmediatamente la parte más emocional esgrimió un argumento demoledor. Por qué te hiciste forense? Exacto esa era la clave. Aquella era la sal, que de alguna forma había deseado probar toda su vida. Ser por una vez como la doctora Scarpetta, su heroína de las novelas de Patricia Cornwell. Usó de nuevo el mando a distancia y las puertas del A5 quedaron cerradas. Giró sobre sus talones y se encaminó al instituto forense. Había algo urgente que necesitaba de su atención.

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Sobre el instituto anatómico forense no solo estaban fijos los ojos de la policía y los de la prensa, que andaba como una rata, hurgando entre la basura en busca de algo con que alimentar a su prole hambrienta de carroña. También había sobre ellos otros. Otros más discretos y más astutos. El rastro había sido borrado de una forma infalible pero no se iba a confiar, no Set no era de esos. Se sabía superior, la perfección de la creación. Él era el tercer hijo de Adán y Eva, el culmen de la creación, la confirmación de la hegemonía de la raza aria. Y no dejaría nada al azar. Todos sus sentidos estaban alerta, todo su poder estaba centrado en aquel instituto. Había pasado demasiado poco tiempo desde que pudo escapar de la trampa que aquella maldita niña le había tendido. No podía permitirse que por su culpa algún policía engreído pudiera tirar del hilo y de alguna forma, por remota que fuera pudiera llegar hasta él. Su plan había recibido un revés pero la derrota seguía en un mundo utópico. Conseguiría otro huésped y por fin y una vez por todas se alzaría, saldría de ese estado vegetativo en el que se encontraba. Había detectado algo interesante. No podía negar que había sido un golpe de suerte. La suerte es una virtud del vencedor y no cabía duda de que él lo era. La victoria final estaba cerca.

Aquella nueva forense que habían asignado era un chorro de energía. Sintió una perturbación en el Azul. Algo que no sentía desde hacía mucho tiempo. Merecía su atención y quizás, quizás algo más. Era pronto para decirlo, sin embargo algo le decía que había encontrado una nueva huésped. Además su ascendencia germana le agradaba. Pronto le haría una visita.

Continuará..


miércoles, 29 de noviembre de 2017

''el reflejo del espanto'' menú degustación.


-Hay quien sólo piensa en comer y nunca tiene suficiente. Todo lo parece poco y el ansia lo convierte en un monstruo. A eso se le suele llamar gula.
-Están los que ''comen por los ojos'', aunque estén satisfechos no pueden dejar de poner cara de asombro y deseo cada vez que ven cualquier clase de alimento.
-Y después, mucho más adelante en la lista de consumidores están los que comen por las orejas, más conocidos como melómanos. Este grupo se caracteriza porque resume a los dos anteriores, pero en el plano artístico.
Un melómano tiene siempre un apetito voraz e insaciable, le faltan horas a su día para poder degustar todos los discos que ha adquirido y sus orejas babean cuando sus ojos ven un disco que no tiene y ansía poseerlo.


Aunque salga malherido sé que esto me hará más fuerte.


Padezco de gula acústica. Degustar diez platos con fundamento en una cena lo más probable es que me impida ver la luz del nuevo día, pero mi alma quedará libre entre nubes de poesías loando al amor, al desamor, a los que beben, a los que callan, a los de abajo y a los que mandan.
Tengo malos días, buenas noches, vida mía..


Tarde, pero me doy cuenta de lo que soy capaz...


Como ya me ocurrió hace poco más de dos años, cuando mi amigo Bona me recomendó escuchar a esta familia granaína, el primer contacto con su nuevo trabajo ''El reflejo del espanto'' me causó respeto la portada. Esto de ser melómano me lleva en ocasiones a dejarme impactar por la portada de un disco y en esta ocasión así ha sido. Es inquietante, con magnetismo, tiene oscuridad, pasión y belleza.
Todos sabemos que hay discos con portadas insulsas pero con un contenido maravilloso y otras de lo más llamativo y la música...deja mucho que desear, pero con los discos me pasa igual que con los libros: necesito tenerlos entre las manos, acariciarlos y conocer su textura, olerlos y que la portada me haga un guiño como adelanto de lo que viene a continuación. Es un cebo comercial en el que me gusta picar.


El menú a mesa y mantel que ofrecen Fausto Taranto en este disco no se saborea en diez minutos, lleva su tiempo dar buena cuenta de todos los platos de la mesa y hay que ser un comensal agradecido para degustar cada estrofa, cada arreglo. No basta con masticar dos veces y tragar, aquí hay fundamento y mimo en cada canción y un mensaje claro en las letras, pero no por eso superficial ni de relleno.

'' quien me quite de esta ruína
  mi riqueza le daría.
  no hay medicina ni brujería,
  que llorando canto yo por alegrías''


''El naufragio'' es una canción que me llegó a lo más hondo la primera vez que la escuché. Acabó y la volví a poner. La letra habla de amores y utiliza símiles marineros y yo que vengo de pueblo pesquero no pude por menos que enamorarme de toda ella:

''hoy, que baja la marea, salgo a la arena a buscar
los despojos del romance que un día tiramos al mar.
un mensaje, una botella perdida en la inmensidad.
mis palabras se extraviaban buscando la eternidad.

ví que el tiempo nos pondría a cada uno en su lugar
y yo pido tiempo muerto o el tiempo nos matará.
que robar sea mi delito y atraque a tu corazón
que no haya leyes, ni escritos que paren mi sinrazón.

que tú eras lo más bonito que tenía mi habitación
a ver cuándo resucito y cambio la decoración.
ya no escucho tus quejíos, ya no oigo tu padecer
ya solo escucho a Triana, Camarón, Lole y Manuel''


''El naufragio'' es mi canción favorita de todo el disco, por todo lo explicado anteriormente y por algo muy especial para mí: cuando comenté aquí su primer disco y dije todas las emociones que me despertaban, recuerdo haber citado precisamente a Triana, Camarón, Lole y Manuel.
Y llegados a este punto, quisiera pensar desde mi humilde corazón melómano que esa parte de la letra es un guiño, un OK hacia mí.



Admirado Ismael (Ihmaele), espero que sepas disculpar las fantasías de este aficionao a la música, las letras dicen lo que dicen y tienen la virtud de que cada persona que las escucha les puede dar su propia interpretación y yo no soy menos, pero escuchar una canción y que en un momento dado (concretamente en el minuto 2:55) diga ''.. ya solo escucho a Triana, Camarón, Lole y Manuel'' pues qué quieres que te cuente? Que se me escaparon dos lagrimones de emoción de los que me siento muy orgulloso. Ni me los sequé, los dejé caer y que se secaran en mi piel, eran algo muy mío, puro y sincero y no lo iba a profanar con las mangas de la camisa.

Al resto de la banda también les quiero agradecer todo lo que aportan, me sigue resultando fascinante lo que escucho y lo que me hacéis sentir y eso no está pagao por caro que se pueda vender un disco y vosotros ya lleváis dos en la mochila. Y qué dos!! Para alguien como yo, que en los 80's casi no escuchaba otra cosa que rock andaluz, disfrutar de una banda como la vuestra es motivo más que suficiente de alegría después de casi treinta años de ''caminar por el desierto'' buscando un nuevo guía.


Y como final de este menú degustación, ''y no duela'' sino todo lo contrario. Una canción ''redonda'' con grandes riffs de guitarra, buenas melodías, un estribillo de los que gusta cantar una y otra vez y unas letras de las que se van quedando grabadas a fuego según se van cantando y cada vez te gustan más y no quieres que se acabe..



''me gusta que las melodías bonitas me cuenten cosas horribles''
                                                                                                   Tom Waits.


Y no me extiendo más. gracias por la música, por las letras, los ritmos. los riffs, el taconeo, los coros, la portada y sobretodo, por volver a parir otro disco más.
Espero de corazón que sean familia numerosa.

-Malos días
-La verea
-De espera y de boca
-Introducción al naufragio
-El naufragio
-Versos sellados
-Y no duela
-La guadaña
-El lobo feroz
-Por rezarle a los dioses

Y tú, amigo Calavera, te atreves a la experiencia de este menú sonoro?





Mantengo humildes mis orejas.

domingo, 19 de noviembre de 2017

RIADA #7










3:00 A.M. Los segmentos rojos que formaban los números del radio despertador refulgían en la oscuridad del dormitorio. Los había estado viendo cambiar, combinarse para formar los dígitos, que informaban de la hora desde la que se acostó y de eso hacía cuatro horas, a las once y media. Había intentado buscar una posición para no tener que mirarlos pero no la encontró. La única postura en la que se encontraba a gusto era tumbado de lado izquierdo y en esa posición el despertador le quedaba a un palmo de la cara. También intentó girarlo, hacer que los números rojos mirarán para la pared, pero ver su reflejo rojizo en ella era casi peor. Lo de cerrar lo ojos y dormir ya era una utopía. Arturo se dio por vencido y decidió levantarse. Iría a la cocina a prepararse algo, un Colacao caliente estaría bien, aunque lo que en realidad le apetecía era un whisky. Sí, eso estaría mucho mejor, un vaso de leche está bien para conciliar el sueño, pero el whisky era mucho más efectivo para espantar a aquello que no le dejaba dormir. La imagen de aquel vagabundo y la de la foto de aquella chica muerta.

Abrió la puerta del mueble del salón, donde guardaba una botella de Johnnie Walker etiqueta negra. No solía beber pero cuando lo hacía le gustaba tomar algo decente. No tuvo que encender las luces. Sabía perfectamente dónde estaba cada cosa, era su casa y se la conocía de memoria. La tomó por el cuello y se dirigió a la cocina.

Aquí sí usó el codo para pulsar el interruptor y dar la luz. Las lámparas del techo parpadearon un par de veces antes de iluminar la cocina. Dejó la botella sobre la encimera y sacó una taza del platero. Era una taza blanca,grande, con el logo verde de una cadena de cafeterías de donde la robó. Sí, él era policía pero le pareció justo llevársela después de pagar casi 3 euros por el café ramplón que le sirvieron en ella. La dejó junto a la botella y se dirigió a la nevera. Abrió el congelador y rebuscó entre las bolsas de verduras congeladas, hasta que encontró una de hielos de donde sacó un par de cubos grandes como pelotas de golf y los echó en la taza. El licor del color de un té muy concentrado se derramó haciendo crujir los pedazos de agua congelada. No se detuvo hasta que el primer hielo no quedó cubierto.

El whisky escocés bajó al estómago, que recibió con agrado su calor. Casi había apurado la taza del primer sorbo, así que volvió a verter más licor hasta cubrir de nuevo el primer coscorro de hielo. Automáticamente su sistema circulatorio recibió una orden y las arterias y venas aumentaron su calibre, aliviando la presión sanguínea. Parecía que el whisky iba a cumplir su misión. El reflejo de un bostezo le hizo abrir la boca y una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo izquierdo.

Volvió a dar otro sorbo y en la taza solo quedaron los hielos brillantes que apenas si habían empezado a derretirse. Antes de abandonar la cocina echó una ojeada por la ventana. La calle estaba tan solitaria como esperaba. La luz de vapor de mercurio le daba un aspecto de foto antigua a la estampa. Excepto por algo que llamó su atención. Había una figura oscura debajo de una de las farolas del otro lado de la carretera. Desde la altura de un sexto piso no se apreciaba claramente. Aguzó la vista. Ya no hubo lugar a dudas. Era Luis, el vagabundo, estaba sentado en el bordillo de la acera y lo estaba mirando directamente a él. Le apuntaba con sus ojos igual que si fueran los cañones de una escopeta paralela. Sentía como esos ojos le escrutaban, como le acusaban, y como le suplicaban ayuda al mismo tiempo.

Se apartó de la ventana en una reacción estúpidamente infantil de “no me ha visto” a sabiendas de que sí, sí lo había visto igual que él también lo vio. Qué hacía allí aquel demente, cómo sabía dónde vivía?. Un momento, él era policía, estaba acostumbrado a trabajar bajo presión, qué hacía escondiéndose de un pordiosero como un conejo asustado?. Ahora bajaría y hablaría con él. Sí y si no desaparecía dejaría de ser tan benévolo, dejaría de hacer la vista gorda.

Volvió a asomarse a la ventana preparado para afrontar la mirada obsesiva del vagabundo. Allí no había nadie. Debajo, de aquella farola en realidad no podía haber habido nadie porque lo que había era una moto amarrada a la farola, una scooter enfundada en una lona oscura. Sonrió y aunque no quiso reconocerlo, suspiró aliviado. La vista, su imaginación y el insomnio se habían aliado para gastarle una broma, eso, nada más.

Miró la botella y volvió a rellenar la taza, esta vez más generosamente.

Aquel hombre con su desesperanza le había calado. Bebió otro trago de Johnnie Walker y abandonó la taza a medio apurar para volver la cama. Por el pasillo decidió que antes de acostarse pasaría por el baño, de repente le había entrado una acuciantes ganas de ir al baño.

Decidió sentarse para orinar, lo hacía en ocasiones, un poco por pereza y un poco por asegurar, que ninguna gota de orina iría a parar fuera de donde debía. Hasta el próximo descanso no tenía previsto limpiar y si se meaba fuera, eso empezaría a heder en poco. Además aunque no hubiera pegado ojo estaba atolondrado y el alcohol que había tomado tampoco era una ayuda.

Cuando acabó fue al lavabo, abrió el grifo y lo dejó correr unos segundos. Formó un cuenco con las manos y dejó que el agua helada lo llenará. Se mojó la cara. El frío húmedo lo despabiló. Era agradable sentirla resbalando por el rostro. Algunas gotas se quedaron atrapadas en la barba de cinco días que llevaba, cuando secara con la toalla estallarían como minas líquidas y volvería a sentir esa especie de pinchazos frescos en la cara que tanto le gustaba.

El espejo del baño le devolvió su imagen. Siempre tuvo cara de niño, y aun con la barba llena de canas sus ojos almendrados, marrones y curiosos seguían dándole un aire casi adolescente. Sólo la incipiente calvicie, que le obligaba a llevar el pelo muy corto y alguna pequeña arruga, que empezaba a plegar su piel advertían que los 40 ya habían quedado atrás.

Se quedó mirándose un instante y entonces como si su otro yo reflejado le hablase la duda volvió a emerger de su conciencia. Y si fuera verdad y si el vagabundo estuviera diciendo la verdad?

No pudo sostenerse más la mirada y se escabulló hacia el dormitorio.

Mañana, hoy, dentro de un rato, tendría que hacer algo. Su intuición, su instinto le decía que debía hacerlo, que algo profundamente oscuro se ocultaba debajo de todo aquello. No pudo encontrar razón alguna y quizás no la tuviera, pero su último pensamiento antes de quedarse profundamente dormido fue un color, azul.



Continuará...