lunes, 14 de noviembre de 2016

Eliseo 2





Por el rabillo del ojo vió como el semáforo se ponía en verde. Las dos imágenes competían en su cerebro. Por un lado la luz verde del semáforo, que no duraría más que unos segundos y por el otro la imagen de la lápida con ese nombre escrito, curiosamente su mismo nombre y su misma fecha de nacimiento, pero muy al contrario que la luz verde esa imagen no se iría a ningún lado. La boca se le había quedado seca, y un escalofrío desagradablemente lento se le paseó por la columna vertebral, trago saliva. Sin dejar de mirar la inscripción en la piedra negra, soltó el embrague y pisó el acelerador un instante antes de que el semáforo volviera a ponerse ambar. El motor protestó dando unos pequeños tirones, como si le amenazara con calarse, con quedarse allí delante otro puñado de minutos, allí, justo al lado de la tapia por donde sobresalen los nichos de la cuarta fila, en el cementerio de Carabanchel; concretamente a la altura de esa extraña sepultura donde descansaba un difunto con su mismo nombre y lo que era todavía más extraño, desconcertante, con su misma fecha de nacimiento y ese epitafio cruel “Nadie se acuerda de ti”. El juego de pedales había sido muy violento. La parte de su inconsciente que había tomado el control, ignorando el deseo macabro y casi morboso de quedarse, de volver a leer, de cerciorarse de que lo había hecho bien, pisó a fondo el acelerador, no se podía calar, no allí. El pequeño utilitario giró hacia la Vía Lusitana dando trompicones. Eliseo se esforzó en apartar esa imagen que se empeñaba en quedarse impresionando las retinas con esa... con esa casualidad, volvió a conectar la radio y subió el volumen, los cotilleos rosas tronaron en sus oídos.


Una vez en casa, consultó su reloj de pulsera, un viejo Casio de plástico negro con más años que la tos, las 13:02. Había completado el trayecto en un tiempo moderadamente alto. Si descontaba el tiempo gastado desde que había entrado en el garaje hasta que había subido habían transcurrido unos 14 minutos. La vuelta siempre era más lenta, por el semáforo de al lado del cementerio, que era muy difícil que estuviera verde, prácticamente imposible, toda una casualidad, casi tan difícil como ver una lápida con tu mismo nombre y tus mismos apellidos, pero sobre todo con tu misma fecha de nacimiento. La imagen del nicho salió de algún cajón de su mente, pero ahora parpadeaban como si estuviera dentro de un cartel rodeado por bombillas, igual que los espejos de los camerinos de las películas antiguas, como si la lápida fuera la imagen de la estrella invitada al show. Un espectáculo de pésimo gusto, y sin embargo de tanto éxito, que su mente lo había vuelto a evocar, este era su reestreno. Acompañando a la imagen la musiquilla del anuncio radiofónico “♪♫..Venga al restaurante Gallencia ...no lo olvidarás...♪♫..la cocina de Galicia y la de Valencia unidas ...restaurante Gallencia..donde nadie se acordará de ti..♫♪”.




Cerró los ojos, apretó los dientes y meneó la cabeza como si fuera un perro recién salido del agua. Fue hacia la cocina y conectó la televisión, necesitaba algo con que distraerse. La tele serviría, no había nada más alienante que la caja tonta. En la pantalla de la vieja Philips de 14 pulgadas, apareció el presentador de los servicios informativos regionales de la cadena pública nacional. Le volvió la espalda a la TV y abrió la puerta de un mueble, donde estaban apiladas cuidadosamente no menos de veinte latas de fabada, cogió una, la dejó en la encimera, adelantó otra de la fila de atrás, para cubrir el hueco que había dejado. De fondo el locutor seguía dando las noticias de la comunidad, ahora hablaba de un grave accidente en una de las autopistas de circunvalación de la capital, que había ocurrido la pasada madrugada, no sé qué de un camión cargado con productos tóxicos. Se acercó a la mesa de la cocina y pulsó el número 9 en el mando a distancia. El noticiero fue reemplazado por un canal infantil, le gustaban los dibujos animados, especialmente los de la esponja tonta y el cangrejo avaro. Cuando los veía, no podía dejar de pensar cómo aquellos dibujos cargados de ironía, donde un un “niño” trabajaba y además era explotado inmisericordemente por un jefe despótico, podían ser aptos para críos. A lo mejor era él el raro, el único del mundo que opinaba así. El caso era que prefería ver las desdichas ficticias del aquel ser espongiforme y amarillo, que la realidad truculenta que echaban en el telediario.

La campanita del microondas sonó sacándolo de sus reflexiones. La fabada estaba lista. Retiró el plato con cuidado de que no se desbordara, la loza abrasaba, pero podría soportar el calor, sólo tenía que llevarlo a la mesa, era poco más que un paso. La botella de vino ya aguardaba sobre ella, un Rioja tinto de roble, que se vendía bajo la marca de una cadena de hipermercados franceses. Estaba rico y los 4.50€ que costaba la botella le hicieron fidelizarse a él. Prefería lo malo conocido a lo bueno por conocer. Su padre ya lo bebía. Sí, puede ser que la compañía francesa hubiera cambiado de bodega proveedora en todos estos años, pero si lo hizo él no notó la diferencia, así que todos felices, los franceses le seguirán vendiendo su botellita de etiqueta blanca y él seguiría comprándosela, ahorrando unos eurillos, además del estrés de no saber cual escoger. Quitó el corcho y se sirvió una copa generosa, la bebió con deleite, luego volvió a llenarla. Un calor agradable y reconfortante le ascendió desde el estómago, pero eso sólo era el principio, las fabes le miraban desde el plato como si le dijeran “cómeme”. No lo dudó, tomó la cuchara y la hundió en el delicioso magma. La gula, el ansia por comer aquellas apetitosas judías le jugó una mala pasada. Aún estaban demasiado calientes, fue como meterse una cucharada de lava en la boca. Soltó la cuchara en un movimiento reflejo de dolor y escupió las habichuelas intentando aliviarse. Se había abrasado la lengua y el cielo de la boca. La cuchara rebotó en el plato, salpicando de comida el hule de flores verdes, el cabo fue a caer sobre el mando a distancia de la televisión que se hallaba unos centímetros más allá, sobre la tecla con número 1, automáticamente el receptor aceptó la orden y cambio el canal volviendo al informativo territorial. “Mañana, 9 de Noviembre. jornada festiva, se realizarán los actos conmemorativos en honor a nuestra patrona La Virgen de la Almudena…”


Las palabras del presentador de informativos se metieron por los conductos auditivos de Eliseo para luego golpearle los tímpanos, «mañana, 9 de Noviembre...» fue como apagar un fuego con un explosivo. El ardor palpitante de la boca dejó de importar por unos instantes, porque ahora tenía un nuevo estímulo más importante que atender. Su cerebro había recibido la información, podría parecer estúpido, sabía que hoy era 8 de noviembre, pero aquellas palabras de alguna forma, que no llegaba a comprender, habían desencadenado una deducción extrañamente lógica; «si mañana es 9, el viernes será 12. 12 del 11, el aniversario del fallecimiento de ese difunto que se llama como yo, que nacío el mismo día que yo y al que nadie recuerda... extraño epitafio, lo debí leer mal, es imposible que alguien grabara eso en una tumba» Otra vez la imagen de la lápida inquietante se había metido en la cabeza, y ahora el aguijón doloroso de la lengua abrasada también pujaba de nuevo por retomar el protagonismo perdido. Tenía que librarse de ambos. Se levantó de la mesa, abrió el grifo de la fregadera, se inclinó y dejó que el agua fría le entrara directamente en la boca. El primer objetivo estaba cumplido, poco a poco el dolor fue desapareciendo, aunque la lengua se le quedaría áspera, hinchada y sensible por unos cuantos días. El segundo lo iba a conseguir de la única forma posible, volviendo a leer la lápida.


La fabada podía esperar, apagó la tele y fue al dormitorio para cambiarse de ropa. Dobló el uniforme rápida y eficazmente, lo dejó sobre la cama, se puso el chándal azul de su equipo favorito, se calzó unas deportivas también azules y bajó a la calle más rápido de que le gustaría reconocer, ni siquiera esperó al ascensor. Vivía en un segundo, “bajar unos pocos escalones, no le harían daño” se justificó asimismo. Una vez en la calle apretó los glúteos y se impuso una zancada corta pero rápida. Tenía la mirada fija en la dirección del cementerio.

Hubiera sido más rápido usar el coche, pero sinceramente no lo pensó, solo actuó, hizo lo que se le ocurrió sobre la marcha, de forma espontánea e irreflexiva, de cualquier manera no tardaría más de veinte minutos en llegar.
Hacer el trayecto a pie tenía la ventaja, respecto a hacerlo en el coche, que no tenía que respetar el sentido de la circulación y eso le permitía atajar, de modo que no tuvo que bajar hasta la rotonda de la avenida del Euro, sino que cruzó directamente a la vía Lusitana por un pequeño terraplén lleno de matojos. La tierra estaba seca, hacía que no llovía en la ciudad, no habría peligro de mancharse de barro sus bonitas zapatillas. La ruta alternativa tenía, además una convincente razón más, para ser la mejor opción, aparte de robar unos minutos al trayecto, ya no habría ningún edificio delante que le ocultara su destino.


El camposanto surgió delante de él y a cada paso se hacía más grande, a cada paso estaba más cerca y eso era como ver la zanahoria para un burro. Apretó un poco más el paso, seguramente si alguien lo viera andurrear a esa velocidad, pensaría que tenía más prisas por llegar a un wc que a un cementerio.

Había llegado, giró hacia la derecha siguiendo las tapia. Las lápidas estaban junto a él, sólo que detrás de aquella pàred de ladrillos rojos y del alambre de espino rumiento que la coronaba. Las autoridades lo habían colocado ahí, para suplementar la altura del muro, una vez que los bloques de nichos los superaron. Ver el alambre de espino, como si fuera la concertina de una instalación militar, o de un campo de concentración, no dejaba de ser curioso. Una idea absurda le cruzó por la mente. “A lo mejor el alambre de espino no estaba puesto ahí para impedir que alguien entrara, sino más bien para que nadie saliera. ¡Qué tontería! Nadie sale de los cementerios saltando una tapia, ¿o sí?”.

Cruzó al otro lado de la calle, para tener perspectiva suficiente y poder volver a releer, la lápida; sí porque para eso había venido hasta aquí, para eso había salido a toda prisa de casa, para eso había dejado su rica fabada enfriándose sobre la mesa de la cocina, junto a su copa de vino, inconscientemente, y al mismo tiempo se pasó la lengua por los incisivos superiores, sintiendo una especie de escalofrío doloroso, que le recordó cómo se la había abrasado. Sí para eso había venido, ahora le parecía algo profundamente estúpido, estaba ahí plantado como un pasmarote, sudando como un pollo, con su chandal del Real Madrid, dispuesto para comprobar que no ponía eso que creía haber leído. Alzó la mirada y aguzó la vista.

Manuel Requena Bermejo 02-06-52 / 05-08-15 ✝ Tus hijos no te olvidan

Soraya Martín Herrero 23-10-38 / 13-01-12 ✝ No te olvidamos

Rosa Urbano Gil 15-07-40 / 01-03-08 ✝ Siempre te querremos mamá

Eliseo Crespo Rodríguez 20-05-68 / 12-11-10 ✝Te recordamos, nadie se olvida de ti

Continuará ...

ELISEO, CAPÍTULO 1º 
ELISEO, 1º+2º y final




viernes, 11 de noviembre de 2016

82 aleluyas viajando a Hydra. L.C.

La primera vez que escuché la canción ''first we take Manhattan'' cantada por la voz arenosa del gran Joe Ccker y con ese ritmo machacón casi heavy me atrapó en los primeros compases. Luego me capturó la melodía de toda la canción, busqué la letra, la leí varias veces para intentar entenderla (mi inglés es muy de andar por casa) y pude comprobar la calidad de la misma. Elegancia descriptiva, belleza trágica.. pura poesía.
Grata sorpresa al leer los créditos de la canción y descubrir que el autor era un tal Leonard Cohen, el caballero de la eterna chaqueta azul.
''Primero tomaremos Manhattan y después Berlín''.




Últimamente me está dando por pensar que morir a los 82 es irse demasiado pronto. Hace unos años, no muchos, veía esa edad muy lejana, casi inalcanzable, pero por ley de vida ví cómo se marchaban varios familiares y estoy convencido que los 82 años se les hicieron muy cortos, pasaron volando..


Hay personas que al morir se les dedica un sincero ''tanta paz lleves como dejas'', pero hay ausencias que son irreemplazables y no hay más remedio que acostumbrarse, aunque en el fondo de nuestro corazón y en la soledad más íntima, busquemos poder escuchar a nuestra conciencia decirnos ''ojalá cuando llegue mi hora me estén esperando ellos y poder estar juntos eternamente.


De estas ausencias siempre necesito recrearme en mis mejores recuerdos, que son muchos. De mis familiares, casi todo. Y de artistas que me han influido, tengo su legado artístico y no me interesa en absoluto lo que hacían con sus vidas cuando se apagaban las luces del escenario. A un artista le pido eso: arte y sólo arte en cualquiera de sus expresiones, que me evada de mi realidad, de la que soy plenamente consciente.

Necesito que el Arte me lleve de viaje y me descubra caminos, que pueda descubrir veredas, ríos, laderas y montañas, mares de colores y estrellas que me hablan. Quiero cuadros que me hablen, películas que me distraigan, quiero discos que eliminen la ignorancia de mi alma.


No voy a descubrir a estas alturas el legado Cohen, hay cientos de especialistas de la figura de este artista y miles de ''cohenitas'' especializados en este escritor que cantaba y en los últimos años, más bien recitaba, por los motivos lógicos de su edad, aunque sí quisiera compartir alguna anécdota curiosa que recuerdo de este canadiense.






De vocación literaria, empezó a publicar poemas en 1956 y su última publicación si no me equivoco fue ''el libro de la misericordia'' en los 80's. A mediados de los 60's empezó a frecuentar garitos de música Folk de New York, debutando a nivel discográfico en 1968 y esto me lleva a la primera anécdota: al parecer, un adolescente Leonard estando de visita por España, escuchó tocar a alguien una guitarra española, unos arpegios enigmáticos con aires a Tárrega. Él guitarrista tenía embelesadas a varias chicas, esperó a que se fueran y se acercó a preguntarle si le podría enseñar a tocar así. Quedaron posteriormente y el anónimo músico le enseñó seis acordes. Le dijo que se los aprendiera de memoria y que se volverían a ver a la semana siguiente.
La semana siguiente llegó, pero el músico anónimo no se presentó a la cita. Cohen le buscó por la zona donde lo vió por primera vez, por las calles cercanas y barrios colindantes, hasta que alguien le dijo que el guitarrista se había suicidado.


Sus primeros discos podrían definirse como minimalistas, su guitarra acompañando sus versos naciendo de esa voz suya tan particular y algún instrumento más apareciendo esporádicamente.
Sus textos son por regla general de contenido intimista y de variantes progresistas. Actuó en el legendario festival de la isla de Wight en 1970 y de ahí en adelante encumbrado como uno de los mejores cantautores Folk.
A raiz de esta actuación y por ''cercanía'' geográfica, descubrió la isla griega de Hydra


Hydra se convirtió para Cohen en refugio de sus periódicos retiros, rincón idílico donde poder llevar un estilo de vida totalmente bohemio y alejado de focos y flashes.


Llegando los 80's y para no ser menos, la figura de Cohen quedó relativamente relegada a un segundo plano con la irrupción del Punk, pero ajeno a modas, siguió trabajando, hizo un cortometraje y recibió un premio en el festival de Montreux, así como un premio Award en Canadá por componer la música en la ópera-rock ''night magic'' y recobrando de nuevo la popularidad al final de la década con el disco '' I'm your man''.




''si quieres un amante, haré todo lo que me pidas
y si quieres otro tipo de amor, usaré una máscara para ti
si quieres un compañero, toma mi mano
incluso si quieres golpearme cuando estés enfadada
aquí estoy, soy tu hombre''


En 1988 recibió el Crystal Globe por vender más de cinco millones de discos fuera de EE.UU.  en 1991 entró a formar parte del Hall of Fame en Toronto y en 2011 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras y aquí viene la segunda anécdota al hilo de lo que en décadas pasadas le ocurrió con el guitarrista anónimo. Al recibir el premio, comentó que esos seis acordes le habían acompañado desde entonces y se encontraban plasmados en todas sus canciones. Un recuerdo emocionado y humilde de quien todo consiguió en la música para un guitarrista anónimo.




Y llegados a este punto y como guinda del pastel: John Cale (Velvet Anderground), Rufus Wainright, Surfin' Bichos, Enrique Morente, Il Divo, Bob Dylan o Jeff Buckley del que por este último casi deja de interpretarla en directo, al reconocer el mismo Leonard que Jeff le había superado y sentía que la canción ya no le pertenecía.
Me estoy refiriendo a ''Hallelujah'' una canción que nada tiene que ver con motivos religiosos, sólo está basada en conceptos bíblicos que hacen referencia a la gloria y la pena de amar.




''Oí que existía un acorde secreto
que tocó David y gustó al Señor
pero a ti no te importa la música, cierto?
Pues es así, la cuarta, la quinta,
El mayor baja, el menor sube
y absorto, el rey compone un aleluya.


Tu fé era sólida, pero necesitabas una prueba
la viste bañándose en la azotea
su belleza y la luz de la luna te sobrecogieron
te ató a una silla de la cocina
partió tu trono, cortó tus cabellos
y de tus labios arrancó un aleluya.


He estado aquí antes
conozco esta sala, he caminado sobre este suelo
antes de conocerte, vivía aquí
he visto tu estandarte
sobre el arco de mármol
el amor no es una marcha triunfal
es un frío y desgarrado aleluya.


Hubo un tiempo en el que me hacías saber
qué sucedía allí abajo
pero ahora no me lo muestras, verdad?
Recuerdo cuando
me aproximé a ti
la santa paloma también se te acercaba
y no exhalamos más que un aleluya.


Quizá allá arriba exista un dios
pero todo lo que he aprendido del amor
es a disparar a alguien que derrocó.
No es un grito
lo que de noche oyes
no es nadie que haya visto la luz
es un frío y desgarrado aleluya''.














Mantengo humildes mis orejas.

martes, 8 de noviembre de 2016

ELISEO



ELISEO



Los nichos de la cuarta fila asomaban por encima de las tapias del cementerio, eran como los áticos de los bloques de apartamentos para muertos, en una ciudad para muertos..una ciudad de muertos dentro de una ciudad para vivos.



El camposanto de Carabanchel, otrora aislado en medio de un páramo, no hacía una década que había sido engullido por la ciudad capital. Como otros antes, fue alcanzado por la última y tan celebrada ampliación urbanística, la ciudad crecía, necesitaba expandirse. Era un río de ladrillos que se había desbordado, avanzaba en tromba; el pequeño cementerio sólo fue un escollo que quedó rodeado por un centro comercial, zonas verdes con parques de juegos infantiles, gasolineras y pisos, muchos pisos. Urbanizaciones enteras, con nombres tan rimbombantes y desafortunados como “Residencial Vista Alegre” (justo enfrente del cementerio) o “Colonia Los Olmos” (aunque no hubiera un solo olmo en kilómetros a la redonda) llenas de bloques, repletos de apartamentos, apartamentos pequeños, casi tan pequeños que parecieran nichos, curiosamente como los de aquel cementerio que había engullido.



Eliseo, chófer de la EMT (Empresa Municipal de Transportes) pasaba a diario junto a él,



.Primero muy temprano, a las cinco de la mañana, camino de la cochera, que está justo al lado del cementerio y luego una vez terminada la jornada, pasado el mediodía, después de dejar su puesto al volante del coche número 352, de la línea 155 al compañero de relevo, regresaba a recoger su coche, que dejaba aparcado junto a la cochera. Aunque vivía muy cerca, él prefería ir a trabajar en su vehículo particular que andando. Ir en él le daba unos cuantos minutos más de margen, para holgazanear en la cama, minutos de los que siempre andaba escaso, la puntualidad no era su fuerte. El trayecto no le llevaba más de diez minutos, los tenía cronometrados, u ocho si pillaba los semáforos en verde. Era una persona de costumbres, eso también. Siempre el mismo camino. Primero salía del garaje de su casa en la calle del Maravedí para tomar la avenida del Euro, que iba a dar a una rotonda que repartía el tráfico. Continuaba entonces por la Vía Lusitana un par de kilómetros hasta llegar al cruce de la calle donde las lápidas de los nichos asomaban por encima de la tapia del cementerio. La calle bordeaba el lado norte del camposanto, una calle poco transitada, sólo conduce al tanatorio que linda con la autopista de circunvalación o a la cochera. Estaban construyendo un supermercado, en unos de los solares que quedaban baldíos pero su acceso principal sería por la avenida de los Poblados por lo que la calle seguiría siendo casi de uso privado para los trabajadores de la EMT y para los servicios tanto del tanatorio como del cementerio.



Aquel día era uno de esos extrañamente calmos de la capital madrileña. Era lunes, un lunes entre dos festivos ya que al día siguiente se celebraba la Almudena, patrona de la capital y muchos de sus vecinos lo habían tomado como puente. Los colegios no abrirían de nuevo sus puertas hasta el miércoles, era una excusa perfecta para hacer una escapada con la familia o los amigos. El tiempo acompañaba y a pesar de ser Noviembre el sol todavía calentaba lo suficiente para atreverse a echar unos paseos por la sierra o ir unos días a la playa, donde el clima era aun más benigno. De cualquier forma Eliseo tenía que seguir haciendo circular el autobús. Él nunca libraba los puentes, así que siempre había algún compañero dispuesto a cambiárselos. Era una de las ventajas de no tener ni familia, ni demasiada vida social.



Vivía solo desde que fallecieron sus padres y de eso hacía ya. Su padre también fue chófer, de hecho fue él el que le animó a seguir sus pasos. Al morir le dejaron una pequeño piso en el barrio de Usera y unos ahorrillos. Un buen día decidió vender el pisito e invertir su modesta herencia en uno nuevo con ascensor y plaza de garaje y más cerca de la cochera.



De cualquier forma seguía yendo en coche a trabajar y ese lunes no fue una excepción. La jornada pasó lenta y aburrida. Casi no había tráfico, los colegiales habían desaparecido y con ellos la algarabía de risas y gritos, parecía que todos los niños fueran sordos, entraban en el autobús en tromba y salían en tromba. Sólo quedaban algunos viejitos que subían trabajosamente, quejándose de que era muy brusco conduciendo. En ese momento empezaba un cacareo y comenzaban a darse la razón los unos a los otros, en un bucle que se retroalimentaría hasta el infinito, sino fuera porque alguno de ellos rompía el ciclo, introduciendo un nuevo tema más jugoso que éste, las nuevas dolencias que les asaltaban, y entonces pujaban por ser el más castigado de todos, hasta que el nuevo bucle se autodestruía por la falta de consenso o por otro tema favorito, el tiempo: que no llovía, que no hacía frío o que hacía mucho….prefería el bullicio alegre y descarado de los chavales al zumbar lastimoso de los viejos moscardones.



A las 12:30 su compañero Julián estaba en la parada acostumbrada, e hicieron el cambio. Julián era mayor que él, había conocido a su padre, y si todo iba bien en pocos meses se jubilaría. Así a las 12:45 Eliseo estaba arrancando el coche y listo para volver a casa, donde le esperaba su almuerzo, una lata de fabada Litoral, un vaso de vino tinto de marca blanca y una manzana fuji, que eran las que más le gustaban. Luego una siesta en el sofá mientras veía alguna película de vaqueros de las que ponían en el canal autonómico y después a lo mejor se animaba y bajaba a dar un paseo antes de la cena.



En ésas estaba cuando el semáforo cambió a ámbar, freno levemente y redujo una marcha pasando de tercera a segunda, utilizando la retención del motor de su viejo, pero bien cuidado Renault Clío como freno, hasta que el coche estuvo prácticamente al paso de una persona y entonces volvió a usar el pedal del freno para detenerlo completamente. Tenía la mala costumbre de aguardar en los semáforos con una marcha metida y el pedal del embrague pisado, sí un conductor tan experimentado también tenía sus manías, a pesar de llevar años conduciendo coches de línea de cambios automáticos.



Su Clío azul metalizado era el único coche parado en el semáforo, se aburría. Era un semáforo de los lentos, la Vía Lusitana tenía muchísimo más tráfico que aquella calle, lógicamente el tiempo que permanecía verde también era proporcional. Conectó la radio con desgana, de sobras sabía que a esa hora, en la única emisora que tenía presintonizada del dial, sólo había un magazine para marujas y muchos anuncios. Anuncios que terminarían metiéndosele en la cabeza y que le obligarían a tararear su musiquilla o incluso sus locuciones durante días. Efectivamente los altavoces del coche comenzaron a vocear las bondades de un nuevo restaurante en el centro de Madrid, uno que según decía el actor de doblaje fusionaba la cocina gallega y la valenciana, no lo dejó terminar, —valiente tontería. Ya no saben qué hacer— pensó en voz alta Eliseo. Ahora tendría metida esa cancioncilla en la cabeza hasta Dios sabía cuándo “Venga a Restaurante Gallencia.. ni no ni...♪♫♪” . El semáforo seguía rojo. Sin nada más que hacer que seguir esperando a que cambiara a verde, su mirada fue saltando de un lugar a otro buscando algún entretenimiento que acortara esa espera, que tan larga se le estaba antojando ― ¿se habría estropeado el semáforo?― y sin darse cuenta empezó a leer las lápidas de los nichos que asomaban por encima de las tapias del cementerio.





Manuel Requena Bermejo 02-06-52 / 05-08-15 Tus hijos no te olvidan

Soraya Martín Herrero       23-10-38 / 13-01-12 No te olvidamos

Rosa Urbano Gil               15-07-40 / 01-03-08 Siempre te querremos mamá

Elíseo Crespo Rodríguez  20-05-68 / 12-11-10 Nadie se acuerda de ti





Continuará...

2º CAPÍTULO 

jueves, 3 de noviembre de 2016

SANGRE #6







SANGRE 6




Huele a alcohol, a limpio…

No me atrevo a abrir los ojos, no tengo fuerzas, me da miedo intentarlo, me duele. Escucho un zumbido intermitente, es como un insecto gordo al que le cuesta volar.

Estoy viva, o eso creo, empiezo a recordar; primero la música, violines, luego todo empieza a girar, a girar, rápido, más rápido hasta que todos los colores desaparecen, como si se hubieran ido por un desagüe, negro, luego todo se vuelve negro, eso es todo. No tengo fuerzas, me dejo ir, me duele, me duele mucho, quiero gritar pero no puedo, estoy cansada, muy cansada…



Unos días antes (Bodegas Blánquez)


Buenos días. Soy el teniente Alarcón de la Guardia Civil, preguntaba por los familiares de Luis y Noelia Blánquez.
Sí, soy su hermano, Pablo Blánquez. ¿Qué ocurre?
Lamento comunicarle, que sus hermanos han sufrido un accidente de tráfico
¿CÓMO DICE?...
Han sido trasladados al Hospital Clínico de Valladolid.
PERO..PERO..¿CÓMO SE ENCUENTRAN? ..¿QUÉ LES HA PASADO?, ¿QUÉ HA SUCEDIDO?
Lamento no poder darle más información.
...Gracias...



A los pocos minutos un todoterreno de alta gama salía rugiendo de las bodegas en dirección a la capital vallisoletana. Dentro Pablo Blánquez pulsó el botón del volante que activaba el reproductor de música, empezó a reproducir un disco compacto. Las notas afiladas del heavy metal salían de sus altavoces a gran volumen. La pista seleccionada no fue el resultado de una combinación aleatoria de unos y ceros, no, estaba preparada hacía tiempo, seleccionada con sumo cuidado, como si el director de una tragedia la hubiera escogido para sonorizar su obra maestra, el tema era “Victory is Mine” de Virgin Steele.



Ese mismo día, una hora antes.



Ka está en su terrario descansando plácidamente, parece dormida pero no duerme, ella no duerme jamás, una parte de su pequeño cerebro de reptil se aletarga, en una especie de vigilia comatosa mientras que otra parte continua alerta, sus sentidos pueden detectar cualquier cambio de temperatura, cualquier movimiento de en su entorno en su reino de arena y cristal, allí ella es Dios. Un Dios despiadado e infalible que atrapará a cualquier criatura que se atreva a invadir sus dominios. El ratón blanco aún no lo sabe pero sólo le quedan unos instantes de vida.



El roedor husmea curioso, el ataque sólo dura una fracción de segundo, es incontestable hasta para una criatura tan rápida. El metro y medio de puro músculo se dispara como un resorte preciso y letal. Los colmillos se hincan en la carne de la víctima sujetándola, acto seguido, la serpiente lo rodea con su cuerpo en un abrazo mortal que le parte los huesos y lo comprime hasta la muerte.

Ha desencajado las mandíbulas y comienza a engullirlo, le llevará unos pocos minutos, no es un ratón muy grande. Ka crece, pronto tendré que cambiar los ratones por ratas. La dejo en paz ya he visto demasiado. Siento una extraña empatía con el reptil. En lo esencial nos parecemos, somos seres malditos, temidos, pero en realidad no somos monstruos. Ka hace lo que debe hacer, mata por hambre, se alimenta. Paso mi lengua por el cielo del paladar y noto las protuberancias, los senos donde se esconden mis colmillos. Si mi secreto se descubriera, terminaría en un terrario igual que Ka, en una jaula como una atracción de feria, o diseccionado en una mesa de laboratorio por eso los vampiros, de la misma forma que las serpientes tenemos que vivir ocultos entre las sombras, debajo de las piedras y la hojarasca. Escondidos de los ojos de los verdaderos monstruos.

Abro la jaula de los ratones y cojo uno. Es suave, casi parece un juguete, frenético y peludo. Lo sujeto firmemente en el puño. Manotea intentando zafarse pero es inútil, sus pequeñas garras no pueden hacerme daño, tampoco puede morderme, lo tengo inmovilizado, he colocado el pulgar en su garganta para mantener su cabeza apuntando hacia arriba. Sus ojos parecen aterrados, pobre bicho. Aprieto, la uña choca con su diminuta tráquea. Los forcejeos se transforman en espasmos, que no duran mucho. Todo ha acabado para él. La jeringuilla está lista, la clavo y extraigo su sangre.



La taza está sobre la encimera de la cocina ya tiene una pequeña dosis de anticoagulante. La vacío en él. Tres ratones son suficientes. Arrojo el último a la bolsa de la basura. Podía dar a Ka los ratones muertos, pero Ka es un animal salvaje, ya me cuesta utilizarla como excusa para criarlos, me parece cruel privarla además de su libertad, me niego a alimentarla como si fuera ganado.



Aún está caliente, el primer sorbo siempre es el más difícil, como tomar un vaso de leche con mucha nata, reprimo la arcada y apuro el resto de la sangre. La boca me sabe a monedas. Justo al lado, otra taza de humeante café me espera y junto a ella también a las pastillas. Me las meto en la boca, son complejos ricos en hierro, son dos, de color rojo, los empujó con el café. El café es fuerte, tiene notas de regaliz que me limpia el regusto a sangre de roedor.



Es asqueroso, me siento sucio, siempre me pasa, es algo inevitable. Tener que alimentarme de sangre de rata muerta, tener que hacerlo de esa manera indigna e impropia. Intento reprimir un eructo, cierro la boca, sólo consigo que el gas pestilente terminé saliendo por las fosas nasales abrasándomelas de paso. Me lagrimean los ojos, me siento en una silla de cocina a esperar que se pase el picor.

Cierro los ojos y me pellizco sobre el caballete de la nariz buscando alivio, cuando un rayo de dolor me atraviesa la cabeza, de sien a sien, aun con los ojos cerrados veo su resplandor azul. Otra vez. Suelto un lamento de dolor que reverbera en los azulejos y vuelve para taladrarme los tímpanos.

Esto no tiene nada que ver con la sangre, ni con las pastillas, ni con el café. No es normal pero lo conozco. Es un dolor viejo empiezo a recordarlo, no lo sentía desde hacía muchos tiempo, años, desde que ellos se fueron.

El dolor deja paso a una sensación de vacío, de pena, me asaltan unas terribles ganas de llorar. Algo ha pasado lo percibo, lo puedo notar. Entonces lo sé, es algo, algo terrible. Diría que el corazón se me ha parado entre una sístole y una diástole que no termina de llegar. Un concepto lo impide, es un palo en las ruedas de la maquinaria que me hace estar vivo...Laura. En mi cabeza solo hay lugar para ese nombre...Laura...algo terrible le ha sucedido...salto del taburete aún cegado por la centella azul. Salgo lo más rápido que puedo, me golpeo con el cerco de la puerta de la cocina, casi me caigo pero logro embocar el pasillo. Abro los ojos, me cuesta un triunfo, siguen llegando relámpagos de dolor. Consigo llegar a mi ordenador portátil levanto la tapa, me tiemblan las manos, no sólo es dolor también es el miedo. Tecleo incorrectamente, gracias al cielo el software corrige automáticamente, sabe lo que quiero escribir. Es la cuenta de Facebook de Laura. No hay ninguna información nueva. Desquiciado pruebo con una cuenta de Twitter, es una cuenta creada por su club de fans, reviso los últimos tuits publicados, nada… un momento acaban de escribir algo. “@Laura_Stre fallece en un grave accidente de tráfico”

No hay suelo, caigo, me derrumbo, aquellas palabras son obuses, lo han volatilizado. No puede ser, no puede ser!! Intento aferrarme a las teclas, quiero escribir, preguntas, miles de preguntas pero no puedo, algo en mí se ha roto. Me desplomo en el suelo arrastrando el portátil, que cae conmigo, algunos componentes saltan por los aires, no me importa, ya me no importa nada..



Continuará..



SANGRE #1
SANGRE #2
SANGRE #3
SANGRE #4
SANGRE #5

SANGRE #7