sábado, 21 de marzo de 2020

Recuerdos



Estaba preparada, sí, había trabajado para esto durante casi toda su vida y ya tenía ochenta años. No la iban a pillar desprevenida, no a ella.

La anciana calló y besó la foto de Augusto, su hijo, mientras la devolvía con suma delicadeza al estante del mueble bar del comedor.

Hablar sola no era malo, no cuando no tienes a nadie con quien hacerlo, no cuando estás sola. Le había pillado el truco y le gustaba hacerlo, de hecho tenía largas conversaciones con ella misma. ¿Acaso no había personas que jugaban partidas de ajedrez contra ellas mismas?, pues ella charlaba con ella misma, punto.

La mayoría de las veces en las charlas se recordaba anécdotas de cuando aún era más joven, como si se las estuviera contando a una amiga. “Más joven”, es fácil ser más joven con 80 años y tres cuartos. La risita, se le escapó como si fuera la de una colegiala traviesa soportando un sermón. La edad está en la cabeza, y llegaba un momento, sobre los 20-30 años, según sea cada persona, en que la mente completa su crecimiento, se estabiliza, se planta y ya no envejece más, por decirlo de algún modo comprensible, la consciencia de uno mismo se desliga del cuerpo ya que éste sí seguirá envejeciendo. El cuerpo físico solo es un envase, una especie de vehículo que se te proporcionaban para poder vivir, igual que el traje de los astronautas para ir al espacio, por eso a partir de ese momento la edad mental y la edad física jamás volverían a estar en armonía.


Una lama de la persiana del salón comedor crujió, sacándola de sus pensamientos.

— Maldita sea, ya está aquí otra vez querida. Otra vez está rondando la casa con sus patas peludas y negras esa maldita araña.

— No temas, no puede entrar. Primero están las rejas, y luego las persianas protegiendo las ventanas, son fuertes; ese maldito bicho no podrá entrar. Ya sabes que lo ha intentado muchas veces.

— Es verdad, además Augusto no tardará en volver, ese bichejo no se atreverá a meterse con el niño.

La risilla volvió a escaparse otra vez de entre sus labios, aún tersos y rosados

— Deberías de dejar de llamar “niño” a Augusto, es un hombre hecho y derecho.

— Calla, siempre será mi niño, da igual los años que tenga. Él no se lo toma mal, sabe que se lo digo con cariño.

Ahora los golpes llegaron desde la puerta de entrada, no sé qué pretendía aquella criatura. Era una puerta blindada, y sus ocho patas podrían golpearla todo lo que quisieran, no cedería un ápice.

— ¿Estás segura, verdad querida? se dijo mientras apretaba en una mano el camafeo con la foto de su hijo, que llevaba en uno de los bolsillos del batín.

— Claro que lo estoy, Agusto dijo que la casa estaba segura, no hay nada que temer. Ya se marchará.



La anciana dio un par de pasos inseguros hacia el sillón de orejas. Se sentaría un rato, aunque en su cabeza siguiera siendo una mujer joven sus piernas no lo eran. La araña parecía que se había aburrido de aporrear la puerta y se habría marchado en busca de otra cena más sencilla, mejor, era molesto.

Junto al orejero había una lamparita que se apoyaba en una mesita telefonera, donde había un teléfono negro antiguo de los de baquelita, obsoleto, con una pantalla amarillenta que la luz de la solitaria bombilla de 25 vatios apenas si podía atravesar. Un poco más allá otra mesita de café donde descansaba un álbum de fotos de tapas de cuero rojizo y aspecto ajado. Una vez sentada se hizo con él no sin esfuerzo, era pesado. Era su álbum favorito tenía muchos más álbumes, una estantería llena de ellos, y no solo de fotos como aquel. Los tenía rellenos con entradas de cine, a museos, billetes de tren, incluso había alguno con cajitas de cerillas a las que había recortado la tapa, servilletas o envoltorios de chocolatinas. En esa librería tenía almacenado todo un archivo de recuerdos. No obstante no era la única, tenía otras estanterías dedicadas a otro tipo de recuerdos, porque todos no se podían guardar en álbumes. Una de sus preferidas era la estantería con artículos de fumador. Sí antes se fumaba mucho, todo el mundo fumaba, sobre todo los hombres, luego también se apuntaron las mujeres, y en todos los lugares había ceniceros o mecheros serigrafiados con “Rdo. de...” Ella los había ido comprando, recopilando, y guardando cuidadosamente; bueno tenía que reconocer que no todos fueron comprados, sí debía reconocerlo, algunos simplemente se “cayeron” en su bolso. En estos ni siquiera ponía recuerdo de, simplemente los vio en algún café, o restaurante, le gustaron y sintió la imperiosa necesidad de tenerlos y no solo fueron ceniceros, también tazas, vasos, jarras y hasta alguna fuente. La risa volvió a aparecer en su rostro.

— Ladrona.

— ¿Cómo te atreves a llamarme eso? Solo son recuerdos, nadie los echó en falta. Ahora solo serían basura, en cambio yo los he conservado, los he cuidado y les he dado valor. No me vuelvas a llamar eso.



Abrió el pesado álbum, con el ceño fruncido en una expresión de enfado, que se suavizó apenas contempló las primeras fotografías en blanco y negro. Estaban apergaminadas y la débil luz de la lamparita no hacía que su aspecto deslucido mejorase. La anciana se acomodó las gafas de gruesos cristales y suspiró.

— Siempre fue un niño precioso. Murmuró.

— El más bonito, querida.

— ¿Estás preocupada?

— Claro, ¿cómo no lo voy a estar? ¡Qué cosas dices!

Una lágrima rodó por el rostro apergaminado de la mujer. Con la agilidad de un mago hizo aparecer un pañuelo y la secó, también se enjugó los ojos para evitar que el resto de las que se acumulaban se desbordaran. Volvió a colocarse las gafas con un ademán de orgullosa dignidad que le impedía llorar e hizo desaparecer el pañuelo igual de mágicamente que lo hizo aparecer y continuó.

— Es un soldado, uno de los mejores, acabará pronto con todo esto. Ya lo verás.

Pasó varias páginas del álbum hasta que llegó a una, donde las fotografías eran de color, pero de un color desleído, donde el revelado químico al parecer no había impresionado suficientemente los colores y todos eran un tono más apagado de lo que debieran.

— Lo ves, apostilló la anciana, señalando una foto de 10x15 donde se veía a un muchacho vestido de uniforme besando una bandera.— El mejor plantado de todo el cuartel, recuerdo aquel día perfectamente.

— Sí querida, hacía un calor terrible, era bien entrada la primavera, casi verano.

— ¿Quieres contarlo tú? Es mi niño, yo estuve allí, tú lo sabes de oídas, yo lo sé porque lo viví.

— No, no solo hice un comentario. Hoy estás insufrible.



— Sí tan insufrible estoy, mejor no te cuento nada, además ya conoces la historia… Dijo mientras cerraba el libro de golpe.

— Tampoco es para ponerse así. No te enfades conmigo querida, sabes que me encanta que me cuentes historias, que me cuentes cómo era todo antes, antes de esto. Son momentos difíciles, estás cansada, más cansada de lo que quieres reconocer. Anda cuéntame.

— Está bien, puedes que lleves algo de razón y esté un poco irascible, te contaré. Fue el día uno en el campamento de la Legión, en Ronda, en Málaga, hacía un calor de mil demonios, tanto que incluso dos chicos se desmayaron justo detrás de Augusto, pero él no, él entonces ya era todo un hombre y aguantó sin pestañear todo el rato a pleno sol. Luego cuando terminó y dejaron de ser reclutas, me dijo con los ojos abiertos como platos, “Mamá ya no soy un recluta”. Estaba tan orgulloso, y yo era tan feliz de que él lo estuviera, tan orgullosa de él…



Esta vez los golpes sí parecían que fueran a arrancar la puerta de sus goznes.

— ¡Dios mío!— Exclamó respingando en el sillón orejero.

Aquello no era la araña, aquello debía de ser algo mucho más fuerte.

— ¿Qué ha sido eso querida?

— No lo sé, pero calla, no hagas ruido, si no lo hacemos quizás eso que ha golpeado la puerta se vaya.

Con mucho cuidado buscó la perilla del interruptor de la lamparita y apagó la luz. Mejor permanecer a oscuras, sí porque había bichos que podían detectarla, Augusto se lo había dicho, que solo usara bombillas de poca potencia, la menor luz posible, era lo más seguro.



Esta maldita guerra ya duraba demasiado tiempo. “Mamá el deber me llama. Tengo que marchar, pero volveré pronto. Te quiero” Eso le había dicho su hijo cuando se marchó. Hace, hace…

— Hace mucho querida.

— Calla, nos van a descubrir, y no hace tanto.

Un mes o dos, tres a lo sumo. El tiempo ahí encerrada se deformaba con facilidad. No había televisión o radio, aquellos aparatos eran inútiles, las emisoras fueron intervenidas por el enemigo, estaba aislada dentro de su casa, su pequeño bunker.

— No va a volver.

— Que te calles— Dijo entre dientes.



Otro estruendo hizo retumbar toda la casa. Algo romo y duro había vuelto a golpear la puerta.



— No, no va a volver.

— Claro que va a volver, maldita bruja. Está en el frente, no habrá permisos ¿Qué insinúas?

— Es mentira y lo sabes. ¿Dónde está el padre?

― ¿El padre?… ¿a qué viene eso ahora? Ya sabes dónde está su padre.

— No, no lo sé y tú tampoco, porque te abandonó después de dejarte preñada querida.

— Mi marido murió en un accidente, durante unas maniobras, en África. Por eso Augusto quiso ser militar, aunque por ser huérfano de padre e hijo único, no tenía por qué hacer la mili, pero se presentó voluntario, quería seguir los pasos de su padre.

— ¿Cómo se llamaba tu marido? Querida, ¿Cómo te llamas tú? ¿Cómo nos llamamos?

— ¿Qué cómo se llamaba mi marido? ¿Qué cómo me llamo? Yo me llamo… mi marido se llamaba… Aug… Augusto como mi hijo… yo me llamo…



El tercer golpe hizo que el marco de la puerta reventara y esta se abriera como si fuera una boca a la que le hubiesen dado con un bate de béisbol. Un chorro de luz penetró en el salón de la casa. Dos hombres uniformados entraron dentro. El hedor que les recibió fue tan penetrante que dieron un paso atrás. Desde su retaguardia dos figuras envueltas en monos blancos y mascarillas les rebasaron, llevaban unas potentes linternas, con la  que escudriñaron el interior de la vivienda, hasta que el haz de luz descubrió una forma humana. Ahí estaba la anciana, cubierta de harapos y rodeada de basura.



— ¡Nos han descubierto, nos han descubierto! Es el enemigo, estamos perdidas. Tenemos que luchar, no podemos rendirnos. No me atraparan sin lucha.

— Sí querida, no nos rendiremos. Augusto vendrá a rescatarnos, ya no debe tardar.



FIN.

miércoles, 29 de enero de 2020

El Globo


El globo salió por la ventanilla del coche. El cristal primero se combó cuarteándose en un millón de pedazos; el segundo golpe de la maza abrió un agujero por el que el globo azul salió como si hubieran golpeado una piñata. El llanto desesperado del niño también salió ahora con más claridad, una claridad que taladraba tímpanos y encogía corazones. Estaba atrapado en su silla, en esa misma silla que le había salvado la vida. Los bomberos luchaban desesperadamente por rescatarlo del amasijo de hierros y plástico en que se había convertido el automóvil; antes de que fuera demasiado tarde. No sabían si estaba herido y trabajaban a contrarreloj. Un bombero intentaba introducirse por la ventanilla rota para asirlo, mientras le hablaba para intentar tranquilizarlo, pero no podía alcanzarlo, eran solo unos pocos centímetros, pero hubiera dado igual que hubieran sido kilómetros, era físicamente imposible.

La criatura gritaba y gritaba, mientras seguía en su prisión, contemplando la sangre, el pelo y los pedazos de carne sin sentido en que se habían convertido los cuerpos de sus padres; que parecían muñecos rotos, pero como si esos muñecos rotos también hubieran explotado, igual que cuando él alguna vez había pisoteado las bolsitas de ketchup del burguer, hasta hacerlas reventar.

La chapa escupió una salva de chispas cuando sintió la dentellada del disco de la amoladora. Había que acceder al habitáculo de cualquier forma, tenían que sacar al niño de allí.

Era una dotación de bomberos experimentada, buenos hombres, buenos profesionales pero aquel día la fortuna, el destino o quizás algún dios decidió que ese niño nunca saldría de ese automóvil.

Siempre existen riesgos, pero antes de decidir utilizar la radial, se comprobó que no hubiera ninguna fuga de combustible. Sin embargo, en algún momento, en el conducto que comunicaba el depósito de gasolina con el motor se produjo una fisura. Una minúsculo pelo por donde comenzó a manar el hidrocarburo. No fue necesario que el líquido fuera alcanzado por una chispa. El vapor que desprendía la gasolina se inflamó con pasto seco, pero como un pasto seco explosivo.

El coche estalló en un hongo de fuego viscoso. La onda expansiva mató al bombero que manejaba la radial e hirió gravemente a dos más; del niño y sus padres apenas si quedaron algunos pedacitos chamuscados que harían trabajar muy duro a los forenses.

La perturbación de la explosión viajó en todas direcciones como las ondas provocadas por una piedra que se arroja a un estanque. El globo que había salido del coche y flotaba a merced de las corrientes de aire también la sintió; de repente se vio empujado con violencia, alejado del lugar del accidente, hasta que por efecto del rozamiento, fue perdiendo velocidad y quedó atrapado en otra corriente de aire que lo transportó fuera de la carretera, hacía unos bloques de apartamentos. Una nueva racha le hizo virar hacia la terraza de un piso donde un abuelo tomaba el sol sentado en una hamaca plegable de playa. La mano del anciano agarró el globo por el cordel que pedía de él.

-Mira Teo, mira lo que he pescado, Dijo triunfante el anciano entrando en el apartamento, mientras le ofrecía el globo a su nieto. Un globo, un globo azul. Llegó volando hasta aquí ¡Qué suerte!

El niño estaba arrellanado en el suelo del salón, jugaba con unos coches en miniatura, haciendo carreras. En ese momento el coche rojo, el que dirigía con su mano derecha, comenzó a dar vueltas de campana, porque el coche azul, el que controlaba con su manita izquierda lo había echado de una carretera imaginaria. Cuando vio a su abuelo soltó los cochecitos.
  
-¡Dámelo!¡dámelo abuelo! Reclamó el niño.
Miraba el globo embelesado. Aquel globo azul que había llegado como por arte de magia se le antojó la cosa más maravillosa del mundo, mucho más interesante que sus coches de juguete.

El látex turgente del globo reflejaba los rayos del sol haciendo que su azul brillara de forma hipnótica. Teo estaba encantado con él, ya era un niño de casi diez años, mayor para que un globo le pareciera algo tan interesante y atrayente, pero el caso es que ese globo no era un globo normal, de esos que se puede comprar en una feria, ese globo había llegado a él de una forma mágica y eso lo hacía especial. Lo guardó en su habitación cuidándose de que las ventanas estuvieran bien cerradas, no fuera a escaparse. El globo se quedó allí suspendido en el aire, pero sin llegar a pegarse al techo, porque debía de haber perdido algo de gas y su flotabilidad ya no era la misma que cuando recién lo inflaron. Eso preocupaba al niño, tenía la suficiente experiencia, para saber que tarde o temprano todos los globos de deshinchaban y quedaban reducidos a unas especies de vejigas arrugadas. No obstante algo le decía que a su globo no le iba a pasar eso, tenía la certeza de que su globo era especial.

Pasó el tiempo y Teo se olvidó el globo, sí seguía flotando a media altura en su cuarto pero ya no le prestaba atención, al fin y al cabo solo era eso, un globo. Un día, al volver del colegio el globo estaba en medio de la habitación, estaba enfadado, mamá le había regañado y entró en la habitación y de un manotazo lo apartó mandándolo a un rincón entre la cama y el armario. Allí se quedó el globo, suspendido en el aire, como esperando. Esa noche fue la primera que se atrevió a hablar.

Teo, se metió en la cama como cualquier otro día, estaba cansado pero aún disponía de 20 minutos antes de que el programa de control parental le apagase la tablet. Odiaba profundamente aquel dichoso programa, pero sobretodo odiaba la expresión de satisfacción con que su madre le miraba cuando le chantajeaba con bloquearle alguna aplicación, o con reducirle el tiempo asignado si no hacía lo que le mandaba, sabedora de que tenía la carta ganadora. La pantalla de la tablet iluminaba con su luz la cara del niño, era la única luz de la habitación, pues tanto la de la mesilla, como la del techo permanecían apagadas. Los veinte minutos volaron y la tablet se apagó ante el desespero de Teo. Por qué siempre tenía que apagarse en el mejor momento, estaba viendo el video de un streaming de Fortnite donde Ninja había killeado a Marshmellow y estaba looteándolo. La habitación quedó completamente a oscuras. Teo se resignó y se arrebujó en el edredón aunque sin sueño, el efecto de la luz del dispositivo aún tenía confundido a su cerebro, que no entendía que era de noche y que debía dormir. Cerró los ojos, sus retinas sobreimpresionadas le hicieron ver garabatos lumínicos, como si dentro de los globos oculares tuviera una luciérnaga y esta estuviera realizando algún baile de cortejo. Los abrió pestañeando para intentar deshacerse de esa incómoda sensación, pero casi fue peor porque ahora, aún con los ojos abiertos veía una luz azul. Volvió a pestañear, se refregó los ojos con los puños, pero la luz no desaparecía. Se incorporó hasta quedar sentado en la cama, giró la cabeza y la luz salió de su campo visual pero al volver a mirar al frente la luz azul seguía allí. Tenía una forma abombada, y no era brillante, estaba tamizada como la luz lamparita de la mesita de noche, cuando la bombilla de bajo consumo estaba a punto de agotarse, solo que aquella luz era de color azul. Y entonces cayó en la cuenta, de que era el globo lo que lucía.

-Hola Teo, no te asustes.
La voz sonó dentro de la cabeza del niño.
-Sí, soy yo, tu amigo, el globo.
Era una voz calma, agradable, ni de hombre ni de mujer.

El crío huyó a refugiarse debajo del edredón y apunto estaba de ponerse a gritar, cuando el globo volvió a hablar.
No temas Teo, no te voy a hacer daño, sólo soy un globo. Quiero pedirte un favor. Por favor no grites. Si despiertas a papá o a mamá, me harán explotar y moriré. Me dolerá mucho Teo. Por favor no lo hagas.

En la voz del globo había una súplica un ruego. El niño permaneció en silencio pero no se atrevió a mover un músculo, la voz volvió a sonar dentro de su cabeza. 

-Teo ya eres un chico mayor, ya no juegas con globos. Llevo encerrado en este cuarto muchos días, solo quería pedirte que si no te importa, me dejes salir. Abre la ventana del cuarto y me marcharé en busca de otro niño, uno más pequeño que quiera jugar conmigo, al que pueda hacer feliz.

Teo escuchó con atención la sugerencia. No le pareció una mala idea, él abría la ventana y el globo parlanchín desaparecía, todos contentos.

Armándose de valor se asomó la cabeza fuera del edredón y contempló que el globo seguía allí, a los pies de su cama, flotando en el aire. con su luz pálida y azul. El pie desnudo del niño sintió la frialdad del suelo, no obstante la ignoró, luego sacó el otro y se puso de pie. Sin volver la mirada al globo se dirigió a la ventana de la habitación, giró la manilla y la abrió. La persiana estaba a medio echar, había sitio de sobra para el globo pudiera salir. El aire fresco de la noche penetró en el dormitorio, el escalofrío le recorrió todo el cuerpo al chiquillo que retembló. “Gracias Teo, has sido muy amable”. La voz resonó en su cabeza mientras, por el rabillo del ojo observaba como el globo se dirigía hacia él flotando. Cuando llegó a su altura se detuvo justo a su lado y la luz que brillaba en su interior se desvaneció, volviendo a dejar la habitación a oscuras. Sintió el roce del cordel del globo en la mano, y acto seguido como se le enrollaba en la muñeca con rapidez y fuerza. El globo empezó a tirar de él en dirección a la ventana. El cordel le apretaba y se le hincaba en su delicada piel; dolía, era muy fuerte, y lo estaba arrastrando a la ventana. El niño comenzó a gritar e intentó aferrarse a la cama, aunque fue inútil, no podía competir con la fuerza de tracción de aquel balón de látex flotante. El padre entró en la habitación justo en el mismo instante que en que Teo desaparecía por el marco de la ventana. Por unos instantes quedó suspendido a la altura de un sexto piso en la negrura noche. Pataleaba, lloraba, gritaba de pánico y dolor, entonces el cordel que le rodeaba la muñeca, que se había clavado en la carne, se aflojó dejándolo caer desde unos 20 metros de altura.

El globo azul se alejó mecido por una corriente de aire ascendente, subió, subió hasta que la diferencia de presión lo hizo explotar.

No demasiado lejos de allí, concretamente a unos 35 kilómetros de la casa de Teo, Oana una joven rumana soplaba el brasero de picón para prenderlo. La casa era vieja y fría y no se podían permitir el gasto de luz que suponía una estufa eléctrica, apenas si podían hacer frente al alquiler social. Su marido Doru, ya estaba en la cama pero no dormía, hacía más de 15 días que ellos no podían dormir. No, no desde que faltaban sus pequeños Ioan y Crina, no desde que aquel fatídico día en que los niños murieron, desde que aquellos malditos bastardos les mataron a sus niños.

Los chiquillos jugaban en la calle, cuando el coche en el que iban les arrolló. Esos perros huían de uno de los clanes de la droga locales Eran conocidos en el barrio, policías corruptos, que hacían la vista gorda a cambio de ya fuera drogas o de dinero, pero aquel día cabrearon a alguien al que no debieron cabrear.

Solo tenía que cerrar los ojos para volver a ver, igual que en una película macabra, como los cuerpecitos de sus hijos eran pisoteados por las ruedas del coche.

Ella estaba en la puerta, despidiendo a su esposo que se iba a trabajar, en un puesto ambulante, vendiendo globos en las fiestas de un barrio cercano. Entonces el coche apareció rugiendo, los neumáticos chirriaron al doblar la esquina. Ella lo supo, lo presintió de alguna forma y llamó a los niños, intentó salvarlos, les gritó para que salieran de la calzada, pero los niños se quedaron paralizados como conejos y de la misma forma fueron atropellados, como animales. Ni siquiera frenaron, ni siquiera miraron atrás cuando pasaron por encima de sus cuerpecitos. En ese momento juró maldecirlos, pagarían ojo por ojo y diente por diente. Los dos, el que conducía y el que lo acompañaba. Aquellos perros pagarían por la muerte de sus hijos. Ella se encargaría de ello. Podrían huir, esconderse del clan de los Chachos, pero no de ella, de ella, no podrían hacerlo.

Se sentó en el borde de la desvencijada cama con los ojos rebosantes de lágrimas otra vez. En ese justo instante un escalofrío le recorrió la espina dorsal desde el coxis hasta la nuca. Fue un escalofrío, uno placentero, parecido al placer sexual. Los supo, el círculo se había cerrado, ahora sus pequeños Ioan y Crina podrían descansar en paz. Aquellos malditos asesinos habían pagado, su venganza se había cumplido.


Fin. 



sábado, 2 de noviembre de 2019

Tac, tac, tac...



Sí, todos muy maduros, todos muy seguros de que hemos dejado atrás esos miedos infantiles, al monstruo de debajo de la cama, o al que se esconde dentro del armario. Ya no tenemos miedo a ir a oscuras por nuestra casa, ya no encendemos las luces para llegar a la cocina para asaltarla furtivamente de madrugada. Nos hemos hecho mayores, los niños lloran, gritan, temen a la oscuridad, porque los niños pueden ver. Los adultos no, ya no tienen miedo, pierden esa capacidad para percibir el otro lado. Pero el miedo nunca nos abandona solo cambia, muta, porque no hay nada más libre que el miedo.


Tac, tac, tac... Tac, tac, tac…

El patrón se repetía, tres golpecitos sobre el suelo, rápidos, como si unas uñas estuvieran tamborileando, como si tuvieran prisa, como si estuvieran esperando junto a un teléfono a que sonase; luego de los golpecitos un roce, el roce de algo que se arrastra, que se arrastra y que se acerca.

Es un bicho, un ratón. ¡Oh dios santo! Un ratón se ha colado en casa y está correteando por ahí al amparo de la oscuridad. Ese solo pensamiento le puso el vello de punta. ¡Un ratón! una criatura sucia e infecta de hocico bigotudo, con una cola de lombriz, husmeando y royendo sus muebles, su comida. ¡Qué asco!

Tac, tac, tac… Tac, tac, tac…


En un acto reflejo e infantil se tapó la cabeza con el edredón, como si fuera una capa mágica que le fuera a proteger de la malvada alimaña. Se estaba agobiando, debajo del nórdico la temperatura era varios grados más alta y su respiración contra él, la elevaba aún más la sensación de asfixia, aquello era ridículo.De un tirón emergio de entre las ropas de cama.

Tac, tac, tac… Tac, tac, tac...


Aquello continuaba acercándose, y no, no era un ratón, era algo más grande, más pesado, más lento, más contundente. Un ratón es una criatura nerviosa, se movería más rápido. Haría ruido, eso le daría mas informacion de eso que se aproximaba al dormitorio y con un poco de suerte lo espantaría. Se giró con mucho cuidado sobre sí mismo sin dejar de mirar hacia la puerta, que apenas se intuía en la penumbra. Alargó un brazo hasta que sus dedos tentaron el suelo de frío mármol. Ahora fueron sus dedos los que corretearon en busca de una de sus zapatillas. La agarró y golpeó el suelo, una, dos veces. El chasquido de la goma contra el mármol sonó estruendoso. Luego se detuvo a oír conteniendo la respiración.

Tac, tac, tac… Tac, tac, tac...


Aquella cosa debía haberlo oído. ¡Por dios! Medio edificio debía haber oído el zapatillazo en la quietud de la noche, pero no se había inmutado. La cadencia, la intensidad de los golpecitos seguían siendo los mismos, igual que si fuera una máquina, como los engranajes de un reloj. Por un instante imaginó un juguete avanzando por el pasillo, uno de esos juguetes del siglo pasado que funcionaban a cuerda y que estaban hechos de latón, un tanque de guerra, pintado de verde y que le estaba apuntando con su cañón. Apartó el pensamiento como se aparta a una mosca de un plato de comida.


La cosa ya pasaba de castaño a oscuro, era un hombre hecho y derecho y no podía estar acobardado como un colegial, escondido en la cama. Aquellos golpecitos tendrían alguna explicación tan trivial, que cuando lo descubriera no podría de dejar de reir durante una hora.

Tac, tac, tac… Tac, tac, tac... O no.

De un respingo se incorporó para quedar sentado en el borde de la cama y de un manotazo encendió la luz. La claridad le cegó hasta que sus pupilas se contrajeron para adaptarse. Los pies buscaron de forma mecánica las zapatillas y se metieron en ellas huyendo del frío suelo.

Tac, tac, tac… Tac, tac, tac...


Entonces lo vio, su mente no encontraba un nombre con el cual definir a aquello que acababa de cruzar el marco de la puerta del dormitorio. La única que halló fue “cangrejo”. Sí aquello que estaba acercándosele era una suerte de cangrejo parduzco de enormes, de patas y pinzas amenazantes y poderosas, un crustáceo que parecía salido de otro tiempo pretérito, de cuando la Tierra estaba gobernada por criaturas de proporciones monstruosas, como recién salido de una pesadilla lovecraftiana. En ese preciso momento todo cobró sentido y despertó.


Mil veces hubiera preferido que aquella alimaña hubiera sido real, y que le hubiese atacado con sus pinzas negras. Estaba llorando. Sobre la mesilla de noche estaba el informe del patólogo con el diagnóstico: Hepatocarcinoma en estadio 4.


FIN

sábado, 19 de octubre de 2019

Tras la zanahoria










Sientes como se te descarna el cuerpo, como la carne deja atrás los huesos, porque los huesos, igual que si fuéramos árboles, son las raíces y las raíces no se pueden arrancar, si quieres seguir vivo. Me voy, una vez más marcho, este es mi castigo, este fue mi premio, la distancia. Soy el burro que persigue eternamente la zanahoria, a sabiendas que la zanahoria no se puede alcanzar. Ya es tarde para fingir otra cosa, es más fácil seguir, seguir tirando del carro tras la zanahoria. Aprendes a mentirte, aprendes a sonreír a conformarte. Eres un magnífico actor porque no puedes vender fracaso, vendes triunfo. Marchaste, nadie marcha a la derrota y nadie quiere volver con ella. Se inventan palabras, expresiones vacías que ocultan las que duelen. Les ocultas del dolor a los demás, porque sientes las vergüenzas propias y ajenas, porque sientes el dolor propio y el ajeno, el que causaste, el que causas, y el que causarás, porque fuiste víctima, juez y verdugo. Tres en uno, trino y unidad, como un dios inmisericorde capaz de causar dolor en los tres tiempos, pasado, presente y futuro, tan grande es mi poder, tan poderoso soy.

Las calles cambian, los edificios se echaron abajo y se levantaron otros que te resultan ajenos, como piezas de un puzzle que no se corresponde con la imagen de la caja. El asfalto no te conoce, las aceras son de otro color, los árboles engordaron y crecieron. Aún recuerdas cuando solo eran varas con unas pocas hojas. Eres un forastero en un propia casa que cada vez le es más extraña. Te cruzas con rostros que se parecen a personas que conociste, pero que son más viejas, caras que en tu cabeza no habían envejecido, rostros que has protegido como fotografías antiguas que no han amarilleado, pero que ahora empujan carritos de bebé o necesitan bastón. Te sientes igual que un astronauta que despierta después de una hibernación, un privilegiado por el que el tiempo no ha pasado de la misma forma que para el resto, o al menos eso piensas hasta que te miras al espejo. Entonces el peso de los años se derrumba sobre ti, te despiertas de un sueño zarandeado, y caes en la cuenta, descubres la absurda mentira que te has estado contando, el tiempo pasa, pasó para ellos igual que pasó para ti, eres tú el que no encaja en este juego, eres tú la ficha pérdida, que ahora no encuentra su sitio. No eres ni de aquí, ni de allí. Eres el marido infiel que pierde amante y esposa. Te fuiste, quisiste soledad, el "no os necesito", el "yo solo me basto"; enhorabuena lo has conseguido, aquí está, aquí la tienes y lo mejor es que no va parar de crecer.
 
 
 

viernes, 23 de agosto de 2019

Metro



"No lo veo. No habrá podido venir, estará de vacaciones, enfermo, o simplemente llega tarde".


En el andén de la estación de metro, no importaba qué época del año era, ni siquiera si era de día o de noche. Solo se podía saber, por las ropas, o el trasiego de los viajeros, pero por nada más. Siempre hacía el mismo calor pegajoso, el aire siempre viciado, cargado de olor a cable quemado y a humanidad. En esta estación no había rótulos publicitarios, así que tampoco se podían usar de guía. Los grandes almacenes no amenazaban a los niños, ni las carteras de los padres con la vuelta al cole, aunque fuera todavía junio, ni te hacían sentir ardores con la próxima navidad, cuando aún no hiciera nada que se había acabado el verano. La estación, estaba limpia de todo lo que no fuera estrictamente propio de una estación del suburbano. Sus planos y sus señales indicando las salidas o la dirección que había que tomar para conectar con otra línea, estaban ubicadas en lugares convenientemente visibles, había papeleras, intercomunicadores para hablar en caso necesario con el vestíbulo e incluso bancos. No en vano había sido una de las estaciones que había entrado en el último programa de reforma y modernización del ayuntamiento y todo estaba como nuevo, y razonablemente limpio para ser un lugar por donde todos los días pasaban miles de personas. Lo que ninguna reforma podía conseguir era acabar con ese aire viciado. Era una estación antigua, los túneles que se construían en aquella época no eran tan amplios con en la actualidad, y a pesar de los sistemas de ventilación modernos la sensación de bochorno no se podía eliminar del todo.


La conocía bien, pasaba por ella todos los días dos veces, menos los domingos y llevaba haciéndolo algunos años. La había visto cambiar, esta no era la primera reforma que le conocía, aunque sí la más profunda. Por eso le había llamado la atención que él no estuviera. porque para él, aquel hombre se había convertido en parte de la estación, como lo eran la catenaria o las vías por donde corrían los vagones En realidad no se conocían personalmente, nunca habían cruzado una palabra, ni siquiera un saludo con la cabeza o un ademán con la mano, nunca le había pedido paso, nunca. Fue la primera persona que vio cuando empezó a usar el metro y por alguna casualidad su rostro se quedó fijado en su mente. Entonces y desde aquel día se había estado cruzando con él a diario. Tampoco era nada extraño que alguien tuviera tu misma ruta y tus mismos horarios en una ciudad. El caso es que se había convertido en una especie de baliza en su camino, una referencia de que iba en hora o de que no se había confundido de línea, esa sensación fue evolucionando con el paso del tiempo y pasó de ser una referencia espaciotemporal a ser algo familiar, algo amable y reconfortante, ver una cara conocida en aquella locura de viajeros, de gente que subía y bajaba de trenes como si fuera ganado a veces se agradecía. Todo el mundo iba con la cabeza gacha, mirando hacia abajo. ensimismado en sus propios problemas, entretenidos mientras miraban instagram u otra red social, leyendo o hablando por teléfono. Era curioso, trenes llenos de gente que ni se mira, interactuando con gente que está a kilómetros de ella. Solo los turistas, solo ellos levantaban la cabeza, como niños que montan en una atraccion de feria, motivados por la novedad e intentando orientándose entre en la maraña de líneas de colores de los planos del suburbano. Él nunca iba con la cabeza gacha, nunca miraba un libro un periódico o un móvil, quizás por eso sus miradas se cruzaron aquella primera vez, de alguna forma destacaba, no era otro autómata más, era una persona como él. Y hoy no estaba.


Y eso sí que era extraño. Puede que alguna vez antes, muy al principio, no hubieran coincidido, no podía saberlo pero desde que empezó a observarlo adrede nunca, nunca había faltado y de eso ya había pasado mucho tiempo. Él sí había faltado, muchas veces, cuando se había tomado vacaciones o había tomado otro camino para llegar a trabajar, pero el caso es que siempre que volvía a su rutina él estaba allí. Ese hombre no descansaba nunca o descansaba las mismas veces que e. Siempre con su cabeza levantada, mirando al frente y siempre esperando al tren a la misma altura del andén, junto a un tablón de anuncios dónde se podía consultar el plano de la ciudad en el que se hallaban resaltadas a color las líneas del metro y sus distintas estaciones. El también solía montar por el mismo lugar, manías suponía, aunque las suyas tenían una razón de ser y es que no le gusta sentarse pero tampoco le gusta ir en medio del vagón dejando expuesta la mochila a los amantes de lo ajeno tan abundantes en la urbe, por eso siempre elegía la cola de un vagón para poder apoyarse en la pared y poder dejar la mochila en el suelo, entre las piernas, bien salvo de cualquier carterista. Seguro que él también tendría sus razones por la que siempre montaba por ese lugar. Evidentemente era una persona de costumbres.


Muchas veces había jugado a intentar adivinar en qué trabajaba o cómo era su vida, no solo lo hacía con él pero sí era verdad que con él lo había intentado cientos de veces. Tenía unos 60 años, de talla media, y complexión también normal, ni gordo, ni delgado. La coronilla lampiña pero aún conservaba bastante pelo negro y sin canas en el resto de la cabeza. Su cara era corriente, nada en ella que destacara especialmente. Vestía también de forma muy normal para un hombre de su edad, y siempre llevaba pantalones de pinzas y camisa de manga larga bien planchados, los zapatos, castellanos negros y brillantes. No llevaba anillos ni ningún otro adorno, ni siquiera reloj, solo una sempiterna bolsa de deportes pequeña y de color negro, donde suponía llevaría el almuerzo. Había barajado muchas posibilidades pero la que con más frecuencia se imponía a las demás hipótesis es que trabajara en algún tipo de comercio. Otra hipótesis, está fundamentada más que en nada en un pálpito, era que no tenía pareja, o soltero o viudo, no sabía porqué pero le encajaba en el personaje que se había montado en la cabeza. Había interiorizado tanto esa teoría que con el tiempo le resultaba cierta y si hubiera podido comprobarla le hubiera chocado mucho que no se cumplieran sus deducciones.


De cualquier forma hoy no estaba en el andén a la hora de costumbre y los pocos minutos en que coincidían se estaban agotando. Era una sensación rara, como si algo no cuadrase, como si faltara algo fundamental en aquella estación, ese tipo de sensaciones que te hacen no elegir un determinado asiento en un bus vacío, que no es buena idea, que mejor otro día.


El tren irrumpió en la estación mordiendo los raíles con sus frenos, en la catenaria un chispazo hizo la función de jefe de estación y el tren se detuvo con precisión milimétrica ocupando todo lo largo de la plataforma. Inmediatamente las puertas se abrieron y bajaron en tropel decenas de personas que pugnaban por ser las primeras en llegar a cualesquiera que fueran sus destinos. Otras decenas esperaban para entrar y él seguía ahí, plantado en el anden buscando con la mirada a ese hombre, como si fuera un novio que comprueba con desesperación que no es que su cita vaya a retrasarse, si no que no va a llegar. Tenía que subir al vagón o llegaría tarde al trabajo. Sonó un silbato y las puertas comenzaron a cerrarse. Aquello era una tontería, no podía dedicarle ni un segundo más. En ese mismo instante sintió como alguien le tocaba en el hombro. Se giró instintivamente. Allí estaba el hombre del andén. Le miraba con una media sonrisa colgada de la cara. Las puertas se cerraron y el tren comenzó a moverse. Entonces le tendió un periódico amarilleado por el tiempo. Sin salir de su asombro lo miró. En la portada una fecha de hacía veinte años sobre un titular que informaba de un accidente en el suburbano. En la foto de portada se podía ver un tren que había descarrilado arrollando a los usuarios que lo esperaban. Había sanitarios y bomberos atendiendo a las víctimas. En segundo plano había un cuerpo arrellanado en el suelo cubierto con una sábana, junto a él una bolsa de portes negra..

En ese mismo instante el mundo pareció venirse a bajo, un enorme estruendo acompañado por un temblor sacudió la estación. Algo había pasado en la siguiente estación. Se arrimó al borde del andén para mirar por el túnel, imitando al resto de usuarios del andén contrario. Una humareda espesa y negra apenas si dejaba vislumbrar las luces de la siguiente parada que no debía distar más que unos pocos kilómetros, aunque en la oscuridad no habría podido calibrar con mayor exactitud. Los gritos de los pasajeros llegaron unos segundos después. Un accidente, el tren que acababa de dejar pasar había sufrido un accidente. Se giró buscando al hombre de la bolsa de deportes negra, pero ya no estaba, había desaparecido. 
 
FIN
 
 

lunes, 19 de agosto de 2019

Recordarte en la sonrisa.

                                               

                                                La belleza es poder y la sonrisa, su espada.







Suena esta preciosidad en mi viejo equipo cuadrafónico Pioneer y como en un amanecer donde los primeros rayos de sol van llegando pausadamente, casi sin querer, así van llegando a mi memoria en forma de relámpagos efímeros imágenes en tono sepia que en su día eran a color, pero el paso del tiempo las ha ido gastando...

Como ese ratoncillo inerte que alguna mañana llevaba hasta los pies de mi cama mi gata, tras una noche de travesuras. Era un trofeo que ella me regalaba como muestra de amor, pero yo no lo sabía.

O aquél viejo muro en medio de las dos últimas calles del pueblo del que  nadie sabía nada, o no querían saber, pero para un grupo de niños que salían del colegio por la tarde con más energía acumulada que sensatez, era el mejor patio de recreo imaginable. El muro tendría una altura media de un metro y una longitud de al menos diez metros, había sitio de sobra para sentarse, saltarlo, jugar a las guerras, hacer de portaaviones y cuando no quedaban fuerzas, era el mejor banco donde descansar y merendar.
Era uno de los lugares donde pasaba la mayor parte de mis mejores momentos de la infancia, pero yo no lo sabía.

Con diez años una noche de Reyes me regalaron mi primera guitarra española. Sonaba horrible, me fuí en busca de unos chavales más mayores que yo sabía que tocaban y les enseñé la guitarra. Me enseñaron tres acordes y el resto de cosas dejaron de existir o simplemente apenas tenían importancia para mí. La guitarra era lo más.

Unos años después, alguien me explicó que mi madre le pidió dinero prestado a una vecina para poder comprarme la guitarra. El sueldo de mi padre llegaba para comer, tener algo de ropa y poco más, pero yo no lo sabía.

A mi amigo Andresito le dió por crecer a lo ancho y sus padres le regalaron una bicicleta grande. De esas de hierro con el cuadro desde el sillín al manillar. Pesaba más que él y apenas llegaba con los pies a los pedales, pero entre los dos nos apañábamos bien para pasearnos. Cesarín era el menor de la corrala, pero cuando sus padres no estaban, se venía a casa o a la de Andresito. Hablaba poco y era un niño dócil y sonriente.

Andresito era un adoquín, un burto, más fuerte que un caballo y siempre se estaba riendo y eso era lo que más me gustaba de él, pero nunca le hice notar su torpeza, al contrario, nos reíamos mucho de sus cosas. Cesarín se atascaba mucho, quizá por eso hablaba poco, aunque con nosotros se soltaba más. Cuando jugábamos a las guerras le decíamos que hiciera la ametralladora y nos mataba a todos en un santiamén.

Y yo... yo no veía un pimiento, andaba siempre dándome ostias porque tropezaba en todos lados, andando, corriendo o en bici. Hasta que me pusieron gafas, más de una vez aproveché la cegatera para restregarme con alguna niña que yo pensaba que me sonreía.

Éramos los tres mosqueteros, pero ninguno lo sabía.


Sonreir hace que te sientas mejor contigo mismo, incluso si no tienes ganas.

Hace casi 50 años de esta foto y nada ha cambiado, porque entre nosotros no importa el estatus social, los conocimientos profesionales, los colores del equipo de fútbol, ni siquiera la ideología política.

A las personas aprendes a valorarlas por lo que te dan gratis y en exclusiva cada vez que te ven: su sonrisa. Su sonrisa y su forma de ser, sus actos, esos detalles que tienen contigo y que sólo lo sabeis tú y él.

Nadie tiene un amigo mala persona, a no ser que él también lo sea, pero entonces no es amistad, es interés, porque la mala gente no hace el bien excepto si le va a proporcionar algún beneficio. Y yo eso no lo quiero para mí.


Si no has puesto la canción al principio, igual ahora es un buen momento para hacerlo. Déjate llevar por ella, puedes confiar totalmente, incluso cantarla. Es una melodía sencilla y preciosista que invita a ello.



Mantengo humildes mis orejas.