lunes, 26 de septiembre de 2016

''let there be rock'' tatuado

Ni el origen de la Vía Láctea fue porque sí. Todo en la vida tiene un por qué.


De esos ''caprichos'' del mal llamado destino, una familia numerosa empezó a buscar su lugar en el mundo, su identificación y status social. Los niños crecieron, les dió por la música, les picó el bicho del rock'n'roll, se colgaron una guitarra para emular a Chuck Berry y descubrieron que eso de ser rebelde roqueando molaba y conocían chicas. El mayor de los hermanos se asoció con un tal Wanda, cantante, compositor y lo que hiciera falta y formaron The Easybeats. Igual no os resultan familiares a algunos. Es normal, no podemos saberlo todo, pero sí hay que destacar un hit-single, el archifamoso ''friday on my mind'', que décadas más tarde lo devolvió a la actualidad el insigne Gary Moore.


La pareja artística Wanda & Young trabajaron incansablemente durante muchos años, después de que se separaram The Easybeats. Compusieron canciones para artistas como: Grace Jones, INXS, John Paul Young o Rose Tattoo.


Eran camaleónicos, se adaptaban al estilo y las posibilidades del artista que les pidiera ayuda, pero también hacían canciones para ellos en todos los estilos de tendencia según la época.
Ya en los 70's y con la paulatina desaparición del impacto que tuvo la corriente del ''peace & love'', los nuevos jóvenes pedían música más fuerte, más crítica, descarada. algo que les ayudara a buscar su lugar, ése que busca cada generación, pero Wanda & Young no terminaban de encontrar el cantante o la banda adecuados para que plasmaran toda esa nueva ola que demandaban los chavales en la calle.


En una de tantas conversaciones mantenidas entre el dúo creativo y la discográfica, a Young le dio por comentar que sus hermanos pequeños habían montado su propia banda de rock y tenían a un cantante algo mayor que ellos, pero experimentado en otras bandas y fue roadie, etc.


''de quién nos hablas?'' debieron preguntar.
-de mis hermanos Malcolm y Angus. Tocan la guitarra mil veces mejor que yo.


Se iniciaron los contactos, hablaron, vieron a la banda tocar, empezaron a grabar y editaron su primer disco. Había nacido una de las bandas de rock más grande y una de las más relevantes de la historia de la música del siglo XX:


                                                                    AC/DC


1982


Un boinómano (yo mismo) que llevaba viviendo cinco años en la capital y cada día seguía sorprendiéndome por algo, en una de esas tardes de huir buscando no se sabe el qué, mis pasos me llevaron al refugio de mi rebeldía sin causa: la tienda de discos de mi colega Jose. No quería entrar porque llevaba menos dineros que el que se mete en la ducha, pero lo ví. Un disco de vinilo con una de las portadas que más me ha impactado. Hoy día sería una portada más, del montón, pero ni sabía lo que era, ni entendía las siglas (suponía que era algo eléctrico, intenso, fuerte) ni me parecía atractiva la portada a simple vista. Un tío melenudo medio en pelotas y otro más greñúo levantando una guitarra más grande que él y con pantalones cortos!! un chaval haciendo salvajadas en un escenario? Esto qué es, una broma? Ingenuo de mí. Animalico.


Entré, saludé al colega y le pregunté por el disco y recuerdo que Jose me miró con ese tipo de mirada paternal entre paciente, comprensivo y deseoso de darme una buena ostia también.
Escuché el disco entero, sin cortes publicitarios.
A buen volumen. En esa época no había problemas de decibelios y estas tiendas vendían muchos discos así, haciendo que los altavoces fueran los mejores comerciales del negocio.




Tengo el vinilo, lo compré dos veces: la primera vez porque me asilvestraba cuando lo ponía en casa, en fiestas, en casa de colegas, en el instituto, hasta que los surcos ya no eran tales y la carátula daba pena verla.
La segunda vez llegó en formato CD y al poco tiempo tuve la suerte de encontrarlo en vinilo y lo conservo como oro en paño. No me canso de mirarlo sobretodo, porque el paso de los años le dá otra óptica a las cosas. Grabaron el siguiente, ''highway to hell'' superior a éste en calidad de sonido y canciones, murió Bon Scott el carismático cantante y se reinventaron con el insuperable ''back in black'' pero a mí personalmente me gusta mucho más ''let there be rock''.




El inicio con ''go down'' es toda una declaración de intenciones, una excelente carta de presentación. Crudeza, energía, peligro! Aquí se respira peligro, sudor, voz negra, macarra, con un feeling cantando, sin trucos. Honestidad brutal resumiría esta colección de canciones viscerales, de las que van directas al pómulo y te hacen saltar en vez de hundirte.


''dog eat dog'' confirma la actitud primitiva de los australianos, ambientando la canción con esos redobles de tambores más propios de una tribu india y un arreglo de guitarras con ecos gaiteros.


El listado de temas es impresionante, empezando por la que dá título al disco. Fijaros si estaban seguros de sus canciones (sin olvidarnos nunca que detrás estaban los ''consejos'' de Wanda & Young) que esta canción no aparecía la primera del disco, sino la tercera. Algo que hoy es casi impensable, las discográficas van al pelotazo, algunas despreciando el trabajo entero de reunir un buen puñado de canciones.


''bad boy boogie'' es otro cañonazo de ritmo aplastante, (uno de los secretos de esta banda radicaba ahí, batería sencilla, fluída, pero contundente y un bajo con las mismas características y empastado a uña y carne con la batería) de las que hacen que quieras hacer un viaje en Harley.


Malcolm ya se había consolidado como el creador de los mejores riffs de guitarra y componía la mayoría de canciones. Le gustaba estar en segunda fila, entre los amplis y la batería. Su papel de guitarra de acompañamiento (con perdón) y hacer coros lo llevaba con maestría. De hecho, se podría decir que era el director de la orquesta.


''overdose'' me enganchó por ese desarrollo de triadas en séptimas del inicio, un típico walkin' blues, pero subido hasta el ático con el metrónomo.




Sigo pensando después de todos estos años, que Bon Scott es lo mejor que les pudo pasar en la vida a los hermanos Young. Las bandas de rock instrumentales sonarían todas iguales, pero la voz es única e irrepetible como cada ser humano y Bon les aportó ese plus que le faltaba a la banda para ser diferentes, únicos. Crear un estilo de interpretar rock'n'roll y que suene fresco, natural, directo y salvaje todo a la vez.


Son un total de ocho canciones, con una media de 4:00 minutos de duración aprox.
Para mí, su mejor disco, repito.




Bon Scott nos dejó, pero pudieron salir adelante con Brian creando con éste toda una nueva discografía, casi nada que ver con la etapa de Bon, pero deudores de él aunque sin menoscabo de Brian, faltaría más.


Puedo reconocer que Axl puede cantar algunas canciones mejor que Brian porque es más joven sobretodo. Puedo entender que por motivos contractuales la banda acabara la gira mundial que tenían contratada y las demandas son millonarias y no se puede ser tan estúpido como para hundir una empresa por eso, pero hay formas y formas.




Cliff Williams el bajista de la banda, acaba de anunciar oficialmente que abandona la nave eléctrica, que sus días con AC/DC darán a su fín cuando acaben los conciertos que tienen firmados. Angus se lo está agradeciendo públicamente al final de los shows, haciéndole ponerse en primera fila y recibir la ovación del respetable.




Angus se queda solo. El niño que llegaba vestido con el uniforme del cole al ensayo porque no le daba tiempo a cambiarse, ya ha visto todo lo visible del show y ha gozado de fama y reconocimiento a nivel global. Quedan para la historia un montón de riffs y solos que marcaron un camino, una forma primitiva, salvaje y directa de entender la escala de blues aplicada al boogie.


Espero con fé que Brian Johnson se atreva pronto a sacar un disco en solitario, igual que hará posiblemente algún día Cliff y hasta el mismo Angus igual le resulta purificador guardar las siglas de su banda y hacer otra cosa con menos presión. Más por recreo que por obligación.


Yo seguiré disfrutando de la banda, para eso tienen una discografía envidiable, aunque seguiré estudiándome la carátula del ''let there be rock'' para cuando me encuentre con Bon Scott intentar estar a la altura. Por eso lo miro tanto, me fascina por años que pasen, lo miro y parece que les oigo tocar y respirar. Realmente, me lo estoy tatuando en el alma.




Un final apoteósico, hasta caer al suelo extenuado.










Mantengo humildes mis orejas.

viernes, 23 de septiembre de 2016

El colmo de las maldades.

''Todo hombre es sincero a solas. En cuanto aparece una segunda persona, empieza la hipocresía''.
R. W. Emerson.




No es una característica del ser humano actual, va intrínseco a él desde antes de que bajara de los árboles. El miedo a ser plato del día de fieras salvajes o de miembros de otros clanes, la necesidad de asociarse para conseguir alimento y fortalecer los grupos, fue creando los lazos virtuales de esa necesidad mal llamada amistad posteriormente.


Somos gregarios por necesidad, pero nuestra parte animal late como la de un lobo solitario, pero al contrario que el canino, no somos solidarios con el grupo ni fuertes en la soledad. Nos valemos de nuestra apariencia y nuestro intelecto, todos pensamos que somos superiores al de al lado, más fuertes, más inteligentes y nos valemos del mal alimentado ego para conseguir lo que queremos.


Todo es susceptible de compra, venta o préstamo a intereses insospechados, oscuros, ocultos.
El altruismo es tan sólo una aspirina para la conciencia, disimulado en bondad. Nadie dá nada a cambio de nada, todo es a expensas de recibir algo a cambio.


Desde los primeros clanes omínidos hasta nuestros días, la necesidad de asociarse para conseguir un supuesto bien común, ha ido creando una serie de comportamientos sociales que han derivado en actitudes más que cuestionables.


El miedo, algo natural que experimenta cualquier animal o persona, es una alarma para sobrevivir, un instinto. Pero también el miedo se inculca. Desde la ignorancia siempre es más fácil manipular, reorientar, moldear el comportamiento en pos de otro interés.




Hay quien afirma (y estoy de acuerdo) que la hipocresía ha contribuído al mantenimiento y expansión del género humano muy por encima de otros valores como la humildad o el amor. Hasta en los rebaños de ovejas hay un líder. Todos seguimos a alguien, porque confiamos, porque lo han impuesto a la fuerza o porque simplemente es más cómodo dejarse llevar, difuminarse entre la manada y que piensen otros.


Son sentimientos oscuros, auspiciados por la necesidad y la avaricia, el odio disfrazado de oferta, el beneficio disfrazado de amor.




Hola, soy La Amistad! Cuánto me vas a pagar?




''No se puede ser y no ser algo al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto''.
Aristóteles.




La hipocresía es el colmo de todas las maldades. Es el típico ''quítate tú para ponerme yo'' que tanto se le asigna últimamente al aspecto político, pero que no es más que un reflejo de la filosofía del mundo moderno.


La necesidad de asociarse desde la historia de la humanidad está plagada de ejemplos de hipocresía. En nuestros días, aún hay quien alberga el noble sentimiento de tender la mano al desconocido que necesita ayuda. Hay grupos como los de salvamento o rescate que se componen de tres o cuatro personas especializadas en situaciones de alto riesgo, pero son tan profesionales que no necesitan ser amigos para desempeñar unas funciones tan arriesgadas. Tampoco es menos cierto que lo normal en esos casos donde se convive casi a diario hay unos lazos de unión muy fuertes. Pero el resto de mortales en su día a día, van perfeccionando esas otras conductas retorcidas como las de ir prestando con intereses algo que en el fondo no vale nada, pero para otra persona puede serlo todo. Es lo que yo llamo un ser miserable.




Porque hay que ser miserable para imponer ideas y creencias desde una amenaza de muerte certera. Hay que ser muy miserable para aniquilar a otros seres humanos por tener otro color de piel, otros pensamientos, ideologías o filosofías de vida y vender el holocausto como solución a un falso cáncer.




Nos lobotomizan a diario, nos hacen despertar falsas necesidades supérfluas como el salvavidas de un nuevo mundo, el teléfono móvil con internet es la nueva biblia, el aislamiento del ciudadano moderno mediante las nuevas tecnologías y la falsa dependencia a ellas como si fueran el oxígeno del siglo XXI




Sin un coche no eres nada, no puedes optar a un trabajo mal remunerado que te roba todas las horas de todos los días del resto de tu vida. Hipotecas para vivir bajo un techo con un importe disparatado que esclaviza a todos y cada uno de los ciudadanos del mundo ''civilizado'', el veneno inyectado en forma de anuncios subliminales para despertar el deseo de poseer más que el vecino a costa de lo que sea necesario, está transformando al mundo que conocemos en autómatas que sólo saben respirar porque a eso nadie enseña...de momento.


Desforestar para edificar, matar para vender tecnología bélica, invadir para expoliar recursos naturales, crear venenos para vendernos el antídoto a precios desorbitados al alcance de muy pocos. Corrientes de opinión malintencionadas y nunca contrastadas, imposición a la fuerza de deidades, desprecio y odio al que piensa, cree u obra diferente...todo bien orquestado y puesto en funcionamiento por mentes oscuras, hipócritas disfrazados de respetables.




Ni una mala palabra, ni una buena acción.




Dicen que el gran triunfo del demonio en el recién estrenado siglo consiste en hacernos creer que no existe..



lunes, 12 de septiembre de 2016

SANGRE #4







 SANGRE #4
 
Por fin es Septiembre. Las jornadas ya sólo tienen unas 9 horas de luz, las noches cada vez son más largas y la temperatura ha empezado a bajar. Al verano aún le quedan un par de coletazos pero está herido de muerte, me alegro, odio el verano. Éste ha sido el más duro de mi vida, en los dos meses pasados, las temperaturas han sido muy altas, prácticamente ningún día han bajado de los 32º y muchos han pasado de los 35º. Los cielos han estado despejados y el sol, sin ninguna nube que lo tamizara, ha calcinado inmisericorde la tierra.

Huelga decir, que evito exponerme a él en las horas centrales del día, cuando más fuertes son las radiaciones ultravioletas, a las que soy hipersensible. Es muy incómodo tener que dar explicaciones a la gente que te rodea, de por qué no vas a la piscina o estar contestando siempre la estúpida pregunta de, “¿no tienes calor, con esa manga larga?”. Claro que lo tengo, pero es mil veces mejor que sufrir su quemazón en la piel o en los ojos, de hecho si me expusiera sin protección a él, sufriría graves quemaduras y con seguridad perdería la visión, por eso siempre he preferido trabajar por las tardes, se producen menos situaciones comprometidas, y si te invitan a unas cañas, en una terraza después del trabajo, el sol ya no es tan fuerte. Mucha gente cree que sufro algún tipo de albinismo, por mi pelo rubio y mis ojos claros, está bien que lo piensen. El verano no es la mejor época del año para un albino, para un vampiro es la peor.

Éste no sólo ha sido cruel por esto, el verano es algo inevitable, a lo largo de la vida aprendes a sobrellevarlos a soportarlos, pero hay algo para lo que no he estado preparado, el paso del tiempo. Esos días tórridos, con sus noches axfisiantes han sido eternos. Cada uno de ellos, de los casi cuatro meses que hace que vi a Laura, han sido un calvario, como añadir cuentas en un ábaco, que sólo supiera sumar en mi obsesión de querer, de necesitar volver a verla, y de tenerlo al mismo tiempo. Lucho con ese sentimiento, con esa necesidad y con ese temor desde entonces. Desde que maté a aquel yonki, han muerto dos personas más, temo haber perdido el control de mi enfermedad.

Este agosto, he vuelto a Stª Comba, siempre me ayuda volver a mis orígenes, allí todavía puedo sentir a mis abuelos, de alguna manera su esencia impregnó aquella tierra donde su amor prendió, entre el verdor de las tierras gallegas, entre las escorias de la mina Varilongo.

Ellos me criaron, ellos me descubrieron lo que soy, ellos me enseñaron a vivir con ello. Ojalá estuvieran todavía, los necesito, más que nunca, sólo ellos podrían entender lo que me está pasando, ellos y tal vez Laura.

Mi abuela Lúa quedó huérfana cuando sólo tenía 15 años, sus padres murieron durante los primeros compases de la guerra civil.

Su padre, un humilde minero cuyo único pecado fue saber escribir a máquina y tener una hermosa mujer, fue ejecutado por anarquista. En realidad el verdadero motivo fue, que la mala fortuna quiso, que uno de los cabecillas del movimiento golpista de la zona, se encaprichara de su bella esposa. Los reiterados rechazos ante sus proposiciones, tuvieron como consecuencia la ruina. No sólo el asesinato indiscriminado de su marido, sino también la acusación de meiga, de “xuxona”, de adoradora del demonio y de cosas aún peores. Le raparon al cero la cabeza y la obligaron a pasear desnuda por las calles del pueblo, junto con otras desgraciadas que sufrieron su misma suerte. Antes y para más escarnio público, las atiborraron de aceite de ricino, con la intención de que no pudieran controlar sus intestinos. Enloquecida y desquiciada se quitó la vida, aprovechando un descuido de sus captores.

Afortunadamente, el director de la mina, hombre justo y de buen corazón, se apiadó de mi abuela y la acogió en su casa, haciéndole un hueco entre la servidumbre del pazo donde residía.

En 1941 en plena 2ª guerra mundial el gobierno de España, a pesar de su declarada neutralidad, surtía a las potencias del Eje de wolframio, escaso mineral indispensable para la fabricación del blindaje de los carros de combate y de los proyectiles antitanque, como parte del pago de la deuda contraída en la guerra civil con ellas. En la primavera de ese mismo año, el III Reich, envió a un delegado a interesarse por la producción y las exportaciones de wolframio, temiendo que Franco sucumbiera a las presiones que estaba recibiendo por parte del bando Aliado, que conocía y por supuesto desaprobaba tales actividades. Los nazis no podían permitirse que eso ocurriera. Ese delegado era Alexander Müller, que más tarde sería mi abuelo.

La mina de Comba, Varilongo era una de las que estaban dentro de su agenda, donde se extraida tan preciado mineral, además de estaño y cuarzo. Durante su visita se alojó en el pazo donde residía su director y servía mi abuela Lúa, que por aquel entonces ya tenía 20 años.

Según decían las malas lenguas, D. Santiago, la acogió llevado por la misma lascivia, poco más que hechizado por las artes de la hija de la meiga, que por supuesto, no solo había heredado su melena ensortijada de pelo negro azabache, sus ojos de un verde esmeralda y un cuerpo generoso en curvas, sino también sus oscuros poderes. Verdad o no, lo cierto es que jamás le oí una mala palabra sobre D. Santiago, todo lo contrario que de Dª Marisa, la esposa del director, una mujer escuálida y apocada, siempre agarrada a un rosario, que hablaba entre dientes. Desde el primer momento la miró con malos ojos, aquellos comentarios malintencionados le habían metido los celos en el cuerpo. Odiaba a mi abuela y hacía todo lo posible para que su existencia fuera lo más desdichada posible, tratándola con desprecio y altivez y como no, reservándole siempre las tareas más ingratas. Curiosamente y sin saberlo, aquel odio de Dª Marisa iba a procurar, que por fin mi abuela encontrara la felicidad, que tan esquiva le había sido.

Cuando mi abuelo Alexander vio a mi abuela por primera vez, se quedó absoluta e irremediablemente prendado de ella, ahora puedo llegar a entender el sentimiento que se apoderó de él. Aquella mujer era preciosa, pero no sólo fue su belleza lo que le hizo quedar embelesado, era algo más, estaba envuelta en un aura, como si la rodeara un campo eléctrico que te erizara el vello sólo con acercarte a un par de metros de ella. Él sabía bien de esas cosas, tenía sentidos que el resto de los mortales ni siquiera soñaban con poseer porque él era un vampiro.

Ella fregaba los suelos de rodillas, resgatando con una aljofifa que remojaba primero en un cubo. Él entró en el salón, acompañado por D.Santiago pisando el solado de piedra aún húmedo, en cuanto se percató de ello, mi abuelo se disculpó por la torpeza, ante la sorpresa de su anfitrión. Mi abuela no estaba acostumbrada a que nadie le pidiera disculpas, pues eso era lo que parecía lo que aquel hombre extrañamente alto y de piel lechosa, acaba de hacer, lo había comprendido, aunque no hubiera entendido ni una sola palabra de lo que dijo. Tímida y sin saber cómo reaccionar, sólo acertó a agachar la cabeza para seguir con su faena.

Igual que su madre, ella no era ninguna meiga adoradora de Satán, pero también desde siempre tuvo esa especial sensibilidad, que la hacía percibir cosas que las demás gentes no podían. Llegó a convencerse de que aquello por lo que la temían y la rechazaban, era algo realmente malo, que fue lo que trajo la desgracia a su familia e intento renegar de ello, de veras que lo intentó, olvidar aquella cualidad de saber que alguien va a morir unos días antes de que lo hiciera o conocer el sexo del retoños aún estando en el vientre de sus madres, pero según me contó muchas veces, cuando vio por primera vez a mi abuelo, a aquel hombre extremadamente delgado, larguirucho y tan rubio que casi tenía el pelo blanco, ese sexto sentido se disparó como nunca antes se había manifestado, percibió algo especial, algo que no supo interpretar, y algo que la hizo sentirse atraída por él de una forma irrefrenablemente magnética.

El director de la mina tenía órdenes muy claras al respecto de cómo agasajar a su huésped, “todo lo que se le ofreciera” y todo, quería decir todo, así que cuando le hizo saber de su interés por aquella muchacha, no pudo si no plegarse a sus deseos y la puso a su disposición, por muchos reparos que tuviera. Cuando la noticia llegó a los oídos de su esposa, ésta sonrió como caimán que ve recompensada su paciencia. Ahora aquella bruja iba a probar de su propia medicina, aquel extraño alemán, de piel lechosa, pelo rubio y ojos tan azules que parecían como el vidrio, se iba a divertir con ella, tratándola como a una ramera, como lo fue su madre, que es lo que ella también era, por mucho que disimulara.

Imagino la cara de sorpresa de D.Santiago cuando le comentó a mi abuela que subiera a las habitaciones del huésped germano y en vez de encontrar resistencia en mi abuela, casi vio en su cara una expresión de alivio, pensaría que quizás su mujer tenía razón y aquella mujer de aspecto inocente no lo era tanto. El caso, es que fuera lo que fuese lo que pasó por su cabeza aquello era positivo para su misión como anfitrión, así que no había nada más que hablar.

Mi abuelo Alexander nunca me contó qué pasó aquella noche, cuando después de cenar mi abuela subió a su habitación, siempre fue muy reservado para algunas cosas. Muchas veces se lo pregunté, él sólo se limitaba a sonreír con un leve rubor tiñéndole las pálidas mejillas, mientras buscaba con los ojos muy abiertos los de mi abuela, como diciéndole que no hablara más de la cuenta, entonces ella reía y empezaba a contarlo igual que si fuera un cuento de hadas, pues en cierta forma lo fue.


“Cuando D. Santiago me llamó pensé que algo malo ocurría, seguro que me iba a regañar por alguna nueva queja sobre mi trabajo de Dª Marisa, aquella mujer odiosa no dejaba de hacerlo. Entré en su despacho y cerré la pesada puerta de madera intentando no hacer ruido. Él estaba sentado detrás de su mesa con el rostro serio, leía algún documento que sostenía con una mano mientras que con la otra sujetaba un puro sin encender. En el momento en que me vio entrar, dejó el habano sobre cenicero de cristal y abandonó la lectura, colocándolo con cuidado el documento sobre un montón más que había sobre la mesa.

-¿Me mandó llamar D. Santiago?

-Sí, sí pase, pase y siéntese. Dijo señalando uno de los sillones de madera oscura y terciopelo rojo.

Me quedé petrificada, algo muy malo tenía que pasar cuando, no sólo me hacía llamar a su despacho, sino que además me invitaba a sentarme. Miré hacia abajo observando mis ropas.. Llevaba un vestido negro con faldas hasta los tobillos, con un delantal y un pañuelo blancos en la cabeza, recogiéndome el pelo, como para dar a entender que mis ropas de faena no estaban en condiciones. Debió de percatarse de mis reparos, y volvió a insistir.

Siéntese, siéntese, por favor. Lúa, la he hecho llamar porque quiero pedirle algo muy importante. Verá...
Se detuvo un momento, como si no encontrara las palabras.Tras unos segundos de incómodo y espeso silencio volvió a tomar la palabra, pero lo hizo sin levantar los ojos de algún punto indeterminado de la mesa, como si no fuera capaz de decirme aquello por lo que me iba a pedir mirándome a la cara, entonces lo supe, imaginé qué era aquello que tanto le estaba costando decirme.

-Nuestro invitado el señor Müller, desde que esta mañana la ha visto, se ha mostrado muy interesado en usted, y me ha solicitado que organice un encuentro privado. Es un caballero muy importante e influyente, y un mal informe suyo sobre la mina, podría acarrearme muchas complicaciones, por lo que no he podido negarme a su petición. Espero que lo entienda y que sepa comportarse adecuadamente, atendiendo cualesquiera que sean sus demandas. Siempre, la he tratado como a una hija, ahora tiene la oportunidad de corresponderme. Por mi parte le estaré agradecido y sabré compensárselo. Esta noche deberá personarse en sus habitaciones a las 10. ¿Lo ha comprendido Lúa?

-Sí D.Santiago, lo he comprendido. Intentaré no decepcionarle. - Respondí, con un hilo de voz, mientras retorcía un pico del delantal con los dedos

-Bien. Eso es todo, puede volver a sus tareas.


Me levanté como pude, estaba nerviosa y temblaba como un flan. Al fin Don santiago me miró, tenía el rostro serio, me escrutaba en busca de algún signo, algo, que le ayudará a comprender aquella extraña expresión, que se debió quedar colgada de la cara y que casi parecía una sonrisa.

Pasé toda la tarde imaginado cómo sería mi encuentro con el Señor Alexander, yo sólo era una fregona que no había salido del pueblo, inculta y él un alto funcionario extranjero, pero sabía que ese hombre era especial. La noticia corrió por entre la servidumbre del pazo como la pólvora, seguramente azuzada por Dª Marisa, que se relamía ante la seguridad que aquella cita, era una excusa para forzarme. Las mujeres cuchicheaban a mis espaldas, algunas, en secreto me mostraron su solidaridad, realmente me compadecíann por la suerte que me había tocado, otras en cambio, secuaces de la patrona, parecían disfrutar y me miraban con ojos rebosantes de malicia.

Llegaron las diez, la actividad en el caserón después de la cena era prácticamente nula, todos se retiraban a sus alcobas, sólo D Santiago solía quedarse despierto hasta altas horas trabajando en su despacho y Xoan el guarda, que andaba por la garita de la entrada de la finca o haciendo la ronda y poniendo los candados a las verjas.

Subí a la segunda planta, por las escaleras de piedra del salon grande, que daban a un distribuidor, a la derecha estaban las habitaciones privadas de los señores, giré hacia la izquierda donde estaban los dormitorios de los huéspedes, detrás de la tercera puerta me estaría esperando D. Alexander. No negaré, que en algún momento pensara que aquellas sensaciones mías, pudieran ser más el fruto de mi imaginación, que de una percepción real y que ese hombre tan misterioso, sólo me quisiera ver para manosearme, pero fueron como pequeñas nubecillas en un cielo resplandeciente, porque estaba segura de que no sería así y no me equivoqué.

Alcé la mano para llamar a la puerta y antes de que pudiera golpear con mis nudillos sobre la madera, ésta se abrió. Detrás de ella estaba aquel gigante rubio y flaco. Estaba impecablemente vestido igual que cuando lo vi en la mañana, un traje de tweed gris, una camisa blanca y una corbata negra, con un pisacorbatas plateado decorado con el símbolo del partido nazi .

-Buenas noches fräulein, pase por favor, gracias por aceptar mi invitación. Dijo con un marcado acento alemán.

Sus ojos refulgían como si fueran dos luceros azules, se quedaron fijos en los míos, sin pestañear, querían ver dentro de mí y yo quería que vieran. Me tendió la mano y yo se la estreché con vergüenza, pensando que la encontraría desagradable, áspera y llena de callosidades. La mano de largos dedos blancos de pianista envolvió la mía y sentí su firmeza y su frialdad, igual que si se la estuviera estrechando a un dios de mármol griego. Pero no fue un frío desagradable, muy al contrario, fue una sensación estimulante y por un momento toda la piel de mi cuerpo se erizó poniéndose de gallina, al tiempo un escalofrío me recorrió de arriba abajo, como si uno de esos dedos finos y largos, que me sujetaban la mano se paseara en ese justo instante por el centro de la espalda, desde más abajo de los riñones hasta el cuello.

Me instó a que lo acompañara y me ofreció asiento en una butaca orejera tapizada en yute, junto a otra gemela. La habitación de invitados estaba dividida en dos ambientes, el primero, en el que nos encontrábamos, era una especie de cuarto de estar donde además de las dos butacas y una mesita junto a ellas, había un buró de madera de cerezo con una silla a juego y asiento de cuero verde, para que el huésped pudiera usarlo como pequeño despacho mientras se hallara alojado en el pazo. En la segunda estancia, a la que se accedía desde el despacho, por una puerta de hoja doble, estaba el dormitorio, con una cama grande de colchón mullido de lana y almohada de plumas, también había un armario de tres puertas, del mismo cerezo del buró, con una luna de espejo enmarcada en la puerta del centro.No necesité mirar para saberlo, lo conocía bien, lo había limpiado cientos de veces. Se habían retirado hacia un lado las pesadas cortinas del dormitorio, que ocultaban el ventanal del dormitorio, que daba a los jardines de delante de la fachada principal del caserón. La luna estaba llena e iluminaba las dos estancias con su luz plateada, dando una extraña pátina argentina a todo, especialmente a las dos copas y a la botella de vino que había sobre la mesita.

Tu abuelo me sirvió vino en la copa, con pulso firme y decidido. No había apartado aquellos ojos azules de mi ni un solo instante, no me atreví a contrariarlo, no sabía ser servida y me removía inquieta en la butaca. Pareció leerme la mente.

-No se preocupe fräulein, hoy es usted la invitada. Lúa para mí es un placer servirla.

Cuando lo escuché pronunciar mi nombre, me sentí desfallecer, mis músculos tensos como cuerdas de violín, se aflojaron y aunque aún no había probado ni una gota del vino, noté su agradable calor por dentro, expandiéndose por todo mi ser.

-No, no diga nada. Soy yo el que le debe una explicación, de porqué la he hecho llamar de esta forma tan precipitada. Quizás esté usted pensando en este momento, que solo soy un caradura extranjero, que abusando de su posición la ha obligado a venir con alguna oscura intención Si es así, no la culpo por ello y por esto, la invito a que después de tomar esta copa de vino, a que se marche si ése es su gusto, y le doy mi palabra, que D.Santiago no recibirá de mí ni la más mínima queja de su comportamiento. Pero antes de tomar una decisión, déjeme al menos que le exponga mis verdaderos motivos.

Agarré la copa de vino y le di un sorbo, necesitaba hacerlo, me daba igual si mis modales no eran los adecuados. Necesitaba tomar un trago de vino o muy probablemente me daría un síncope allí mismo. Aquel hombre me hablaba de una forma como jamás nadie lo había hecho, me sentía la única mujer del mundo. Pero no sólo eran sus palabras lo que hacía que mis pulsos se desbocaran, era esa mirada sincera y franca. Desde muy joven había estado muy acostumbrada a que los hombres me miraran, en la mayoría sólo encontré maldad, lascivia. Sí, igual que mi madre, podía ver dentro de las personas, como se puede ver en el fondo de un arroyo claro. Algunos sabían disimular mejor que otros, pero ninguno me podía ocultar su esencia, su alma. Cuando vi a D. Alexander por la mañana, noté algo especial en él, en ese momento no supe qué fue, ahora lo sabía. Percibía su alma, aquel hombre era un ser atormentado, solo y perdido. Su alma era como la mía, mirarlo era como mirarme en un espejo, como si fuéramos dos pedazos de algo que se hubiera roto hacía eones y que por algún capricho del destino se habían vuelto a encontrar.

Pero había algo más, algo que ocultaba, que escondía debajo su soledad, algo que le avergonzaba, un secreto que le torturaba y que sin duda, que era la fuente de donde emanaba aquel dolor y desesperación que percibía. Sentía curiosidad, intenté ahondar, levantar aquella pantalla que lo ocultaba, pero no pude, allí no se podía entrar sin ser invitada. Aguardé sus palabras.

-Lúa, no me voy a andar por las ramas. -comenzó- Pasado mañana vuelvo a Alemania, y no tengo demasiado tiempo. Sería pueril ocultarle, que esta mañana cuando la he visto trabajar, he contemplado a una bellísima mujer, pero eso es algo, que hasta el más tonto puede ver. Lúa ni usted ni yo somos personas normales. Sí lo sé, aunque se esfuerce en ocultarlo, sé que tiene especiales sensibilidades, de hecho, no necesitaría estar pronunciando estas palabras con mi terrible acento, para poder hablar con usted.

Entonces hablé sin mover los labios, lo hice por primera vez desde hacía años. Juré que jamás volvería utilizar aquella capacidad. Desde el aciago día en que mi madre, segundos antes de morir me habló por última vez. “Sei que foi a miña filla, eu teño que ir. Quérote moito, sempre vou te amar ” Aún “oía” sus palabras, dentro de mi cabeza, cada noche, antes de cerrar los ojos y de quedarme dormida. Poca gente sabe lo que es gritar, lo desgarrador que es hacerlo de esa forma, sin mover un solo músculo. Toda tu angustia se concentra en un único punto denso y pesado, como si fuera una colada de roca derretida, derramándose sobre ti, fundiéndote desde la cabeza a los pies. Aquel dolor, aquel miedo hizo que renunciara a mi naturaleza. Ésa, para bien o para mal era yo, ése era mi don. Y ese hombre me lo había recordado. No podía explicarlo pero con él no tenía miedo a ser yo misma, la hija de la meiga, y por qué no, Lúa la meiga.

-¿Qué es eso que oculta Alexander? porque usted también oculta algo, no nos diferenciamos tanto. Dije sin hablar

Entonces aquel telón, aquella cáscara impenetrable, que impedía mi visión, se resquebrajó y lo supe. Vi lo que en realidad era Alexander, un ser maldito, condenado a vivir en la sombra. Un ser que debía beber la sangre de otros para sobrevivir. Sentí su temor, sus remordimientos por hacer lo que debía hacer y por ser lo que era, y una soledad como nunca había visto, pero no sentí miedo, muy al contrario, fue como ver a una fiera encadenada, como ver a un lobo malherido que sólo aúlla de puro dolor. Me miró con lágrimas en los ojos y yo lo miré a él y su azul se mezcló con el verde de mis ojos, que también habían empezado a licuarse y nos fundimos en un beso cálido, desesperado y nos besamos como sólo dos seres malditos se pueden besar…”

A esas altura del relato mi abuelo siempre carraspeaba. Entonces mi abuela lo miraba sonriendo pícara y concluía apresuradamente.

“...A la mañana siguiente, después de finalizar su última inspección a la mina, tu abuelo se reunión con D. Santiago y le pidió su consentimiento para llevarme con él a Alemania...y se lo dió...”

Ojalá tuviera la mitad de los arrestos de mi abuelo, ojalá no me hubiera escabullido, igual que un conejo asustado, cuando la vi en la feria del libro, pero lo hice y ahora me arrepiento y me culpo por ello.
Tengo que volver a verla, lo necesito, es mi último pensamiento al acostarme y mi primero al despertarme. No puedo olvidarla, no puedo dejar de oler el aroma del jabón de marsella sobre su piel recién lavada.
Pensé, que volver a probar el sabor de la sangre humana recién muerta me calmaría, pero sus efectos sólo han sido un placebo, que calma el cuerpo pero no la mente. Mi único consuelo es la ilusión de volver a verla, es algo que temo y deseo a la misma vez y con la misma intensidad, algo que dia a dia me está desquiciando. El destino es caprichoso en su forma de revelarse. Es inútil intentar resistirme a él, o me convertiré en una bestia sanguinaria, en lo que me enseñaron que no debía ser.
Debo estar a la altura, se lo debo a mis abuelos, a todos los que son como yo, a todos los que luchamos contra este mal. No puedo dejar que mis miedos me dominen, tengo que vencerlos.
Miedo a sentir lo que estoy sintiendo, miedo a reconocer, que todos los átomos de mi ser siempre han girado por ella, pero que ahora que lo saben, desde que la vi, giran con más fuerza que nunca. Miedo a decirle que la amo, y miedo a que me conozca, a que conozca lo que realmente soy, a confesarle mi secreto, a decirle que un vampiro, uno de verdad se ha enamorado perdidamente de ella. A decirle que ella es mi Lúa, y que quiero que sea mi Laura.

Ahora sólo espero que el otoño sea lluvioso y frío. El frío y la humedad me ayudaran a serenarme, porque lo necesito, de veras que lo necesito.




Continuará..



SANGRE #1
SANGRE #2
SANGRE #3
SANGRE #5

viernes, 9 de septiembre de 2016

''Loud Hailer'', dedos a 750 mil euros la unidad.

Estar enamorado de lo que haces y pensar en ello todo el rato, puede hacer que no prestes la atención debida a otras cosas de la rutina diaria, como conducir, ir de compras o cocinar. Todo necesita la máxima atención, por cuestión de supervivencia, mayormente.


Para conducir necesitas la máxima atención. En décimas de segundo te puedes ir al otro barrio o lo que es peor, enviar a un inocente.
Si vas de compras y la cabeza está en otros pensamientos, lo más probable es que salgas a por pan y vuelvas con unas bragas del mercadillo color carne.
Y por último y no menos importante, si estás en la cocina.

No es lo mismo estar en la cocina que cocinar.

Sobretodo si manejas cuchillos y estás cortando verduras y pensando en esa maldita progresión de acordes que no termina de llevar tu canción al lugar que quieres.
No se vé el alimento que quieres preparar, ni dónde están situados los dedos de la mano tonta.

No, ésa es con la que llevas el cuchillo. La otra.
-
Sí, esa. Cuidao con ése detalle.


Porque lo más probable y casi seguro es que te cortes, tengas que ir al hospital y si no hay suerte, despídete de volver a tocar la guitarra. Al menos a nivel serio, profesional.
Adiós a tu carrera artística.


Algo parecido pero con mucha y muy buena suerte es lo que le pasó al guitarrista del que quiero hablar aprovechando que tiene nuevo disco en el mercado y que también lo voy a recomendar por varias razones.


Antes de nada, considero que es justo y necesario ponernos en antecedentes sobre este señor, repasar su currículum y anecdotario y aportar mi humilde granito de arena en pos de su reconocimiento, admiración y respeto.
Siempre el respeto. Ante todo y sobretodo.






Procedente de la misma región y precursor estilístico de la guitarra eléctrica en los 60's colega admirado y respetado de los Clapton, Page, Mayall, Peter Green y demás chamanes artísticos, destaca de sus contemporáneos por el escaso o nulo uso de la púa y el particular y abundante uso de la palanca del trémolo, consiguiendo esos fraseos tan fácilmente reconocibles. No sólo de Blues se alimenta, en sus solos hay mucho ''miau gatuno'', ''gritos y susurros'' que crea al mover la palanca mágica (el uso de esta herramienta no era muy popular entonces, ya que no existían los puentes flotantes y la guitarra se desafinaba con facilidad, hasta que en los 80's se inventó el Floyd Rose) Músicos tan brillantes como Vai o Satriani le deben mucho al guitarrista en cuestión.




A lo largo de toda su carrera ha sido reconocido por la prensa especializada como el más innovador en estilos y atesora nada menos que cinco premios grammy.
Su primer disco lo grabó en 1968 con Rod Stewart y Ronnie Wood. Casi ná.
En 1975 edita ''Blow by Blow'' uno de los mejores discos de rock-fusión, por no decir el más importante de la historia en ese estilo.



A mediados de los 80's sacó al mercado ''Flash'' donde se encontraba el hit-single ''people get ready'' cantada por su amigo Rod Stewart. Casi treinta años después, la joven cantante Joss Stone la volvió a rescatar y compartieron escenario, casi superando la versión original.


En 1987 puso su guitarra en el disco ''Primitive Cool'' de Mick Jagger. Vuelvo a repetir mi frase: los buenos siempre acaban juntándose.
Dos años más tarde, lanza otro pepinazo, el laureado ''Guitar Shop'' donde consiguió otro Grammy al mejor disco de Rock instrumental de todos los tiempos.
Hay que recalcar lo de ''instrumental'' porque si ya de por sí escasean los premios a artistas roqueros en solitario, para un disco instrumental conseguir un Grammy está al alcance de muy pocos.




En los 90's colaboró con artistas tan diversos como Roger Waters o artistas del Rockabilly
Al inicio del nuevo milenio publica discos exitosos como ''Who Else'' o ''Jeff'', donde mezcla la electrónica con sus trucos guitarreros, que le llevan a recibir otro Grammy.




Como dato curioso, desde 1971 hasta 2003 ha sido miembro de la discográfica Epic, algo nada fácil para otros artistas, que a la mínima en pobres resultados de éxito comercial, eran despedidos, pero él fue muy longevo a pesar de sus altibajos artísticos. No hay que olvidar que pese al distanciamiento en el tiempo de sus lanzamientos discográficos, no ha parado de tocar en directo y colaborar con quien fuera, sin distinción de estilos, lo cual es digno de admiración, ya que no es de los que hacen un retiro espiritual de año y medio para componer diez canciones. Es un trabajador, un artesano de la guitarra.




No es necesario ya aclarar de quien hablo, pero mejor despejar dudas: el inquieto guitarrista es el innovador y veterano Jeff Beck, el tipo con los dedos más caros del mundo hasta donde yo sé.
Unas zanahorias mal cortadas por no estar en lo que hay que estar casi le hacen perder el dedo índice, lo cual le llevó a pensar que de haberlo perdido, se hubiera arruinado, por lo que se aseguró las manos a 750 mil pavos cada dedito.




Este verano de 2016 se nos presenta el amigo Jeff con nuevo disco bajo el brazo:
''Loud Hailer''


11 canciones cuyo denominador común en las letras es el inconformismo, la preocupación por la sociedad, los falsos valores que se les inculcan a los más jóvenes, las pocas expectativas de futuro, el repeto hacia los demás, etc.




El disco dá inicio con ''the revolution will be televised'' título explícito y muestra clara de por dónde va la visión globalizada del genio del trémolo junto con una voz distorsionada pero de fácil escucha, la idea es tratar las voces como si estas salieran de un megáfono. De ahí el título del disco; loud hailer era como se le llamaba coloqualmente al megáfono.
Le sigue ''live in the dark'' un blues en formato monotónico acompañado de una base rítmica electrónica muy bien hecha y contiene unas líneas melódicas de voz (y dobladas por debajo con la guitarra) en las estrofas que son un compendio de lo que debería aprenderse cualquiera que quisiera cantar como esas voces negras que tanto me gustan:
El sólo de guitarra es buen ejemplo del nivel que atesora todavía Jeff, demostrando para suerte suya y de todos nosotros que sigue siendo un maestro con su forma de expresarse con la guitarra. Inigualable.






La intro de guitarra en ''Thugs club'' es otra muestra de lo que es la guitarra de blues-rock en manos de Jeff, un puente entre estrofas fuera de tono, sorprendente y con resolución satisfactoria. Una canción con tintes acid-blues que hubiera firmado el mismísimo Zappa.


La joya de la corona está en La Canción ''scared for the children'' y su infinita ternura. Es de esas canciones que bien valen el precio del disco al completo y con propina para el que te lo vende. Sí, esas canciones que te emocionan, la escuchas a todo volumen varias veces seguidas y te sientes un ser con suerte por poder disfrutar esos 6:10' de sentir algo parecido a estar en el cielo.
Sensibilidad en los dedos y un amor infinito a lo que toca hacen de este solo de guitarra merecedor de otro Grammy sin discusión. Se pueden hacer solos a la velocidad de la luz. Técnica, estudio y dedicación absoluta y en un par de años eres un Paganini más en el océano de guitarristas que invaden ése estilo.
Pero eso no me impresiona.
Yo caigo de rodillas y rindo pleitesías a los solos como el que lleva ''scared for the children'', solos que son la guinda del pastel, que respiran, que no tienen prisa, que disfrutan cada golpe del metrónomo como pasos del camino. Que saben cuando parar a tomar aire y cuando llegar al momento del éxtasis. Y eso se llama gozar.




Le sigue ''right now'', con aires a lo rage against the machine con perdón, pero sin salirse de su estilo guitarrero. La voz vuelve a sonar como un megáfono y hace un buen contraste.
''shame'' se nos presenta como la típica balada, su típica concesión a lo ''comercial'' sin dejar de sonar a gloria en manos de Mr. Beck. La voz suena limpia, pura, juvenil y tiene unos coros que la arropan muy bien. Y de nuevo el solo de guitarra dejando a las claras que el buen gusto en los fraseos es firma de la casa Beck.


''Edna'' es un capricho instrumental de 1:05' que desemboca en ''ballad of the jersey wives''.
Lo que empieza como un jugueteo blusero y tras una intro de voz y ritmo, desemboca en una canción de rock duro. Imaginemos por un instante que Jeff Beck entra en las filas de Black Sabbath. Interesante mezcla. Veamos:
Jejejeje éste es el otro Jeff que quiero ver, el roquero. El que revienta las válvulas de los amplis.
La canción tras esos riffs agresivos llega a una zona de relax donde toman aire para seguir la bronca. Aquí es donde se aprecia mejor la labor de su segunda guitarra. Se llama Carmen, por cierto.






Tras la ''bronca'' de la canción anterior llega ''O.I.L.'' un tema desenfadado y de corte funky/sexy, de los que te animan a mover los pies, sonreir sin motivo y terminar bailando a lo tonto.
Parece que suena el teclado como si anduviera por ahí Herbie Hancock  va con Slide. Para quien le guste la guitarra-slide a lo delta del Mississippi, esta es la canción.


Y llegamos al final con ''shrine'' otra pequeña joya donde nos vuelve a sorprender de nuevo este genio de la guitarra adaptándose como un camaleón a los tiempos que corren, con canciones de enfoque más actual, digna de ser música de cabecera para cualquier reportaje, para mostrar que la juventud también tiene cosas que decir y por las que luchar.


''no quiero que ningún guitarrista me pille desprevenido''
Jeff  Beck.




Puedes estar tranquilo Jeff, bajo mi punto de vista estás a salvo.








Mantengo humildes mis orejas.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

El beso de La Calavera Sinfónica (Padules)

Que te propongan los amigos un viaje para pasar un día en las cercanías de un pueblo del interior de la provincia en Agosto, no resulta ser la cosa más insinuante ni atractiva. Especialmente para mí, que mi única obsesión en verano es irme a la playa y pasar todo el día (y la noche, a ser posible) en remojo, rodearme de amigos y familiares, tocar la guitarra en los bares y beberme el amanecer.




1ª parte: Auspiciar, organizar y llegar.


Cuando te hablan de un lugar de película y te lo describen como selvático, con manantiales, embalses naturales entre la garganta de una montaña y rodeado de vegetación, piensas en El Amazonas como mínimo, pero si te dicen que ése lugar se encuentra en la provincia de Almería, en lo primero que piensas es que han cenao fuerte y antes de descojonarte en sus caras, por no liarla, intentas mostrar un poco de escepticismo. O dicho de otra manera: ponerles el cebo del rechazo para ver cómo reaccionan, si insisten, te dan más explicaciones...
Picaron por completo. Hablaron con detalle del lugar, dónde estaba ubicado, la forma de llegar, dónde parar para comprar alimento, repostar, el pueblo más cercano, etc.


Pero sólo puse una pega: querían ir en Domingo. Eso no me gustaba nada y era lo único que me echaba para atrás de todo el plan.
Entiendo que la mayoría de personas normales (no como en mi caso) dispongan únicamente del domingo para desconectarse del cáncer de la ciudad, pasar unas horas entre familia y amigos, relajarse, respirar y hacerse un lifting espiritual. Es el mejor plan del mundo!


Pero quien me conoce y sabe el estilo de vida que llevo, sabe que uno de mis gritos de guerra es ''por fín es Lunes!!'' y que los domingos huyo de lo que hace todo el mundo. No me gustan las masificaciones, así que en ése aspecto sé que nado contra corriente.
Los domingos están saturados de todo lo que intento evitar: éxodos, caravanas kilométricas de domingueros, gente sin criterio al volante y playas, bares y calles repletos de familias gritonas, chonis más gritonas y gañanes con coches amarillos con altavoces de feria escupiendo ese infame regetón cuyas vibraciones diluyen la masa encefálica y convierten a los usuarios del vehículo en seres obtusos.


Negociado éste punto tan delicado, decidimos irnos un lunes jejeje. Dicho y hecho: tres días después y a las 8:30 a.m. entrábamos en la autovía en dirección a Padules.
Un viaje corto, de los de una hora a ritmo normal, sin estrés.
Una vez en el pueblo, parada obligatoria en el bar de la plaza, para tomarnos el desayuno típico y normal de cada día de allí: un café con leche normal de los de siempre y media tostada de jamón serrano con aceite de oliva de las de siempre, es decir, media barra pan, que si consigues acabarla, has almorzao.
Sobre las 10:00 a.m. dejamos los coches bien estacionados donde nos indicaron (previo pago y entrega de tarjeta sellada por el Ayto.) comenzamos a andar en dirección al lugar.


Ya se percibía mejor el entorno. Todo parecía que se mostraba con otra dimensión, quizá provocada por el fuerte estímulo que percibían los sentidos, abotargados por la vida en la ciudad.
From lost to the river




Había que cruzar estos riachuelos de aguas frías para llegar al lugar que andábamos buscando, unos cientos de metros más arriba.
Tras esto, nos encontrábamos ante un conato de bienvenida, una invitación peligrosa, más propia de una película que del entorno:


No había problema, a la derecha hay un muro de acequia por el que se puede acceder fácilmente, aunque casi me meto y paso por debajo:
Unos pocos metros más adelante, ya se adivinaban un poco más las característica del lugar. Sólo había que guardar silencio y observar alrededor.


Me resultaba ficticio, increíble, que pudiera estar en un lugar así a menos de 50 kms. de casa y desconocer su existencia.


Dentro de la garganta, casi no llega el sol, pero en ciertos momentos y según el capricho de las nubes, los lugares van cambiando la iluminación, como si se tratara de un camaleón gigante que hubiera sobrevivido a la glaciación.


No es un oasis oculto en la ciudad de Petra, fue un instante en la historia del cosmos:


En nuestra expedición sólo venía un niño, insultante y saturado de energía y vida, que no paró quieto un segundo, se recorrió palmo a palmo todos los rincones, se baño y jugó en cualquier sitio donde se pudiera hacer y al resto de mortales nos robó un montón de sonrisas por verlo tan feliz y nos contagió. De esto último no me pienso quejar jamás en la vida.
También venía con nosotros ''Lalo'', el perro del niño. Se quería hacer el dueño de todo, ladrba al aire, quería oler a quien pudiera pasar por allí y conseguía siempre una caricia ajena. Todo un personaje:
Con la actitud del animal, me dio la risa y cada vez que se acercaba a alguien yo le gritaba al perro: quieto satán, no te lo comas! ven aquí, sordo! y ya teníamos risas pa otro ratico más.


En una de mis incursiones buscando algo pintoresco o que me resulte más insinuante o especial, encontré un rincón casi arriba del todo donde la piedra hace un embalse natural y el agua al rebosar origina una cascada entre dos piedras.
Decidí bautizarla para todos vosotros. Se llama:
                                   
                                          ''El beso de La Calavera Sinfónica''


Sobre el centro de la imagen de la siguiente fotografía yo veo el perfil de una calavera. El agujero redondo es el ojo izquierdo y sobre la altura de la boca, es por donde cae el agua hasta el lago de abajo. Sólo hay que fijarse un poco y se puede percibir:
Puede resultar surrealista, pero me gusta observar e imaginar y un entorno salvaje siempre ofrece un montón de posibilidades si buscas fotografiar algo diferente y exponerlo en otra dimensión, la que tú quieras ver y percibir. Es como buscar ése acorde que falta para que la canción sea especial.


Entre estos parajes trnascurrió el día. Dio para mucho. Sobretodo por ver feliz a un niño y a unos mayores que queríamos ser como él, aunque a ratos faltó poco.
Pero había que irse antes de que se pusiera el sol y allí afortunadamente no había luz artificial y mucho menos cubertería para el móvil.
Tocaba dejar la zona limpia, revisar el entorno, cargar las cosas y decir adiós.
No quería decir adiós y mucho menos, despedirme.


Quería ser árbol,
quería ser piedra,
quería ser agua
que en tus dedos se perdiera.






Almiranta de las nieves
que llegas a mi garganta,
no se quebraron las piernas
ni a mi alma solivianta
el cotilleo del agua
la piedra viva vestida
del origen de la vida.
Que yo vine pa visitarte
y me dejé la retina.




Este video es una pequeña muestra de todo lo que ofrece el lugar. Un sitio casi virgen y al que es casi imposible acceder en invierno, especialmente en épocas de nieve y lluvia al subir el cauce casi el doble de como se puede ver en agosto.


Las despedidas son tristes y dolorosas, pero hay que afrontarlas y decir siempre: gracias por todo y hasta pronto!
Y este lugar ye es desde ése momento un sitio más donde volver para refugiarse cualquier día menos un domingo. Ven conmigo, te espero dentro, te ofrezco esto, ''para llevarte a vivir''..






El sur que te prometí.













martes, 16 de agosto de 2016

EL VIEJO Y EL MAL







En cualquier puerto, de cualquier pueblo pesquero del mundo, hay algún viejo marinero, que por un par vasos de vino os podrá contar las historias más increíbles, sobre tormentas, que engulleron barcos, junto con toda su tripulación, sin dejar siquiera un madero que la marea arrojara a la costa unos días después. Incluso por unas monedas más, esos mismos borrachines cuenta cuentos, pueden llegar a contaros extrañas historias de bestias marinas y de barcos fantasmas que aparecen en días de bruma y mar calma, haciendo sonar su sirena desde el otro mundo.
Pero esta historia no me la contó ningún viejo marinero, esta historia que os voy a contar no me la contó antes nadie. Sí, sé que no tengo buena pinta, que voy vestido con harapos y que no me ducho hace mucho, pero tengo buenos motivos. Me gusta el vino y os agradecería también unas monedas, pero si no queréis dármelas, no pasa nada, os la contaré de todas formas. Lo llevo haciendo desde que me ocurrió hace ya muchos años y no he dejaré de hacerlo, porque es tan cierta como que estamos aquí.
 Todo sucedió una noche de hace exactamente 65 años, tres meses y dos días. Esa fue la última vez que vi a mi hermano pequeño, al pequeño Andresito. Él sólo tenía unos pocos meses, yo ocho años.




Llegamos a la costa el año anterior. Antes vivíamos en un pueblo de la campiña. Mis padres trabajan como jornaleros, recogían fruta, incluso alguna vez fueron a Francia a vendimiar. Un día mi padre llegó con una gran noticia. En la capital iban a abrir una conservera, necesitaban mano de obra, era la oportunidad que habían estado esperando. Por fin podríamos tener el futuro que el campo se empeñaba en negarnos. Así que una buena mañana nos montamos en el autobús de línea, que pasaba dos veces por semana, nos fuimos con dos maletas hechas de cartón llevando todas nuestras escasas pertenencias y toda la ilusión del mundo. Muchos en el pueblo hicieron lo mismo. Según decían la conservera nos daría, no sólo un jornal sino también alojamiento e incluso yo podría ir a la escuela.
Nunca había visto el mar, lo más parecido había sido la laguna que había cerca del pueblo, donde nos íbamos a coger cangrejos y a bañar en verano. Llegamos temprano, nada más debía de haber amanecido, me había quedado dormido, madre me zarandeó  -Despierta Juanín, que hemos llegado-  Salté del regazo de mi madre donde había hecho el viaje, aún dormido y pegué la cara al cristal de la ventanilla. Estaba empañada de vaho, noté su fría humedad que terminó de despabilarme, lo retiré refregando con la manga del abrigo. Lo primero que pensé es que estábamos en la cima de alguna montaña y que lo que estaba viendo era el cielo. Pero no, no podía ser el cielo lo que veía, porque ese azul infinito estaba salpicado de barcos, muchos, de todos los tamaños, desde pequeñas barcas de remos hasta mercantes de chimeneas humeantes. Así que esa inmensidad azul debía de ser el mar.
Bajé a toda prisa, abriéndome paso a empujones entre el jaleo de maletas y pasajeros que intentábamos hacerlo al mismo tiempo.
Un frío helador y húmedo me recibió. La brisa atravesó el abrigo de paño azul de los domingos  y me corto la cara como si fuera un cuchillo helado. Me pareció un pago justo por contemplar aquella maravilla.
Al principio fue duro, luego siguió siéndolo, pero te acostumbras, como a todo. Padre se levantaba muy temprano y se marchaba a la factoría, no volvía hasta un par de horas después de anochecer. Madre también marchaba y yo con ella. La conservera nos dejaba coger el pescado que descartaba, luego nos íbamos a intentar venderlo por las calles. Con el poco dinero que sacábamos, madre compraba harina para hacer gachas. Jamás pensé que me apetecería tanto comer unas gachas, antes en el pueblo las comíamos a diario, muy rara vez comíamos algo que no fueran gachas, en Navidad, con suerte unos conejos y si no un pollo, nunca pescado; bueno una vez padre llegó con unas truchas que le regaló el señorito por no sé qué faena que hizo muy bien. Sin embargo ahora, todos los días comíamos pescado, así que cuando conseguíamos ganar algo, las gachas era nuestra forma de celebrarlo y porque no, recordar nuestro pueblo, que aunque allí pasásemos fatigas era el nuestro y a veces lo echábamos de menos.
Lo del jornal y lo del alojamiento era verdad, pero lo que no nos dijeron es que tendríamos que pagar un alquiler con lo que el salario quedaba muy justo y padre se empeñaba en guardarlo casi todo “por si venían mal dadas” decía, no me imaginaba que pudieran venir peor, pero claro que podían venir peor, mucho peor.
Vivíamos en una corrala, que viene a ser, como dice su nombre, un corral hecho con casas formando un cuadrado, en el espacio diáfano que dejan en el centro hay un pilón de donde cogíamos el agua, en una de las esquinas de la corrala hay una cocina y una carbonera, donde las mujeres se afanaban por preparar la comida, con cuidado que la de al lado no le robara algo. En la esquina opuesta había, unos aseos, toda una novedad. Nos costaba acostumbrados ir a hacer “nuestras cosas” en esa cosa, placa turca creo que la llamaban. En el pueblo no había tantas normas, ibas detrás, con las bestias y te aliviabas donde ellas y si te pillaba en el campo aún tenías menos problemas. También había un barreño grande de zinc, donde me bañaba los domingos, antes de ir a la iglesia.
Los días que no ayudaba a madre con el pescado, iba a la escuela que la conservera tenía para los niños de los obreros. Allí Don Ramón intentaba que aprendiéramos a leer y a escribir. Le hedía la boca a vino y tenía la mano muy larga, así y todo consiguió que aprendiera a garabatear sobre el pizarrín mi nombre.
Por las tardes, los niños nos dedicábamos a holgazanear por el puerto, a perseguir gatos o a cualquier cosa que consideráramos divertida. Una de esas tardes, que vagaba por el muelle me lo encontré. Ahora, después de estos años pensándolo bien, debo parecerme mucho a él.
-       Eh, chico, tienes una moneda? Te puedo contar un secreto por una moneda.
Me quedé mirándolo, estaba arrellanado sobre un montón de redes, tenía una gran nariz bulbosa y roja de borrachín, en el medio de la cara también gorda y congestionada, que no recordaba la última vez que se afeitó. Los ojos azules parecían turbios, como recubiertos de una película lechosa. El poco pelo que le quedaba era blanco, aunque la mugre le había dado un tono amarillento. Llevaba puesto un impermeable amarillo y unas botas de agua negras de pescador, encima de unos pantalones de pana que alguna vez fueron marrones y una camisa de franela con cuadros oscuros. Olía a orines y a alcohol.

-       Eh chico, eres sordo o sólo tonto. Bah! Da igual, seguro que no tienes una moneda.
-       No soy sordo y tampoco tonto y por eso aunque tuviera una moneda no te la daría, porque seguro que no sabes ningún secreto que merezca la pena escuchar.
-       Jojojo - La risa, era mitad eso y mitad tos. Le brotó desde pecho como si tuviera una jauría de perros dentro. Vaya, el hombrecito nos ha salido respondón. Mira chico, el mundo es inmenso, mucho más grande de lo que te puedas imaginar y en su mayor parte es mar. Y yo he navegado por todos sus océanos y he visto cosas que te harían cagarte en los pantalones sólo con pensar en ellas. ¿Cómo te llamas hombrecito?
Me parecía sorprendente que aquel borracho fuera capaz siquiera de ponerse de pie - Juanín- contesté.
-       Me has caído bien, Juanín. Eres descarado, demasiado descarado para ser tan canijo y eso me gusta. Así que te contaré algo gratis.

En esta misma bahía, donde ahora estamos, unas pocas millas mar adentro el fondo empieza a descender bruscamente, desciende y desciende cientos y cientos de metros, tanto que ninguna red ha llegado nunca a tocar el fondo. Allí abajo viven criaturas monstruosas, Alguna vez los barcos sacan una de esas criaturas, que por casualidad ascienden a la superficie y quedan atrapadas en las artes de pesca. Algunos ni siquiera parecen peces, con cuerpos babosos y alargados, la mayoría son ciegos y carecen de ojos, otros  en cambio tienen unos enormes y les ocupan toda la cabeza, con unos dientes largos y afilados como cuchillos. Pero ésos que suben suelen estar enfermos o moribundos.
 Lo que muy poca gente sabe ya, es que allí abajo vive una criatura monstruosa y tan antigua como el mundo. La criatura duerme en alguna sima y cada cierto tiempo despierta para salir a alimentarse. Lo mismo come ballenas, que barcos, los atrapa con unos grandes tentáculos llenos de ventosas, que son como bocas llenas de colmillos retorcidos, igual que garfios y desmenuzan cualquier cosa. Ese monstruo ha vivido en esta costa desde el principio de los tiempos. Los habitantes de por aquí lo sabían, y aprendieron a calmarla. Le ofrecían barcos cargados de pescado e incluso he odio, que antaño en algunos años en que el pescado no saciaba su hambre, le flotaban barcas con niños de pecho. La bestia los atrapa con sus tentáculos y los arrastra hasta sus fauces, que aparecen entre las olas como si fueran puñales del tamaño de hombres. Yo lo sé bien porque una vez seguí a una de esas barcazas  mar adentro, hasta el centro de la bahía y pude verla, ella también me vio a mí. Vi su gran ojo, un ojo grande, tan grande como la esfera del reloj de la catedral, sin párpado, con una pupila profundamente negra y malvada en el centro de un iris rojo sangre. Inteligente y cruel.
Cuando yo era un crío como tú, la gente ya no recordaba su nombre, sólo flotaban cada verano una barcaza de pescado y la dejaban ir a la deriva. Era una tradición, una costumbre de la cual se había olvidado su porqué. Las viejas rezaban sus rosarios y las campanas tañían el primer domingo de verano. Si preguntabas por qué se flotaban aquellos barcos cargados de pescado, te decían que eran para la Virgen del Mar o simplemente te daban un cachete por preguntón. Yo que siempre fui muy curioso, y no me saciaban aquellas explicaciones tan vagas, dichas entre dientes, y sin mirar a los ojos. Sabía que ocultaban algo, así que decidí investigar.
Al siguiente año, la mañana del primer domingo de verano estaba preparado. Me lancé a la mar con un pequeño bote desde el otro extremo del puerto y aguardé a que los marineros abandonasen la barcaza, que cada año llevaba menos pescado y más flores. La mar estaba calma y la marea me era favorable así que no tardé en alcanzarla. La abordé y até mi barquilla a ella. Ya estábamos lejos de tierra, la costa y el puerto apenas si sólo era una línea difusa en el horizonte.
El sol seguía subiendo en el cielo y no ocurría nada, estaba valorando la idea de volver, de que allí no había ningún secreto que descubrir, que en verdad sólo era una barca llena de presentes dejada a la deriva, que se terminaría perdiendo en la inmensidad del océano sin más, cuando se zarandeo de forma extraña. Algo había pasado por debajo rozando su casco, algo grande. Me asomé por la borda de estribor. Súbitamente del agua emergió un tentáculo tan grueso como el tronco de un árbol centenario, musculoso e imponente, de color carmesí brillante, recubierto de ventosas dentadas y se retorcía como si husmeara el aire. Otro tentáculo igual de poderoso emergió con un estruendoso chapoteo por el lado de babor, sus salpicaduras me empaparon la espalda, tuve miedo de girarme, estaba paralizado. Luego vi con pavor como otras dos columnas más de músculos chorreantes salían del agua retorciéndose, abriendo y cerrando aquellas ventosas, que mostraban sus garfios, como dientes, buscaban donde asirse. Sentí como la barcaza se elevaba por encima de las olas, alzada por la fuerza de aquel monstruo de las profundidades, de aquel leviatán. Me agarré como pude a un cabo, la madera crujía, las cajas de pesado volaban por los aires y las flores con ellas. Los tentáculos se cerraron sobre la embarcación, que se deshacía bajo su abrazo, contemplé como los ganchos de sus ventosas se hincaban en la madera y como ésta saltaba hecha astillas bajo la presión de sus mordiscos. Yo pendía agarrado del cabo oscilando en el aire, como si fuera un cebo agonizante esperando a ser devorado. Entonces es cuando lo vi, vi aquel ojo negro y rojo, aquel ojo maligno y primitivo, me miraba, estaba fijo en mí. La punta de uno de sus tentáculos se me enrollo alrededor, sentí su inconmensurable fuerza y como las ventosas primero atravesaban mis ropas y luego se clavaban en mi carne, exprimiéndome, como una aceituna dentro de una prensa, robándome el aire de los pulmones, me agitó en el aire. Entre espasmos de un dolor indescriptible y la agonía por la falta de aliento, puede ver sus fauces. Una boca redonda, coronada con cientos de dientes serrados, como los de los tiburones, sólo que en muchísimo más número y más grandes. Supe que me iba a engullir, mientras seguía mirándome con ese ojo sin párpado, cruel. En ese instante percibí su asco hacia mí, su repugnancia hacia mi sola existencia, y con la fuerza de un huracán me lanzó lejos. Volé por los aires decenas de metros hasta que caí de nuevo a la mar, más muerto que vivo. Milagrosamente conseguí nadar hasta un madero de los restos de la barcaza y me agarré a él con la fuerza que da saberse tan cerca de la muerte. No recuerdo nada más, las olas debieron de devolverme a una playa a unos treinta kilómetros del puerto.
Cuando desperté supe qué era lo que tenía que hacer , tenía que advertir a la ciudad. Tenían que saber por qué seguían mandando esas dádivas, pero también tenían que saber que no contentaba a aquella bestia, que estaba furiosa y que sólo por eso y no por nada más estaba vivo, porque tenía que advertirles. Volví al pueblo y empecé a decirlo a todos los que veía por las calles, entré en las tabernas e intenté ver al alcalde. Me echaron a patadas, se reían de mí, se burlaban, los más considerados me invitaban a cerveza por contarles una historia tan ingeniosa. Yo insistía, me levantaba las ropas y les enseñaba las marcas que habían dejado en mi carne las dentelladas de sus tentáculos, no servía de nada. Nadie iba a creer a un crío como yo. Después de un tiempo todos en la ciudad conocían mi historia y me llamaban loco, así que decidí marcharme lo más lejos que pude, por miedo a que aquella bestia volcara su ira sobre la ciudad.
 Desde entonces he intentando acallar mis sueños, donde todas las noches me visita, me mira con su maligno ojo rojo, con su asco infinito, me mira y me recuerda que sigue ahí afuera, esperando. Su escala de tiempo es diferente a la nuestra, lo que para nosotros es una vida, para ella tan solo puede ser un instante.

Cuando terminó la historia, el viejo se llevó la mano al interior del impermeable amarillo y sacó una petaca plateada, un poco abollada, la desenroscó en silencio y le dio un trago. Yo que había escuchado todo el relato absorto recuperé la noción de la realidad y dije.

-       Vaya, pues sí, la verdad es que ha sido una buena historia. Ahora lamento no tener una moneda. Añadí como halago.

El borrachín volvió a enroscar con sumo cuidado la petaca y la devolvió al lugar de donde la había sacado, con la misma delicadeza que si se tratara de un objeto sagrado, luego me miró directamente a los ojos con gesto serio desde su trono de redes.

-       Juanín, no has entendido nada. No es una historia, es un secreto y es un secreto porque es verdad. Me hago viejo y no quiero que el secreto muera conmigo. Por eso te lo he contado. Ahora también es tuyo y por lo tanto también es tu responsabilidad. Debes hacerte escuchar. Esa bestia sigue ahí y ya hace mucho que no le rendimos el tributo adecuado. Quizás aún estemos a tiempo de calmarla o tal vez no. Y entonces sufriremos su ira.

Aquel comentario me cogió completamente descolocado y como cualquier niño al que se le pilla descolocado solo supe hacer una cosa, reír.

-       Vuelva dormir la mona abuelo jajajaja, Si algún día tengo una moneda de sobra volveré a buscarle.

Aquella noche no pude pegar ojo, y no, no sólo fue la historia que me contó el viejo, lo que no me dejaba conciliar el sueño, también lo fue la noticia que Padre me dio después de cenar la sopa de espinas que hacía Madre. Iba a tener un hermano.

Los meses pasaron, madre engordaba y padre trabajaba de sol a sol, aún más si eso era posible. “Pronto tendremos otra boca que alimentar” no estaba muy contento con la idea de que la familia fuera a aumentar, desde que lo supo parecía que llevara un saco sobre la espalda, siempre cabizbajo y malhumorado. -“Espero que al menos sea varón, sólo faltaría que fuera una hembra y tú Juanín, ya vas teniendo edad para hacer algo de provecho, mañana hablaré con él capataz, a ver si te puede buscar alguna faena”-. Y así es como comencé a trabajar en la conservera. Allí me dedicaba a cargar los desperdicios del pescado en una vagoneta, que luego empujaba sobre unos raíles hasta una de las grúas del puerto, que las cogía y las vaciaba en las bodegas de un barco, que se las llevaría, según oí, a otra fábrica, donde convertiría las cabezas y las espinas del pescado en harina.

A partir de entonces, Madre tuvo que ir a vender el pescado sola, a pesar de que se le hincharon las manos y los pies, no dejó de hacerlo hasta el último momento. La Escuché llorar muchas noches y a padre gritar y dar golpes cuando se emborrachaba. Yo los oía desde mi camastro, en el altillo, me tapaba los oídos para intentar evitarlo. Pero era imposible, la casa que nos proporcionó la fábrica era muy pequeña. En realidad eran dos habitaciones, que habían resultado de dividir una más grande con un telón, que hacía las veces de pared del dormitorio, y el altillo, que era como un doblado hecho con unas vigas de madera. En la casa sólo había una mesa y tres sillas y un pequeño aparador donde madre guardaba la loza. Detrás de la cortina estaba una cama de hierro, con un colchón de lana donde dormían mis padres y un arca de madera.

No volví a acordarme de la historia del borrachín, hasta un día que me mandaron ir al muelle a ayudar a descargar un barco que había llegado repleto de sardinas. El trabajo era parecido al que hacía recogiendo los desperdicios, sólo que aquí se trataba de cargar pescado “entero” en las vagonetas, que lo llevarían a la factoría donde lo convertirían en latas de conserva. Era ya muy tarde cuando terminamos la faena, acabamos sudorosos y cubiertos de escamas y restos de sardina desde las botas hasta la punta de el último pelo. Los hombres, incluido mi padre, al terminar la jornada iban a una taberna, a tomar unos chatos de vino antes de volver a casa. Yo normalmente corría a casa, para ayudar a madre, pero ese día sentí la imperiosa necesidad de acercarme al mismo borde el muelle para mirar al mar. Necesitaba hacerlo, era curioso,  me pasaba todo el día junto a él, mirándolo sin verlo y esa tarde sentí su llamada, luego comprendí que fue ella, la bestia la que me llamó, o quizás fui yo quien la llamó a ella sin saberlo. Aunque no fuera consciente de ello, aquella historia se había quedado dentro de mí, en algún lado de mi cabeza, como si fuera una espina emponzoñada que se me hubiera clavado, infectándose lenta pero inexorablemente.

El sol se hundía en el fondo del horizonte entre una orgía de colores, que iban desde el azul al púrpura pasando por todos los tonos de amarillo posibles. La bahía había empezado a cambiar el azul de su agua por el negro, como si ese fuera el color de su pijama y se dispusiera para irse a dormir. A dormir una noche plagada de pesadillas, porque allí entre sus olas se escondía aquella malvada criatura, aquel leviatán y yo, sin saberlo me estaba acercando a ella. Me arrimé hasta el borde de la piedra y me senté a mirar la puesta de sol con las piernas colgando a pocos metros del agua, ensimismado en aquella estampa de tonos infinitos, viendo como esa antorcha se introducía, se apagaba en el océano y como llegaba otra noche más, y comprendí por un momento el miedo que ha acompañado al hombre, y que ha temido desde que lo es, a que el sol no volviera a renacer a la mañana siguiente, a que un nuevo amanecer nunca volviera a llegar.

En ésas estaba, cuando bajo mis pies, el sonido del chocar de las aguas contra el granito del puerto, cambió. Se hizo, más lento, más pesado, como si el agua se espesara, como si ya no fuera sólo agua, sino que se hubiera manchado con la sangre y las vísceras de las miles, de los  millones de peces que llegaban a la conservera. Miré esperando ver las cabezas y las tripas flotando, pues también había empezado a oler su tufo dulzón, al que tanto me había acostumbrado, tanto y que a pesar de ir empapado de él la mayor parte del día, ya no notaba. Pero este olor era diferente, era una peste, un hedor más penetrante, más agudo, más profundo, más rancio y antiguo; me embriagaba, me mareaba y casi temí caerme. Me agarré con fuerza al petril, intentando hincar las uñas en la piedra. Cuando vi su carne rojiza un palmo debajo del agua, inmensa, del tamaño de un buque, como de un buque que se hubiese varado y que dejara ver su quilla, roja y fétida. Se movía, se deslizaba bajo mis pies, lenta, luciendo su enormidad musculosa hedionda, rotunda y silenciosa. Y allí después de metros de carne, llegó su ojo, antes de donde nacían sus tentáculos gruesos y largos como cabezas de hidra, repletos de ventosas que se contraían como fauces hambrientas, mordiendo el agua que ya se había vuelto negra como la pez. Se detuvo justo cuando su gigantesco y malicioso ojo pasaba a mi lado, y  su ojo sin párpado me miró, con su iris ahíto de sangre coagulada. Aquella bestia existía, no era producto de la imaginación de un borracho en busca de unas monedas, aquel monstruo era real y me estaba mirando, lo tenía delante. Estaba clavando  en mí su pupila. Me miraba y yo no podía dejar de hacerlo, presa de algún hechizo Me vi reflejado en ella, como si me mirara en un pedazo de obsidiana, pulido y negro. Sentí a aquella criatura metiéndose en mi mente, rebuscar en ella, me susurró palabras grotescas en idiomas incomprensibles para los oídos humanos, palabras crueles y despiadadas, palabras que quemaban, palabras que desgarraban y sentí dolor, como si me despegarán la carne de los huesos. Entonces se hundió hasta que su nauseabundo ser desapareció en la oscuridad luctuosa en que se había transformado el  mar.
 No sé cuánto tiempo pasó hasta que conseguí levantarme y salir corriendo, quería alejarme del mar tanto como me fuera posible. Corrí sin rumbo, trotando como un poseso por las callejas que hay junto al puerto, hasta que el azar quiso que pasase por delante de la taberna donde los obreros iban a beber después del trabajo. Entré en aquel antro con el miedo pintado en la cara, como un niño asustado, que en realidad es lo que era. Mi entrada no causó ninguna reacción, todos supusieron que mi rostro desencajado se debía a la noticia. Padre ya no estaba allí. Habían venido a buscarle unos vecinos, madre se había puesto de parto.

Cuando llegué a casa, la gente se agolpaba en la puerta como si fueran moscas sobre una herida recién abierta. Los gritos de madre se podían oír a dos calles de distancia. Algo no debía ir bien. Padre estaba afuera, nervioso, no dejaba de dar vueltas al pilón. A veces se sentaba, pero no tardaba más de unos pocos segundos en volverse a levantar, para seguir girando alrededor del surtidor, o daba un trago a una botella, que terminó estrellando contra el suelo de pura rabia. “Maldito crío, me la vas a matar” Gritaba, había bebido mucho, pateaba el suelo como un animal furioso. Las parteras sólo hacían pedir trapos limpios y baldes de agua caliente. Intentó entrar a la casa para a ver a madre pero unos vecinos se lo impidieron.  Tuvieron que sujetarle entre tres y sólo entró en razón después de recibir un puñetazo en el mentón, que lo noqueó por unos instantes. De todas formas las cosas seguían sin mejorar y eso no ayudaba a los nervios de padre, que volvía a girar en torno de la fuente.
Me acerqué para abrazarlo. Lo necesitábamos. Me apretó entre sus brazos haciéndome crujir todos los huesos de la espalda, yo también lo abracé con todas mis fuerzas. El suyo era un abrazo rebosante de impotencia y temor, en el mío sólo había miedo.  Madre chillaba como una posesa a la que le quisieran arrancar un demonio de las entrañas, yo acaba de ver uno hacía unos minutos. Aún llevaba las retinas impresionadas con su visión, la imagen de su ojo de Cíclope, de esa pupila negra e insana, incrustada sobre el iris rojo, como el engarce de rubí para una joya maldita, negra y roja. Roja, como la sangre que cubría a la partera cuando salió al dintel de la casa.
 Se había hecho el silencio. Madre había dejado de gritar. El gentío que se agolpaba a la puerta se separó en dos mitades formando un pasillo. La comadrona estaba plantada en el umbral, cubierta de sangre, llevaba un recién nacido envuelto en una toalla. La criatura lloraba, era del tamaño de un gato, de un gato lampiño e indefenso que se desgañitaba llorando. Padre apenas si miró al bebé, buscó los ojos de la mujer, quería la respuesta a su pregunta muda. La mirada de la partera era un papel en blanco, no dejaba transmitir ninguna emoción, no perdió más tiempo, pasó al interior. Tenía que ver cómo estaba madre, cómo estaba su esposa.

Así que fui yo el primero de la familia en coger en brazos al pequeño Andresito. Madre estaba muy débil, había perdido mucha sangre. Las comadronas decían que era un milagro que siguiera viva, que seguramente le quedarían secuelas y que no volvería a ser la de antes. No se equivocaron.
Efectivamente, desde que madre parió no volvió a ser la misma. Su mirada se quedó perdida en algún punto del horizonte, mirando algo que sólo ella veía. Tardó varias semanas en poder levantarse de la cama. Sinceramente no notamos la diferencia, pues cuando lo consigo, era como si siguiese dormida.
Padre fingía normalidad, pero no podía engañarme. Nunca le vi, pero sí le oí llorar, alguna noche, ya de madrugada, cuando creía que nadie podía hacerlo.

Después que pariera a mi hermano madre no quiso hacerse cargo de él. No sé, si era porque realmente no podía o porque simplemente no quería y sentía algún tipo de rechazo hacia su pequeño vástago. El caso era que para ella, era como si el bebé no estuviera, nunca lo cogía en brazos y rara vez lo miraba. Padre tuvo que pagar para que una mujer le amamantara o hubiera muerto por inanición. Estaba desolado, su mujer, a la que siempre había amado con locura, a su manera, pero con locura, se había convertido en una especie ser indolente, que no tugía ni mugía, además ahora tenía una boca más a su cargo, a parte de la mía.

Había sido un golpe duro, demasiado duro, lo había roto, algo dentro de él se había desmigado, haciendo añicos también sus ganas de vivir, sus ilusiones, aquello que nos contagió, que nos hizo montar en aquel autocar que nos trajo hasta aquí, y debía de dolerle muchísimo, tanto que ni el consuelo que encontraba dentro de las botellas ya le era suficiente.

Tuve que dejar de ir a trabajar a la fábrica, al menos, hasta que madre se recuperara. Todos sabíamos que no lo haría nunca, pero de alguna forma irracional y estúpida nos empeñamos en negarlo, en creer que sólo era algo pasajero, que luego de algún tiempo madre volvería a ser la de antes.
Los vecinos nos ayudaron. Las mujeres se quedaban al cuidado de madre y del pequeño algunas mañanas, en las que aprovechaba para ir a vender pescado, pues todo el dinero era poco, contratar el ama de cría no era barato El resto de veces era yo quien los atendía.

Asumía mis nuevas labores con resignación, mientras mis amigos hacían trabajos de “hombre”, aprendiendo oficios, ya fuera en la factoría o en el puerto, donde en pocos años incluso podrían llegar a embarcarse en algún mercante, yo me quedaba en casa como una mujer, pero también las asumía con cierto alivio. Un alivio privado y secreto. Estando en la casa me aseguraba de estar lo más lejos del mar posible, lejos de aquella horrible criatura.
Por descontado, no conté a nadie mi encuentro con el borracho, ni su historia y mucho menos la aparición de la bestia en el puerto. Le había dado muchas vueltas y sentía verdadero pavor al pensar, que todas las desgracias acaecidas a mi familia, llegaron desde que oí aquel relato. Y las palabras del borracho me retumbaban en la cabeza muchas noches.

“Ahora también es tuyo y por lo tanto también es tu responsabilidad…...hace mucho que no le rendimos el tributo adecuado…...Y entonces sufriremos su ira”

Qué podía hacer yo?. Estaba seguro que si se lo contaba a padre, lo único que conseguiría, sería que me diera unos azotes con el cinturón por decir tonterías. Sería mejor callar, seguir haciéndolo. Era mi responsabilidad, yo había traído la desgracia a mí familia y yo tendría que librarla de ella, pero cómo?

Muchas noches tenía sueños bizarros donde veía a aquel monstruo. Jamás olvidaré una, justamente la de hace 65 años, tres meses y dos días. Era ya muy tarde, y como de costumbre no podía conciliar el sueño. Me revolvía en mi catre, inquieto. Las pesadillas con el monstruo marino me asediaban, en ellas su ojo sin párpado me hostigaba, me miraba y me hablaba en aquel idioma inhumano, despiadado e incompresible. No había palabras, no había sonidos, pero podía escucharlo en mi cabeza, me susurraba imágenes de caos y destrucción. Vi como destrozaba el puerto, como ardía y como partía barcos en dos; pude ver como descuartizaba hombres con sus tentáculos plagados de ventosas llenas de garfios y como se saciaba con sus cuerpos desmembrados, mientras me miraba con su ojo cargado de crueldad, con su ojo rojo y negro, sin párpado, fijo en mí. Me culpaba de ello, me acusaba burlándose. Grité. El grito rasgó el silencio de la noche haciéndolo añicos. Ni madre ni padre se inmutaron, pero el grito sí despertó al bebé, que comenzó a llorar en su cuna, un cajón hecho con unos maderos, junto al aparador de la loza. Salté del altillo para intentar calmarlo, pues su llanto no cesaba. Busqué entre las ropas de la cuna la muñequilla hecha de trapo y la impregné con un poco del orujo de padre y se la di a Andresito que comenzó a succionar el chupo, se calmó y a los pocos minutos volvía a dormir como un bendito.

Miré a mi hermano, allí tan pequeño e indefenso y por un instante una idea negra, como el ala de un cuervo, cruzó por mi mente. Él, aquel bebé, estaba siendo la ruina de mi casa, desde el mismo instante en que supimos de su existencia, todo había ido de mal en peor, él era la causa de todo nuestro sufrimiento.
La primera vez que oí hablar de la criatura fue el mismo día que supe que él iba a nacer, el día que vi al monstruo en el puerto, él nacía, y casi mata a madre. No podían ser coincidencias, no, era evidente que existía alguna relación macabra entre aquellas dos criaturas, como si por algún malvado arte, el viejo borracho me hubiera maldecido a mí y a todos los míos, contándome aquella historia. Aquel bebé, en apariencia inofensivo era una especie de heraldo del mal, un emisario de aquel monstruo,  y quizás... quizás... también..

Alejé aquel pensamiento, del que me arrepentía o mejor dicho, del que intentaba arrepentirme. Una arcada de asco hacia mí mismo me ascendió desde las tripas y unas ganas de vomitar incontestables me hicieron salir corriendo de la casa a las letrinas de la corrala.
Vacíe el contenido de mi estómago en el agujero de la pieza de porcelana, pero las arcadas seguían llegando una tras otra, como si fueran olas, como si mi cuerpo quisiera purgarse de esa idea repugnante, despiadadamente insana que acaba de tener.
El desagüe de la placa turca, me miraba, era una cuenca tuerta, una órbita de la que habían arrancado un ojo. Entonces es cuando vi como desde su oscuridad profunda y fétida asomó primero la punta de un flagelo carmesí, retorciéndose, tanteando, buscando. Como una víbora, como una sierpe que ascendiera desde las entrañas de la tierra buscando alimento. Pero no, aquello no era una serpiente que salía desde el infierno seco de las profundidades de la tierra, aquello era la punta de uno de los  tentáculos de la criatura, del demonio del averno marino. El brazo de la bestia salía por el desagüe de la placa turca, fino y flexible, como un azote carmesí, húmedo y viscoso, cubierto de inmundicias y de mi propio vómito, y comenzó a  enrollarse sobre mi cuerpo atónito, que no pudo reaccionar, no pudo gritar, sólo ser espectador mudo de aquella locura. Sentí su fuerza y su hedor fétido y como me envolvía igual si fuese la presa de una araña y ese flagelo de carne fuera su seda.

Apenas si aquel ovillo de músculo me permitía respirar, me alzaba del suelo y me zarandeaba como a un pelele. El extremo del flagelo me apuntó directamente a la cara. La punta estaba coronada por una ventosa, que era como una boca con los dientes por fuera, se abría, separando lo que parecían labios, pero que resultaron ser unos grotescos párpados, que descubrieron un ojo. Un ojo réplica del gran ojo sin párpado, del ojo rojo y negro. Entró dentro de mi mente, era como en mis pesadillas, sólo que ahora no eran pesadillas, aquella bestia abisal había entrado en mi cabeza. Puedo recordarlo perfectamente, siento su odio infinito, su desprecio a hacia mi sola existencia, su maldad, una maldad pura y primigenia, infinita. Pudo haberme destruido como a un mísero insecto, pero aquel ser no deseaba mi muerte, sólo mi sufrimiento. Pude sentirlo, yo había heredado la maldición de aquel borracho, yo era la ruina de mi gente, no mi pequeño hermano. Ahora era su mensajero, debía consagrar mi vida a difundir su mensaje de horror.

Por el agujero de la loza del retrete salió un segundo tentáculo. El nuevo brazo de la bestia  brotaba desde las profundidades, salía y salía, parecía no tener fin, largo como una serpiente marina. El tentáculo abandonó las letrinas y siguió adentrándose silencioso en la noche. La bestia seguía bombeando su carne afuera, reptaba sobre el suelo de piedra de la corrala. Sólo podía contemplarlo, mientras me debatía entre la agonía de su asfixiante abrazo y la locura de saberlo dentro de mí, seguía manando. En un momento determinado se detuvo, había llegado a su destino, fuera cual fuese y ahora se recogía, volvía a su cubil,  haciendo el camino inverso. Al mismo tiempo el que me tenía preso cedió en su despiadado abrazo, antes el ojo volvió a enterrarse en su capullo de carne y dientes, como una flor pérfida. Me dejo caer al suelo igual que un despojo, como algo que ya no le fuese útil, sentí el alivio de poder insuflar aire a mis pulmones y de tener la mente libre de su conciencia animal. El primer flagelo desapareció por el desagüe.
En el suelo, boqueando como un pez agonizante fuera del agua, puede contemplar con horror lo que el segundo tentáculo había ido a buscar. Sujeto entre sus ventosas, atrapado entre sus garfios llevaba el cuerpo de Andresito. El bebé dormía aún succionando plácidamente el chupete de trapos impregnados en licor que le había dado tan sólo unos minutos antes. Lo arrastraba envuelto con su tentáculo carmesí, con una delicadeza sádica, acunándolo delante de mis propios e impotentes ojos, como en una última burla malévola y cruel lo vi desaparecer por el desagüe para siempre.




Después, de aquella noche,  de ver como aquella bestia se llevaba a mi hermano, no tuve valor para regresar a casa, pensé que alejándome los protegería.
Cuando se supo de mi desaparición y de la de mi hermano, la gente empezó a inventar historias, llegué a oír que mis padres nos habían vendido a unos sacamantecas y cosas aún peores. Vagué por el puerto un tiempo, escondiéndome de todos aquellos que pudieran reconocerme, hasta que conseguí colarme de polizón en un barco y me alejé de allí lo más lejos que pude.

Siempre, que me cruzaba con algún marinero de aquel puerto le preguntaba por la historia de los niños desaparecidos, con la intención de recabar toda la información posible sobre mis padres.
Una noche, tomando unas cervezas, uno de esos marineros me contó, que la madre de los niños (madre), terminó arrojándose por el dique, en un día de tormenta mientras los llamaba y que su marido, murió al poco también, de un navajazo en un callejón del puerto, durante una pelea de borrachos, intentando defender la honra de su difunta esposa, a la que en toda la ciudad llamaban loca. Le pagué bebida hasta que casi no se tuvo de pies, luego lo empujé al mar.

Muchos años después, volví con suficiente dinero para fletar un barco e intentar dar caza al monstruo. Me llamaron loco y se rieron de mí, pero tenía dinero, conseguí una tripulación y floté el barco. Ya nadie recordaba la historia de los niños perdidos, ni la de sus padres. Me arruine buscando en vano a la bestia.
Desde entonces sigo contado esta historia a todos aquellos que la quieren escuchar, buscando a alguien que me crea y volver a la bahía para acabar con esa bestia, que no ha dejado de atormentarme ni una sola noche de mi vida.
Y ahora ustedes también la saben, ahora también es su responsabilidad. Ya soy viejo, demasiado viejo y no quiero que el secreto muera conmigo, así que no sean tacaños, dejen unas monedas o un buen vaso de vino o quizás, y digo solamente quizás, sufran su ira también. 


FIN