NOSOTROS

NOSOTROS

lunes, 7 de marzo de 2016

SÍ PUEDES




-Mamá, salgo afuera
-Vale Laura, ponte la rebeca, empieza a refrescar y en el jardín ahora estará dando la sombra y aún hará más frío.

Mamá tenía razón, aunque el sol todavía estaba alto, la sombra de la casa casi lo cubría por completo, notó el aire, varios grados más frío en la umbría, y como se le colaba por entre las hebras lana beige de su odiosa rebeca. Odiaba esa rebeca, era una prenda para abuelas o para niñitas pequeñas y por supuesto, ella no era ninguna abuela, ni ninguna niñita. Ella tenía 10 años (9 y tres cuartos en realidad, en cualquier caso más 10 que nueve) y ya no era una niñita así y todo agradecía llevarla puesta. El jardín, como lo llamaba su madre, era un cuadrado de césped rodeado por un muro de ladrillo rojo que le llegaba hasta la cintura. Ella siempre había pensado que un jardín debía tener flores para llamarse así, pero su duda se quedaría con ella, no se le había ocurrido planteársela a mamá. No, no sería una buena idea. Mamá estaba tan orgullosa del “jardín” de la nueva casa que no admitiría ninguna duda. Su cuadrado de césped era un jardín, un jardín con todas las de la ley, era el jardín. Una sonrisa se le dibujó en los labios de sólo imaginar la cara que pondría, jajaja sería mejor para todos dejarlo estar. Ella lo seguirá llamando el “cuadrado de hierba”, pero en secreto.

El murete que rodeaba el cuadrado de hierba, sólo estaba interrumpido por una cancela rumienta, que suplicaba porque la lijaran, y le dieran una buena mano de pintura después de otra de minio. De su cerrojo colgaba un brillante candado. Ésa sí que era buena. Poner un candado en una verja que nadie intentaría abrir, pudiendo saltar el murito de 80 centímetros, pero los adultos hacían esas cosas. Mamá no permitía que nadie pisara su jardín. Y como decía, ese candado era una especie de advertencia…”si saltas el muro, es que no eres bienvenido”. Ella en realidad, no sabía a dónde conducía esa cancela. Sí, claro, daba detrás de la casa, pero en las pocas semanas que llevaban viviendo allí, nunca había ido detrás. A mamá tampoco le parecía buena idea.Sólo se veía un pequeño terraplén y luego pinos, muchos, cientos de pinos de troncos negros y rectos.

No había salido nunca sola, no tenía amigas, bueno, sí las tenía pero no allí, aún no había tenido oportunidad para hacerlas. Las suyas se habían quedado en el antiguo barrio y las echaba mucho de menos. Pero venir a la nueva casa había sido por su bien. Era como tomar una medicina amarga, el mal sabor se pasaría pronto. Sus amigas habían prometido venir a verla y a lo mejor ella también podría ir algún día a merendar tortitas con sirope (o mejor, sirope con tortitas jajaja) con ellas o al cine, sí, se portaría fenomenal para que mamá la llevará. Jamás llamaría a su jardín cuadrado de hierba ni iría detrás de la casa. Porque detrás de la casa no había nada para que una niñita de 9 años fuera a ver.

La pelota azul llegó rodando mansamente hasta sus pies. Era una pelota pequeña, del tamaño de una naranja grande, y parecería una naranja, si las naranjas fueran azules, porque su superficie tenía la misma textura rugosa, pero las naranjas no son azules. Tampoco era perfectamente esférica, era más como una bola hecha con trapos, como si fuera esa bolita que se hacían para guardar los calcetines, aunque para hacer ésa, tendrían que ser unos calcetines enormes, igual que los que se colgaban en Navidad para que Papá Nöel dejara los regalos, un Papá Nöel azul.

-Eh tú, danos la pelota

Había dos niñas de pelo largo y rubio, recogido en una cola de caballo junto al muro. Debían de tener más o menos su misma edad. La más alta de las dos volvió a reclamarle la pelota hecha de trapos azules.

-Eres boba? Echamos la pelota
La otra niña habló también.

-Sí, debe serlo. Será mejor que entremos a por ella.

-No! No saltéis el muro. No se puede pisar el césped.
Las palabras salieron súbitamente de la boca de Laura. Y no soy boba, sólo que me habéis sorpendido, no os he visto llegar. Pero, también podíais pedir las cosas por favor.
Las dos niñas rubias se miraron y sonrieron cómplices.

-Bueno pues, por favor, nos puedes devolver nuestra pelota.Pidió de nuevo la más alta.(quieres venir a jugar con nosotras?).

Oyó la invitación, pero no la oyó con los oídos, fue más como un pensamiento, como cuando jugaba con sus muñecos e imaginaba sus voces, “Ven a mis brazos princesa” o, vamos a dar un paseo Le y Le decía, “Sí mami” jajajaj .Le era el nombre de su muñeco favorito. Se llamaba así porque mamá le contó que cuando era un bebé y lloraba parecía que gritara *leee leee”, entonces le daba su oso de peluche y se calmaba. Por eso ella le llamó Le. Le no era el más bonito, le faltaba un ojo y tenía una costura rota por donde se le veía el relleno, pero Le era su favorito, aún dormía con él, todas las noches y lo seguiría haciendo siempre.

-(Sería divertido, en el bosque no hay hierbas que no se puedan pisar. Ven, ven con nosotras ..)

Otra vez, oía la voz dentro de la cabeza y ahora estaba segura porque las dos niñas la estaban mirando y no habían abierto la boca, no habían “dicho nada”. Por un momento sintió miedo pensó en entrar de nuevo en la casa y buscar a mamá para contarle lo ocurrido y llorar, llorar mucho y pedir perdón por haber fantaseado con ir atrás. Luego sin querer pensó en contestar, sí como si estuviera hablando con la boca, sólo por pensarlo ya lo había hecho, les había contestado.

-(No puedo salir, la verja está cerrada, hay puesto un candado.)
-(Salta el muro)

¿Saltar el muro?, eso era imposible, ¿por qué le decían eso?, acaso no habían visto que estaba sentada en una silla de ruedas.

-(No, no lo es)
-¡¡SÍ, SÍ LO ES, DEJADME EN PAZ!!. ¡¡TOMAD VUESTRA ESTÚPIDA PELOTA Y DEJADME EN PAZ!!

Les gritó con rabia. Ladeó el cuerpo hasta que con la punta de los dedos alcanzó la bola de trapos. Era más pesada de lo que imaginaba. Daba igual, la recogió del suelo y la lanzó con todas sus fuerzas. Lo siguiente fue un estruendo metálico. La piedra había golpeado los barrotes de la verja. No había rastro de la pelota de trapos ni de aquellas niñas. Sólo el eco quejumbroso del metal reverberando en los oídos y una piedra con una marca de óxido en medio el cuadrado de hierba.

-Lauraaaa, ¿Qué ha sido eso?

La voz de mamá llegó desde dentro de la casa, tenía el tono inquisitivo de siempre, ese tono de “sé que pasa algo,no me lo niegues porque lo averiguaré y entonces será peor”.

-Nada mamí , nada.

Sorbió los mocos en que se habían transformado las pocas lágrimas de rabia e hizo girar la rueda derecha de su silla para volver a entrar en la casa.Antes de que mamá llegara.

¿Dónde se habían metido aquellas dos niñas y qué había pasado con la bola de trapos azules? Se habían escondido, agachándose detrás del muro y la pelota….la pelota..bueno el caso es que se la había devuelto, ya no era problema suyo.

(Salta el muro. Sí puedes, aquí todos podemos...)


Continuará...


 Sí Puedes, Capítulo 2