NOSOTROS

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miércoles, 6 de abril de 2016

Sí Puedes #3






Unas semanas después

Afortunadamente las pelotas azules y los saltos habían desaparecido. Mami se lo prometió y así había ocurrido. Jesús no les abandonaría, “Él nunca nos abandona” decía constantemente, después apretaba los dientes, los músculos de la mandíbula se hinchaban bajo su piel blanca como si estuviera mordiendo algo muy duro, luego se relajaba y se santiguaba o besaba su crucifijo plateado o las dos cosas, dependía del dia. El caso es no había vuelto a tener pesadillas ni había vuelto a ver aquellas dos niñas y eso era bueno.

Al contrario que las tardes, el recuerdo de aquellos sueños parecía empequeñecer cada día poco a poco. Las vacaciones solo habían hecho empezar y ella tenía planes. Mamá seguía atareada dando los últimos retoques a la casa nueva. Era una casa grande y había muchas cosas que organizar después de la mudanza, se pasaba el dia en la máquina de coser Singer de pedal, adaptando las viejas cortinas o colgando cuadros con esos clavitos “cuelgafaciles” y ese martillo de cabo naranja que había comprado. Jajaja algún martillazo se había llevado, mamá no era muy buena con el bricolaje pero no podían permitirse pagar a nadie para que viniera a colocarlos y no se iban a quedar sin colgar, no Señor, Mamá no necesitaba a ningún hombre, ni siquiera a papá.  

Papá? Era curioso como las ideas se mezclaban en la cabeza, como una cosa llevaba a otra, ideas independientes, aisladas en un principio pero que estaban irremediablemente condenadas a desembocar en otra que subyacía allí desde el principio, de la misma forma que riachuelos separados por valles y montañas acabarán confluyendo en el mar . ..papá.

Se llevó las manos a la boca intentando evitar que aquel pensamiento volviera a salir. La máquina de coser de mamá se detuvo de súbito. Mamá estaba en el estudio, una habitación más allá aunque en realidad sólo las separaba un tabique de Pladur.

Laura, ¿decías algo?

La voz de su madre, la pregunta, la inocente pregunta de una madre que escucha a su hija hablar, en una casa vacía salvo por ellas dos. Ese simple interés, ese “¿decías algo?” fue suficiente para que la ameba escondida entre sus millones de neuronas se despertara. Ese miedo paralizante. Mamá la había escuchado, la había escuchado decir Papá, la ameba lo sabría, estaba dentro de su cabeza. Tenía que luchar, tenía que hacer que esa cosa se volviera a su cubil para que mamá no lo supiera. Había cosas que no se podían hacer, como pisar el cuadrado de hierba (jardín) o hablar de papá. Cosas que pondrían furiosa a mamá y a mamá era mejor no hacerla enfurecer. El citoplasma comenzaba a extenderse extiraándose para formar los seudópodos con los que engulliría todo lo demás y entonces mamá sabría que había hecho algo malo.

(Salta!)
Laura?, LAURA?!
Nada mami, nada, sólo estaba jugando.

El traqueteo de la máquina de coser volvió a sonar. Aquel traqueteo era bueno, porque mamá volvía a sus cortinas, entonces también la ameba se derritió igual que un trozo de hielo dejado al sol. Había sido ella, había oído esa voz en la cabeza, detrás de los demás pensamientos como en esas antiguas “cintas de cassette” (o así creía que se llamaban) que ponía mamá, ésas donde si prestas atención y agudizas el oído, podías oír otra canción, una que había sido borrada para grabar encima otras nuevas, que había que aprender para luego cantar en la iglesia. Y la habían obedecido, ella había “¿saltado?” y aquella cosa no pudo embotar su cabeza y mamá no insistió. No tuvo esa sensación de que podía ver dentro de ella, de que no sabría que había pensado en papá.

Volvió a su bol de desayuno.Los dinosaurios de galleta la miraban con ojos suplicantes desde su agonía mientras se deshacían en un maga de leche chocolateada. Hundió la cuchara y acabó con su suplicio en un acto de piedad. ¿Quién estaba debajo? ¿quién le había dicho salta? y ¿cómo lo había hecho?. En realidad sólo lo pensó ..sólo lo “escuchó” fue igual que la vez que contestó a aquellas niñas de detrás del cuadrado de césped. Soltó la cuchara manchando el mantel de hule y giró su silla para acercarla lo más posible a la ventana de la cocina, justo encima del fregadero.  Mamá aún no había tenido tiempo de colocar el estor y la luz de la mañana entraba con el único filtro del doble acristalado. Desde su silla apenas si alcanzaba a ver un mundo de suelo esponjoso y verde, hecho por las copas de los pinos de más allá del descampado, bajo un cielo de azul casi turquesa limpio de nubes, donde la bola amarilla del sol sonreía en dorado, escandilándola hasta el punto de hacerla lagrimear. Se agarró firmemente a los reposabrazos de su silla y se alzó todo lo que pudo, dos palmos más alta su perspectiva cambió.

Ahora podía ver el descampado de albero amarillo y un poco más allá el ejército de troncos rectos que soportaban la bóveda verde. A  pesar de la luz del astro rey, el suelo del pinar seguía en penumbra y el verde de sus copas se transformaba allí en un verde más oscuro, que se mezclaba con el negro de los troncos y el marrón de la alfombra de agujas muertas haciéndose  impenetrable a los ojos de la niña. Pero aquello no era lo que ella quería (temía) ver, aquello sólo era un fondo, un decorado. En la linde del bosque, en la orilla, en la frontera de albero donde el amarillo tornaba a negro estaban las dos niñas rubias de cola de caballo . Estaban jugando, jugaban a pasarse una pelota, una pelota no más grande que la cabeza de un bebé, una pelota que parecía hecha de trapos azules. Entonces como si las niñas se supiesen observadas pararon su juego y se quedaron clavadas igual que estatuas de sal, luego ambas y al unísono, volvieron la mirada hacia la ventana de aquella cocina, donde otra niña también las miraba. Laura sintió sus ojos infantiles clavándose en ella, ojos llenos de curiosidad, que querían escarbar dentro de ella, querían preguntar, querían saber. Era como si le quitaran la ropa, y eso no podía ser bueno Los brazos le flaquearon, eran fuertes, acostumbrados a mover las ruedas de su silla, pero ahora le temblaban. Cerró los ojos pero no se derrumbó

(Ven, ven a jugar con nosotras...salta.. )
No quiero, dejadme, iros  (pensó) la estaban asustando
Ya has saltado un poquito. Ahora salta de verdad, salta el muro, ven con nosotras, a jugar, al bosque, aquí todos saltamos.
¡Dejadme!
Es una boba, no saltará… mamá no la deja jajajaja, se quedará allí para siempre (“dijo” la más pequeña)

La máquina de coser se había vuelto a detener. Quizás estaba gritando. A mamá no le gustaría, la cosa de su cabeza lo sabría, sabría lo de las niñas, lo del descampado …

Por favor callaros ..mamá viene (pensó con todas sus fuerzas), la cosa gelatinosa lo sabrá,.por favor dejadme imploró

Al fin se dejó caer en su silla y las voces desaparecieron. Mamá entraba en ese mismo instante en la cocina.

Laura. ¿Aún no has terminado el desayuno? ¿qué haces ahí? y mira cómo has puesto el mantel ..estaba limpio. Seguro que estabas mironeando por la ventana, embobada en ese descampado. Y no, ni lo pienses, ahí no hay nada que una niña  tenga que hacer.

Mientras hablaba se acercó a la ventana , bajó la persiana hasta cubrirla totalmente y apostilló .

No sé qué mirabas tan embelesada, allí no hay nada, pero seguro que nada bueno.Ves lo que me obligas a hacer y ahora ve a tu cuarto y reza. Pide perdón a Jesús por tu mala conducta. Hoy no verás la TV.
Sí mamá.

tampoco es que la viera mucho, sólo el canal infantil y sólo una hora,  pero no se atrevió a replicar, era mejor callar, no quería que ella supiera, no quería que aquella cosa le contara nada, sobre las niñas. Cuando las vio por primera vez sintió rabia, en los sueños tuvo miedo, pero esta vez no, esta vez no había sido miedo exactamente,  era algo más complejo, como cuando hacía un examen y alguna compañera se intentaba copiar su examen sin su permiso, una mezcla de miedo y repulsión, pero más fue un rechazo, una reacción defensiva, más que miedo. En el fondo sentía curiosidad (había saltado un poquito) y eso debía ser un pecado, uno muy malo o no?. No tenía claro que sentir curiosidad por aquellas niñas fuera pecado, igual que no tenía claro por qué no se podía hablar de papá, Ella había rezado, como le dijo mamá pero Jesús  no se las había llevado, no al menos del todo. Por eso era mejor callar, para que esa cosa (esa cosa, mala conciencia o lo que fuera) no le contará nada a mamá, para que mamá no supiese nada de aquellas niñas, ni de aquella pelota azul, ni de que pensaba en papá. Ojalá estuviera, pero  papá ya nunca volvería a estar. Asió los volantes de las ruedas y puso rumbo hacia su habitación.