lunes, 11 de abril de 2016

AZUL #30







No podía ser verdad, todo lo que aquel...aquel monstruo le había contado, no podía ser cierto. No podía ser cierto, que estuviera a punto de perder todo. Pero un todo literal, absoluto que incluía desde su hija a su propia vida y terminando por la de Laura. Corría compitiendo contra un destino funesto. Conducía como si ya estuviera muerto, pues en cierta forma lo estaba.
Pero tenía que intentarlo, no podía quedarse mirando impasible mientras su mundo se desmoronaba como un castillo de arena arrasado primero por una ola de maldad de Set y luego ver como sus trozos eran engullidos por la resaca de su cobardía.
Aquel viejo en realidad sólo era el envoltorio de algo realmente maligno. De una maldad que la propia humanidad apenas si había comenzado a olvidar pero que seguía viva, como un virus acantonado, esperando a un descuido par volver a expresarse con más virulencia. Y ellos iban a ser sus primeras víctimas. Ellos eran la primera ficha de un dominó que caería en una sucesión que amenazaba con arrastrar muchas, muchas más vidas.

- Mi querido y estúpido Luis, ¿aún cree en los cuentos de hadas con final feliz?
Usted sólo ha sido la llave que me ha llevado a ella.
- Por favor, es sólo una niña, déjela, por favor. Su alma se desbordó licuándose por sus ojos que manaron lágrimas amargas de dolor absoluto.
- Jo Jo. Estúpida criatura, no ha comprendido nada, su linda hija sólo es "algo necesario", ya ha visto que puedo tener todos los niños que deseo, no , no es a su lida hija a la que me ha conducido. Es a su mujer, ella es lo que realmente importa, no su mocosa. Jojojo.
-¿Cómo?...pero...Paula...
La revelación fue como si le derramaran una sartén de aceite hirviendo sobre la cabeza. ¿Qué decía aquel demonio?..
- Su hija es, digamos una plataforma para acceder a su mujer. Una mujer muy especial que tuvo la desdicha de conocerle. Jojojo. Aunque sin  proponérselo su destino le va ha hacer formar parte de algo mucho más grande e importante que languidecer  a su lado.
Entonces el viejo empezó ha hablar de nazis y control mental y de transmutaciones mentales y de que se hacía viejo…pero Luis ya no estaba allí, él sabía que él y únicamente él era el origen y la ruina de todo, como lo fue ya desde el principio de su vida.
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 El rojo pasó al blanco doloroso. La cabeza le dolía y la lengua parecía de dos tallas más grandes que su boca.
Tragó saliva, una masa espesa y abrasiva le recorrió la garganta arañándole igual que una bola de alambre de espino.
¿Dónde estaba?
Tardo unos segundos hasta que sus pupilas consiguieron acostumbrarse a la luz brillante y amarilla. El rocío lo había calado y la escarcha había sustituido el tuétano de sus huesos. Olor a hierba y dolor, poco más.

El sol todavía estaba alto y las copas de las coníferas no conseguían ocultarlo. Se pasó las manos por la cabeza como buscando una herida que explicara qué hacía tirado en medio de un bosque pero no la halló, sólo agujas secas de abeto. La noción de la realidad se presentó ante él y le pateo en la cara. Laura. Fue la primera palabra que pudo articular. Se levantó y probó a dar un paso y luego otro,  inseguro como un bebé. El cuerpo parecía que se recuperaba de una sedación, sin embargo su cerebro funcionaba, si eso era posible al doble de su velocidad normal. Laura, Laura se decía mientras componía el puzle de recuerdos, ideas y sensaciones.

Un cuervo graznó. El graznido dejó  una pregunta en el aire: “¿Qué haces aquí?”.
Luis grito - ¡Laura! por pura frustración y el pájaro le contestó con otro graznido, que esta vez sonó a: “¡Fuera!”. La voz de pájaro fría y áspera le empujó, tenía que salir de allí. Caminó en busca de un rastro , de cualquier cosa familiar que le proporcionara el dónde o el porqué. No tuvo que andar mucho para encontrarla. La casa de ladrillo rojo estaba allí. La visión le golpeo, fue un mazo en la cara, romo y contundente, no podía ser.
La cerca metálica estaba herrumbrosa y había sido derribada en algunos tramos, en otros presentaba grandes agujeros, el seto arrancado por algún jardinero sádico y sustituido por pasto y matorrales y en medio de aquella debacle la casa de ladrillo rojo. Manchas negras de hollín asomaban por lo que fueron sus escasas ventanas, ahora convertidas en cuencas vacías. El portón de madera había desaparecido y  mostraba una boca desdentada como el cadáver de un viejo torturado que exhala su último suspiro.

Era imposible, ¿qué nuevo truco era ése? Se refregó los ojos intentando aclarar la vista, negándose a aceptar aquella visión. Se acercó y golpeó con todas sus fuerzas la cerca, el metal oxidado se hundió absorbiendo el impacto. Los puños se le tiznaron de herrumbre, la valla moribunda se quejó con un rechinar de somier desfondado. El coche, ¿dónde estaba el coche? Eso era, él había venido en el coche, tenía que encontrarlo, tenía que encontrar un resquicio de realidad a donde aferrarse, comenzó a trotar. Rodeo la finca devastada por el vandalismo. No sólo había ardido, si no que mostraba restos de actividad humana como si hubiera sido la guarida de una horda salvaje.  En la parte posterior se podían ver los restos colchones que habían sido quemados hasta dejar expuestos sus esqueletos de muelles y  túmulos de basura y escombros. Pero ni rastro del coche, nada, ni unas marcas de rodadas. Se detuvo para recobrar el aliento. Apoyó las manos en las rodillas y miró su sombra en el suelo.
El grito nació de las entrañas, una onda sísmica que amenazara con partirlo en dos. Aún con el grito zumbando en los oídos otro sonido le llegó. Se irguió como un conejo asustado, husmeando, oteando el horizonte cerrado por la muralla de cedros y abetos. Salió disparado hacia el foco del ruido que se le antojó la más bella melodía que había escuchado en su vida. Corrió hacia ella. No podía dejarla escapar. El camión o lo que fuera, no debía de andar lejos. Enfiló el camino del que había desaparecido la grava, igual que un ciclón, corriendo,  azuzado por la necesidad de no saberse loco.

El camión marchaba por la pista forestal, con el traqueteo del que lo hace por el camino resabido de la monotonía diaria. Luis se plantó en medio del camino haciendo aspavientos para llamar la atención del conductor. El chófer  tardó en reaccionar. Esperaba ver cualquier animal, un cervatillo incluso un jabalí, pero la imagen de un hombre accionando como un poseso no estaba dentro de lo posible. Hundió el pedal del freno y el vehículo se detuvo. Luis corrió hacia la cabina.

- Por favor, ¿me puede acercar a la carretera? Suplicó a bocajarro
El chofer y el copiloto se miraron.
- ¿Qué  le ocurre amigo? Preguntó el copiloto, un hombre calvo de unos 50 años y con la piel curtida por el trabajo a la intemperie, que podría haber pasado por gemelo del chofer, si no fuera por la diferencia de edad.
- Perdón, he tenido …un accidente.
Los dos hombres se volvieron a mirar.
- Suba, nos dirigimos al pueblo, sí quiere le podemos dejar allí ¿Se encuentra bien?
- De acuerdo, dijo y se encaramo a la cabina.

En medio de un silencio incómodo los tres hombres reanudaron la marcha. No pudo retener la pregunta que le bullía en la cabeza y la lanzó al aire. ¿Qué día es? Era más una pregunta retórica, un pensamiento. El conductor apartó un instante la mirada de la pista de arena para volver a mirar al polizón como valorando lo acertado de su decisión de haberlo recogido. Hoy es martes.
¿Martes? Repitió Luis ¿qué martes?
- Se encuentra bien, ¿de verdad?... amigo
- Sí, pero por favor ¿qué día es?
- 10 de Febrero.
La tez de Luis palideció .Habían pasado cinco días, cinco malditos días.
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El camión entró en la pequeña población después de atravesar huertos y alguna granja que les saludó con su fétido aroma a estiércol de gallina.  Luis permaneció en silencio el resto del viaje sumido en sus preguntas para que las que la única respuesta que encontraba era el miedo, un miedo atroz e impotente que invitaba a esperar un golpe de hacha sobre el tajo de la realidad. Realidad, ¿qué era lo real?, de eso también dudaba. Entre todas sus dudas,  una se columpiaba con más fuerza que las demás en la punta de su lengua y terminó saltando de sus labios.
- En el bosque había una casa abandonada. ¿Saben sí hace mucho que lo está?
Esta vez el que contestó fue el operario de mayor edad con el que casi rozaba el hombro izquierdo.
- Amigo, en el bosque no hay ninguna casa, de hecho está prohibido construir. ¿De verdad que se encuentra bien? En la base tenemos un enfermero, sí quiere...
- No muchas gracias, tengo mucha prisa. Y sin pensarlo tiró de la manila que abría la puerta del camión y saltó.
A pesar de la reducida velocidad Luis rodó por el suelo polvoriento hecho un ovillo y sintió un pinchazo en el tobillo.
El camión frenó en seco y los dos hombres bajaron.
 - ¡Está usted loco , ¿se ha hecho daño?. Le gritaron.

Unas decenas de metros más atrás. Luis se incorporó haciendo oídos sordos y sin ni si quiera volver la cabeza echó a correr. Sí, estaba loco y corrió como uno, que el tobillo le palpitara de dolor no era importante, tenía que volver a la ciudad y tenía que volver ya.

Se adentró en la población de casitas de muros y tejados de pizarra, que aún  se desperezaba. El piso de arena fue sustituido paulatinamente por un suelo asfaltado que dejaba ver en algunos tramos tachones del empedrado original. No sabía realmente que iba hacer, quizás lo mejor sería encontrar la salida hacia la carretera principal y allí, allí, ya se vería. Notó como algunos ojos se posaban en él, desde detrás de persianas a medio alzar que desaparecían temerosos tras visillos tímidos como niños pillados mirando algo que no debieran. Las calles retorcidas y estrechas daban todavía, sí eso era posible un toque más angustioso  e irreal a su carrera.
La calleja por la que corría fue a desembocar en una más ancha, flanqueada  por arbolitos desnudos. Un hombre se disponía a montar en un todoterreno. Seguramente sería algún agricultor que se preparaba para ir a su lugar de trabajo en alguna finca cercana.
Luis lo abordó por la espalda.
-Señor, buenos días, necesito que me acerque a la ciudad.
Literalmente, el hombre de ropas de cazador y gorrilla de pana caqui saltó sobre el sitio sorprendido.
- Siento haberlo asustado, pero necesito imperiosamente que me lleve a la ciudad, le pagaré, dijo Luis buscando en el bolsillo trasero  de su pantalón la billetera.
El hombre aún sin recuperarse del susto, se giró con la mano al pecho y jadeado. Debía de pasar los 65 años, aún en pleno invierno lucía un tono bronceado, no de ese tipo de tono que se consigue en un solárium, si no de ese tono rojizo quemado, que se logra con una vida entre los surcos de tierra labrada.
- Mire - contestó  el hombre con un pequeño temblor en su voz, lo siento amigo, pero no puedo acercarle, tengo trabajo y llegó tarde. Lo siento.
Luis esgrimía su cartera en la mano sin prestar atención a la negativa del hombre.
- Le daré lo que me pida.
El labriego abrió la puerta del coche del coche y montó.
El portazo hizo que Luis comprendiera la realidad y golpeó el cristal con el puño.
- Oiga, tiene que llevarme, no me puede dejar aquí. Entonces la furia hizo presa en él y antes que pudiera cerrar, asió la manilla de la cerradura y abrió.
- ¿Está usted loco?, gritó.
- Lo siento, pero no me deja otra opción y le lanzó un puñetazo que impactó en el mentón. Al golpe le siguieron dos más, innecesarios pues al recibir el primero el labriego cayó como un saco. Un hilillo de sangre brotó de la comisura de los labios.
- Lo siento  volvió a murmurar Luis a modo de disculpa.
Sacó al hombre del coche trabajosamente, no debería de pesar más de 70 kilos, pero le parecieron 200. No tenía tiempo, lo depositó en amplia zona de carga. No sabía si alguien lo había visto u oído el forcejeo. Apartó sus dudas e intentó pensar con frialdad por un momento.
En el maletero encontró un rollo de cuerdas y una de lona, además de herramientas. Más  adelante podrían servirle, ahora tenía que salir zumbando de allí. Maniató al labriego y usó un trapo manchado de grasa para amordazarlo, luego lo cubrió con la lona. Arrancó y condujo buscando la salida del pueblo que se le apareció al torcer la calle. Luis sudaba curiosamente a pesar del frío y sus pies repiqueteaban sobre los pedales como si fuera un novato en su examen de conducción. Su vida era una pesadilla que lejos de amainar aumentaba de intensidad llevándolo a al borde de la paranoia, acaba de asaltar, golpear y secuestrar a un pobre hombre. Asió el volante con fuerza, sus nudillos protestaron de dolor, inflamados después del los puñetazos propinados que descansaba detrás. Debía buscar algún lugar un poco apartado donde dejarlo, pensó.
Condujo por una comarcal que desembocaba en un cruce que le incorporaría a la nacional, cuando vio un camino de tierra que debía ser el acceso a alguna finca y sin pensarlo demasiado lo tomó. Atrás el labriego se quejó, volvía en sí.
No había tiempo que perder. Tiró del freno de mano y el todoterreno se detuvo en medio de una polvareda.

- Amigo, perdóneme pero así será mejor para los dos. Comentó al hombre que recobraba la conciencia con el miedo pintado en la cara y el sabor de su propia sangre en la boca.

.El hombre se resistió levemente ante la superioridad física de su captor, pero lo que realmente le hizo desistir fue la mirada de Luis. Una mirada fría y ausente, la mirada de un loco.

Algo llamó su atención, algo que había pasado invertido detrás de la lona. Al fondo de la zona de carga había una funda alargada de color caqui. Luis se quedó mirándola un instante. Una idea funesta se paseo por su mente. Una idea que le hizo sentirse feliz por un instante. Fue como encontrar una llave que andaba pérdida, como una pieza extraviada  del puzle. Se estiró todo lo que pudo para comprobar que la funda contenía lo que él esperaba. Sus dedos sintieron la dureza del acero debajo de la tela, su frío, le confortó. Apartó la mano y la fugaz sonrisa de su cara desapareció sustituida por una mueca cruel que reflejó su pensamiento. Por un momento su suerte parecía cambiar, esa escopeta parecía decirlo.

Volvió a mirar a su rehén y posando su mano en él, le habló en voz baja y calma.

- No tenga miedo, no voy hacerle daño, le devolveré el coche.

 Y diciendo esto, lo cargo, lo sacó del coche y lo dejó  tumbado junto a la cuneta, en la linde del camino. Luego cerró  el portón y volvió al volante. El automóvil hundió sus garras en la tierra, aulló y salió como alma que lleva el diablo.


Continuará... 



miércoles, 6 de abril de 2016

Sí Puedes #3






Unas semanas después

Afortunadamente las pelotas azules y los saltos habían desaparecido. Mami se lo prometió y así había ocurrido. Jesús no les abandonaría, “Él nunca nos abandona” decía constantemente, después apretaba los dientes, los músculos de la mandíbula se hinchaban bajo su piel blanca como si estuviera mordiendo algo muy duro, luego se relajaba y se santiguaba o besaba su crucifijo plateado o las dos cosas, dependía del dia. El caso es no había vuelto a tener pesadillas ni había vuelto a ver aquellas dos niñas y eso era bueno.

Al contrario que las tardes, el recuerdo de aquellos sueños parecía empequeñecer cada día poco a poco. Las vacaciones solo habían hecho empezar y ella tenía planes. Mamá seguía atareada dando los últimos retoques a la casa nueva. Era una casa grande y había muchas cosas que organizar después de la mudanza, se pasaba el dia en la máquina de coser Singer de pedal, adaptando las viejas cortinas o colgando cuadros con esos clavitos “cuelgafaciles” y ese martillo de cabo naranja que había comprado. Jajaja algún martillazo se había llevado, mamá no era muy buena con el bricolaje pero no podían permitirse pagar a nadie para que viniera a colocarlos y no se iban a quedar sin colgar, no Señor, Mamá no necesitaba a ningún hombre, ni siquiera a papá.  

Papá? Era curioso como las ideas se mezclaban en la cabeza, como una cosa llevaba a otra, ideas independientes, aisladas en un principio pero que estaban irremediablemente condenadas a desembocar en otra que subyacía allí desde el principio, de la misma forma que riachuelos separados por valles y montañas acabarán confluyendo en el mar . ..papá.

Se llevó las manos a la boca intentando evitar que aquel pensamiento volviera a salir. La máquina de coser de mamá se detuvo de súbito. Mamá estaba en el estudio, una habitación más allá aunque en realidad sólo las separaba un tabique de Pladur.

Laura, ¿decías algo?

La voz de su madre, la pregunta, la inocente pregunta de una madre que escucha a su hija hablar, en una casa vacía salvo por ellas dos. Ese simple interés, ese “¿decías algo?” fue suficiente para que la ameba escondida entre sus millones de neuronas se despertara. Ese miedo paralizante. Mamá la había escuchado, la había escuchado decir Papá, la ameba lo sabría, estaba dentro de su cabeza. Tenía que luchar, tenía que hacer que esa cosa se volviera a su cubil para que mamá no lo supiera. Había cosas que no se podían hacer, como pisar el cuadrado de hierba (jardín) o hablar de papá. Cosas que pondrían furiosa a mamá y a mamá era mejor no hacerla enfurecer. El citoplasma comenzaba a extenderse extiraándose para formar los seudópodos con los que engulliría todo lo demás y entonces mamá sabría que había hecho algo malo.

(Salta!)
Laura?, LAURA?!
Nada mami, nada, sólo estaba jugando.

El traqueteo de la máquina de coser volvió a sonar. Aquel traqueteo era bueno, porque mamá volvía a sus cortinas, entonces también la ameba se derritió igual que un trozo de hielo dejado al sol. Había sido ella, había oído esa voz en la cabeza, detrás de los demás pensamientos como en esas antiguas “cintas de cassette” (o así creía que se llamaban) que ponía mamá, ésas donde si prestas atención y agudizas el oído, podías oír otra canción, una que había sido borrada para grabar encima otras nuevas, que había que aprender para luego cantar en la iglesia. Y la habían obedecido, ella había “¿saltado?” y aquella cosa no pudo embotar su cabeza y mamá no insistió. No tuvo esa sensación de que podía ver dentro de ella, de que no sabría que había pensado en papá.

Volvió a su bol de desayuno.Los dinosaurios de galleta la miraban con ojos suplicantes desde su agonía mientras se deshacían en un maga de leche chocolateada. Hundió la cuchara y acabó con su suplicio en un acto de piedad. ¿Quién estaba debajo? ¿quién le había dicho salta? y ¿cómo lo había hecho?. En realidad sólo lo pensó ..sólo lo “escuchó” fue igual que la vez que contestó a aquellas niñas de detrás del cuadrado de césped. Soltó la cuchara manchando el mantel de hule y giró su silla para acercarla lo más posible a la ventana de la cocina, justo encima del fregadero.  Mamá aún no había tenido tiempo de colocar el estor y la luz de la mañana entraba con el único filtro del doble acristalado. Desde su silla apenas si alcanzaba a ver un mundo de suelo esponjoso y verde, hecho por las copas de los pinos de más allá del descampado, bajo un cielo de azul casi turquesa limpio de nubes, donde la bola amarilla del sol sonreía en dorado, escandilándola hasta el punto de hacerla lagrimear. Se agarró firmemente a los reposabrazos de su silla y se alzó todo lo que pudo, dos palmos más alta su perspectiva cambió.

Ahora podía ver el descampado de albero amarillo y un poco más allá el ejército de troncos rectos que soportaban la bóveda verde. A  pesar de la luz del astro rey, el suelo del pinar seguía en penumbra y el verde de sus copas se transformaba allí en un verde más oscuro, que se mezclaba con el negro de los troncos y el marrón de la alfombra de agujas muertas haciéndose  impenetrable a los ojos de la niña. Pero aquello no era lo que ella quería (temía) ver, aquello sólo era un fondo, un decorado. En la linde del bosque, en la orilla, en la frontera de albero donde el amarillo tornaba a negro estaban las dos niñas rubias de cola de caballo . Estaban jugando, jugaban a pasarse una pelota, una pelota no más grande que la cabeza de un bebé, una pelota que parecía hecha de trapos azules. Entonces como si las niñas se supiesen observadas pararon su juego y se quedaron clavadas igual que estatuas de sal, luego ambas y al unísono, volvieron la mirada hacia la ventana de aquella cocina, donde otra niña también las miraba. Laura sintió sus ojos infantiles clavándose en ella, ojos llenos de curiosidad, que querían escarbar dentro de ella, querían preguntar, querían saber. Era como si le quitaran la ropa, y eso no podía ser bueno Los brazos le flaquearon, eran fuertes, acostumbrados a mover las ruedas de su silla, pero ahora le temblaban. Cerró los ojos pero no se derrumbó

(Ven, ven a jugar con nosotras...salta.. )
No quiero, dejadme, iros  (pensó) la estaban asustando
Ya has saltado un poquito. Ahora salta de verdad, salta el muro, ven con nosotras, a jugar, al bosque, aquí todos saltamos.
¡Dejadme!
Es una boba, no saltará… mamá no la deja jajajaja, se quedará allí para siempre (“dijo” la más pequeña)

La máquina de coser se había vuelto a detener. Quizás estaba gritando. A mamá no le gustaría, la cosa de su cabeza lo sabría, sabría lo de las niñas, lo del descampado …

Por favor callaros ..mamá viene (pensó con todas sus fuerzas), la cosa gelatinosa lo sabrá,.por favor dejadme imploró

Al fin se dejó caer en su silla y las voces desaparecieron. Mamá entraba en ese mismo instante en la cocina.

Laura. ¿Aún no has terminado el desayuno? ¿qué haces ahí? y mira cómo has puesto el mantel ..estaba limpio. Seguro que estabas mironeando por la ventana, embobada en ese descampado. Y no, ni lo pienses, ahí no hay nada que una niña  tenga que hacer.

Mientras hablaba se acercó a la ventana , bajó la persiana hasta cubrirla totalmente y apostilló .

No sé qué mirabas tan embelesada, allí no hay nada, pero seguro que nada bueno.Ves lo que me obligas a hacer y ahora ve a tu cuarto y reza. Pide perdón a Jesús por tu mala conducta. Hoy no verás la TV.
Sí mamá.

tampoco es que la viera mucho, sólo el canal infantil y sólo una hora,  pero no se atrevió a replicar, era mejor callar, no quería que ella supiera, no quería que aquella cosa le contara nada, sobre las niñas. Cuando las vio por primera vez sintió rabia, en los sueños tuvo miedo, pero esta vez no, esta vez no había sido miedo exactamente,  era algo más complejo, como cuando hacía un examen y alguna compañera se intentaba copiar su examen sin su permiso, una mezcla de miedo y repulsión, pero más fue un rechazo, una reacción defensiva, más que miedo. En el fondo sentía curiosidad (había saltado un poquito) y eso debía ser un pecado, uno muy malo o no?. No tenía claro que sentir curiosidad por aquellas niñas fuera pecado, igual que no tenía claro por qué no se podía hablar de papá, Ella había rezado, como le dijo mamá pero Jesús  no se las había llevado, no al menos del todo. Por eso era mejor callar, para que esa cosa (esa cosa, mala conciencia o lo que fuera) no le contará nada a mamá, para que mamá no supiese nada de aquellas niñas, ni de aquella pelota azul, ni de que pensaba en papá. Ojalá estuviera, pero  papá ya nunca volvería a estar. Asió los volantes de las ruedas y puso rumbo hacia su habitación.

domingo, 3 de abril de 2016

AZUL #29










Laura se negó rotundamente a establecer cualquier tipo de turnos para velar a Paula. Ella no se movería de su lado y punto, no había nada más que hablar. Luis haría de enlace con el exterior. Él le traería lo que necesitara. El aseo personal, que durante la primera semana había descuidado, no sería un problema, seguiría usando el baño de la habitación. Sí, no tenía ducha, pero se las apañaba, y si fuese necesario se raparía la cabeza, pero no se iba a apartar del lado de su hija, nada de este mundo o de otro, la haría apartarse de allí.
 Ésos eran problemas menores. Ahora, tenía la certeza absoluta, de que el mal que aquejaba a su hija, no tenía ningún origen natural, como había sospechado. Después estaba la historia de Luis y lo del espejo. ¿Qué debía hacer? Habían pasado dos noches desde el episodio de los pitidos, prácticamente no había dormido, y así desde que la niña ingresó, pequeñas cabezadas de las que despertaba sobresaltada y con el corazón apunto de salírsele por la boca. Tenía miedo a dormir, a cerrar los ojos, miedo de apartarlos de Paula, miedo a que durante ese tiempo le pasara algo y ella estuviera dormida. Pero por otro lado, estaba la posibilidad de ayudarla, usando el espejo, como había dicho la fulana. ¿Y qué quiso decir con “no estábamos solos”? Iba a terminar perdiendo el juicio si no lo había hecho ya.

 Se levantó del sillón de polipiel azul y se arrimó para mirar otra vez a Paula, al parecer ella era la única que podía ayudarla. Debía tomar una determinación, soñar o seguir confiando en la medicina. En su mente no habrían cabido esas tonterías de control mental, apariciones y demás patrañas para frikys… pero eso había sido antes, ahora era.....distinto. Si tenía que usar un espejo en un sueño, para salvar a su hija lo usaría con fe ciega. Lo que la perturbaba era que en el sueño dónde vio el espejo, en el que estaba Paula, no fue agradable, más bien todo lo contrario. El espejo era un cepo, que terminó cazando a la rata en la que ella se había convertido y eso la tenía preocupada, aún más preocupada, si eso era posible.

 Volvió al sillón y se dejó caer el suspirando. Quisiera o no, el sueño terminaría venciéndola, pero preferiría dormir cuando Luis volviera; o ése era el plan. Plan que no coincidía con el de Morfeo, que la acogió en sus brazos antes de que pudiera darse cuenta. En ese mismo momento a media ciudad de distancia el teléfono de su marido sonaba.
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Allí estaba su reflejo, mostrándole su belleza infantil. Su piel de fina porcelana, sus labios rosados y sus ojos inocentes, que sólo sabían decir la verdad. Los cabellos le enmarcaban el rostro con una cascada de oro ensortijado. Parecía una princesa; era una princesa. Contempló su tiara, como para confirmarlo. Las esmeraldas engarzadas en la fantasía de hilos de oro blanco, brillaron asegurándoselo. Ella, la princesa Paula, o como se llamaría desde hoy, Dorothy. Habían sido unos días agotadores, no podría decir cuántos habían pasado. En Oz la sensación del paso del tiempo era distinta. Desde que llegó no había visto ningún reloj o nada que se le pareciese. Algunas jornadas eran breves y duraban lo que un amanecer seguido de un atardece, mientras que otras se alargaban, como si en vez de ser un día, fueran dos o tres seguidos, sobre todo cuando estaba él. En los días que el espantapájaros aparecía, la bola brillante del sol se paseaba por el cielo, pavoneándose, sin prisas por irse a descansar. Por el contrario, cuando estaba a solas, el astro amarillo corría a ocultarse, apresurado como una cenicienta que llega tarde. Las noches en cambio siempre aparentaban ser de la misma duración, antojándosele muy cortas. Pero lo más sorprendente era que no tenía necesidad de dormir, hasta que el sol se ponía. Daba igual que fuera un "día corto" o uno "largo", se adaptaba a las horas de luz, como una flor, desplegándose con la mañana y recogiéndose con la oscuridad, descansando lo suficiente, en función del siguiente día, en el que no volvería a tener sueño, hasta el ocaso. ¿Quizás, el espantapájaros controlaba el tiempo, o a los habitantes de ese mundo o a ambos? ¡Todo era tan raro! Fuera como fuese, estaba agotada. No sabía cuántos seres le habían besado la mano, ni cuantas veces había dicho "encantada" haciendo que sonreía. Fue como ir a la estación a recibir a mil "titas recién llegadas del pueblo". Vio, toda clase de seres, y todos parecían haber salido de cuentos, pero de cuentos que no se habían contado o escrito aún. Desde pequeños
hombrecillos, que lucían largas cabelleras de hierba verde a poderosos centauros. Tuvo miedo, sobre todo al principio, pero según fueron pasando las comitivas, comprendió que no tenía por qué tenerlo, ya que, esas gentes sólo venían a presentar pleitesía a su nueva princesa, a ella.

 Durante las largas recepciones, la doncella que la había peinado, la acompañó sentada justo detrás de ella, susurrándole consejos y recomendaciones, que le permitieron actuar correctamente en todo momento. El espantapájaros también permaneció sentado a su lado izquierdo, pero en un trono que hacia pequeño y pobre al suyo. Tallado en solo bloque de mármol blanco, de vetas verdes e incrustaciones de esmeraldas del tamaño de puños parecía el asiento de alguien mucho más grande que el. Permanecía allí, a casi un metro por encima de ella y a más de dos del resto, solo, en silencio; a lo mejor estaba dormido. ¿Pero dormían los espantapájaros? Creía que no, aunque se suponía, que tampoco podían hablar o caminar o mejor aún, ser reyes. De todas formas por muy rey que fuese, desde el suelo debía tener el aspecto de un puñado de palos envueltos en un manto verde. Paula pensó que podría pasar por un nido de pájaro. Uno de esos pájaros a los que les gusta las cosas brillantes. ¡Qué gracia! Sobre el respaldo del trono, que se alzaría otros dos o tres metros más, estaba posado el mono alado. Aquella desagradable criatura que no dejaba de husmear y mironear. Paula detestaba que le mirara; era volver a recordar cuando la atrapó entre sus garras. El bichejo debía intuirlo y disfrutaba posando sus grandes ojos amarillos sobre ella y aullando, mostrandole sus afilados colmillos. Lo único que podía agradecer al espantapájaros, es que lo mantuviera alejado de ella.

 Ahora, sentada en el tocador de su cámara, intentaba apartar todo eso. Estaba sola y tenía que aprovechar la ocasión. No sabía cuándo volvería a tener una como ésta. No sabía si el próximo día iba a durar mucho o poco, o si no iba a tener que dormir nunca más. Pero sobretodo, tenía una duda que no se atrevió a consultar. Una curiosidad que le daba miedo satisfacer. ¿Por qué la habían nombrado Dorothy XXIII? ¿Dónde estaban las veintidós anteriores? Había cosas que era mejor no saber. Los parpados comenzaron a pesar y la necesidad de bostezar, le hizo abrir la boca hasta que sus ojos lagrimearon. El sueño se acercaba, y pronto no podría resistirlo .Había que usar el espejo como le dijo la doncella, tenía que salir de allí, tenía que llamar a mamá.
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- Buenos días, Don Luis.
El auricular vomito las palabras, que fueron recibidas como un cubo de acido volcado en el oído. Primero notó el frio de la sorpresa, luego el fuego de su corrosión.

- ¡MALDITO HIJO DE PUTA! ¡¿QUE LE ESTA HACIENDO A MI HIJA?!

La respuesta nació en la parte más primitiva del cerebro, aquella que sigue siendo igual que cuando en el mundo dominaban los reptiles. Luis estaba en casa, habia ido a buscar algo de ropa para Laura y de camino asearse e intentar descansar algo, si era capaz. Intentó contactar con ellos varias veces; la última, después de oír la canción en los monitores de Paula. Pero nadie respondió a sus llamadas. Era como si se los hubiese tragado la tierra. También pensó en volver al Buen Pastor, pero el miedo a que cuando volviera su hija “no estuviera”, se lo impidió y ahora esta llamada.

- Ah su hija, de ella precisamente quería hablarle. Venga a mi casa, en el campo. Ya sabe dónde está.... ¿No? Mire el navegador de su teléfono...como la primera vez jajaja. Le estaré esperando. No tarde.

Habían levantado una cerca metálica alrededor de la casa y plantado arizónicas, que con un poco de tiempo la ocultarían. Un heraldo en forma de columna de polvo, anunció que Luis se acercaba por el camino sin asfaltar a toda velocidad. El coche apareció por entre los arboles como un fiera desbocada. Teniendo que clavar sus garras neumáticas en la tierra, para no arrollar la verja que le cerraba el paso a la propiedad. Cara de perro le aguardaba en la puerta de la casa de aspecto de búnker enladrillado en rojo. Luis recodó la primera vez que la vio y como le llamo la atención las ventanas escasas, no sólo en cantidad si no también en dimensiones, por eso la comparación con un búnker le pareció una buena forma de describirla. Su techo, a cuatro aguas parecía indicar la existencia de un patio central que suministraría la luz natural. No sabía exactamente por qué su atención se entretenía con aquellos detalles, pero lo hacía. Quizás observaba al enemigo como el púgil que lanza golpes de tanteo. O quizás su mente tenía que buscar alguna evasión por el bien de su propia integridad. El hombre acaparado, de torso robusto inclino la cabeza a modo de saludo y le instó a seguirle. Luis avanzaba por los por los pasillos en penumbra con el latido de su corazón zumbándole en las sienes. En breves instantes iba a echarse a la cara a aquel maldito viejo. Esa maldita piltrafa humana que estaba destrozando su mundo. Un hombre al que destruiría sólo con un puñetazo. Sin ni si quiera darse cuenta, en su cabeza se coló una imagen; la de un viejo paseando a un Doverman. Él era ese perro, podría devorar a su amo, pero era el viejo era el que llevaba la cadena que estrangulaba su cuello. El anciano era el amo y le obligaría a obedecer. Sintió como
el fracaso y la impotencia apagaba su furia con un balde de agua fría de realidad. Seguía siendo el mismo hombrecillo cobarde de siempre. Casi chocó con el matón que se detuvo junto a una puerta de doble hoja, golpeó la madera y la puerta se abrió. Apareció el otro matón, que se retiró dejando el paso libre a Luis. Si en la casa reinaba la penumbra en esa habitación lo hacían las tinieblas. Dio un par de pasos hacia el interior de la sala, hasta el límite donde el gris se convertía en negro. Cara de pájaro salió de la habitación y cerró la puerta tras de si. Entonces la oscuridad fue total. Una oscuridad que casi se podía mascar, una oscuridad espesa. Esa puerta era el brocal de un pozo y él se había sumergido en sus aguas negras.

- Buenos días, Don Luis, me alegro de volver a verle.
Escuchó la voz del viejo, rasposa y gutural. Al final de cada palabra se percibía el silbido agudo de un muñeco hinchable que perdiera aire cada vez que abría la boca. Aquella voz le ponía los pelos de punta.

- ¿Qué tiene que decir sobre mi hija? El poco valor que le quedaba en el cuerpo le calentaba la sangre. ¡Qué le está haciendo! Los dedos se curvaron transformando sus manos en unas garras y dio un paso más en la negrura insondable.

- Me está asustando... jo jo jo. Es un payaso muy divertido. Mire, sólo se lo voy a decir una vez, estúpida e insignificante criatura. Si me vuelve a levantar la voz o a insultar hare que sus sesos se le cuezan dentro de la cabeza y luego me los serviré de cena. ¿Me ha comprendido?

Las centellas azules relampaguearon en la oscuridad. La reacción del viejo, lo paralizó, las luces azules penetraron por las pupilas dilatadas ansiosas de luz. Sintió su frio helador y ardiente al tiempo, como un colirio de nitrógeno líquido que lo cegaba y lo colmaba de azul. Por un momento pensó que había muerto. En su cabeza veía su vida pasar, rodando sobre los cabezales de una moviola infernal. Vio o recordó la primera vez que vio la luz, cuando abrió los ojos, segundos antes de su alumbramiento, aún en el canal uterino. Sus primeros recuerdos, su madre, sus ojos, el roce de sus labios sobre sus pechos y la tibieza de su leche. Luego se vio gateando sobre un suelo de linóleo marrón, avanzando por un pasillo. Debía ser su casa, pero no estaba seguro, todo era tan grande. Avanzó hasta entrar en el baño. Entonces oyó la música. Su madre estaba metida en la bañera.
- Hola mi Bebé, ¿dónde vas mi amor? Anda, ve con papá. ¡Marcos! , ¡Marcos ven a por el niño!
- Ahora voy cariño, ahora voy.

La música era, era preciosa era… pero no podía ser, era la canción de la película y le atraía como una bombilla a un insecto. Él era un bebe y quería coger aquella música tan bonita que salía de aquella cosa de plástico rojo. El aparato de radio, estaba apoyado sobre el borde de la bañera a los pies de su madre conectado a una toma de corriente cerca del lavabo... Alzó sus manitas regordetas, que se enredaron con el cable.

¡Noooooooo!. No, él no lo hizo. Su padre le contó que fue un infarto cerebral. No, aquello era otro truco, esos recuerdos eran falsos. Pero ese grito era tan... y el olor a carne quemada era tan real. El azul desapareció y el negro volvió ser el dueño de todo. Se había derrumbado y yacía sobre el suelo hecho un ovillo llorando como un bebé, un bebé que ha asesinado a su mamá y sobre él, la risa negra y húmeda del viejo. Jo jo jo.

-Por favor...Por favor qué quiere de nosotros. ¿Por qué nos hace esto? ¿Por...qué? Suplicaba desde el suelo.

- Jo jo, jo jo. Mi pequeño gusano, por eso le he hecho venir, para darte la explicación que tanto busca. Será mi regalo de despedida, por sus servicios y el de su familia...jo, jo jo. Ahora levántate del suelo. Un metro a su derecha hay una silla, siéntase. Luis estiró la mano buscando. Sus dedos rozaron las patas talladas y se aferraron a ella.

Continuará…






sábado, 2 de abril de 2016

Dr, Jeckyll & Mr. Rock: Cambio de guardia

Dr, Jeckyll

1977 Mientras grupos y solistas presentaban sus trabajos en medio mundo tales como Barbra Streisan. Supertramp, Stevie Wonder y Bee Gees mojaban bragas a tutiplén, Mr. Zimmerman, Bob Dylan publicaba ''Street Legal'' un disco con un sonido un tanto alejado de sus anteriores plásticos de sonido más dulzón, intimista o reivindicativo. Esta vez era algo más áspero, como queriendo mostrar la inquietud de su yo interior.

Decimooctavo álbum y especial entre otras cosas porque Dylan agregó a sus canciones el trabajo de una banda numerosa, con pianos, vientos, percusiones y coros femeninos, dando un empaque diferente a los anteriores trabajos. Una proyección de sonoridades nuevas para una propuesta diferente.

Nueve canciones grabadas en una mesa de veinticuatro pistas, todo analógico. El estudio de grabación era un trailer, ya que Bob por necesidades de contrato andaba justo de tiempo para la entrega de material y no encontraba un estudio profesional en la ciudad que pudiera grabar una banda de estas características.

La falta de tiempo le llevó a repetir trabajo con el mismo productor del disco anterior y con el que no quedó muy satisfecho del resultado final, sin menoscabo de la calidad de las canciones. En especial la primera y la ''culpable'' de éste post.

Las canciones de Bob Dylan no solían extenderse mucho en duración, una media de cuatro minutos aproximadamente. No había necesidad de extender mucho más una canción que lo que den de sí cuatro estrofas y dos estribillos, suficientes para lanzar un mensaje.

Pero para esta ocasión no escatimaron tiempo, se recrearon buscando intros, melodías de saxofón, coros de respuesta a las melodías y hasta un solo de guitarra se puede escuchar casi al final. Una nueva presentación en sociedad de lo que anhelaba hacer en directo, quizá dejándose llevar por lo que ya llevaban años haciendo bandas como Allman Brothers, Jam Bands que se recreaban en su propia música y alargaban las canciones todo lo que querían según el estado de ánimo de los músicos y el ambiente o la energía que flotaba en el lugar.

Un cambio. Una necesidad de confesarse ante la audiencia y contar de forma Dylaniana, a su manera, los cambios interiores que estaba viviendo y los compartía de la mejor manera: en forma de canciones que trajeran un cambio.

Un cambio de guardia.


Más de siete minutos de duración que no se hacen pesados y que Dylan te va contando en cada estrofa sus vivencias en la música, su vida sentimental y la visión del mundo para él en esa época. Nunca entendí del todo la letra de esta canción al traducirla. Mi nivel de Inglés está entre andar por casa y patético, así que tengo que tirar de traductor de estos que hay por internet y no me dá credibilidad total ninguno porque las traducciones son literales y después está el trabajo creativo de reinterpretar o intentar adivinar siendo muy empático, lo que nos quiere transmitir el artista.

Llegados a este punto digo siempre lo mismo: no importa si no se entiende la letra, lo que verdaderamente importa es lo que te hace sentir la canción cuando la escuchas. Eso es con lo único que hay que quedarse.

Incluso hasta para los fans y críticos musicales de esa década, les sirvió la canción para debates radiofónicos y críticas literarias en algunos casos feroces, elucubrando y especulando con el verdadero mensaje de la letra de la canción, llegando en algunos casos a acusar a Dylan de acercarse al oscurantismo! Ya hay que ser obtuso, torpe y abrupto para llegar a excupir semejante proclama.

Nada más lejos de la realidad. Dylan está cantándonos a su manera acerca de sus vivencias musicales, la evolución de su vida sentimental y su reciente abrazo al cristianismo, pero no olvidemos que Bob es Bob y hay que estar acostumbrado a devanarse los sesos intentando entender algunos de sus textos.

Cambio de guardia sólo fué tocada en direto en la gira de presentación del disco en 1978 y nunca más volvió a tocarla. Cosas del cantautor y su introversión tan acentuada.

Me ha costado más de lo habitual encontrar una muestra decente de lo que era la canción tocada en directo en 1978. La versión oficial del disco apenas hace justicia a lo que podía llegar a dar de sí en directo, pero hay una grabación que muestra a la banda en plenitud y a un Bob Dylan muy esforzado en cantar. A su manera, pero cantar.

                                    
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Mr. Rock

2012

Para conmemorar los cincuenta años de Amnistía Internacional, entre otros actos se organizaron varios shows en vivo con los artistas más implicados en causas como las que denuncia esta organización.

De entre ellos una banda llamada The Gaslight Anthem hicieron una versión más que decente de ''Cambio de guardia''. Rock sencillo y directo, adaptando a su estilo los fraseos del saxofón en las voces, consiguiendo un buen climax final en una versión potente y de buena calidad auditiva.

Es de agradecer que las nuevas bandas rescaten alguna vieja canción de vez en cuando y la actualicen, es una buena forma de mostrar a las nuevas generaciones que les escuchan acerca de sus influencias artísticas y orientar a los recién llegados sobre las bases de la música hace cuarenta o cincuenta años.


Todo es diferente, pero nada ha cambiado.