-Te quiero - dijo sosteniendole la mirada. No lo sé expresar mejor, no lo sé decir de otra forma, no tengo esa facilidad que tú tienes para hablar, lo siento - continuó.
Él no contestó, apartó sus ojos de los suyos. Era como mirar la escena de una masacre en el telediario a la hora de comer, más incómodo que doloroso. Unas imágenes de un lugar lejano al que la empatía no llegaba, donde se confundía la realidad con una ficción de Hollywood.
La estación seguía desierta, el último tren hacía ya varias horas que había pasado y no lo haría de nuevo hasta que volvieran a ser las siete de la mañana.
Giró la cabeza para mirar la vías sin verlas, mientras notaba como una mano de ella se cerraba sobre la derecha suya, se la apretó con fuerza casi con la desesperación del alpinista que se aferra a un saliente de roca para evitar caer al vacío.
La superficie de los raíles brillaba como si fueran de cromo, mientras sus paredes parecían mustias de óxido, como si estuvieran podridas por la herrumbre. Sonrió, él era igual que esos raíles, que esas vías. El roce, la fricción le había desprendido la capa de óxido, dentro de él todavía quedaba acero duro.
-Yo no te quiero, no, ya no. He pensado durante mucho tiempo que si te quería, pero no puedo seguir fingiendo que lo hago. Tú tampoco me quieres, sé honesta contigo.
- Por qué dices eso. ¿Acaso puedes saber lo que siento? ¿Acaso estás dentro de mí?
Las lágrimas se columpiaban en sus pestañas en gotas gordas como si fueran de resina en vez de agua y sal.
-No, no estoy dentro de ti, estoy fuera y te veo. Te he estado viendo todos estos años. Te he visto levantarte y acostarte a mi lado todas las noches, he visto cómo me has besado antes de irme a trabajar por las mañanas y cuando volvía por la noche. Por eso sé que no me quieres.
- ¿Y eso lo hice y lo hago porque no te quería, porque no te quiero?
-No, eso no es amor.
- ¿Entonces qué es?
- ¿Qué qué es? ¿No besas a tu hija por las mañanas antes de ir al colegio, no besas a tu madre cuando te vas de viaje, no besas a tus amigos cuando quedas con ellos para tomar unas cervezas? Pues esos son tus besos, no son besos de amor, no de amor de una mujer hacia un hombre, no, no lo son
- Estás confundiendo pasión con amor.
- ¿Pasión? La única “pasión” que ha habido entre nosotros ha sido aquella vez que quedamos separados en la calle mientras pasaba una procesión de Semana Santa.
La pasión es un estado de euforia que todas las parejas sienten y que aunque el tiempo las aplaque no desaparece del todo. El problema es que entre tú y yo nunca la ha habido. Ni en los primeros tiempos, no tengo recuerdos. ¿Estoy mintiendo?
-No, pero tampoco estás diciendo la verdad. No soy como tú, no siento como tú, no necesito las mismas cosas que tú, pero eso no quiere decir que no te quiera, solo que quiero de una forma distinta a la tuya. No me puedes exigir que te quiera como tú quieres que lo haga.
- Correcto. Por eso digo que no te quiero y por eso digo que tú no me quieres, no encajas en mi definición de amor, Puede que seas una excelente compañera de piso, o una buena amiga para tomar unas cañas o charlar, pero no te quiero, no me sirves como una mujer con la que compartir el resto de mi vida. No quiero una enfermera, ni una amiga a la que tengo cariño. No, quiero tener una mujer que me bese por las noches y que deje sus labios un segundo más de lo que se deben dejar los labios en un beso de simples buenas noches. Que no se parezca al beso de buenas noches que se le pueda dar a nadie que no sea a mí. Piénsalo bien, estamos en el presente pero las parejas deben de tener un saldo, unos ahorros que ayuden a superar problemas, mal comparado es como una empresa que se funda con ilusión y que con el tiempo tendrá que afrontar retos. ¿Cómo podrá soportar una crisis económica sin unas cuentas saneadas y un colchón económico? Las relaciones personales son iguales. Los ahorros son los recuerdos, las experiencias vividas, que te ayudarán a superar cualquier contrariedad. Sí, claro que todas las parejas tienen momentos buenos y momentos menos buenos, entonces son esos “ahorros” los que te dan de nuevo la ilusión para vencerlos. ¿Tenemos nosotros algún fondo de emergencia, tenemos algún ahorro emocional? ¿Cuál es nuestro último recuerdo que merece la pena ser recordado? Recuerdos como pareja, de esos que solo pueden ser de una pareja sentimental y no de unos simples amigos, ¡ay! porque de esos tampoco tenemos. ¿Cuándo fue la última vez que nos abrazamos, cuándo la última vez que disfrutamos de una velada, de una canción, de una película?. La respuesta pertenece más a esa capacidad de idealizar el pasado que a la memoria. Hace demasiado tiempo que no fabricamos un solo recuerdo que nos haga sonreír.
-Entonces,¿no hay solución?
-¿Solución?, claro que la hay. La vida sigue, no se detiene por nadie, pero no la continuaremos juntos. Seguir solo nos procurará más dolor, no te quiero pero tampoco te odio, aún no.
La taza de café humeaba delante de mí. Era la primera taza del café del día. Las 7 de la mañana es una buena hora para tomar café, en realidad me parece buena cualquier hora. Luego de éstas vendrían 4 o 5 más, incluso alguna otra. Bebo más café que agua, y en cierta medida lo necesito más. El café hace que pueda levantarme, andar o pensar. No solo es la cafeína lo que me hace depender de él, también lo son su aroma, su sabor y por supuesto su color. El color del café ese especie de ébano líquido, brillante y oleoso es magnético, hipnótico. La taza de la mañana era a la única que añado una gota de leche. Ver caer la gota y observar cómo su estela blanquecina lo mancha siempre ha despertado en mí una extraña sensación agridulce, verla deshacerse en un hilillo, verla bailotear mientras se decanta, como una gota de pintura del pincel de un pintor que ha decidido cambiar de color es algo placentero, casi erótico y a la vez angustioso, igual que cuando la porcelana del lavabo se tiñe con la mezcla de saliva, dentífrico y sangre al lavarte los dientes. Entonces el color negro torna de un marrón oscuro y las burbujas que flotan en su superficie me devuelven matices de color caramelo. No pongo azúcar, el azúcar es una mierda blanca que roba el alma a todo lo que toca, y que incluso con una cantidad suficiente haría deliciosa hasta la propia mierda. Puedo ser un yonki del café pero la mayoría de las personas lo son del azúcar, o de la sal, o la mahonesa, el ketchup o los refrescos de cola. Todos tenemos alguna dependencia solo que unas están mejor consideras que otras. No, no hablo del tabaco del cual también hago uso y abuso o del alcohol del cual pruebo alguna vez, no, hablo de esos productos con los que las cadenas alimentarias inundan las estanterías de los supermercados a sabiendas de que son tan adictivas o más que la cafeína de mi idolatrado café. Cómo comprenderán la cucharilla es un utensilio inútil para mí y mis cafés. No hay nada que diluir. La taza que uso es de cristal transparente, con un asa amplia por donde puedo asirla cómodamente, odio las tazas con un asa minúscula por dónde no cabe ni siquiera el dedo de un niño. Quizás sea una taza demasiado grande para tomar un expreso con una gota de leche, pero también detesto beber en dedales.Las tazas pequeñas no permiten que la nariz perciba los matices del café. Me da igual si los baristas están o no de acuerdo con esto, tomo café amo al café y lo tomo y lo amo a mi manera. La gota de leche ha desaparecido, solo queda una pequeña marca en la crema, el orificio de entrada del proyectil lácteo con que lo he bombardeado. Es un círculo perfecto un ojo negro con una catarata blanquecina en medio de la crema, esa espuma acaramelada huella de que no sólo es un café de calidad sino que se ha hecho en una buena cafetera. La mía es una preciosa Rocket Espresso R58 directamente traída de Milán, que sacaría los colores a la mayoría de máquinas profesionales de muchas cafeterías; también el café que tomo es italiano de la marca Lavazza, serie oro. Lo compro ya molido. He de reconocer que los transalpinos son unos ladrones, y abusan con los precios, pero también son los mejores cafeteros del mundo y su selección de granos es tan buena que sería estúpido, a parte de carísimo intentar recrearla al por menor. Poso los labios en el borde de la taza de cristal pero no bebo, me tomo unos segundos para oler, para deleitarme con su aroma levemente floral que le da la mezcla de granos sudamericanos y de áfrica de la variedad arábica. Es un aroma familiar, un aroma que me retrotrae a tiempos más felices, a casa de mi abuela, a la niñez. Mi abuela era una gran amante del café, de ella heredé el gusto por él. Inclino unos pocos grados la taza y la infusión penetra en mi boca. Ese primer contacto, es el primer beso del dia de la persona amada, ése que te confirma que te ha vuelto elegir, el primer beso de esa persona que no te prometió amor eterno sino para todos los días, porque todos los días quiere volver a elegirte, porque todos los días pueden ser el último o el primero según se vea. Dejo la taza sobre la mesa cerrando los ojos, intentando prolongar, exprimir hasta el último matiz; es intenso, con cuerpo y ligeramente dulce. La gota de leche no lo ha desvirtuado, solo lo ha suavizado levemente. Vuelvo a mirar la taza. Ahora la crema se ha removido, parte de ella permanece en mi labio superior, la recojo con la lengua como un avaro haría con la calderilla que se le ha caído de la bolsa. Notas de regaliz redondean el sorbo. Una leve vibración agita la superficie de la taza de café, es tenue apenas una ondulación. Quizás el aire que he exhalado como un amante exhausto ha sido lo que ha perturbado su negra quietud. El café vuelve a agitarse, esta vez la ondulación es más evidente. Sujeto la mesa con ambas manos intentando explicar la vibración, descartando cualquier movimiento que pudiera estarse transmitiendo a la taza. No percibo nada, no ha pasado ningún tren de los que pasan no lejos de mi casa, ni ninguna máquina ha empezado a perforar la calle dos pisos más abajo. El café vuelve a temblar, las ondas forman pequeños círculos en la taza como si fuera un lago y algún niño invisible hubiera lanzado una piedra a sus aguas negras. Ahora son mis pies son los que buscan rastros de un temblor, un sismo, pero de alguna manera sé que me estoy engañando. El café ya se agita con tal violencia que casi se derrama, en cambio la taza no se ha movido un ápice, cualquier temblor que agitase de aquel modo su contenido debería de ser lo suficientemente evidente y no era así. Algo de mi boca se deshace, algo viscoso y amargo como la hiel, algo que hubiese estado alojado entre dos muelas cuyo esmalte cariado enfrentado hubieran formando una cavidad antinatural, una fístula negra y pútrida, estalló igual que un absceso purulento de una encía enferma. Una materia gelatinosa que recordaba a un moco sanguinolento me inunda la boca, su sabor infecto se apodera de todas las papilas gustativas. Me debato entre intentar no tragar aquello y no vomitar. El resultado es una saliva a medio camino de la regurgitación que me dobló acercándome la cara a la mesa y por consiguiente a la taza de café, donde éste borbotea. El líquido negruzco se había espesado y su borboteos más se parecían a la cienaga de un géiser. El esputo salpicó la mesa con el sonido húmedo y orgánico resultante de cuando el carnicero arroja una pieza de carne sobre el tajo. Aquella masa informe quedó adherida a la formica blanca de la mesa de la cocina y mientras intentaba deshacerme de su regusto infame, sentí como me miraba. Ese coágulo negruzco me observaba, aquella cosa que acababa de escupir estaba viva y se recogía sobre sí misma formando una masa más compacta cambiando su forma de escupitajo estrellado e irregular a una especie de gusano nematodo que se retuerce. El café acaba desbordándose de la taza, la papilla espesa en la que se había transformado comienza a resbalar por las paredes de cristal igual que la lava se desliza por las faldas de un volcán para ir a reunirse con la criatura, para sumarse a ella para añadir más materia a sus abominable cuerpo viscoso y negro. Yo solo podía mirar horrorizado aquello, aquella cosa había salido de mi. Me aparto de la mesa en un acceso de asco y terror. Tengo que limpiarme la boca sacar cualquier rastro de aquello, fuese lo que fuese. La pila de la fregadera no queda lejos, hacia allí voy como alma que lleva el diablo, de un manotazo abro el grifo y dejo que el agua helada penetre en mi boca sin tragarla, su mero contacto me hace vomitar, las arcadas me sobrevienen en rafagas violentas y espasmódicas que amenazan con partirme por la mitad. La imagen mental de aquello explotándome en la boca insiste en no desaparecer y en obligar a mi cuerpo a intentar purgarse. Mientras, la cosa con forma de gusano sigue añadiendo masa a su inmundo ser, creciendo, ya tiene el tamaño de un dedo grueso, uno grande y deforme sin uña, que se retuerce en una especie de frenesí malsano. La taza ha quedado vacía, solo unos restregones, que podrían confundirse con marcas de una lengua que hubiera estado rebañando sirope, son las pruebas de que hace unos minutos estuvo llena pero no de café, sino de algo más denso, más oscuro. La criatura se ha completado y repta por la mesa de formica blanca, dejando tras de sí una huella húmeda y negra, va como olisqueando el aire con uno de sus extremos retorcidos hacia el techo, busca algo. No puedo dejar de observarla por el rabillo del ojo. Estoy paralizado sigo boqueando, en medio de un nuevo lote de arcadas, me duele el estómago y todos los musculos del torax por los esfuerzos de vomitar, los ojos parecen que hubieran crecido dos tallas más que las cuencas que los contienen, y debajo de las orejas un calambre atroz me advierte de la boca no se puede abrir más. El nematodo monstruoso ha llegado hasta el borde de la mesa, se detiene, olisquea y palpa el borde, estudia la situación, de súbito se encoge como un muelle y salta salvando sin dificultad el metro veinte que hay hasta el escurridor de la fregadera. El acero del escurridor retumba al recibir su peso. Ha caído a escasos treinta centímetros de mi cara. Grito, pero no puedo moverme. La criatura no parece impresionada por mis gritos y comienza a reptar de nuevo con su contoneo baboso. Se acerca hasta que llega al borde de la pila, esta vez no salta, simplemente se deja caer y rueda hasta el desagüe, a un palmo de mi cara. El agua sigue saliendo del grifo, petrificado sigo mirando impotente a aquella cosa. Veo como el agua la salpica, y como las gotas que resbalan por ello le dan un aspecto si cabe aún más brillante y viscoso. El golpeteo del agua sobre el acero de la pila no puede ocultar el sonido de su cuerpo rollizo reptando. Ha llegado al sumidero de la pila, uno de los extremos husmea calibrando la situación. La criatura se deforma, se afina y se elonga hasta parecer una lombriz, una larga, viscosa y ponzoñosa lombriz negra, que ha conseguido el grosor necesario para introducirse por uno de los agujeros del desagüe y desaparecer. FIN
"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, qu'es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos, allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos."
COPLAS DE DON JORGE MANRIQUE POR LA MUERTE DE SU PADRE
Uno menos, uno menos. La vocecita de mí yo de dentro no deja de repetírmelo, uno menos.
Ya ha pasado otro verano y en nada volverá a ser Navidad. El tiempo se licua y se escurre como el agua de un de un canal al que le abren las compuertas.
Que D. Jorge Manrique dijo “que las vidas son los ríos que van a morir a la mar”, pero no es verdad que parecen que fluyan al contrario de lo que deberían.
A medida que la vida avanza el río se ensancha y pierde velocidad, se remansa para llegar a su destino sin prisas, casi inmóvil. En cambio y siguiendo la metáfora del poeta, si la vida son ríos, estos parecen nacer del mar para ir a morir a la montaña. Con los años vividos del discurrir del tiempo se acelera, vuela, y si son ríos, corren sus aguas cada vez más veloces, zigzaguean los meandros, sortean y suben los saltos por los que deberían derramarse, que no otra cosa que los avatares de la vida misma. A penas empezamos a disfrutar de ella ésta se va, a penas nos sentamos para tomar un respiro para contemplar las riberas, que con tanto esfuerzo labramos, tenemos que marchar, la gravedad nos obliga a seguir fluyendo más rápido, más arriba, más, como si por alguna extraña razón sin ella temieramos hacer es esperar a la muerte, que es el manantial de donde deberíamos haber nacido.
El recuerdo de la infancia, el recuerdo de la mar, del remanso, de la paz, de los años que duraban eternidades, nos acompaña en nuestro discurrir de ríos inversos, haciéndolo cada vez más angustioso, porque cada kilómetro recorrido es uno menos. Cada verano dura menos, cada invierno es más breve, ya no hay otoños y casi tampoco primaveras, es un ya constante. Vive el momento dicen, pero ya es pasado y el futuro cada vez está más cerca y cada vez es más pequeño.
Primer trozo La tarde apenas si había empezado a ceder frente a la noche. La luz había tornado dorada y pronto se volvería rojiza, nada más el sol tocara el horizonte. Estaba allí sentado en la arena mirando la inmensidad del mar. El mar se antojaba más azul que el propio adjetivo y que el propio cielo, que a su lado parecía tenue, como si el pincel de Dios se hubiera arrastrando desde el mar coloreando un firmamento antes blanco y las suaves nubes, no fueran otra cosa que partes por las que la acuarela aún fuera más aguada.
Pensó que aquella escena era frágil, breve y que en unas pocas horas tanto el mar como el cielo se volverían negros, carentes de cualquier color por la ausencia de luz; aquella noche que inevitablemente se aproximaba, sería una noche sin luna, solo las estrellas lucirían. Una sonrisa cansada acertó a salir en medio de un suspiro. La única luz que se vería provendría de estrellas distantes y posiblemente muertas, un eco de otro tiempo, un mensaje del cual el emisor hacía ya mucho que no podría recibir respuesta, mensajes en botellas de náufragos que por fin son hallados, sólo que tras eones de vagar por el océano sideral tocan puerto, sin embargo ya ni siquiera queda el polvo de sus huesos.
Segundo Trozo
Resbala la gota de sudor desde la raíz del pelo hasta la frente empapando la ceja, desbordándose para luego escocer la mirada, de la misma forma que un riego por goteo inverso, como si la gravedad de este mundo quisiera expulsarla de mi cuerpo, ahíto de agua y sal. Que no quiero más humedad que la de sus besos. Escupo asqueado el alimento porque me repugna el sabor de nada que no sean sus labios y cierro las ventanas y corro las cortinas, telones de esta función extraña, tediosa, aburrida que es la vida sin la luz de tus ojos. Que no es vida respirar, que no es más allá de una azarosa conjunción de reacciones químicas, pues Dios no pudo obrar ese milagro si no fue para la dicha de sus criaturas, Y ¿acaso hay mayor desdicha que vivir sin estar a su lado?. Niego en consecuencia a Dios y niego a su creación, puesto que la falta de sentido solo pudo ser casualidad, pues ni siquiera la maldad carece de intención.
Atrévete a desdecirme, te reto, muéstramela y saca a tu hijo de su error o muere, y desaparece de su entendimiento.
Tercer Trozo
No, no es sonido del viento gimiendo en las velas, tampoco el estruendo del embate de las olas contra el casco, ni siquiera es el lamento de los cabos elongados hasta el límite por la rabia de Eolo, es el crujir de la madera lo que no me deja descansar. No es el cimbreo despiadado, no, tampoco es la mar que aborda la nave por babor con su horda de piratas líquidos armados. garfios de sal y espuma. No, es el crujir de la madera. Es el crujir de la madera lo que me desvela, como el ronroneo de una bestia que se estuviera desperezando en la bodega, después de un largo sueño. Uno tan largo, tan plácido, que me hubiera contagiado de su olvido. La bestia siempre ha estado ahí, acurrucada en su letargo, acunada por las mareas y es ese mismo mar, que ha cuidado su sueño, el que ahora la zarandea. La nave cruje, la bestia se despierta y los tablones se descarnarán como carne de los huesos de ballena arponeada e izada a cubierta. La grasa se infiltra en la madera astillada, Todo apesta y cruje, cruje y apesta y no puedo descansar sabiendo que ya no tardará en saltar hecha añicos, como la corteza de un árbol cuando recibe el filoso canto del hacha, como mi nave cuando la bestia se despierte y desmenuce sus tripas. Las astillas serán del tamaño de cerillas, cerillas mojadas en medio de un océano que se volvió inhóspita colada salvaje de vidrio negro.
Cuarto Trozo
Largo es el camino, torcido, empinado; escabrosa huella de serpiente sobre la arena, cauce seco de lo que otrora fuera río alegre y caudaloso, ahora es lecho pedregoso que espera para torcer los tobillos y morder rodillas. Encajada está la linde entre dos inmensidades de piedra, que altivas miran por encima de los hombros baldíos a cualquier criatura desdichada que tenga andarla. Son montañas crueles, desnudas donde ni siquiera una brizna de hierba medra, arrojan cascotes afilados, resentidas aún con el río que las sajó con tanta saña y por tanto tiempo. Los vivos son agua, hieden a humedad, el recuerdo les duele, el agua les pudre sus huesos de granito. Hace cientos de años que allí dejó de llover, hace que el hielo y la nieve no se les hinca arrancándoles su carne de roca, pero aún quema. Las montañas no olvidan, las montañas no perdonan, el cauce seco es una cicatriz que no lo permite.
La habitación seguía siendo la misma de siempre. Era un rectángulo de 3’5x2,5 metros con una ventana con un radiador debajo de ella y una puerta. Ese había sido todo su mundo, siempre había estado allí, allí la dejaron una noche de Reyes a los pies de la cama de Laura, era su primer recuerdo. Un recuerdo de miedo, de oscuridad, claro ella no sabía que iba a pasar, era solo una muñeca y como todos los juguetes, no tuvo consciencia de ella misma hasta que la sacaron de la tienda de juguetes y la dejaron a los pies de la cama, de la que desde aquel día iba a ser su dueña. Así que como entenderéis, las primeras horas de “vida” de un juguete normalmente no son muy agradables, porque suelen discurrir dentro de angustiosas cajas cartón, envueltos en sudarios de papel de regalo o abandonados en la oscuridad, ya sea debajo de extraños árboles de plástico de luces tintineantes o en el suelo de una habitación, a la los pies de una cama, como en su caso.
Eso ocurrió cuando Laura tenía 5 años. Habían pasado más de diez desde esa noche. Los primeros fueron los mejores. Laura, su niña, la sacó de su caja donde la tenían atada con bridas de plástico que le cortaban y la colmó de mimos. Aún podía recordar esos ojos grandes y azules llenos de ilusión. Inmediatamente la abrazó y la llamó Andrea. Aquellos años estuvieron llenos de juegos, de pañales limpios, de baños de espuma, de sesiones de peluquería, de paseos por el parque, de largas tardes de tomar el té con otros juguetes. Laura tenía más muñecas, pero ella se convirtió en su favorita. Siempre la acostaba en cuna de madera lacada en blanco y la tapaba con una sábana de fieltro rosa antes de irse a dormir y siempre, siempre antes de hacerlo, le daba un beso de buenas noches. Y entonces fue un juguete feliz.
Algunos días cuando Laura iba al colegio el viejo oso marrón de felpa contaba historias. Era un oso huraño y amargado, estaba en el fondo del arcón. Parecía disfrutar asustando a los demás juguetes. Contaba cosas horribles, y aseguraban que eran verdad, porque él era muy viejo y sabía muchas cosas. Hablaba de muñecas sin ojos, de cuerpos derretidos y de cabezas arrancadas. Aseguraba que para muchos juguetes ese era el destino final. Luego, cuando los dejaba a todos con el corazón en un puño, los miraba con su único ojo de botón negro y se volvía en silencio al fondo del arcón y desaparecía. Nunca pensó que aquellas historias fueran verdad, porque su niña no era así, puede que hubiera alguna así, pero no Laura, ella era un amor y nunca dejaría que nada malo les pasara, le pasara.
El tiempo pasó, Laura creció. Una mañana de sábado, como casi todas la que hacía bueno, tomó a Andrea y le cambió el pañal, también le puso ropa nueva y la peinó colocándole una moña azul a juego del vestidito. Sin duda iban a salir a dar un paseo, le encantaba que la montaran en el carro y la llevara al parque o a cualquier sitio, salir de la habitación siempre era divertido y emocionante, pero no, aquella mañana no salieron a dar ningún paseo. Laura la cogió en brazos y sin más la subió a lo alto de una estaría y la dejó allí.
Los días pasaron y se sumaron en semanas y estas en meses. Andrea miraba a Laura como volvía a la habitación y como se acostaba y como volvía a salir, con la esperanza de alguna vez la mirara o la volviera a coger para jugar con ella. ¿Qué podría haber pasado? ¿por qué se parecía que se hubiera olvidado de ella? Las preguntas se quedaron dentro de su cabecita de plástico dando vueltas, torturándola y entonces las historias del oso de felpa marrón ya no parecieron tan fantásticas. Aquello era mucho peor que la mutilaran o que la quemaran con un mechero, porque por muy grande que fuera el dolor, solo duraría un rato, unos pocos minutos; sin embargo estar allí arriba, olvidada desde hacía años era mucho, muchísimo peor. Laura ya no la quería.
Su vida ya no tenía sentido. Cuando tomó consciencia de ello lo comprendió. Los juguetes no tienen vida por ellos mismos, solo son trozos de plástico bonitos, solo la ilusión les hace cobrar vida, y en el momento que esta se extingue, vuelven a ser lo que realmente son, muñecos inanimados. Andrea se sentía morir lentamente, quizás lo único que la mantenía todavía con vida en la estantería del cuarto, era algún resquicio, algún recuerdo que debía quedar en Laura, pero que cada vez era más débil y que tarde o temprano terminaría apagándose como una vela que se queda sin cera.
Los juguetes no tienen instinto de supervivencia, no saben luchar, solo son objetos, meros conductores de la ilusión, como cables de un tendido eléctrico invisible. O al menos casi todos lo son.
Una noche el oso de felpa marrón salió del arcón. Laura descansaba en su cama plácidamente mientras Andrea agonizaba en la balda.
¡Andrea, eh, muñeca!
Andrea estaba tan débil, apenas si pudo contestar al oso
¿Qué quieres oso?
Ayudarte, ¿sabes por qué estoy vivo aún siendo tan viejo?. ¿Lo sabes?
No, no lo sé
¿Sabes por qué me falta un ojo?
Te lo arrancaron, algún niño te lo arrancó
No, me lo arranqué yo mismo y se lo hice tragar a mi dueño. Sí mi querida muñeca.Tú has sido la favorita de Laura y nunca has creído una palabra de lo que os he contado. Los niños son crueles, despiadados y egoístas, nos dan la vida y luego nos dejan morir. Todos son iguales, ya ves unos te arrancan la cabeza y otros te dejan morir de pena, la ilusión de Laura se está agotando, ya no te queda mucho. Piensalo muñeca, no la dejes crecer o tú morirás. Sobrevive y algun dia otro niño volverá para jugar contigo. Ya he vivido suficiente y estoy tan viejo y cansado que tengo ganas de descansar, por eso te cuento esto a ti, como me lo contaron a mí hace mucho tiempo. Ahora me marcho. Adiós muñeca.
Seguramente os habréis despertado alguna vez en medio de una pesadilla y en esos instantes,de justo de después de hacerlo, habréis dudado entre qué era realidad y qué no, si el lecho revuelto o el recuerdo vívido de hace solo unos instantes. En ese justo instante estaba cuando el teléfono comenzó a sonar.
¿Sí? - contesté aún desorientado y preguntándome al tiempo ¿qué hora sería? ¿Me habría quedado dormido?
Buenos dias mi amor ¿Aún estás dormido? Venga espabila o llegarás tarde.-
Hola. Sí, sí, ya voy. - Mi respuesta fue mecánica casi como un acto reflejo, igual que cuando en la consulta del médico te golpean la rodilla, con ese martillito de goma que todos, cuando hemos sido niños deseamos tener.
Ha colgado
Posar por primera vez los pies desnudos, en el frío y duro suelo de mármol y recibir una descarga eléctrica se ha convertido casi en un ritual matutino, la noto subir desde la plantas hasta más arriba del culo, donde parece diluirse al fin. No es doloroso simplemente es desagradable, de ese tipo sensaciones desagradables a las que nunca te terminas acostumbrando, como el rechinar de una tiza sobre una pizarra, da igual la miles de millones de veces que lo oigas.
La piel de las plantas “recién electrocutadas” se adhiere al suelo como si fuera el vientre de un reptil, los tengo casi planos. Al separar los pies del suelo para dar el primer paso hacia el cuarto de baño, se produce una especie de gruñido; uno parecido al que se produce cuando se rozan dos globos, que me eriza todo el vello del cuerpo. Lo bueno es que entre el frío, el calambre y la dentera casi me he despabilado. Lo malo es que caigo en la cuenta. Mi novia no me ha ha podido llamar, es imposible porque hoy es su funeral.
Seguramente os habréis despertado alguna vez en medio de una pesadilla y en esos instantes,de justo de después de hacerlo, habréis dudado qué era realidad y qué no, si el lecho revuelto o el recuerdo vívido de hace solo unos instantes. En ese justo instante estaba cuando el teléfono comenzó a sonar...