viernes, 15 de marzo de 2019

El Peregrino



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 El Peregrino

Por cada paso que daba sentía una nueva dentellada en los pies, más en el derecho que en el izquierdo, pero le dolían los dos. Era un dolor caliente, que escocía, con esa sensación de ingravidez de pisar sobre algo turgente. Las plantas de los pies se habían transformado en grandes ampollas a punto de reventar. De poco habían servido la vaselina, los calcetines gruesos y las botas de trekking. Treinta kilómetros andando cansan a cualquiera, sobre todo si llevas una semana de jornadas de largas caminatas como esa, y la de hoy estaba pudiendo con él.

El dolor no solo se suscribía a los pies, en realidad le dolía todo, solo que en los pies es donde se expresaba con más intensidad, casi llegando a ser insoportable. Era como llevar un enanito cruel subido a la mochila, un duende malvado que iba susurrándole al oído “para, descansa, solo cinco minutos, estás muy cansado, nadie te va criticar por ello, no tienes que demostrar nada a nadie, es por tu bien” y que viéndose desobedecido montara en cólera y como represalia le infringiera más dolor, mordiéndole los pies o clavándole agujas en los gemelos, pero no podía detenerse, no porque sabía que si paraba no podría volver a levantarse, y allí en medio de la nada no tenía sentido hacerlo, no con la noche a la vuelta de la esquina y aún faltándole kilómetros para llegar al albergue más próximo.

Su forma de luchar contra ese deseo de parar, era alejar la mente del dolor refugiándose en otro mayor. Sí, era lo mismo que ese absurdo truco de pellizcarte la palma de la mano cuando te duele una muela, por un segundo el dolor de la muela desaparece oculto por el pinchazo en la mano, lo que no te dicen es que pasado ese segundo la muela volverá a doler con renovados bríos. Afortunadamente su dolor refugio era suficientemente fuerte como para que ninguna marejada lo pudiera superar con facilidad. No era un murito de arena para parar la marea, no, era de bloques de piedra, tenía una montaña de rocas negras y brillantes como cubos perfectos de obsidiana para parar aquella marea, para formar una ensenada artificial donde los calambres y las ampollas no pudieran doblegarle.

El malecón es negro pulido, de ese cristal oscuro extraído de lo más profundo de su alma. Un extracto pretérito donde alguna vez la felicidad quedó sepultada como selvas jurásicas y la presión del tiempo y de océanos de llanto la transformaron en un mineral negro y duro. Una especie de diamante negro que con su energía alimenta la caldera de su voluntad. No, no va a parar no hasta que sus pies se conviertan en una pulpa sanguinolenta o quede un mol de esa energía negra dentro de él.

El camino se empinaba y serpenteaba entre rebollos centenarios, que murmuraban molestos por aquella diminuta y renqueante criatura. Era solo uno, pero los robles bien sabían que eran peligrosos, que muchos de ellos, y otros hermanos castaños habían sido arrancados, talados hechos serrín o quemados en chimeneas por aquellos hombres. Por suerte ellos estaban lejos, en la montaña y allí aún se les respetaba, pero ese humano no tenía pinta de ser de por allí y quizás solo fuera el primero de muchos, que vendrían con sierras y fuego, para arrancarlos de su tierra, y plantar luego esos árboles, eucaliptos, esos esclavos extranjeros que exprimirán el monte, o simplemente para quemarlos por el mero placer de verlos arder. No, aquel humano no era bienvenido en el bosque. Ya lo venían observando desde hacía horas. Otros árboles de monte abajo les habían informado, las noticias hechas del rumor de hojas habían viajado sobre la brisa. No permitirían que se quedara allí, allí no. No podrían impedir que atravesase sus dominios pero no tolerarían nada más.



Una gota de sudor se columpió en una pestaña para luego saltar de ella como un trapecista ejecutando su número en la pista central. La sal le escocía y de forma instintiva se refregó el ojo con el puño. Las gotas que se amontonaban en las cejas se desprendieron y casi fue peor el remedio que la enfermedad entonces uso la manga del forro polar como improvisada toalla para secárselas, en ese mismo instante se percató de que se había detenido. Llevaba tantas horas de marcha que se sintió un poco mareado. La inercia le estaba jugando una mala pasada, era igual que cuando ibas en un vagón de metro que después de frenar, se mueve tan despacio, que no sabes si eres tú o es el andén el que lo hace. Abrió los ojos e inspiró aire llenando los pulmones lo más que pudo. Encharcándose del olor de la tierra húmeda, de la hierba, de la madera, el aroma de la savia de cientos de árboles y del olor millones de hojas vivas y de muchos millones más de hojas muertas. Por un instante los dolores habían desaparecido, una paz silenciosa le embotaron todos los sentidos, solo podía sentir el murmullo de las hojas agitadas por una brisa fresca que le secó el sudor haciéndole vibrar con un escalofrío que le recorrió la el cuerpo de arriba abajo. Esto es lo que había venido a buscar, esa paz, esa calma que solo se consigue después del esfuerzo.



Era un urbanita, el campo, la naturaleza para él se suscribían a parques y al zoológico. En su mundo ni los animales ni las plantas eran libres, en su mundo la hierba solo crecía donde se le ordenaba y los animales eran mascotas o atracciones aisladas por un foso o una discreta valla electrificada.

Ese era su mundo y era cómodo. En su vida diaria disfrutaba de las ventajas de residir en una gran ciudad, con un trabajo que le propiciaba posición aceptable en la parte media de la sociedad. En la ciudad todos querían ser clase media. Los pobres no se veían tan pobres y los más acomodados no querían parecerlo tanto, solo en los extremos de la escala se reconocía sin tapujos la abundancia o la escasez de recursos, porque era ya algo tan obvio que ninguno de los dos bandos podían ocultarlo, el resto pugnaba en la clase “media” luchando por huir de los puestos de la cola o pugnando por subir a los de arriba pero siempre con la sutilidad de la clase “media”.



Pero la comodidad no es felicidad. La felicidad le era esquiva, siempre se lo había sido, por un motivo o por otro se le escurría entre los dedos como un puñado de agua. No había sido hacía demasiado tiempo que había estado muy cerca de serlo, de hecho pensó que lo era. Estuvo viviendo en una burbuja de ignorancia hasta que esa pompa de inopia estalló, haciéndose añicos en una explosión que puso patas arriba su cómodo mundo. Entonces las esquirlas de la realidad se le hincaron en lo más profundo de su ser y eso le hizo ser consciente de su no felicidad. Y ese era el motivo de que estuviese aquí en medio de un bosque, solo y reventado de andar.

Sí, el Camino de Santiago le pareció una buena forma de sacarse esos pedazos de realidad que le infectan el alma. Estuvo barajando la idea durante unos meses. El deporte es un aliado para la mente. Primero se apuntó a un gimnasio donde practicó esa modalidad de fitness tan en boga, CrossFit, pero cuando se vio ahí rodeado de gente saltando obstáculos y levantando ruedas de camión se sintió ridículo. Aquello era otra de las ventajas de la gran ciudad, la gente hacía deporte pero en realidad era como la noria de la jaula de un hámster. Era otra norma más de la sociedad urbanita. Una sociedad que había olvidado lo que era comer con hambre o dormir con sueño, con verdadera hambre y con verdadero sueño, por eso los gimnasios proliferaban, porque el ser humano es un organismo diseñado para vivir en la naturaleza, donde el alimento escasea y dónde el sueño es un lujo de los depredadores y aquellos gimnasios eran un placebo de naturaleza un lugar donde la gente iba a sentirse 'viva”. Pero no, aquella ciudad era una jaula que jamás le dejaría sentirse realmente vivo.

Un día mirando la TV vio un documental sobre la ruta jacobea y algo saltó en su interior. Un camino, una búsqueda, un destino. Aquello era lo que él estaba buscando. La religión no tenía nada que ver. Muchas veces había deseado tener esa necesidad religiosa, quizás allí hubiera encontrado el consuelo que ahora buscaba o ¿quién sabía? quizás encontrara en él la fe. De cualquier manera, el Camino de Santiago se le antojaba una farmacia dónde podría encontrar el remedio que necesitaba para su dolor, aunque no supiera exactamente cuál era, y como decían los creyentes “Dios proveerá” o como a él le gustaba decir, parafraseando aquella cita de la película Parque Jurásico “La vida se abre camino”



El roble más próximo a la linde del camino lo observaba con una mezcla de asco y terror. La misma repulsión que causan las ratas en los humanos, pero más aún, porque las ratas no eran en verdad peligrosas y huían a la mínima, sin embargo los humanos no lo hacían y los robles no eran de carácter belicoso. Además, los árboles no eran seres rápidos, lo árboles eran lentos y pacientes, mientras que los humanos eran veloces y apresurados, sus vidas empezaban y terminaban en un pocas primaveras, los robles en cambio necesitaban muchas más para simplemente aprender que aquellas cosas blandas y diminutas eran muy, muy peligrosas. Por ello era fundamental escuchar las voces de los rebollos vetustos, ellos habían aprendido, ellos tenían almacenado el saber en sus anillos y estaban murmurando “…cuidado, cuidado con ellos...” Lamentablemente cada vez quedaban menos y los árboles cada vez sabían menos, cada vez los más viejos del lugar lo eran menos, y los más jóvenes solo querían oír hablar de venganza.



El silencio del bosque se volvió rotundo, la brisa había desaparecido, el murmullo de hojas había cesado. Era tal el silencio que podía oír sus latidos retumbándole dentro de los oídos. Una extraña sensación se apoderó de él, soledad, soledad infinita y con ella llegó de la mano un presentimiento, que se acompañó de un nuevo escalofrío pero de una naturaleza completamente distinta al que había sentido hacia unos instantes. Sin saber muy bien por qué necesitó mirar hacia atrás. Se giró lentamente, el crujir de las hojas bajo sus pies se le antojo estruendoso. El camino seguía allí, apenas visible, una línea imprecisa y zigzagueante de barro, el rastro de la uña de un arado indeciso que ha ido arañando el suelo del bosque. Los árboles lo flanqueaban por ambos lados, como las columnas del pórtico de un claustro, las ramas más gruesas formaran las nervaduras de las bóvedas y éstas estaban hechas con millones de hojas de infinitos tonos de verde, marrón y amarillo, como si en vez de por un bosque hubiera estado andando por alguna especie de catedral. Eso era, esa era la sensación, la de caminar por un lugar sagrado, por un lugar por donde no se debería pisar. De súbito una ráfaga de viento agitó la alfombra de hojas muertas, y tuvo que protegerse el rostro con la mano para evitar que la suciedad le entrara en los ojos. La temperatura había bajado un par de grados en unos instantes y el follaje de las copas de los árboles parecía haberse apretado, tamizando la luz de un sol en franca retirada, haciendo que todos los colores se oscurecieran. El marrón de la corteza se transformó en negro, los verdes y amarillos perdieron su brillo y se mostraron apagados, casi mustios.

La necesidad de reanudar la marcha surgió de forma imperativa. Tragó saliva con la intención de aliviar esa miga de pan ficticia que se le había quedado sorpresivamente atorada en la garganta.

Dar el primer paso fue como sacar el pie de un lodazal, no solo fueron las ampollas que volvían a morderle, fue que cada pie había quintuplicado su peso. Así y todo apretó los dientes para tirar de ellos y del resto de su cuerpo. Tenía que salir de debajo de esos árboles que parecían susurrar, pues las hojas de las copas habían vuelto a agitarse a pesar de que a parte de aquella ráfaga de viento, el aire no había vuelto a moverse. Mientras avanzaba penosamente miraba hacia un lado y hacia el otro intentando escudriñar la oscuridad, que comenzaba justo después de la segunda línea de robles. Los troncos llenos de nudos, se le antojaban cuencas vacías de ojos tuertos, pero que de alguna forma le miraban, su imaginación transformaba las ramas más bajas en largos y retorcidos dedos acusadores, pero sobre todo era el rumor, el rumor de las hojas el que se había vuelto insoportable.



Apretó el paso todo lo que su dolorido cuerpo le permitió con el peso de miradas llenas de rencor sobre él. No entendía aquel idioma de hojas temblorosas, pero tampoco lo necesitaba para saber que no le querían allí. La senda del camino parecía estrecharse, o eso, o bien los árboles se habían arrimado más al camino, estrechándolo, estrangulando la linde, como si fuera la boca de una trampa y la estuvieran cerrando poco a poco. El pánico estaba llamando a su puerta, y si no lo le abría, sabía que encontraría la forma de entrar por sí mismo. Entonces, el mundo se volvió del revés. Antes de que pudiera percatarse, se vio tendido de bruces con un esguince en el tobillo y con la boca llena de sangre. Una de sus botas había quedado atrapada en el hueco formado entre una raíz y el suelo. La raíz estaba separa de suelo, formando un arco y oculta bajo la hojarasca, como un cepo, como si un árbol le hubiera puesto la zancadilla. Aunque él sabía que eso era imposible. En la caída la lengua se le quedó entre los dientes que la mordieron desgarrándosela involuntariamente cuando el mentón chocó contra el suelo del bosque. El tobillo le latía de dolor y la boca no dejaba de manar sangre. Intentó girarse, zafarse de la raíz pero ni la raíz ni el dolor no se lo permitían, volvió a escupir sangre. Se tanteó el bolsillo lateral del pantalón rezando para que su teléfono móvil no se hubiese roto también en la caída. Con los dedos temblorosos marcó el 112, mientras sentía como algo, algo grande, muy grande se inclinaba sobre a él.









Peregrino desaparecido en los montes gallegos.



El pasado martes, las autoridades recibieron la llamada de socorro de un peregrino, que realizaba el Camino de Santiago por la ruta norte entre las localidades lucenses de Baamonde y Miraz...




FIN

lunes, 4 de febrero de 2019

La siesta






Ahí está, recostada en el sofá, reposando después de almorzar, con su belleza rubeniana igual que una musa pintada por el maestro flamenco, preciosa, tierna. La contempla. Le encanta hacerlo, podría llevarse allí horas enteras, velando su sueño, de esa forma que solo los padres velan el sueño de sus retoños, pues en esos momentos en que descansa, parece que el tiempo retrocediera y volviera a ser el de una niña, una niña indefensa y solo él estuviera a su cuidado.

A veces se atreve a colocar la manta de viaje con la que se tapa, porque se ha escurrido y ha dejado al descubierto un hombro o un pie. La vuelve a cubrir con suma delicadeza, intentando por todos los medios posibles no perturbar su sueño. Eso es en invierno cuando hace frío, en verano, cuando el calor azota inmisericorde y apenas se puede aliviar con el aire acondicionado, vigila que ninguna mosca la importune posándose y correteando por su piel, o zumbando cerca de sus oídos.

La lástima es que no duerma más. Es una mujer fuerte, mucho y no hablo de carácter que también, sino físicamente. En realidad ella no quiere dormir, es el trajín de la casa, madrugar, la jornada laboral los que la empujan a hacerlo, aunque a ella le parece una pérdida de tiempo absurda. Dormir es dejar de vivir para soñar, y los sueños, sueños son como dijo Calderón. Así que rara vez se echa a dormir por el mero hecho de hacerlo, y solo después de reñir con Morfeo cae rendida. Ella es así, sabe que va a perder la batalla con el dios pero no da su brazo a torcer con facilidad. No es de dejarse torcer el brazo por nadie, que sea un dios quien lo intente la trae sin cuidado.

De cualquier forma a él le gustaría que durmiese más, porque son en esos ratos cuando mejor la puede disfrutar. La noche es oscura y silenciosa, y no se atreve casi ni a respirar cerca de ella. En la noche también la guarda, como en el resto de las horas, pero de más lejos, de una forma más sutil. No es lo mismo caer algo o dar sin querer un golpe de día que de noche, no quiere asustarla, por eso la siesta le gusta más. Es de día y el sueño no es tan profundo, de alguna forma la mente no está completamente desconectada del cuerpo, y por qué no reconocerlo, también le hace ilusión imaginar que de alguna forma ella se sienta observada, cuidada, protegida por él. Al fin y al cabo puede que el sea un fantasma, pero es el fantasma de su padre y ella siempre será su niña pequeña. 
FIN

miércoles, 2 de enero de 2019

Despertar




Ya había perdido la sensibilidad desde la punta de los dedos hasta el codo del brazo izquierdo, cuando su cuerpo dormido le ordenó cambiar de postura. La extremidad entumecida comenzó a revivir con la sensación de millones de alfileres clavándose. Así y todo, aquello no fue suficiente para despertarlo. Quedó panza arriba, con los brazos en cruz, ocupando toda la cama, roncando de una forma extraña por la mucosidad que le atoraba la laringe, y más parecían barritidos de un elefante agonizante, que los ronquidos de un ser humano.

En el reloj de la mesilla de noche, los dígitos ocho segmentos parpadeaban en verde fosforito, las 05:37 am. La tormenta había provocado un corte en el servicio eléctrico, y al volver la corriente había dejado aquella hora tintineando en la pantalla del reloj digital. Ya no llovía.

Los ronquidos se dejaron de escuchar, como si alguien hubiera introducido un palo en la maquinaria de aquel fuelle de carne estruendoso, como si ahora el corte de electricidad afectará al cuerpo de aquel hombre y no al despertador. El cuerpo seguía inmóvil, de cubito supino con los ojos cerrados y la boca abierta. En la pantalla del reloj las 05:37 parpadearon una vez, dos, tres… diez.

El piloto automático saltó. Se estaba asfixiando, necesitaba exhalar o los niveles de CO2 en sangre serían peligrosamente altos. El aire cargado de veneno salió por la boca en un vómito sonoro, un crujido de madera, el grito de un árbol centenario que es talado, mas un estertor que un ronquido.

Despertó de súbito, realizó un abdominal digno de un torso musculado que no tenía, para quedar sentado sobre el colchón. Estaba desorientado. Los globos oculares habían crecido dos tallas más que las cuencas y le amenazaban con salirse, ardían. La boca muy abierta, en una mueca a medio camino entre la sorpresa y el terror.

Estaba oscuro, lo único que se veía era los números centelleando en la pantalla del despertador 05:37. Su fulgor verde le quemó en el fondo de las retinas. Cerró los ojos de forma instintiva, aquella luz era molesta, casi dolorosa. Después de refregárselos con los puños volvió a abrir los ojos. Los dígitos habían dejado una mancha de luz, como cuando un insecto se estampa contra el parabrisas de un coche, e igual, por mucho que se pasara el limpia o este caso, se refregaba los ojos no desaparecía. Mirara donde mirara, veía la mancha de luz, una especie de faldón publicitario que estuviera le patrocinando la capacidad de ver. Resignado y con al esperanza de desapareciera por sí misma en unos minutos se levantó de la cama.

Vivía solo, da igual que aquella noche fuera Nochebuena, Papá Noel no le dejaría nada bajo el árbol, porque no había ningún árbol, ni ninguna chimenea, ni ningún Papá Noel, la vida era así dura, así de mentirosa, así de falsa.

Las suelas de las zapatillas se arrastraban por el linóleo imitación parquet. No encendió ninguna luz, los números del despertador todavía bailoteaban como la follisca de una hoguera mal apagada dentro de sus ojos, encender la luz sería atizarla, además era su casa, no necesitaba encender ninguna maldita luz para encontrar el camino del cuarto de baño. Echaría una meada bebería algo de agua y se volvería a la cama.

No había cenado nada especial, unas lonchas de jamón York enrolladas sobre sí mismas untadas de mayonesa, acompañadas de tres rebanadas de pan de molde y un par de cucharadas de “Nocilla” de marca blanca directamente del bote como postre. Luego se fumó unos Luckies y bebió un par de whiskies con hielo mientras miraba una porno “navideña” en el canal de pago, donde salía un negro de tres piernas con un gorrito rojo con borla blanca y calcetas a rayas también rojas y blancas, que se dedicaba a deshollinar todas las “chimeneas” de cualquiera cosa que se moviera.

“Feliz Falsedad” Las Navidades eran solo paparruchas. Mientras medio mundo se moría de hambre, el otro medio vomitaba el festín que acababan de engullir. No recordaba cómo había llegado a la cama. El caso es que él no se había despertado en ella por haber comido nada fuera de lo común, simplemente sufría de apnea nocturna; su sueño era tan pesado que el cuerpo se olvidaba de respirar, solo eso Es verdad que fumaba y bebía demasiado y que a su figura le sobraban 15 kilos pero él no era un imbécil de esos que sufrían indigestión por culpa del espíritu navideño.

Levantó la tapa del WC, se bajó los calzoncillos y se sentó. Una cosa era encontrar el camino y otra cosa no mearse fuera con la luz apagada. El orín comenzó a salir. Olía fuerte, igual que una sopa rancia recién hervida y escocía, escocía mucho. Un dolor agudo le recorrió el cuerpo desde la parte más baja de la espalda hasta los testículos, que se encogieron intentando refugiarse del dolor Era como si tuviera la vejiga llena de trozos de cristales diminutos y ahora los estuviera expulsando uno a uno, lenta y dolorosamente. Sentía la orina era más espesa de lo habitual, como golpeaba la porcelana, como le quemaba durante todo el trayecto desde la uretra hasta que caía al WC. ¡Mierda! masculló, debía beber más. Sí, era eso, había días que no probaba el agua como tal. La orina dejó de salir pero el escozor no. Se levantó y se volvió a colocar los calzoncillos con cuidado como si aquello pudiera minimizar el dolor.

Volvió a tomar el camino del dormitorio cuando un resplandor llamó su atención. Una luz roja intermitente parpadeaba en el salón, unos pocos pasos más allá. La luz debía de colarse por el ventanal del balcón, como si su vecino hubiera instalado un luminoso de neón rojo, como si su vecino de enfrente hubiera montado un puticlub. La curiosidad le pudo al sueño.

“¿Qué mierda significa esto?” Se preguntó. En el salón había un árbol de navidad del tamaño de una secuoya adornado con un millón de luces rojas tintineantes. Su salón se había transformado en la puta casa de Papá Noel. Aún sin salir de su asombro se acercó preguntándose qué hacía ese árbol allí, porque evidentemente él no lo había puesto. Debajo del abeto había un regalo, un paquete no más grande que una caja de zapatos. Pudo verla perfectamente pues a pesar de que las luces seguían encendidas el resplandor de las bombillas rojas le permitió localizarlo. Se agachó y lo recogió todavía conmocionado por aquel sinsentido en que se había transformado la noche. El paquete tenía un lazo rematado con una moña y estaba envuelto en un papel acharolado de un tono más intenso pero también rojo, aunque que no podía jurarlo porque la oscuridad sumada a los destellos de las luces hacía que todo pareciera o negro o rojo. Desgarró el papel casi con curiosidad, dentro de él sin duda debía de encontrarse la explicación a todo aquello. Retiró la tapa de cartón y contempló su contenido. La caja estaba repleta de algodones y en medio de ellos había una masa oscura y viscosa que latía como un corazón, pero no era un corazón tenía más la apariencia de un trozo de hígado que hubieran extraído usado una cucharilla de postre en vez de un bisturí. Horrorizado dejó caer el paquete al tiempo que un dolor agudo le acuchilló inmisericorde el costado derecho. Cerró los ojos y se dobló por la mitad, intentó llevarse las manos a la zona donde las cuchilladas de dolor se sucedían, pero unas ligaduras invisibles se lo impedían. Cayó de rodillas y una arcada de vómito le ahogó el grito.

Abrió los ojos, de par en par más como si fuera alguna clase de grito, ya que no podía gritar algo en la garganta le obligaba a tener la boca abierta. Una luz blanca le traspasó las pupilas quemándole las retinas .

El dolor se había extendido le dolía todo, un todo absoluto y no metafórico, un dolor absoluto, pleno que se extendía a cada célula de su organismo.

En sus retinas abrasadas se formaron las siluetas oscuras de unas criaturas que se inclinaban sobre él, solo podía ver sus ojos. Le observaban con curiosidad. Entonces una de las criaturas habló, sus palabras llegaron amortiguadas como si hablara detrás de una gruesa cortina de fieltro, había urgencia en el tono de su voz. “Está despertando, 25 mililitros de propofol, ya!”


FIN
 
 
 

sábado, 24 de noviembre de 2018

ABISMO







Esa distancia entre el dolor ajeno y el dolor propio Ese espacio, es ese hueco insalvable que te aísla, que rompe los delgados puentes de la empatía, de la solidaridad y del “te comprendo” y del “cuenta conmigo” y del “estaré a tu lado”. Es la nada insondable de la soledad absoluta. Las palabras de ánimo son ecos lejanos, las caricias, los abrazos, recuerdos. El dolor es íntimo e intransferible y es ahora cuando te sientes ridículo, recordando aquellas veces en que tú estuviste al otro lado del abismo. Cuando creíste que fuiste útil, que ayudaste al doliente con tus palabras, con el consuelo de tus lágrimas cómplices. No, de nada sirve la empatía, el dolor es egoísta, es un amante celoso y dedicado, que no se presta a compartirte con nadie. Eres solo de él y solo para él necesita todo tu sufrimiento, exige todo tu padecer.

Aprieta los dientes y guárdalo para ti, no lo muestres, pues solo conseguirás que los demás se contaminen de tu pena y casi les obligarás a que intenten ayudarte, cuando de sobras sabes que no podrás. Es pedir refuerzos, carne de cañón, más cadáveres, más sacrificios para un dios inmisericorde, que no atiende súplicas, ni concede gracias. Sufre, calla, hasta que el dolor un día se marche, hasta que un día el dolor aburrido se vaya, hasta que se olvide de ti. 
 
 
 
 
 

viernes, 9 de noviembre de 2018

Te recuerdo, Greta. Te he visto con otras caras.


Salty Dog era una banda americana formada en 1986 y no fue hasta 1990 que editaron su primer y único disco, titulado ''every dog has its day'' o lo que viene siendo '' a cada cerdo le llega su San Martín''

Familiar, reconocible, comparable a... esto me sonaba mucho, lo asociaba con algo mucho más anterior. Ojo, que no estoy hablando de plagio, si no de similitudes..


Por supuestísimo, estaba pensando en los Zeppelin, para mí la mejor banda de Rock de todos los tiempos. Habidos y por haber.


Kingdom Come es otra banda de mediados de los 80's que practican el copy-rock, especialmente en este su primer disco.
La primera escucha la recuerdo entre sorprendido y avergonzado, no podía creer lo que estaba llegando hasta mis orejas, era como ver por primera vez a alguien a quien creías muerto. Una pesadilla agradable.


Vuelta a Led Zeppelin. Una banda de copy-rock, vale. Es entendible, pero ya dos me estaba pareciendo preocupante, aunque visto con el prisma del tiempo transcurrido y teniendo en cuenta la mística de los Zeppelin, su legado y el vacío que dejaron en 1980, no es de extrañar que entre el noble deseo del músico que se quiere parecer a sus ídolos y el sentido de la oportunidad insaciable de las discográficas, cada década salgan bandas imitando, reivindicando o queriendo actualizar el estilo Led Zeppelin.

- Great White
- Blue Murder
- Whitesnake
- Wolfmother

Por citar algunas bandas con ecos zeppelinianos, aunque hay muchas más. Tan fácil de comprobar como poner estos nombres en you-tube, escuchar y sacar conclusiones.
Ya se sabe que las comparaciones son odiosas, yo mismo me inicié en la armonía para guitarra desmenuzando los estilos que aglutinaba Jimmy Page. Mezclaba como nadie el blues, la música hindú, árabe y celta y sumado a todo eso, tenía un arsenal de riffs de lo más heavy. El batería tenía una pegada descomunal, dominaba cualquier tipo de compás y se hacía escuchar. El bajista, toca el piano, otros instrumentos de cuerda y además es arreglista y compositor para la catedral de su ciudad y por último el cantante de la voz ingrávida, como llegaron a llamarle en los 70's. todo un sex-symbol de la época que podía cantar una canción de Willie Dixon como si fuera Janis Joplin. Y sin despeinarse.

De vez en cuando les da por juntarse y hacen maravillas orquestales de sus propias canciones:


El espejo retrovisor de los coches lo inventó una mujer, Led Zeppelin tomaron prestado el Blues y la música étnica oriental y casi cincuenta años después, llegan Greta Van Fleet, una banda con una edad media de veinte añitos con un disco de estilo...
Que practican un Rock...
Y el cantante se asemeja al estilo vocal de...

Pero ellos no tienen culpa de nada, habría que mirar a las oficinas, ahí es donde se relamen y sueñan con el ''clin, clin, caja'' cuando se encuentran con una banda de chavales llenos de ilusión por tocar sus canciones y comerse el mundo... como todas las demás.


Increíble, verdad? jejeje yo no digo ná, que después tó se sabe.






Mantengo humildes mis orejas.

viernes, 5 de octubre de 2018

Anne & Mary

- Año de Nuestro Señor de 1788




El viento se cebaba contra el navío como queriendo convertirlo en astillas a modo de sacrifico en honor a la mar, de la que nunca se podía separar, tan sólo acariciar la superficie y mezclarse en las gotas de agua que salpicaban de las olas, aunque su abrazo favorito ocurría siempre contra las rocas de los acantilados. El final perfecto e implacable entre los dos fenómenos atmosféricos y cuyo maestro de ceremonias eran esas lastras cortantes como cuchillas escondidas bajo la superficie a pocos metros de la orilla. Un final poco halagüeño para cualquier embarcación que no conociera la zona.
Sus fondos marinos guardaban un cementerio de pecios, testigos mudos de la atracción de todo tipo de gentes de la mar, piratas y corsarios que durante décadas se sentían atraídos por los cantos de sirena de aquella zona de apariencia desértica, pero rica en minerales preciosos, agua dulce y una gran variedad de frutos, hortalizas, animales y gente humilde que vivía del trabajo de sus manos y no sabían defenderse.

El palo mayor había desaparecido de un cañonazo cuarenta millas atrás y el fondo de la embarcación se había abierto al chocar contra una de las rocas cual estilete entrando bajo la axila hasta el corazón. Un golpe mortal. El agua inundaba toda la zona de carga y saltaba sobre la cubierta. Más que un navío parecía una balsa a punto de servir de alimento para las olas enfurecidas. La carena era un colador y era cuestión de minutos que la mar diera el abrazo final a la embarcación. La popa se encontraba al nivel del mar y hasta allí habían ido quedando amontonados los cuerpos inertes de la tripulación, los siete marineros originales del navío, un cocinero argelino y el contramaestre George, un bucanero que había desertado en las Bahamas y era tío de Anne, la cual había recibido un golpe en la cabeza y el costado izquierdo al caerle encima el palo del foque a causa de un disparo de cañón del buque de la Armada española que llevaba tras ellos más de una semana.

Mary no estaba mucho mejor, tres días de huída sabiendo que si les atrapan no van a tener un juicio, si no que serían todos ejecutados por piratería, dejan agotado a cualquiera, pero el instinto de supervivencia le hacía sacar esas fuerzas de ninguna parte para poder seguir luchando por su vida. Con los ropajes hechos jirones, descalza y famélica, pudo llegar hasta el mascarón donde había caído semi inconsciente su amiga Anne, la que una vez le salvó la vida cuando su padre la quiso vender a un traficante de esclavos en Cuba y ésta pudo convencer a el por entonces su marido para que la liberara... unas horas más tarde, en el ocaso, el pirata Van, que así se llamaba el marido, entró en la choza donde se encontraba Anne amordazada y tirada en el suelo. La liberaron y huyeron hasta América..

Había que saltar por la borda. Era eso o morir ahogadas cuando el barco se hundiera. Nadar cincuenta metros hasta la orilla en un mar embravecido es garantía de perecer en el intento y la otra opción quedaba descartada por suicida. Para decoración de los fondos marinos quedaría una embarcación de 300 toneladas, ocho cañones y más de media bodega con un botín millonario entre joyas, monedas, aranceles, escritos de propiedades, telares y cualquier cosa de valor que pudiera ser vendida o canjeada.

Tras llorar abrazadas y sintiendo el agua en los pies, se decidieron a saltar. Casi siete metros de altura hasta el agua son muy respetables, pero era acción obligada. El impacto del choque resultó brutal y las frías aguas del Mediterráneo en invierno son crueles.
Pese a tener los pulmones llenos de aire, el golpe, la inmersión y el oleaje hacen que estos se vacíen daño la sensación de que arden. El frío no se aprecia, tal es la necesidad de salir a flote y poder respirar.
Silencio entre la tormenta y una sensación de paz inquietante invadió repentinamente a Anne y Mary, dos veinteañeras que huyeron de su ámbito familiar a mediados del XVIII para vivir su vida rebelde entre marinos, piratas, puertos y escondites.


Dos cuerpos flotando golpeados contra las rocas de la orilla en una escena dantesca otoñal. Dos vidas sesgadas por una cadena de infortunios y malas decisiones producto de la urgencia del momento, del estrés constante de vivir en una embarcación rodeadas de hombres sin principios, pendencieros, ladrones, asesinos o desertores de la armada.


- 2018


Ves la playa al fondo?
- sí, no me puedo creer que estemos llegando ya.
Tres kilómetros y estaremos pisando la arena y dejando que el agua acaricie nuestros pies.
- me encanta esa sensación, es como conectar con el origen de la vida.
Es algo muy místico...
- dicen que el mar es el vientre materno.
La mar.
- el mar.
Jajaja bueno, supongo que cada una la amamos a nuestra manera.
- el mar, el amar, el amor, la mar, amarla, dejarse abrazar..
Ya te ha entrado la vena, poetisa?
- sabes que me pongo romántica cada vez que venimos.
Pues ya hace un montón de años que no volvíamos, tantos que ni me acuerdo...
- es verdad, yo tampoco me acuerdo...


Y esa torre? Parece que está habitada.
- me resulta familiar, creo tener algún vago recuerdo... una chica con un sombrero negro... y gente extraña.
A ver si va a salir un caballero templario defendiendo sus dominios y nos parte el Ibiza de un espadazo jajaja
- acelera, que me estás poniendo nerviosa y este sitio no me da buenas vibras.


Ya me has sugestionado y parece que escucho gritos y veo soldados del reino persiguiendo a moriscos, piratas tuertos y viejas de luto.
- en serio, desde que hemos visto la playa al fondo estoy imaginando cosas y me llegan flashes a la cabeza con unas imágenes inquietantes.
La necesidad de desconectar dándonos un baño en la playa es imperiosa. Ya estamos llegando, aparcamos, sacamos lo necesario y al agua que hay que nadar, gritar y celebrar el encuentro.
- sí por favor, que la ansiedad me está pudiendo.
Tenemos buena suerte, no hace viento y la mar está tranquila.
- mejor, no me gustan las tormentas ni los días de viento y esta playa me han dicho que es peligrosa aún con la mar en calma. sólo te puedes bañar tranquila hasta cinco o seis metros de la orilla y justo ahí, se vuelve profunda y oscura y en los días de viento de Poniente, las corrientes te llevan a la zona de rocas donde es imposible agarrarse porque son una prolongación en vertical de la montaña..
Claro que sí y de repente sale del agua el dios Neptuno y te pincha el culo con el tridente.
- y salgo volando jajaja!


Respira profundo y cierra los ojos, esta zona es rica en yodo y dicen que limpia los pulmones.
- estoy mirando el horizonte, contemplando la eternidad.
El deseo más grande de cada alma del mundo.
- me encantaría que fuera cierto, necesito creerlo.
Sabes qué? Llámame loca, pero juraría que hay alguien más.
- pero si no hemos visto a nadie en varios kilómetros a la redonda y aquí estamos solas.
Lo sé, es una de esas sensaciones de las que me hablabas al pasar por la Torre. Es como si entre el ruido de la brisa y las olas golpeando las rocas hubiera una conversación, de vez en cuando juraría que escucho palabras sueltas como si fueran susurros.
- menos mal, pensaba que yo era la única que ''escuchaba cosas'' desde que estamos aquí.
Mejor nos movemos un poco, vamos a acercarnos al castillo.


La huella del ser humano, su legado, su obra y nosotras aquí alucinando con el entorno.
- esto tiene embrujo, yo sigo teniendo las mismas sensaciones que allí abajo.
Es fascinante lo que puede hacerte creer el cerebro.
- y también puede ser inquietante el hecho de creer oír cosas y que te lleguen a la memoria imágenes como recuerdos de situaciones ya vividas...
Yo estaba en un barco, recuerdo una noche de tormenta que un rayo partió una vela...ví una luz y creía que esta torre era un faro y alguien me gritaba '' noooo, a poniente, gira el timón o nos vamos a pique!!!''


- dios mío, yo también he soñado eso! pero cómo es posible?
Lo escuchas?
- sí, perfectamente.
Es como una voz de hombre?
- dice nuestros nombres..
Pero en inglés.
- dice que no es un faro.
Conoces a algún Carlos?
- Vane, Charles Vane. El capitán del ''Williams''.
Espera..... creo ''ver'' lo que dices... entiendo que hemos soñado que viajábamos en un barco y nos sorprendió una tormenta?
- y Charles Vane era mi marido, mi segundo marido.
El pirata Charles, que era el capitán del navío?
- el mismo que creemos estar escuchando ahora.


Ana.
- dime, María.
Saltamos?