Salty Dog era una banda americana formada en 1986 y no fue hasta 1990 que editaron su primer y único disco, titulado ''every dog has its day'' o lo que viene siendo '' a cada cerdo le llega su San Martín''
Familiar, reconocible, comparable a... esto me sonaba mucho, lo asociaba con algo mucho más anterior. Ojo, que no estoy hablando de plagio, si no de similitudes..
Por supuestísimo, estaba pensando en los Zeppelin, para mí la mejor banda de Rock de todos los tiempos. Habidos y por haber.
Kingdom Come es otra banda de mediados de los 80's que practican el copy-rock, especialmente en este su primer disco.
La primera escucha la recuerdo entre sorprendido y avergonzado, no podía creer lo que estaba llegando hasta mis orejas, era como ver por primera vez a alguien a quien creías muerto. Una pesadilla agradable.
Vuelta a Led Zeppelin. Una banda de copy-rock, vale. Es entendible, pero ya dos me estaba pareciendo preocupante, aunque visto con el prisma del tiempo transcurrido y teniendo en cuenta la mística de los Zeppelin, su legado y el vacío que dejaron en 1980, no es de extrañar que entre el noble deseo del músico que se quiere parecer a sus ídolos y el sentido de la oportunidad insaciable de las discográficas, cada década salgan bandas imitando, reivindicando o queriendo actualizar el estilo Led Zeppelin.
- Great White
- Blue Murder
- Whitesnake
- Wolfmother
Por citar algunas bandas con ecos zeppelinianos, aunque hay muchas más. Tan fácil de comprobar como poner estos nombres en you-tube, escuchar y sacar conclusiones.
Ya se sabe que las comparaciones son odiosas, yo mismo me inicié en la armonía para guitarra desmenuzando los estilos que aglutinaba Jimmy Page. Mezclaba como nadie el blues, la música hindú, árabe y celta y sumado a todo eso, tenía un arsenal de riffs de lo más heavy. El batería tenía una pegada descomunal, dominaba cualquier tipo de compás y se hacía escuchar. El bajista, toca el piano, otros instrumentos de cuerda y además es arreglista y compositor para la catedral de su ciudad y por último el cantante de la voz ingrávida, como llegaron a llamarle en los 70's. todo un sex-symbol de la época que podía cantar una canción de Willie Dixon como si fuera Janis Joplin. Y sin despeinarse.
De vez en cuando les da por juntarse y hacen maravillas orquestales de sus propias canciones:
El espejo retrovisor de los coches lo inventó una mujer, Led Zeppelin tomaron prestado el Blues y la música étnica oriental y casi cincuenta años después, llegan Greta Van Fleet, una banda con una edad media de veinte añitos con un disco de estilo...
Que practican un Rock...
Y el cantante se asemeja al estilo vocal de...
Pero ellos no tienen culpa de nada, habría que mirar a las oficinas, ahí es donde se relamen y sueñan con el ''clin, clin, caja'' cuando se encuentran con una banda de chavales llenos de ilusión por tocar sus canciones y comerse el mundo... como todas las demás.
Increíble, verdad? jejeje yo no digo ná, que después tó se sabe.
El viento se cebaba contra el navío como queriendo convertirlo en astillas a modo de sacrifico en honor a la mar, de la que nunca se podía separar, tan sólo acariciar la superficie y mezclarse en las gotas de agua que salpicaban de las olas, aunque su abrazo favorito ocurría siempre contra las rocas de los acantilados. El final perfecto e implacable entre los dos fenómenos atmosféricos y cuyo maestro de ceremonias eran esas lastras cortantes como cuchillas escondidas bajo la superficie a pocos metros de la orilla. Un final poco halagüeño para cualquier embarcación que no conociera la zona.
Sus fondos marinos guardaban un cementerio de pecios, testigos mudos de la atracción de todo tipo de gentes de la mar, piratas y corsarios que durante décadas se sentían atraídos por los cantos de sirena de aquella zona de apariencia desértica, pero rica en minerales preciosos, agua dulce y una gran variedad de frutos, hortalizas, animales y gente humilde que vivía del trabajo de sus manos y no sabían defenderse.
El palo mayor había desaparecido de un cañonazo cuarenta millas atrás y el fondo de la embarcación se había abierto al chocar contra una de las rocas cual estilete entrando bajo la axila hasta el corazón. Un golpe mortal. El agua inundaba toda la zona de carga y saltaba sobre la cubierta. Más que un navío parecía una balsa a punto de servir de alimento para las olas enfurecidas. La carena era un colador y era cuestión de minutos que la mar diera el abrazo final a la embarcación. La popa se encontraba al nivel del mar y hasta allí habían ido quedando amontonados los cuerpos inertes de la tripulación, los siete marineros originales del navío, un cocinero argelino y el contramaestre George, un bucanero que había desertado en las Bahamas y era tío de Anne, la cual había recibido un golpe en la cabeza y el costado izquierdo al caerle encima el palo del foque a causa de un disparo de cañón del buque de la Armada española que llevaba tras ellos más de una semana.
Mary no estaba mucho mejor, tres días de huída sabiendo que si les atrapan no van a tener un juicio, si no que serían todos ejecutados por piratería, dejan agotado a cualquiera, pero el instinto de supervivencia le hacía sacar esas fuerzas de ninguna parte para poder seguir luchando por su vida. Con los ropajes hechos jirones, descalza y famélica, pudo llegar hasta el mascarón donde había caído semi inconsciente su amiga Anne, la que una vez le salvó la vida cuando su padre la quiso vender a un traficante de esclavos en Cuba y ésta pudo convencer a el por entonces su marido para que la liberara... unas horas más tarde, en el ocaso, el pirata Van, que así se llamaba el marido, entró en la choza donde se encontraba Anne amordazada y tirada en el suelo. La liberaron y huyeron hasta América..
Había que saltar por la borda. Era eso o morir ahogadas cuando el barco se hundiera. Nadar cincuenta metros hasta la orilla en un mar embravecido es garantía de perecer en el intento y la otra opción quedaba descartada por suicida. Para decoración de los fondos marinos quedaría una embarcación de 300 toneladas, ocho cañones y más de media bodega con un botín millonario entre joyas, monedas, aranceles, escritos de propiedades, telares y cualquier cosa de valor que pudiera ser vendida o canjeada.
Tras llorar abrazadas y sintiendo el agua en los pies, se decidieron a saltar. Casi siete metros de altura hasta el agua son muy respetables, pero era acción obligada. El impacto del choque resultó brutal y las frías aguas del Mediterráneo en invierno son crueles.
Pese a tener los pulmones llenos de aire, el golpe, la inmersión y el oleaje hacen que estos se vacíen daño la sensación de que arden. El frío no se aprecia, tal es la necesidad de salir a flote y poder respirar.
Silencio entre la tormenta y una sensación de paz inquietante invadió repentinamente a Anne y Mary, dos veinteañeras que huyeron de su ámbito familiar a mediados del XVIII para vivir su vida rebelde entre marinos, piratas, puertos y escondites.
Dos cuerpos flotando golpeados contra las rocas de la orilla en una escena dantesca otoñal. Dos vidas sesgadas por una cadena de infortunios y malas decisiones producto de la urgencia del momento, del estrés constante de vivir en una embarcación rodeadas de hombres sin principios, pendencieros, ladrones, asesinos o desertores de la armada.
- 2018
Ves la playa al fondo?
- sí, no me puedo creer que estemos llegando ya.
Tres kilómetros y estaremos pisando la arena y dejando que el agua acaricie nuestros pies.
- me encanta esa sensación, es como conectar con el origen de la vida.
Es algo muy místico...
- dicen que el mar es el vientre materno.
La mar.
- el mar.
Jajaja bueno, supongo que cada una la amamos a nuestra manera.
- el mar, el amar, el amor, la mar, amarla, dejarse abrazar..
Ya te ha entrado la vena, poetisa?
- sabes que me pongo romántica cada vez que venimos.
Pues ya hace un montón de años que no volvíamos, tantos que ni me acuerdo...
- es verdad, yo tampoco me acuerdo...
Y esa torre? Parece que está habitada.
- me resulta familiar, creo tener algún vago recuerdo... una chica con un sombrero negro... y gente extraña.
A ver si va a salir un caballero templario defendiendo sus dominios y nos parte el Ibiza de un espadazo jajaja
- acelera, que me estás poniendo nerviosa y este sitio no me da buenas vibras.
Ya me has sugestionado y parece que escucho gritos y veo soldados del reino persiguiendo a moriscos, piratas tuertos y viejas de luto.
- en serio, desde que hemos visto la playa al fondo estoy imaginando cosas y me llegan flashes a la cabeza con unas imágenes inquietantes.
La necesidad de desconectar dándonos un baño en la playa es imperiosa. Ya estamos llegando, aparcamos, sacamos lo necesario y al agua que hay que nadar, gritar y celebrar el encuentro.
- sí por favor, que la ansiedad me está pudiendo.
Tenemos buena suerte, no hace viento y la mar está tranquila.
- mejor, no me gustan las tormentas ni los días de viento y esta playa me han dicho que es peligrosa aún con la mar en calma. sólo te puedes bañar tranquila hasta cinco o seis metros de la orilla y justo ahí, se vuelve profunda y oscura y en los días de viento de Poniente, las corrientes te llevan a la zona de rocas donde es imposible agarrarse porque son una prolongación en vertical de la montaña..
Claro que sí y de repente sale del agua el dios Neptuno y te pincha el culo con el tridente.
- y salgo volando jajaja!
Respira profundo y cierra los ojos, esta zona es rica en yodo y dicen que limpia los pulmones.
- estoy mirando el horizonte, contemplando la eternidad.
El deseo más grande de cada alma del mundo.
- me encantaría que fuera cierto, necesito creerlo.
Sabes qué? Llámame loca, pero juraría que hay alguien más.
- pero si no hemos visto a nadie en varios kilómetros a la redonda y aquí estamos solas.
Lo sé, es una de esas sensaciones de las que me hablabas al pasar por la Torre. Es como si entre el ruido de la brisa y las olas golpeando las rocas hubiera una conversación, de vez en cuando juraría que escucho palabras sueltas como si fueran susurros.
- menos mal, pensaba que yo era la única que ''escuchaba cosas'' desde que estamos aquí.
Mejor nos movemos un poco, vamos a acercarnos al castillo.
La huella del ser humano, su legado, su obra y nosotras aquí alucinando con el entorno.
- esto tiene embrujo, yo sigo teniendo las mismas sensaciones que allí abajo.
Es fascinante lo que puede hacerte creer el cerebro.
- y también puede ser inquietante el hecho de creer oír cosas y que te lleguen a la memoria imágenes como recuerdos de situaciones ya vividas...
Yo estaba en un barco, recuerdo una noche de tormenta que un rayo partió una vela...ví una luz y creía que esta torre era un faro y alguien me gritaba '' noooo, a poniente, gira el timón o nos vamos a pique!!!''
- dios mío, yo también he soñado eso! pero cómo es posible?
Lo escuchas?
- sí, perfectamente.
Es como una voz de hombre?
- dice nuestros nombres..
Pero en inglés.
- dice que no es un faro.
Conoces a algún Carlos?
- Vane, Charles Vane. El capitán del ''Williams''.
Espera..... creo ''ver'' lo que dices... entiendo que hemos soñado que viajábamos en un barco y nos sorprendió una tormenta?
- y Charles Vane era mi marido, mi segundo marido.
El pirata Charles, que era el capitán del navío?
- el mismo que creemos estar escuchando ahora.
-Te quiero - dijo sosteniendole la mirada. No lo sé expresar mejor, no lo sé decir de otra forma, no tengo esa facilidad que tú tienes para hablar, lo siento - continuó.
Él no contestó, apartó sus ojos de los suyos. Era como mirar la escena de una masacre en el telediario a la hora de comer, más incómodo que doloroso. Unas imágenes de un lugar lejano al que la empatía no llegaba, donde se confundía la realidad con una ficción de Hollywood.
La estación seguía desierta, el último tren hacía ya varias horas que había pasado y no lo haría de nuevo hasta que volvieran a ser las siete de la mañana.
Giró la cabeza para mirar la vías sin verlas, mientras notaba como una mano de ella se cerraba sobre la derecha suya, se la apretó con fuerza casi con la desesperación del alpinista que se aferra a un saliente de roca para evitar caer al vacío.
La superficie de los raíles brillaba como si fueran de cromo, mientras sus paredes parecían mustias de óxido, como si estuvieran podridas por la herrumbre. Sonrió, él era igual que esos raíles, que esas vías. El roce, la fricción le había desprendido la capa de óxido, dentro de él todavía quedaba acero duro.
-Yo no te quiero, no, ya no. He pensado durante mucho tiempo que si te quería, pero no puedo seguir fingiendo que lo hago. Tú tampoco me quieres, sé honesta contigo.
- Por qué dices eso. ¿Acaso puedes saber lo que siento? ¿Acaso estás dentro de mí?
Las lágrimas se columpiaban en sus pestañas en gotas gordas como si fueran de resina en vez de agua y sal.
-No, no estoy dentro de ti, estoy fuera y te veo. Te he estado viendo todos estos años. Te he visto levantarte y acostarte a mi lado todas las noches, he visto cómo me has besado antes de irme a trabajar por las mañanas y cuando volvía por la noche. Por eso sé que no me quieres.
- ¿Y eso lo hice y lo hago porque no te quería, porque no te quiero?
-No, eso no es amor.
- ¿Entonces qué es?
- ¿Qué qué es? ¿No besas a tu hija por las mañanas antes de ir al colegio, no besas a tu madre cuando te vas de viaje, no besas a tus amigos cuando quedas con ellos para tomar unas cervezas? Pues esos son tus besos, no son besos de amor, no de amor de una mujer hacia un hombre, no, no lo son
- Estás confundiendo pasión con amor.
- ¿Pasión? La única “pasión” que ha habido entre nosotros ha sido aquella vez que quedamos separados en la calle mientras pasaba una procesión de Semana Santa.
La pasión es un estado de euforia que todas las parejas sienten y que aunque el tiempo las aplaque no desaparece del todo. El problema es que entre tú y yo nunca la ha habido. Ni en los primeros tiempos, no tengo recuerdos. ¿Estoy mintiendo?
-No, pero tampoco estás diciendo la verdad. No soy como tú, no siento como tú, no necesito las mismas cosas que tú, pero eso no quiere decir que no te quiera, solo que quiero de una forma distinta a la tuya. No me puedes exigir que te quiera como tú quieres que lo haga.
- Correcto. Por eso digo que no te quiero y por eso digo que tú no me quieres, no encajas en mi definición de amor, Puede que seas una excelente compañera de piso, o una buena amiga para tomar unas cañas o charlar, pero no te quiero, no me sirves como una mujer con la que compartir el resto de mi vida. No quiero una enfermera, ni una amiga a la que tengo cariño. No, quiero tener una mujer que me bese por las noches y que deje sus labios un segundo más de lo que se deben dejar los labios en un beso de simples buenas noches. Que no se parezca al beso de buenas noches que se le pueda dar a nadie que no sea a mí. Piénsalo bien, estamos en el presente pero las parejas deben de tener un saldo, unos ahorros que ayuden a superar problemas, mal comparado es como una empresa que se funda con ilusión y que con el tiempo tendrá que afrontar retos. ¿Cómo podrá soportar una crisis económica sin unas cuentas saneadas y un colchón económico? Las relaciones personales son iguales. Los ahorros son los recuerdos, las experiencias vividas, que te ayudarán a superar cualquier contrariedad. Sí, claro que todas las parejas tienen momentos buenos y momentos menos buenos, entonces son esos “ahorros” los que te dan de nuevo la ilusión para vencerlos. ¿Tenemos nosotros algún fondo de emergencia, tenemos algún ahorro emocional? ¿Cuál es nuestro último recuerdo que merece la pena ser recordado? Recuerdos como pareja, de esos que solo pueden ser de una pareja sentimental y no de unos simples amigos, ¡ay! porque de esos tampoco tenemos. ¿Cuándo fue la última vez que nos abrazamos, cuándo la última vez que disfrutamos de una velada, de una canción, de una película?. La respuesta pertenece más a esa capacidad de idealizar el pasado que a la memoria. Hace demasiado tiempo que no fabricamos un solo recuerdo que nos haga sonreír.
-Entonces,¿no hay solución?
-¿Solución?, claro que la hay. La vida sigue, no se detiene por nadie, pero no la continuaremos juntos. Seguir solo nos procurará más dolor, no te quiero pero tampoco te odio, aún no.
La taza de café humeaba delante de mí. Era la primera taza del café del día. Las 7 de la mañana es una buena hora para tomar café, en realidad me parece buena cualquier hora. Luego de éstas vendrían 4 o 5 más, incluso alguna otra. Bebo más café que agua, y en cierta medida lo necesito más. El café hace que pueda levantarme, andar o pensar. No solo es la cafeína lo que me hace depender de él, también lo son su aroma, su sabor y por supuesto su color. El color del café ese especie de ébano líquido, brillante y oleoso es magnético, hipnótico. La taza de la mañana era a la única que añado una gota de leche. Ver caer la gota y observar cómo su estela blanquecina lo mancha siempre ha despertado en mí una extraña sensación agridulce, verla deshacerse en un hilillo, verla bailotear mientras se decanta, como una gota de pintura del pincel de un pintor que ha decidido cambiar de color es algo placentero, casi erótico y a la vez angustioso, igual que cuando la porcelana del lavabo se tiñe con la mezcla de saliva, dentífrico y sangre al lavarte los dientes. Entonces el color negro torna de un marrón oscuro y las burbujas que flotan en su superficie me devuelven matices de color caramelo. No pongo azúcar, el azúcar es una mierda blanca que roba el alma a todo lo que toca, y que incluso con una cantidad suficiente haría deliciosa hasta la propia mierda. Puedo ser un yonki del café pero la mayoría de las personas lo son del azúcar, o de la sal, o la mahonesa, el ketchup o los refrescos de cola. Todos tenemos alguna dependencia solo que unas están mejor consideras que otras. No, no hablo del tabaco del cual también hago uso y abuso o del alcohol del cual pruebo alguna vez, no, hablo de esos productos con los que las cadenas alimentarias inundan las estanterías de los supermercados a sabiendas de que son tan adictivas o más que la cafeína de mi idolatrado café. Cómo comprenderán la cucharilla es un utensilio inútil para mí y mis cafés. No hay nada que diluir. La taza que uso es de cristal transparente, con un asa amplia por donde puedo asirla cómodamente, odio las tazas con un asa minúscula por dónde no cabe ni siquiera el dedo de un niño. Quizás sea una taza demasiado grande para tomar un expreso con una gota de leche, pero también detesto beber en dedales.Las tazas pequeñas no permiten que la nariz perciba los matices del café. Me da igual si los baristas están o no de acuerdo con esto, tomo café amo al café y lo tomo y lo amo a mi manera. La gota de leche ha desaparecido, solo queda una pequeña marca en la crema, el orificio de entrada del proyectil lácteo con que lo he bombardeado. Es un círculo perfecto un ojo negro con una catarata blanquecina en medio de la crema, esa espuma acaramelada huella de que no sólo es un café de calidad sino que se ha hecho en una buena cafetera. La mía es una preciosa Rocket Espresso R58 directamente traída de Milán, que sacaría los colores a la mayoría de máquinas profesionales de muchas cafeterías; también el café que tomo es italiano de la marca Lavazza, serie oro. Lo compro ya molido. He de reconocer que los transalpinos son unos ladrones, y abusan con los precios, pero también son los mejores cafeteros del mundo y su selección de granos es tan buena que sería estúpido, a parte de carísimo intentar recrearla al por menor. Poso los labios en el borde de la taza de cristal pero no bebo, me tomo unos segundos para oler, para deleitarme con su aroma levemente floral que le da la mezcla de granos sudamericanos y de áfrica de la variedad arábica. Es un aroma familiar, un aroma que me retrotrae a tiempos más felices, a casa de mi abuela, a la niñez. Mi abuela era una gran amante del café, de ella heredé el gusto por él. Inclino unos pocos grados la taza y la infusión penetra en mi boca. Ese primer contacto, es el primer beso del dia de la persona amada, ése que te confirma que te ha vuelto elegir, el primer beso de esa persona que no te prometió amor eterno sino para todos los días, porque todos los días quiere volver a elegirte, porque todos los días pueden ser el último o el primero según se vea. Dejo la taza sobre la mesa cerrando los ojos, intentando prolongar, exprimir hasta el último matiz; es intenso, con cuerpo y ligeramente dulce. La gota de leche no lo ha desvirtuado, solo lo ha suavizado levemente. Vuelvo a mirar la taza. Ahora la crema se ha removido, parte de ella permanece en mi labio superior, la recojo con la lengua como un avaro haría con la calderilla que se le ha caído de la bolsa. Notas de regaliz redondean el sorbo. Una leve vibración agita la superficie de la taza de café, es tenue apenas una ondulación. Quizás el aire que he exhalado como un amante exhausto ha sido lo que ha perturbado su negra quietud. El café vuelve a agitarse, esta vez la ondulación es más evidente. Sujeto la mesa con ambas manos intentando explicar la vibración, descartando cualquier movimiento que pudiera estarse transmitiendo a la taza. No percibo nada, no ha pasado ningún tren de los que pasan no lejos de mi casa, ni ninguna máquina ha empezado a perforar la calle dos pisos más abajo. El café vuelve a temblar, las ondas forman pequeños círculos en la taza como si fuera un lago y algún niño invisible hubiera lanzado una piedra a sus aguas negras. Ahora son mis pies son los que buscan rastros de un temblor, un sismo, pero de alguna manera sé que me estoy engañando. El café ya se agita con tal violencia que casi se derrama, en cambio la taza no se ha movido un ápice, cualquier temblor que agitase de aquel modo su contenido debería de ser lo suficientemente evidente y no era así. Algo de mi boca se deshace, algo viscoso y amargo como la hiel, algo que hubiese estado alojado entre dos muelas cuyo esmalte cariado enfrentado hubieran formando una cavidad antinatural, una fístula negra y pútrida, estalló igual que un absceso purulento de una encía enferma. Una materia gelatinosa que recordaba a un moco sanguinolento me inunda la boca, su sabor infecto se apodera de todas las papilas gustativas. Me debato entre intentar no tragar aquello y no vomitar. El resultado es una saliva a medio camino de la regurgitación que me dobló acercándome la cara a la mesa y por consiguiente a la taza de café, donde éste borbotea. El líquido negruzco se había espesado y su borboteos más se parecían a la cienaga de un géiser. El esputo salpicó la mesa con el sonido húmedo y orgánico resultante de cuando el carnicero arroja una pieza de carne sobre el tajo. Aquella masa informe quedó adherida a la formica blanca de la mesa de la cocina y mientras intentaba deshacerme de su regusto infame, sentí como me miraba. Ese coágulo negruzco me observaba, aquella cosa que acababa de escupir estaba viva y se recogía sobre sí misma formando una masa más compacta cambiando su forma de escupitajo estrellado e irregular a una especie de gusano nematodo que se retuerce. El café acaba desbordándose de la taza, la papilla espesa en la que se había transformado comienza a resbalar por las paredes de cristal igual que la lava se desliza por las faldas de un volcán para ir a reunirse con la criatura, para sumarse a ella para añadir más materia a sus abominable cuerpo viscoso y negro. Yo solo podía mirar horrorizado aquello, aquella cosa había salido de mi. Me aparto de la mesa en un acceso de asco y terror. Tengo que limpiarme la boca sacar cualquier rastro de aquello, fuese lo que fuese. La pila de la fregadera no queda lejos, hacia allí voy como alma que lleva el diablo, de un manotazo abro el grifo y dejo que el agua helada penetre en mi boca sin tragarla, su mero contacto me hace vomitar, las arcadas me sobrevienen en rafagas violentas y espasmódicas que amenazan con partirme por la mitad. La imagen mental de aquello explotándome en la boca insiste en no desaparecer y en obligar a mi cuerpo a intentar purgarse. Mientras, la cosa con forma de gusano sigue añadiendo masa a su inmundo ser, creciendo, ya tiene el tamaño de un dedo grueso, uno grande y deforme sin uña, que se retuerce en una especie de frenesí malsano. La taza ha quedado vacía, solo unos restregones, que podrían confundirse con marcas de una lengua que hubiera estado rebañando sirope, son las pruebas de que hace unos minutos estuvo llena pero no de café, sino de algo más denso, más oscuro. La criatura se ha completado y repta por la mesa de formica blanca, dejando tras de sí una huella húmeda y negra, va como olisqueando el aire con uno de sus extremos retorcidos hacia el techo, busca algo. No puedo dejar de observarla por el rabillo del ojo. Estoy paralizado sigo boqueando, en medio de un nuevo lote de arcadas, me duele el estómago y todos los musculos del torax por los esfuerzos de vomitar, los ojos parecen que hubieran crecido dos tallas más que las cuencas que los contienen, y debajo de las orejas un calambre atroz me advierte de la boca no se puede abrir más. El nematodo monstruoso ha llegado hasta el borde de la mesa, se detiene, olisquea y palpa el borde, estudia la situación, de súbito se encoge como un muelle y salta salvando sin dificultad el metro veinte que hay hasta el escurridor de la fregadera. El acero del escurridor retumba al recibir su peso. Ha caído a escasos treinta centímetros de mi cara. Grito, pero no puedo moverme. La criatura no parece impresionada por mis gritos y comienza a reptar de nuevo con su contoneo baboso. Se acerca hasta que llega al borde de la pila, esta vez no salta, simplemente se deja caer y rueda hasta el desagüe, a un palmo de mi cara. El agua sigue saliendo del grifo, petrificado sigo mirando impotente a aquella cosa. Veo como el agua la salpica, y como las gotas que resbalan por ello le dan un aspecto si cabe aún más brillante y viscoso. El golpeteo del agua sobre el acero de la pila no puede ocultar el sonido de su cuerpo rollizo reptando. Ha llegado al sumidero de la pila, uno de los extremos husmea calibrando la situación. La criatura se deforma, se afina y se elonga hasta parecer una lombriz, una larga, viscosa y ponzoñosa lombriz negra, que ha conseguido el grosor necesario para introducirse por uno de los agujeros del desagüe y desaparecer. FIN
"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, qu'es el morir; allí van los señoríos derechos a se acabar e consumir; allí los ríos caudales, allí los otros medianos e más chicos, allegados, son iguales los que viven por sus manos e los ricos."
COPLAS DE DON JORGE MANRIQUE POR LA MUERTE DE SU PADRE
Uno menos, uno menos. La vocecita de mí yo de dentro no deja de repetírmelo, uno menos.
Ya ha pasado otro verano y en nada volverá a ser Navidad. El tiempo se licua y se escurre como el agua de un de un canal al que le abren las compuertas.
Que D. Jorge Manrique dijo “que las vidas son los ríos que van a morir a la mar”, pero no es verdad que parecen que fluyan al contrario de lo que deberían.
A medida que la vida avanza el río se ensancha y pierde velocidad, se remansa para llegar a su destino sin prisas, casi inmóvil. En cambio y siguiendo la metáfora del poeta, si la vida son ríos, estos parecen nacer del mar para ir a morir a la montaña. Con los años vividos del discurrir del tiempo se acelera, vuela, y si son ríos, corren sus aguas cada vez más veloces, zigzaguean los meandros, sortean y suben los saltos por los que deberían derramarse, que no otra cosa que los avatares de la vida misma. A penas empezamos a disfrutar de ella ésta se va, a penas nos sentamos para tomar un respiro para contemplar las riberas, que con tanto esfuerzo labramos, tenemos que marchar, la gravedad nos obliga a seguir fluyendo más rápido, más arriba, más, como si por alguna extraña razón sin ella temieramos hacer es esperar a la muerte, que es el manantial de donde deberíamos haber nacido.
El recuerdo de la infancia, el recuerdo de la mar, del remanso, de la paz, de los años que duraban eternidades, nos acompaña en nuestro discurrir de ríos inversos, haciéndolo cada vez más angustioso, porque cada kilómetro recorrido es uno menos. Cada verano dura menos, cada invierno es más breve, ya no hay otoños y casi tampoco primaveras, es un ya constante. Vive el momento dicen, pero ya es pasado y el futuro cada vez está más cerca y cada vez es más pequeño.
Primer trozo La tarde apenas si había empezado a ceder frente a la noche. La luz había tornado dorada y pronto se volvería rojiza, nada más el sol tocara el horizonte. Estaba allí sentado en la arena mirando la inmensidad del mar. El mar se antojaba más azul que el propio adjetivo y que el propio cielo, que a su lado parecía tenue, como si el pincel de Dios se hubiera arrastrando desde el mar coloreando un firmamento antes blanco y las suaves nubes, no fueran otra cosa que partes por las que la acuarela aún fuera más aguada.
Pensó que aquella escena era frágil, breve y que en unas pocas horas tanto el mar como el cielo se volverían negros, carentes de cualquier color por la ausencia de luz; aquella noche que inevitablemente se aproximaba, sería una noche sin luna, solo las estrellas lucirían. Una sonrisa cansada acertó a salir en medio de un suspiro. La única luz que se vería provendría de estrellas distantes y posiblemente muertas, un eco de otro tiempo, un mensaje del cual el emisor hacía ya mucho que no podría recibir respuesta, mensajes en botellas de náufragos que por fin son hallados, sólo que tras eones de vagar por el océano sideral tocan puerto, sin embargo ya ni siquiera queda el polvo de sus huesos.
Segundo Trozo
Resbala la gota de sudor desde la raíz del pelo hasta la frente empapando la ceja, desbordándose para luego escocer la mirada, de la misma forma que un riego por goteo inverso, como si la gravedad de este mundo quisiera expulsarla de mi cuerpo, ahíto de agua y sal. Que no quiero más humedad que la de sus besos. Escupo asqueado el alimento porque me repugna el sabor de nada que no sean sus labios y cierro las ventanas y corro las cortinas, telones de esta función extraña, tediosa, aburrida que es la vida sin la luz de tus ojos. Que no es vida respirar, que no es más allá de una azarosa conjunción de reacciones químicas, pues Dios no pudo obrar ese milagro si no fue para la dicha de sus criaturas, Y ¿acaso hay mayor desdicha que vivir sin estar a su lado?. Niego en consecuencia a Dios y niego a su creación, puesto que la falta de sentido solo pudo ser casualidad, pues ni siquiera la maldad carece de intención.
Atrévete a desdecirme, te reto, muéstramela y saca a tu hijo de su error o muere, y desaparece de su entendimiento.
Tercer Trozo
No, no es sonido del viento gimiendo en las velas, tampoco el estruendo del embate de las olas contra el casco, ni siquiera es el lamento de los cabos elongados hasta el límite por la rabia de Eolo, es el crujir de la madera lo que no me deja descansar. No es el cimbreo despiadado, no, tampoco es la mar que aborda la nave por babor con su horda de piratas líquidos armados. garfios de sal y espuma. No, es el crujir de la madera. Es el crujir de la madera lo que me desvela, como el ronroneo de una bestia que se estuviera desperezando en la bodega, después de un largo sueño. Uno tan largo, tan plácido, que me hubiera contagiado de su olvido. La bestia siempre ha estado ahí, acurrucada en su letargo, acunada por las mareas y es ese mismo mar, que ha cuidado su sueño, el que ahora la zarandea. La nave cruje, la bestia se despierta y los tablones se descarnarán como carne de los huesos de ballena arponeada e izada a cubierta. La grasa se infiltra en la madera astillada, Todo apesta y cruje, cruje y apesta y no puedo descansar sabiendo que ya no tardará en saltar hecha añicos, como la corteza de un árbol cuando recibe el filoso canto del hacha, como mi nave cuando la bestia se despierte y desmenuce sus tripas. Las astillas serán del tamaño de cerillas, cerillas mojadas en medio de un océano que se volvió inhóspita colada salvaje de vidrio negro.
Cuarto Trozo
Largo es el camino, torcido, empinado; escabrosa huella de serpiente sobre la arena, cauce seco de lo que otrora fuera río alegre y caudaloso, ahora es lecho pedregoso que espera para torcer los tobillos y morder rodillas. Encajada está la linde entre dos inmensidades de piedra, que altivas miran por encima de los hombros baldíos a cualquier criatura desdichada que tenga andarla. Son montañas crueles, desnudas donde ni siquiera una brizna de hierba medra, arrojan cascotes afilados, resentidas aún con el río que las sajó con tanta saña y por tanto tiempo. Los vivos son agua, hieden a humedad, el recuerdo les duele, el agua les pudre sus huesos de granito. Hace cientos de años que allí dejó de llover, hace que el hielo y la nieve no se les hinca arrancándoles su carne de roca, pero aún quema. Las montañas no olvidan, las montañas no perdonan, el cauce seco es una cicatriz que no lo permite.